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5 de marzo de 2010

El Infierno por San Pedro Julián Eymard.

Oración a Nuestra Señora de Lourdes.--->
<---Los Sucesos de Fátima. El Gran Milagro.


Del Libro Obras Eucarísticas de: San Pedro Julián Eymard.


Hablemos del infierno, de cuya consideración se han valido los mismos santos, encontrando en ella motivos de amar más a nuestro Señor. El amor forma la santidad, pero a veces le hace falta la ayuda del temor y momentos hay en que resulta necesario.
Confieso que este tema me asusta y que la verdad más difícil es esta el infierno.
Pero todos creen el, así los infieles, paganos, trucos y herejes, como los católicos. Más a los incrédulos o a los cristianos cuya fe duerme, "los espanta" esta verdad, y cuando uno se la prueba, blasfeman contra Dios.

Hay regiones en que no se puede ni hablar del infierno, sin escandalizar y sin que las gentes se escapen. El infierno ejerce saludable influencia únicamente sobre los que aman a Dios; los demás sólo se sirven de él para insultar más y blasfemar contra la Justicia Divina.

¿Cómo se explica que siendo Dios tan bueno condene a criaturas suyas creadas por amor, a sus hijos tan queridos, a un infierno eterno?.
Por bueno que sea en vida, después de la muerte ya no hay lugar para la misericordia.
Hay pocos escogidos, dijo Jesús.

"De dos caminos que conducen el uno a la vida y el otro a la muerte, el primero es poco seguido, en tanto que el segundo se ve cubierto de gente".

Según las palabras de Jesús, la mayor de los hombres se condenarían.
Y aún cuando el Evangelio no nos lo diera a entender, lo que nosotros mismos vemos nos lo haría temer no poco.
Pero estas explicaciones no logran sino obscurecer el misterio.

¿Cómo siendo tan bueno Dios, puede condenar a tantas almas para siempre al infierno?.
Hay hombres que no quisieran condenar a muerte al mayor de los fascineros

¡y Dios condenaría sin piedad!, ¡y a qué muerte y a qué tormentos!.
Tantos más cuanto que la misericordia parece perseverar en la otra vida, ya que perdona a las almas del purgatorio. Sí perdona a las almas del purgatorio pero no así a los condenados.
Para ellos ya no tiene compasión;los condena y se burla de ellos:
Subsanabo eos, (también yo me reiré de vuestra calamidad)(Prov. I,26).


Y eso que entre los condenados hay quienes le han servido por mucho tiempo y eran por mucho tiempo y eran considerados como santos:

Subsanabo.!
Encontrando en ellos una falta mortal, Dios no cuenta todos sus servicios y precipítalos al abismo del fuego.

¡Eternidad, eternidad del castigo, eternidad de la privación de Dios!
¡Sólo pensarlo horroriza! Eternidad de la desesperación, de la vergüenza, de los suplicios...
¡nada más que decirlo hace temblar a todos los miembros!.

Se comprende que haya habido doctores para quienes el infierno no fuese eterno, por repugnar demasiado a la divina bondad, cerrándose después de pasados mil años.
Es un error condenado por la Iglesia, pero nada de extraño que haya contado con tantos partidarios , pues responde al temor de la eternidad del infierno con sufrimientos eternos, y alivia el espíritu espantado.

La desesperación es aún aquí la pena más cruel, a la que no se resiste sin especial auxilio de la gracia.

Los que no tienen fe prefieren morir y se libran suicidándose;
más en el infierno no se puede uno quitar la vida, sino que es preciso vivir en agonía,
en las angustias de la desesperación que no ha de tener término, sin jamás recibir la menor gota de consuelo o de refrigerio.


He aquí una escena que quedó profundamente grabada en mi memoria y que os dará alguna idea de lo que se sufre en el infierno y con verdadera desesperación.
Me trajeron un poseso en 1852, muy buen hombre,
y en los momentos de libertad, excelente cristiano.
El demonio hablaba por su boca blasfemando contra la eterna duración del infierno. Un sacerdote presente le preguntó:

¿Qué condiciones aceptarías para obtener al cabo de un millón de años un rayo de esperanza?

Entonces el demonio, que decía haber sido en el cielo un serafín,
llamado "Astarot", iluminó la cara del poseso con siniestro resplandor,
y nos dijo con voz que silbaba de rabia:

"Si del infierno al cielo hubiera una columna guarnecida de hoces, puñales y otros instrumentos cortantes, y todos los días hubiera que subirla por espacio de un millón de años, lo haríamos, nada más que por tener un minuto de esperanza; pero es en vano".

Y blasfemando de pura rabia y de cólera lanzó imprecaciones contra Dios:

"¡Oh qué injusto es Dios!" Vosotros, hombres, habéis pecado mil veces más,
pues nosotros no hemos pecado más que una vez,
mientras que vosotros renováis vuestros crímenes todos los días!
¡Y con ser esto así, a vosotros os perdona!
¡Todo el amor es para vosotros y para nosotros sólo la venganza de la justicia!"


Y desesperado, se arrancaba los cabellos, y se habría matado,
si no se le hubiera impedido.
Mirad, por lo demás, lo que cuenta el evangelio del desdichado rico que se encontraba en el Infierno.
Pide, suplica al padre Abrahán que le dé una gota, siquiera una gota de agua para humedecer sus abrasados labios.

-"Es imposible, contesta el Abrahán, porque el abismo es infranqueable entre nosotros y vosotros.
Pues has gozado en la tierra, justo es que sufras ahora.

"¿Oiste esto?
Y sin embargo, el rico no cometió ninguno de los crímenes que la justicia humana castiga.

Lo malo que hizo consistió únicamente en servirse inmoderadamente de los bienes de la tierra.
Por sólo eso se ve condenado sin esperanza alguna ni consuelo y para siempre, siempre, siempre...
El mayor tormento de los condenados no es el sufrimiento físico,
sino el moral.
Su mayor suplicio procede de su imaginación, memoria y entendimiento.

Qué tormento no sufrirán sobre todo los que han obrado bien durante la mayor parte de su vida, o los que, como el sacerdote llamado "Sapricio", que iba a ser ejecutado en nombre del Señor, pero renegó de su fe, y en su lugar ejecutaron a su amigo Nicefaro, quien con humildad le valieron la gloria del martirio, mientras que el sacerdote Sapricio, duro y orgulloso, cayó en la vergüenza de la apostasía.

Sapricio y Nicefaro ambos sacerdotes del año 260 de nuestra era, bajo los emperadores Valerio y Galo, vivían en Antioquía y del que habla la historia eclesiástica. Hubo muchos como el sacerdote Sapricio que llegaron a sufrir los primeros tormentos del martirio y no perseveraron hasta el fin!

Estos son los verdaderos desesperados, los que más sufren.
Amaron a Dios y pudieron seguir amándole:
bien lo echan de ver ahora. Hasta tuvieron un gusto anticipado de la eterna felicidad cuando le servían.
¡Y ahora tienen que verse por siempre alejados de El!

Por siempre, porque, dice el Sabio hay tres abismos que nunca dicen basta;

el avaro, la muerte, y el "infierno".

La conclusión que de ello se desprende para nosotros es la necesidad de labrar la propia salvación con temor y temblor.
Sí, con temor y temblor,
sino quizás nunca llegaremos a convertirnos.
Habrá en el infierno quienes ciertamente no pecaron tanto como yo.

¡Qué bueno ha sido ,pues Dios no condenándome justo después de haber cometido el pecado; porque, en verdad, lo tenía bien merecido y,
si lo hubiera hecho, nada tendría que reprocharle.

El asesino no puede contestar nada cuando se le condena a muerte, no se hace sino aplicarle la pena del talión.

Con sólo un pecado mortal que haya cometido, he matado a Jesucristo, soy verdugo y asesino suyo.


No faltan el infierno personas que mientras vivían en la tierra, eran consideradas santas durante su vida;
hay ciertamente sacerdotes y religiosos; lo cual podría ocurrirme también a mí, pues a lo mejor ellos eran más santos que yo.

¡Qué bueno es, pues, Dios no desamparándome!
¡Y quien sabe si perseveraré hasta el fin!.

Aquí esta lo grave.
Ahora, en este momento quiero ser bueno, quiero ser santo, sí ya lo quiero, pero, ¿diré esto siempre?

No nos produce bastante horror el pecado y una vez cometido, no se tiene bastante valor para expiarlo como se debe.
Preferimos esperar, diciendo:
Ya me confesaré cuando caiga enfermo, haciendo un buen acto de contrición, y así aseguraré mi salvación.

-¡Estáis equivacados!
¡Si nuestro Señor dijo que la muerte vendrá como un ladrón!
¡Se reirá de vosotros y deshará todos vuestros cálculos.
Y además,
¿quién sabe si no cometeré todavía algún pecado mortal?
¿Quién sabe si no renegaré de mi religión y mi fe, al ser llevado por la corriente de este mundo?
Porque éstas cosas le sucede a quien va descuidándose.

Y aún cuando no hubiera nada de eso, sólo la duda es aterradora.
Reflexiona estas palabras:
"El hombre no sabe si es digno de odio y de amor"(Eccl.IX, I)

Esta frase causaba espanto a san Bernardo. Tomemos medios enérgicos y verdaderos y no nos fiemos de deseos ni de vanas resoluciones, porque tratándose de la eternidad toda seguridad es poca.

¡Quién sabe si no estoy caminando en descenso y voy deslizándome por la pendiente del pecado mortal!

Examinate, para saberlo, tus ordinarias tentaciones y pecados veniales, que son las pequeñas cuerdas con que Dalila ataba a Sansón antes que se diera a conocer el secreto de su fuerza, cortándole el cabello.
Tenía toda la fuerza del mundo; pero el día llegó en que quedó perdido: ya se sabe cuál fue su desgraciado fin.

Hay pecados veniales y tentaciones que acaban casi siempre en pecado mortal.
Tales son en primer lugar las tentaciones de impureza.


San Alfonso de Ligorio dice:
"que acaso no haya un solo condenado que no esté en el Infierno o por pecados de impureza o con pecados de impureza".

Luego vienen las tentaciones de orgullo, mayormente de orgullo espiritual y satánico, que lleva a la apostasía, es decir negar su fe, en que fue criado.

Prestemos muchos atención; miramos al Infierno en el término justo, que esto hace a uno volver en sí y convertirse.
Si de un lado está la vista del Infierno y por el otro el amor infinito de Dios y éste no nos cautiva, corremos hacia la eterna perdición.

¡Se acabó en cuanto se presentó una ocasión de pecar!
Ya sé que quienes dicen para excusarse a los propios ojos:
Soy religioso del Santísimo Sacramento, vivo con Jesús mi Salvador,:
¿Qué tengo que temer? -También Judas vivió con Jesús.

Pero es que yo amo a Dios.
-También judas lo amó en un principio, pero la tibieza acabo extinguiendo este amor, volviéndose entonces él sacrílego y verdugo de su amo.
Dos ladrones había en el calvario, uno fue santo, según declaración de nuestro Señor, y réprobo el otro.
Vivir con Jesucristo, en presencia de su gran Sacramento de amor, lo es todo para quien quiere salvarse cuesto lo que cueste.

Pero esto sólo sirve para agravar la pena cuando uno se condena, pues cae del cielo como los ángeles.
Con ellos rueda hasta el fondo del abismo y para ellos hay los suplicios más crueles, torturas tremendas y escogidas, desesperaciones infinitas, llanto, y odio por todos lados.


Potentes, potenter tormenta patientur. Sab. VI,6 (pero los grandes serán examinados con rigor)

Dichos y Frases.



No hables mal de puente hasta haber cruzado el río. (Inglés)

Es intentando lo imposible como se realiza lo posible.(Henri Barbusse)

Cuando un hombre es buen amigo, también tiene amigos buenos.(Maquiavelo)

Ninguna otra cosa damos con tanta liberalidad como nuestros consejos.(Anónimo)

Cuando la lucha empieza dentro de uno mismo es cuando el hombre vale algo.(Browing)

1 comentario:

Sacerdote Eterno dijo...

Me duele tanto y me entristece enormemente al ver que ningùn sacerdote a donde he asistido al Santo Oficio hable del infierno, de las indulgencias, de lo bueno y grande del ayuno. Pareciera que son temas que no existen en sus corazones o en sus conciencias.
Sin embargo el santo Cura de Ars, el padre Pio de Pietrelcina, san Juan Bosco, el Papa Pablo VI, etc. si han consolado a Nuestro Señor y le han llevado muchísimas almas al cielo con sus vidas y predicaciones.