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1 de febrero de 2011

Las 5 Verdades Fundamentales de la Iglesia Católica. Primera Verdad: Dios existe.

Segunda Verdad: Tenemos un Alma--->
<---¿Conoces tú a Dios? Vivir la vida de Dios



Del Libro:
La Religión Demostrada. Fundamentos de la fe Católica ante la razón y la ciencia, por P. A. Hillaire;
Ex profesor del Seminario Mayor de Mende
Superior de los Misioneros del Sagrado Corazón.


El estudio de la Religión Católica es un deber de toda persona que desea conocer a fondo, por los goces que proporciona al espíritu, al cuerpo y a la mente, y para defendernos de aquellos que atacan nuestra religión.

Se ha hecho usted está pregunta;
¿Por qué soy cristiano y católico?
Decía el apóstol Pedro a los primeros discípulos;

“Estad siempre alertas para responder bien a aquellos que os pidan razón de vuestras creencias”.

La Religión católica contiene verdades fundamentales que sirven a su estudio.
Estas verdades pueden reducirse a cinco principales.

1ª Existe un Dios creador de todas las cosas.

2ªEl hombre, creado por Dios, tiene un alma espiritual, libre e inmortal.

3ª El hombre está obligado a admitir alguna religión sólo una religión es buena y sólo una es verdadera.

4ª La única religión verdadera es la cristiana.

5ª La verdadera religión cristiana es la católica.


Todas estas verdades se hallan unidas unas con otras como los eslabones de una cadena.
De éstas cinco verdades principales, se originan las cinco Fundamentales;

1) La existencia de Dios y la creación del hombre por Dios prueba la necesidad de una religión.

2) La necesidad de una religión nos obliga a buscar la verdadera, querida e impuesta por Dios a los hombres.

3) La única religión impuesta por Dios es la religión cristiana.

4) La religión cristiana no se halla, íntegra y verdaderamente, sino en la Iglesia Católica, la única y verdadera iglesia fundada por Cristo.

5) La Iglesia Católica es infalible Maestra de la fe, que con autoridad recibida de Dios nos enseña lo que debemos creer y lo que hemos de practicar para ir al cielo.



Bastará, pues, demostrar estas cinco verdades fundamentales,
y todas las demás se derivarán de ellas como un río de su fuente,
como las consecuencias de un principio.
Una vez demostradas ellas, podremos concluir que la Religión Católica es la única verdadera, y que solamente abjurando de la razón y del buen sentido,
se pueden poner en duda o negar sus dogmas.

De esta demostración quedarán rebatidos todos los adversarios de la Iglesia Católica:

1) Los ateos, que no admiten la existencia de Dios.

2) Los materialistas, agnósticos y positivistas, que únicamente admiten la materia, y los indiferentes, que no creen en la necesidad de una religión o que,
por lo menos, no practican ninguna.

3) Los cismáticos, herejes y protestantes que niegan la divinidad y la necesidad de la Iglesia Católica.

4) Los masones, finalmente, que son los peores enemigos de la Iglesia Católica, de la familia y de la sociedad.





PRIMERA VERDAD; DIOS EXISTE


Existe un Dios supremo y eterno, creador y conservador del universo.


¿Cuál es la primera verdad, que ningún hombre debe ignorar?

La primera verdad que ningún hombre debe ignorar es la existencia de Dios, es decir, de un Ser eterno, necesario e infinitamente perfecto,
Creador del universo espiritual y material, absoluto Señor de todas las cosas,
a las que El gobierna con su Providencia.

Esta es la verdad fundamental sobre la que descansa el edificio augusto de la religión, de la moral, de la familia y todo el orden social.
Si no hay Dios, la religión es completamente inútil.
La moral carece de base, si Dios, en virtud de su santidad,
no establece una diferencia entre el bien y el mal;
si con su autoridad suprema, no hace obligatorias las normas de esa moral, y si con su perfecta justicia no premia el bien y castiga el mal.
Es imposible concebir la familia y la sociedad, sin leyes, sin deberes, sin las virtudes de la caridad, etc., y todas estas virtudes,
si Dios no existiera, serían puras fantasias.

¿Podemos estar ciertos de la existencia de Dios?

Sí, tan ciertos podemos estar de que Dios existe, como de que existe el sol.
Es verdad que a Dios no lo vemos con los ojos corporales,
porque es un espíritu puro; pero son tantas las pruebas que demuestran,
sin lugar a dudas, su existencia, que sería necesario haber perdido por completo la inteligencia, para afirmar que Dios no existe.

No puede la mente humana comprender la naturaleza íntima de Dios ni los misterios de la vida divina; pero sí puede establecer con plena certeza el hecho de su existencia y conocer algunas de sus perfecciones.
A Dios no lo podemos ver, ciertamente, con los ojos del cuerpo, pero sí podemos contemplar sus obras.
Así como por la vista de un cuadro deducimos la existencia del pintor,
cuya es la obra –puesto que la existencia del efecto supone la existencia de la causa que lo produjo-,
así también, podemos remontarnos de los seres creados al Creador, causa primera de todo cuanto existe.
Esto es lo que afirma el Concilio Vaticano I:
“Con la luz natural de la razón humana puede ser conocido con certeza, por medio de las cosas creadas, el Dios único y verdadero, Creador y Señor nuestro”.

I. Principales pruebas de la existencia de Dios

II. Falsos sistemas inventados por los impíos para explicar el origen del mundo. – Su refutación.

III. Bondades recibidas de Dios y efectos de su Providencia.


I. Pruebas de la existencia de Dios

¿Cuáles son las pruebas principales de la existencia de Dios?
Podemos citar siete, que nuestra razón nos dicta, y que se fundan:

1ºEn la existencia del universo;
2ºEn el movimiento, orden y vida de los seres creados;
3ºEn la existencia del hombre, dotado de inteligencia y libertad;
4ºEn la existencia de la ley moral.
5ºEn el consentimiento universal del género humano;
6ºEn los hechos ciertos de la historia;
7ºEn la necesidad de un ser eterno.


Estas pruebas pueden agruparse en tres categorías:
físicas, morales y metafísicas.
Son pruebas físicas las que se fundan en la existencia, orden y vida de los seres creados (1º y 2º).
Son pruebas morales las que tienen por base el testimonio de nuestra conciencia, del género humano, y los hechos conocidos de la historia (3º a 6º)
Como prueba metafísica – ya que éstas son menos asequibles para las inteligencias comunes – daremos solamente la que se funda en la necesidad de un ser eterno. (7º).

Todas estas palabras tienen un fundamento común,
que es un postulado o principio inconcluso, que todo el mundo admite:
No hay efecto sin causa. Cualquiera de ellas,
tomada aisladamente, demuestra plenamente la existencia de Dios;
pero consideradas en conjunto,
constituyen una demostración irrebatible, capaz de convencer al incrédulo más obstinado.

Primera prueba:
La existencia del universo.


¿Cómo se demuestra, por la existencia del universo, la existencia de Dios?

La razón nos dice que no hay efecto sin causa. Vemos un edificio, un cuadro, una estatua: al punto se nos ocurre la idea de un constructor, de un pintor, de un escultor, que hayan hecho esas obras.
Del mismo modo, al contemplar el cielo, la tierra y todo cuanto existe, pensamos que todo ello debe tener una causa; y esa causa primera del mundo, le llamamos Dios: Luego por la existencia del universo, podemos demostrar la existencia de Dios.
En efecto:

1º El universo no ha podido hacerse a sí mismo.
2º No es fruto de la casualidad.
3º No ha existido siempre.

Luego debe la existencia a un Ser supremo y distinto de él.

1º El universo no ha podido hacerse a sí mismo, porque lo que no existe, no puede obrar, y consiguientemente, no puede darse la existencia. El ser que no existe, es nada, y la nada, nada produce.

2º El universo no es fruto de la casualidad, porque la casualidad no existe, y por lo tanto, nada puede producir. La casualidad es una palabra que el hombre ha inventado para ocultar su ignorancia y para explicar los hechos cuyas causas desconoce.

3º El universo no ha existido siempre. Así lo reconocen a una todas las ciencias;
la geología, la astronomía, la biología, etc., todas sostienen que el mundo tuvo que tener un principio.
Tres caracteres señala la Filosofía al ser eterno:
es necesario, inmutable e infinito.
Ahora bien:

1º El mundo es material, y el ser material no puede ser necesario.
Ninguna de sus partes existe necesariamente, pues se puede prescindir perfectamente de ésta o aquélla. Una montaña, o un río, o un árbol, podrían no existir.
Luego si ninguna de las partes es de por sí necesaria, tampoco será necesario el todo.

2º El mundo no es inmutable. Si contemplamos la naturaleza material que nos rodea, vemos que en ella todo nace, todo perece, todo se renueva: las plantas, los animales, el hombre…

3º El mundo no es infinito, pues siempre es posible suponer un mundo más hermoso y más perfecto que el que existe.] Por consiguiente tampoco es eterno, porque la eternidad – que es una perfección infinita – sólo puede hallarse en un ser infinito.
Si, pues, el mundo no ha existido siempre, es una obra que supone un obrero de la misma manera que el reloj supone un relojero, etc.

CONCLUSION: La existencia del universo demuestra la existencia de un Ser Supremo, causa primera de todos los seres. Ese ser supremo es Dios.

Existe un Dios supremo y eterno, creador y conservador del universo

Segunda prueba:
Movimiento, orden y vida de los seres creados.


¿Se puede demostrar la existencia de Dios, por el movimiento de los seres creados?

Sí, porque no hay movimiento sin un motor, es decir, sin alguna causa que lo produzca. Ahora bien, cuanto existe en el mundo, obedece a algún movimiento que tiene que ser producido por algún motor.
Y como no es posible que exista realmente una serie infinita de motores, dependientes el uno del otro, preciso es que lleguemos a un primer motor, eterno, necesario, causa primera del movimiento de todos los demás. A ese primer motor le llamamos Dios.

1º Sostiene la Mecánica, que es parte de la Física, que la materia no puede moverse por sí sola. Una estatua no puede abandonar su pedestal,
una máquina no puede moverse sin una fuerza motriz; un cuerpo en reposo no puede por sí solo ponerse en movimiento. Tal es el llamado principio de inercia. Luego para producir un movimiento, es necesario un motor.

2º Ahora bien, la Tierra, el Sol, la Luna, las estrellas, recorren continuamente órbitas inmensas sin chocar jamás unas con otras.
La Tierra es una esfera colosal, de 40.000 km. de circunferencia, que realiza una rotación completa sobre sí misma durante cada 24 horas,
moviéndose los puntos situados sobre el ecuador con la velocidad de 28 km. por minuto.
En 365 días da una vuelta completa alrededor del Sol, marchando a una velocidad de unos 30 km. por segundo. Todos los demás planetas realizan movimientos análogos.
Y si miramos a nuestra Tierra, vemos que en ella todo es movimiento:
los vientos, los ríos, las mareas, la germinación de las plantas….

3ºTodo movimiento supone un motor; y como no se puede suponer una serie infinita de motores que se comuniquen el movimiento unos a otros,
puesto que tan imposible un número concreto infinito como un bastón sin extremos, hemos de llegar necesariamente a un primer ser que comunique el movimiento sin haberlo recibido:
hemos de llegar a un primer motor que no sea movido.
Ahora bien, este primer ser, esta primera causa del movimiento,
es Dios, a quien justamente podemos llamar el primer motor del universo.

¿Prueba la existencia de Dios el orden que reina en el universo?

Sí, todo lo que se hace con orden, supone una inteligencia ordenadora;
y cuanto más grandiosa es la obra y más perfecto el orden,
tanto mayor y más poderosa es esa inteligencia.
Ahora bien, en todo el universo y en sus menores detalles existe un orden sorprendente. Luego podemos deducir que existe un supremo ordenador y una suprema inteligencia, a quien llamamos Dios.

1º No se da efecto sin causa, ni orden sin una inteligencia ordenadora. Si arrojamos sobre el suelo un montón de letras mezcladas,
¿acaso podrán producir un libro si no hay una inteligencia que las ordene?
De ninguna manera. Juntemos en una caja todas las piezas de un reloj; ¿acaso llegarán a colocarse por sí solas en el sitio que les corresponde, para iniciar el movimiento y marcar las horas? ¡Jamás!

2º El orden que reina en el universo es perfecto: a cada cosa corresponde un lugar. El día sucede a la noche, y la noche al día;
las estaciones se suceden unas a otras.
La Tierra, los cielos, las estrellas, los diversos elementos del universo, todo se encadena, todo concurre a la armonía maravillosa del conjunto.
La consecuencia es esta: este orden tan admirable supone un ordenador.

Algunos dicen: este orden del mundo, sus combinaciones tan complicadas,
esta armonía que admiramos son efectos de la casualidad. Nada más absurdo y falto de razón.
La casualidad no es más que una palabra, hija de la ignorancia,
con que se pretende explicar aquello cuya causa se desconoce.
Otros dicen que ello se da por consecuencia de las fuerzas o leyes naturales.
Eso es correcto, pero, precisamente, la existencia de esas leyes suponen la existencia de Dios, pues no hay ley si no existe un legislador.

¿Quién ha dictado esas leyes?...
¿Quién las mantiene?... ¿Quién las dirige?...
La materia es, de suyo, inerte; luego existe un ser distinto que la mueva.
La materia es ciega; luego existe un ser inteligente que la guíe,
ya que todo marcha en un orden perfecto.

Resumiendo:
Todo efecto debe tener una causa proporcionada: el orden y la armonía suponen un ser inteligente; el mundo supone la existencia de Dios.

Para Newton, el mejor argumento para demostrar la existencia de Dios era el orden del universo; por eso solía repetir las palabras de Platón:
“vosotros deducís que yo tengo un alma inteligente,
porque observáis orden en mis palabras y acciones; concluid pues,
contemplando el orden que reina en el universo, que existe también un ser soberanamente inteligente, que existe un Dios”.

El mismo Voltaire no pudo resistir a la fuerza de este argumento.
Afirmaba que era preciso perder por completo el juicio para no deducir de la existencia del mundo la existencia de Dios, a la manera que a la vista de un reloj, deducimos la existencia de un relojero.
Se discutía un día en su presencia sobre la existencia de Dios;
y él, señalando con el dedo a un reloj de pared que en la habitación había, exclamó:
– ¡Cuánto más reflexiono, menos puedo comprender cómo podría marchar ese reloj si no lo hubiera construido un relojero!

¿Podemos deducir la existencia de Dios por la contemplación de los seres vivientes?

Sí, La razón, la ciencia y la experiencia nos obligan a admitir un Creador de todos los seres vivientes diseminados sobre la Tierra.
Y como ese Creador no puede ser sino Dios, se sigue que de la existencia de los seres vivientes, podemos concluir la existencia de Dios.
Las ciencias físicas
y naturales nos enseñan que en un tiempo no hubo ningún ser viviente sobre la tierra. ¿De dónde proviene, entonces, la vida que ahora existe en ella:
la vida de las plantas, la de los animales y la del hombre?
La razón nos dicta que no ya la vida intelectiva del hombre,
ni la vida sensitiva de los animales, pero ni siquiera la vida vegetativa de las plantas pudo haber brotado de la materia.
¿Razón? Porque nadie puede dar lo que no tiene;
y como la materia carece de vida, tampoco pudo darla.

Los ateos no saben qué responder a este dilema:
o bien la vida ha nacido espontáneamente sobre la Tierra,
fruto de la materia por generación espontánea; o bien hay que admitir una causa distinta del mundo,
que fecunda a la materia y hace germinar en ella la vida.

Ahora bien, después de los experimentos concluyentes de Pasteur, nadie se atreve a defender la hipótesis de la generación espontánea;
la ciencia establece que nunca nace un ser viviente si no existe un germen vital, semilla, huevo o renuevo, proveniente de otro ser viviente de la misma especie.

¿Y cuál es el origen del primer viviente en cada una de las especies?
Remontémonos cuanto queramos de generación en generación;
siempre llegaremos a un primer creador de todos los seres vivientes, causa primera de todas las cosas, que es Dios. Es éste el argumento del huevo y la gallina; pero no por ser viejo, deja de preocupar seriamente a los ateos.

Todos los seres del universo,
¿prueban la existencia de Dios?


Sí, cuantos seres existen en el universo son otras tantas pruebas de la existencia de Dios, porque todos ellos son el efecto de una causa que les ha dado el ser,
de un Dios que los ha creado a todos.

Muy bien conocen los sabios los elementos que integran cada uno de esos seres;
y, sin embargo, no son capaces de producir uno solo;
no pueden crear ni una hoja de árbol, ni una brizna de hierba.
Preguntaba Lamartine a un picapedrero de S. Pont:

¿Cómo puedes conocer la existencia de Dios, si jamás has asistido a la escuela,
ni a la doctrina, ni te han enseñado nada en tu niñez, ni has leído ninguno de los libros que tratan de Dios?

Le respondió el picapedrero:
¡Ah, Señor! Mi madre, en primer lugar,
me lo ha dicho muchas veces; además, cuando fui mayor,
conocí a muchas almas buenas que me llevaron a casas de oración, donde se reúnen para adorarle y servirle en común, y escuchar las palabras que ha revelado a los santos para enseñanza de todos los hombres.
Pero aun cuando mi madre nunca me hubiese dicho nada de El,
y aun cuando nunca hubiera asistido al catecismo que enseñan en las parroquias,

¿no existe otro catecismo en todo lo que nos rodea, que habla muy alto a los ojos del alma, aun de los más ignorantes?
¿Por ventura se precisa conocer el alfabeto, para leer el nombre de Dios?
¿Acaso su idea no penetra en nuestro espíritu con nuestra primera reflexión, en nuestro corazón con su primer latido?

Ignoro qué opinarán los demás hombres, señor, pero en cuanto a mí, no podría ver, no digo una estrella, sino una hormiga, ni una hoja, ni un grano de arena,
sin decirle: ¿Quién es el que te ha creado?

Lamartine replicó: Dios – se responderá usted mismo.
– Así es, señor – añadió el picapedrero – esas cosas no pudieron hacerse por sí mismas, porque antes de hacer algo, es necesario existir;
y si existían no podían hacerse de nuevo. Así es como yo me explico que Dios ha creado todas las cosas. Usted conoce otras maneras más científicas para darse razón de ello.
– No – repuso Lamartine – todas las maneras de expresarlo coinciden con la suya. Pueden emplearse más palabras, pero no con más exactitud.


Tercera prueba:
La existencia del hombre, inteligente y libre.


¿Podemos demostrar particularmente la existencia de Dios, por la existencia del hombre?

Sí, Por la existencia del hombre, inteligente y libre, llegamos a deducir la existencia de Dios, pues no hay efecto sin una causa capaz de producirlo.
Un ser que piensa, reflexiona, raciocina y quiere,
no puede provenir sino de una causa inteligente y creadora;
y como esa causa inteligente y creadora es Dios, se sigue que la existencia del hombre demuestra la existencia de Dios. Podemos decir por consiguiente:
Yo pienso, luego existo, luego existe Dios.

Es un hecho indubitable que no he existido siempre, que los años y días de mi vida pueden contarse; si, pues, he comenzado a existir en un momento dado,
¿quién me ha dado la vida?
¿Acaso he sido yo mismo? ¿Fueron mis padres?
¿Algún ser visible de la creación? ¿Fue un espíritu creador?

No he sido yo mismo. Antes de existir, yo nada era, no tenía ser;
y lo que no existe no produce nada.

Ni fueron sólo mis padres los que me dieron la vida.
El verdadero autor de una obra puede repararla cuando se deteriora,
o rehacerla cuando se destruye.
Ahora bien, mis padres no pueden sanarme cuando estoy enfermo, ni resucitarme después de muerto.
Si solamente mis padres fuesen los autores de mi vida,
¡qué perfecciones no tendría yo!
¿Qué padre no trataría de hacer a sus hijos en todo perfectos?...

Hay además otra razón. Mi alma, que es una sustancia simple y espiritual,
no puede proceder de mis padres: no de su cuerpo, pues entonces sería material;
no de su alma, porque el alma es indivisible;
ni, por último, de su poder creador, pues ningún ser creado puede crear.

No debo mi existencia a ningún ser visible de la creación.
El ser humano tiene entendimiento y voluntad, es decir, es inteligente y libre.
Por consiguiente, es superior a todos los seres irracionales.
Un mineral no puede producir un vegetal; un vegetal no puede producir un animal,
ni un animal, un hombre.

Debo, por consiguiente, mi ser a un Espíritu creador.
¿De dónde ha sacado mi alma?
No la sacó de la materia, pues entonces sería material.
Tampoco la sacó de otro espíritu, porque el espíritu, que es simple, no puede dividirse. Luego, necesariamente la sacó de la nada, es decir, la creó.
Y como el único que puede crear es Dios,
es decir, el único que puede dar la existencia con un simple acto de su voluntad,
se sigue que por la existencia del hombre, queda demostrada la existencia de Dios.

Cuarta prueba:
La existencia de la ley moral.


¿Prueba la existencia de Dios el hecho de la ley moral?

Sí, la existencia de la ley moral prueba irrefragablemente que Dios existe.
Existe, en efecto, una ley moral, absoluta, universal, inmutable, que manda hacer el bien, prohíbe el mal y domina en la conciencia de todos los hombres.
El que obedece esta ley, siente la satisfacción del deber cumplido;
el que la desobedece, es víctima del remordimiento.


Ahora bien, como no hay efecto sin causa, ni ley sin legislador,
esa ley moral tiene un autor, el cual es Dios.
Luego, por la existencia de la ley moral llegamos a deducir la existencia de Dios.
El es el Legislador supremo que nos impone el deber ineludible de practicar el bien y evitar el mal; el testigo de todas nuestras acciones;
el juez inapelable que premia o castiga, con la tranquilidad o remordimientos de conciencia.

Nuestra conciencia nos dicta:

1° que entre el bien y el mal existe una diferencia esencial;

2° que debemos practicar el bien y evitar el mal;

3° que todo acto malo merece castigo como toda obra buena es digna de premio;

4° esa misma conciencia se alegra y aprueba a sí misma cuando procede bien,
y se reprueba y condena cuando obra mal. Luego existe en nosotros una ley moral, naturalmente impresa y grabada en nuestra conciencia.


¿Cuál es el origen de esa Ley?

Evidentemente debe haber un legislador que la haya promulgado, así como no hay efecto sin causa. Esa ley moral es inmutable en sus principios,
independiente de nuestra voluntad, obligatoria para todo hombre, y no puede tener otro autor que un ser soberano y supremo, que no es otro que Dios.

Además de lo dicho, se ha de tener presente que si no existe legislador,
la ley moral no puede tener sanción alguna; puede ser quebrantada impunemente. Luego, una de dos: o es Dios el autor de esa ley, y entonces existe;
o la ley moral es una quimera, y en ese caso no existe diferencia entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio, la injusticia y la iniquidad, y la sociedad es imposible.
El sentimiento íntimo manifiesta a todo hombre la existencia de Dios.

Por natural instinto, principalmente en los momentos de ansiedad o de peligro, se nos escapa este grito:
¡Dios mío!.. Es el grito de la naturaleza.
“El más popular de todos los seres es Dios – dijo Lacordaire

– El pobre lo llama, el moribundo lo invoca, el pecador le teme, el hombre bueno le bendice.
No hay lugar, momento, circunstancia, sentimiento, en que Dios no se halle y sea nombrado.
La cólera no cree haber alcanzado su expresión suprema,
sino después de haber maldecido este Nombre adorable;
y la blasfemia es asimismo el homenaje de una fe que se rebela al olvidarse de sí misma”. Nadie blasfema de lo que no existe.
La rabia de los impíos, como las bendiciones de los buenos, testimonian la existencia de Dios.

Quinta prueba:
La creencia universal del género humano.


El consentimiento de todos los pueblos,
¿prueba la existencia de Dios?

Sí; la creencia de todos los pueblos es una prueba evidente de la existencia de Dios.
Todos los pueblos, cultos o bárbaros, en todas las zonas y en todos los tiempos,
han admitido la existencia de un Ser supremo.
Ahora bien, como es imposible que todos se hayan equivocado acerca de una verdad tan trascendental y tan contraria a las pasiones, debemos exclamar con la humanidad entera: ¡Creo en Dios!

Es indudable que los pueblos se han equivocado acerca de la naturaleza de Dios; unos han adorado a las piedras y a los animales, otros al sol.
Muchos han atribuido a sus ídolos sus propias cualidades buenas y malas; pero todos han reconocido la existencia de una divinidad a la que han tributado culto.
Así lo demuestran los templos, los altares, los sacrificios, cuyos rastros se encuentran por doquier, tanto en pueblos antiguos como entre los modernos.

“Echad una mirada sobre la superficie de la tierra – decía Plutarco, historiador de la antigüedad – y hallaréis ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados, pueblos sin casas, sin moneda; pero nadie ha visto jamás un pueblo sin Dios,
sin sacerdotes, sin ritos, sin sacrificios”.

El gran sabio Quatrefages ha escrito:
“Yo he buscado el ateísmo o la falta de creencia en Dios entre las razas humanas, desde las más inferiores hasta las más elevadas.
El ateísmo no existe en ninguna parte, y todos los pueblos de la tierra, los salvajes de América como los negros de África, creen en la existencia de Dios”.

Ahora bien, el consentimiento unánime de todos los hombres sobre un punto tan importante es necesariamente la expresión de la verdad. Porque,
¿cuál sería la causa de ese consentimiento?
¿Los sacerdotes?
Al Contrario, el origen del sacerdocio está en la creencia de que existe un Dios, pues si el género humano no hubiera estado convencido de esa verdad, nadie habría soñado en consagrarse a su servicio, y los pueblos jamás hubieran elegido hombres para el culto.

¿Podrían ser la causa de tal creencia las pasiones?
Las pasiones tienden más bien a borrar la idea de Dios, que las contraría y condena.
¿Los prejuicios? Un prejuicio no se extiende a todos los tiempos,
a todos los pueblos, a todos los hombres;
pronto o tarde lo disipan la ciencia y el sentido común.
¿La ignorancia? Los más grandes sabios han sido siempre los más fervorosos creyentes en Dios.

¿El temor? Nadie teme lo que no existe:
el temor de Dios prueba su existencia.
¿La política de los gobernantes? Ningún príncipe ha decretado la existencia de Dios, antes al contrario, todos han querido confirmar sus leyes con la autoridad divina: esto es una prueba de que dicha autoridad era admitida por sus súbditos.

La creencia de todos los pueblos sólo puede tener su origen en Dios mismo,
que se ha dado a conocer, desde el principio del mundo, a nuestros primeros padres, o en el espectáculo del universo, que demuestra la existencia de Dios,
como un reloj demuestra la existencia de un relojero.

Frente a la humanidad entera,
¿qué pueden representar algunos ateos que se atreven a contradecir? El sentido común los ha refutado;
la causa está fallada. Es menester carecer de razón para creer tenerla contra todo el mundo. Antes que suponer que todo el mundo se equivoca, hay que creer que todo el mundo tiene razón.

Sexta prueba:
Los hechos ciertos de la historia.


Los hechos ciertos de la historia, ¿prueban la existencia de Dios?

Sí; porque un ser puede manifestarse de tres maneras: puede mostrarse, hablar y obrar. Ahora bien, Dios se mostró a nuestros primeros padres en el Edén, a Moisés en el Sinaí… Habló a los patriarcas y a los profetas.
Hizo sentir su acción en el curso de los siglos, y los milagros del Antiguo y del Nuevo Testamento, comprobados por la historia, son hechos que demuestran la acción y la existencia de Dios.

Hay dos maneras de conocer la verdad:

1º descubrirla uno mismo;

2º recibirla de otro. El hombre sabe o cree.
Sabe cuando alcanza la verdad con las solas facultades de su alma, la inteligencia, la razón, la conciencia, el sentido íntimo, los órganos del cuerpo;
cree, cuando se adhiere al testimonio de otros.

El medio más fácil para conocer a Dios es el testimonio de la historia.
La Biblia, considerada como un simple libro histórico, está revestida de todos los caracteres de veracidad exigidos por la ciencia.
Por más que los racionalistas clamen, es tan imposible poner en duda los hechos históricos de la Biblia, como lo es negar las victorias de Alejandro Magno o Napoleón.

Ahora bien, según la Biblia, Dios se mostró de varios modos: habló a nuestros primeros padres, a Noé, a los patriarcas, a los profetas…
Pero es evidente que para mostrarse y hablar es necesario existir.
Las milagrosas obras sensibles que ningún agente creado puede hacer por sí mismo, no son más que las obras de Dios.
Por consiguiente, los milagros que nos cuenta la Biblia son otras tantas pruebas de la existencia de Dios.

Séptima prueba:
La necesidad de un ser eterno.


¿Cómo se prueba la existencia de Dios por la necesidad de un ser eterno?

Existe algo en el mundo; ahora bien, si no existiera un ser eterno,
nada podría existir; luego existe un ser eterno. Es así que ese ser eterno es Dios; luego Dios existe.

Que existe algo es evidente.

Si desde toda la eternidad no hubiera existido nada, nada existiría tampoco ahora. Los seres no podían darse a sí mismos la existencia, puesto que no existían. No podían recibirla de la nada, porque la nada es nada y no produce nada.
Por consiguiente, era necesario que existiera un primer ser eterno, para dar la existencia a los otros.

Este ser eterno es Dios.
El ser eterno, por el hecho de existir desde toda la eternidad, posee un atributo, una perfección infinita:
la eternidad, que es una duración sin principio ni fin.
Pero, como los atributos de un ser no pueden ser superiores a su naturaleza,
a su esencia, al modo que el brazo del hombre no puede ser más grande que el hombre mismo, se sigue de aquí que el ser eterno,
por el hecho de poseer un atributo infinito, posee también una naturaleza, una esencia infinita; luego es infinito en toda clase de perfecciones.
Lo que es infinito bajo un aspecto lo es bajo todos. Es así que el ser infinito es Dios. Luego Dios existe.

Puesto que este ser eterno ha existido siempre, no ha podido recibir la existencia por medio de otro: estaba solo.
Tampoco se la ha podido dar a sí mismo, porque nadie se puede crear a sí mismo, luego es necesario que este primer ser exista por la necesidad de su propia naturaleza; es el ser que nosotros llamamos necesario.
Dios es el ser necesario, que existe porque le es esencial la existencia,
como le es esencial al círculo el ser redondo y al triángulo tener tres ángulos.

¿Podemos comprender a un ser eterno y necesario?

No, no podemos comprender su naturaleza, porque es infinito y, por consiguiente, está por encima de todo entendimiento finito.
Tan imposible es comprenderle, como encerrar en la cavidad de la mano la inmensidad del mar.
Sin embargo, nosotros estamos ciertos de la necesidad de su existencia.

Como ya hemos visto, un ser no puede existir sino por sí mismo o producido por otro; no hay término medio entre estas dos maneras de existir.
Ahora bien, los seres que pueblan el universo no pueden existir por sí mismos, porque existir por sí mismo es existir necesariamente y desde toda la eternidad. Pero, ¿quién no ve que sería absurdo suponer que todos los seres del universo existen necesariamente?...

Fuera de eso, no es posible que todos los seres sean producidos,
porque si todos fueran producidos, no hallaría ninguno que les diera la existencia, y entonces ninguno existiría.
Luego existe un ser que no ha recibido la existencia de otro, que la tiene por sí mismo, que es necesario, eterno; y este ser eterno y necesario es aquél a quien todo el mundo llama Dios.

Este argumento se puede presentar en una forma más científica, de la siguiente manera:

¿Puede probarse la existencia de Dios por la existencia de un Ser necesario?

Sí; se prueba de una manera científica la existencia de Dios con este sencillo argumento:
a) Existe un ser necesario, b) Este ser necesario es Dios; luego Dios existe.






EXISTE UN SER NECESARIO








que existe algo es evidente, y los mismos ateos no lo niegan:
Nosotros existimos…

Un ser no puede existir sin una razón suficiente de su existencia.
Este principio es de una evidencia tal, que el probarlo, además de ser ridículo, sería inútil, ya que nadie lo discute.

La razón suficiente de la existencia puede ser de dos clases:
o a la naturaleza propia de cada ser, o una causa externa.
Luego todo ser existe o por virtud de su propia naturaleza, por sí mismo, o es producido por otro.
Este principio también es evidente, pues no hay otra manera posible de existir.

El ser que existe por sí mismo en virtud de su propia naturaleza, existe necesariamente, no puede menos de existir;
y puesto que la existencia forma parte de la naturaleza de dicho ser, no puede carecer de ella.
Es evidente que un ser no puede menos de tener su naturaleza, su esencia, lo que la hace ser lo que es.

Por tanto, si la existencia forma parte de su naturaleza,
existe necesariamente, y por lo mismo, se llama el Ser necesario.
Al contrario, el ser que debe su existencia a una causa externa, no existe sino dependientemente de esta causa, en cuanto que ha sido producido por ella.
Podría no existir, y por eso se llama ente contingente o producido por otro.

No es posible que todos los seres sean contingentes o producidos.
Y, a la verdad, el ente producido no existe por su sola naturaleza:
no existiría jamás si no fuera llamado a la existencia por una causa extraña a él. Luego, si todos los seres fueran producidos, no habría ninguno que les hubiera dado la existencia.
Por consiguiente, si no hubiera un Ser necesario, nada existiría.
Es así que existe algo; luego existe también un Ser necesario.

EL SER NECESARIO ES DIOS

He aquí los caracteres principales del Ser necesario:

El Ser necesario es infinitamente perfecto.

El Ser necesario, por el mero hecho de existir en virtud de su propia naturaleza, posee todas las perfecciones posibles y en grado eminente;
tiene la plenitud del ser, y el ser comprende todas las perfecciones: es pues, infinitamente perfecto.
De la misma suerte que un círculo posee esencialmente la redondez perfecta,
así el Ser necesario posee esencialmente la existencia perfecta,
la plenitud del ser; y habría contradicción en decir:
el Ser necesario es finito, como la habría en decir que el círculo no es redondo. Luego el Ser necesario posee todas las perfecciones, y en grado tal que excluyen toda medida, todo límite.

No hay más que un solo Ser necesario.

El Ser necesario es infinito; y dos infinitos no pueden existir al mismo tempo.
Si son distintos, no son infinitos ni perfectos, porque ninguno de los dos posee lo que le pertenece al otro. Si no son distintos, no forman más que un solo ser.

El Ser necesario es eterno.

Si no hubiera existido siempre, o si tuviera que dejar de existir, evidentemente no existiría en virtud de su propia naturaleza.
Puesto que existe por sí mismo, no puede tener ni principio ni fin ni sucesión.

El Ser necesario es inmutable.

El Ser necesario no puede mudarse, porque nunca cambia su razón de ser y la causa de su existencia, que es su naturaleza misma.
Por otra parte, mudarse es adquirir o perder algo, mientras que el Ser perfecto no puede adquirir nada, porque posee todas las perfecciones;
y no puede perder nada, porque entonces dejaría de ser perfecto.
Es pues, inmutable.
Por consiguiente, también es independiente,
es decir, no necesita de nadie, se basta a sí mismo, porque es el Ente que existe por sí, infinito, perfecto, inmutable.

El Ser necesario es un espíritu.

Un espíritu es un ser inteligente, capaz de pensar, de entender y de querer;
un ser que no puede ser visto ni tocado por los sentidos corporales.
Todos los hombres han distinguido naturalmente la sustancia viva, activa, inteligente, de la sustancia muerta, pasiva, incapaz de moverse.

A la primera le llamaron espíritu, y a la segunda, cuerpo o materia.
El Ser necesario es un espíritu esencialmente distinto de la materia.
Y en verdad, si fuera corporal, sería limitado en su ser como todos los cuerpos.
Si fuera material, sería divisible y no sería infinito.

Tampoco sería infinitamente perfecto, porque la materia no puede ser el principio de la inteligencia y de la vida, que son grandes perfecciones.
Luego el Ser necesario es una sustancia espiritual, absolutamente simple.

Pero como estos caracteres del Ser necesario son idénticamente los mismos que los atributos de Dios, debemos concluir que el Ser necesario es aquél a quien todo el mundo llama Dios, y que Dios existe.

Con este argumento se prueba científicamente la existencia de Dios, a la manera como se demuestra un teorema de geometría.

Refutación del ateísmo


¿Puede explicarse, prescindiendo de Dios, el origen del mundo y de los seres que lo componen?

No; es imposible. Todos los sistemas inventados para explicar el origen de los seres, el movimiento y el orden que reinan en el mundo, la vida de las plantas y de los animales, la vida intelectual del hombre, son absurdos, imposibles.

Es necesario recurrir a Dios todopoderoso, creador del mundo y de todo lo existente. Hemos de decir con la Iglesia:
“Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra”.
Es fácil afirmar:
Dios no existe; basta ser un necio: "Dixit insipiens".
Pero no termina todo en este aserto: hay que explicar el mundo, el mundo existe...

Cabe deslumbrar con palabras rimbombantes de inmanencia, períodos atómicos, gases en combustión, cantidades puras, etc., pero estas sonoras palabras nada explican.
Las pruebas de la existencia de Dios refutan el ateísmo, nos queda por demostrar lo absurdo de los sistemas imaginados para explicar:

1°, la existencia de la materia;
2°, la organización del mundo;
3°, el origen de los seres vivientes.


Estos sistemas pueden reducirse a cuatro:

1°, materialismo; 2°, el panteísmo;3°,el positivismo, y 4°, el evolucionismo o darwinismo.

¿Qué es el materialismo?

El materialismo es el grosero error que no admite más que una cosa:
la materia, cuyos átomos, primitivamente separados, se han reunido y han formado el mundo. Según este sistema, la materia es eterna, y existe por sí sola, con sus fuerzas y sus leyes.
Semejante sistema es imposible; y es baldón de nuestra época haber renovado estos errores paganos.

Los incrédulos modernos, al negar a Dios, no pueden librarse de admitir las perfecciones que este Nombre augusto representa.
Las atribuyen a la materia, cuya existencia única proclaman, haciendo de ella un ídolo.
Dicen que es necesaria, eterna, increada y creadora del orden y de la vida.
Pues nada más falso, ni más imposible.

1° El Ser necesario no puede menos de existir; y es evidentísimo que la materia podría no existir.
¿Cuál es el ser, tomado individualmente, que sea necesario en el mundo?
¿Qué importan una piedra, un árbol, una montaña más o menos?
Lo que es verdadero hablando de las diversas partes,
es necesariamente verdadero hablando del todo; luego la materia no es el Ser necesario.

2° El Ser necesario es infinito.
¿Puede decirse, por ventura, que la materia es infinita?
Toda materia ¿no es limitada?
La materia no posee ni vida ni inteligencia; no es pues, infinitamente perfecta; luego no es el Ser necesario.

3° El Ser necesario es inmutable;
y al contrario, la materia está sometida a toda clase de mudanzas:
las combinaciones físicas y químicas modifican diariamente su forma y manera de ser.
Luego, una vez más, la materia no puede ser necesaria.

El ateo es en realidad digno de lástima por los absurdos que está obligado a admitir.

Así: 1° Admite una materia, por naturaleza propia soberanamente imperfecta, y que, sin embargo, tendría una perfección infinita, la eternidad.

2° Admite una materia absolutamente inerte, que se daría a sí misma un movimiento que no tiene.

3° Admite una materia desprovista de inteligencia, y que produce obras maestras de inteligencia, como lo es la organización del universo, ese reloj inmenso y complicado que no se rompe, que no se detiene, que no se gasta, que no se descompone nunca.

4° Admite una materia que no tiene vida y que produce seres vivientes como la planta, el animal, el hombre.

5° Admite una materia que no piensa, que no raciocina, que no es libre, y que produce seres capaces de pensar, de raciocinar, de querer libremente, como el hombre.
Los impíos modernos, capitaneados por Renán, han renovado el sistema de Epicuro. Suponen un número infinito de átomos que se mueven en el vacío.
Un día, estos átomos se encontraron por casualidad, se unieron y formaron masas de las que resultaron tierra, sol, luna, estrellas, es decir, el universo.

Su sistema es pueril y absurdo. Suponen átomos innumerables, más no dicen de dónde salen. Los suponen en movimiento, pero se olvidan de decir quién los mueve.
Suponen que su encuentro fortuito ha producido el mundo, pero no dicen quién es el autor del orden admirable que reina en el mundo.
Estos incrédulos fundan su sistema sobre tres imposibles:

1° Es imposible que existan átomos sin un creador;
2° Es imposible que los átomos se mueven sin un motor;
3° Es imposible que el encuentro de los átomos haya producido el orden sin un ordenador inteligente.

Se necesita un Dios para crear estos famosos átomos, un Dios para ponerlos en movimiento, un Dios para formar esos globos admirables que ruedan sobre nuestras cabezas con orden y armonía sublimes.
Lo que se dice de los átomos puede aplicarse igualmente a las substancias gaseosas o líquidas, a la materia primera que ha servido para construir el mundo.

¿Qué es el panteísmo?

El panteísmo es un error monstruoso que no admite un Dios personal distinto del mundo; Dios sería el conjunto de todos los seres del universo.
Este sistema no es más que un ateísmo hipócrita; repugna y es desastroso en sus consecuencias.

El segundo sistema inventado para explicar el mundo, prescindiendo de Dios, se llama panteísmo. Esta palabra significa que todo es Dios.
Se presenta bajo formas muy diversas, pero su dogma constitutivo consiste en admitir una sola substancia, de la cual los seres visibles no son sino modificaciones o evoluciones.
Es el Dios-naturaleza, el Dios-fuerza, el Dios-energía, el Grande-Todo; es la identidad de Dios y del universo.

Se puede decir del panteísmo lo que decía Bossuet del paganismo:
Todo es Dios, excepto Dios mismo.
“Según este ridículo sistema, usted es dios y yo soy dios.
Un macho cabrío y un toro que rumia son nuestros hermanos en divinidad.
Pero, ¿qué digo? Una patata, un nabo, una cebolla, son dioses como nosotros.
El hongo que usted recoge por la mañana es un dios que brotó durante la noche. Cuando una zorra atrapa una gallina, es un dios que atrapa a otro dios.
Cuando un lobo devora un cordero, es un dios que se devora a sí mismo.
El cardo y el asno que lo como son el mismo dios.

Si le corto el cuello a un hombre, ejecuto una acción divina...
Ya ve usted cuán razonable es todo esto y, sobre todo, cuán moral.
Con este sistema no hay más crímenes. El robo, el asesinato, el parricidio son caprichos de un dios...
¿Puede imaginarse nada más absurdo?...
¡Parece cosa de sueño ver a hombres que se dicen filósofos escribir y enseñar semejantes estupideces!” (MAUNOURY, Veladas de otoño).

1° El panteísmo destruye la idea de Dios; porque Dios es inmutable, infinito, perfecto y necesario, y no puede, por tanto, ser variable, finito, limitado, imperfecto como la materia.
Es un ateísmo hipócrita.

2° Admite efectos sin causa; porque si Dios no es un ser personal, distinto del mundo, no hay seres necesarios, puesto que el Ser necesario es único, y entonces, ¿dónde está la causa que ha producido el universo?...

3° Es contrario al sentido íntimo. Yo siento, sin que haya lugar a dudas,
que yo soy yo, y no otro.

4° Contradice los enunciados de la razón, que destruye en Dios, y en el mundo atributos contradictorios.

5° El panteísmo es una verdadera locura, pero una locura criminal, porque abre la puerta a los vicios y aniquila la virtud, porque destruye toda la idea de legislador, de ley, de conciencia, de deber, de castigo y de recompensa.

– Hay dos formas principales de panteísmo:
el naturalista, que es un materialismo disfrazado, y el panteísmo idealista del judío holandés Espinosa y de Hegel, popularizados en Francia por Renán, Taine y Wacherot.

¿Qué es el positivismo?

El positivismo es un sistema que no admite nada real y positivo si no es materia; no reconoce sino lo que se puede comprobar con la experiencia,
y considera como hipotético todo lo que cae bajo el dominio de los sentidos:
Dios, alma, vida futura. Este sistema degradante no es sino un materialismo hipócrita.

El positivismo es el último progreso de la razón humana, el último término de las evoluciones científicas. Los positivistas reconocen por jefe a Comte y por maestros a Littré, Renán, Robinet... no quieren buscar la causa primera de los seres, declarándola desconocida, y pretenden que no hay que tratar de ella...

Según ellos, “nada hay real y positivo más que la materia, las fuerzas que le son propias y las leyes que de ellas dimanan.
Todo lo que no se halla en los hechos es inaccesible a la razón; los hechos, y sólo los hechos analizados y coordinados;
lo demás es quimera. Lo infinito no es más que un ideal, y, por consiguiente, no hay Dios; Dios es una ficción, o, a lo sumo, una hipótesis, hoy completamente inútil.

No hay alma espiritual: la idea, el pensamiento no son sino productos, secreciones del cerebro. En una palabra: una sola cosa existe, y ésta es la materia”.
Tal es el resumen de la doctrina positivista: la negación de Dios y del alma espiritual; la moral independiente o la moral sin Dios, que no tiene más principio ni más regla de conducta que el sentimiento del honor.
Este sistema abyecto se reduce a una forma disfrazada del ateísmo: es un materialismo hipócrita.

La refutación de este grosero error se halla en las diversas pruebas que hemos presentado de la existencia de Dios.
Estos pretendidos sabios se limitan a negar, sin probar nada. Pero se necesita algo más que una simple negación para destruir nuestras pruebas.
Negar a Dios no es suprimir su existencia.
Después de miles de años, el mundo cree en Dios, y tiene derecho a reírse de esas negaciones gratuitas.
Por más que el ciego niegue la existencia del sol, el sol no dejará de iluminar.

Los positivistas rechazan la ley del sentido común y de la razón, que obliga a admitir una causa productora de los fenómenos que nosotros vemos.
Más allá de esta bóveda estrellada, dice Pasteur,
¿qué hay? – Otros cielos estrellados. – Sea, ¿Y más allá?... El espíritu humano, impulsado por una fuerza invencible, no cesará de preguntarse:

¿Qué hay más allá? Hay que llegar a lo infinito, y solo Dios es infinito.
Hay que llegar hasta el Ser necesario, pues, conforme hemos visto, no todos los seres pueden ser producidos; y no hay más que un solo Ser necesario, y este Ser necesario, y este Ser necesario es el mismo Dios.

Generaciones espontáneas. – Transformismo o darwinismo

¿Cuáles son las hipótesis imaginadas por los incrédulos para explicar con exclusión de Dios, el origen de los seres vivientes?

Han ideado la hipótesis de la generación espontánea y la del evolucionismo o darwinismo. Estos dos sistemas, que adquirieron gran celebridad, son contrarios a las experiencias científicas; llegan a suponer efectos sin causa y, por lo mismo, la ciencia y el sentido común los condenan y rechazan.

1° Algunos naturalistas, para prescindir de Dios, atribuyen el origen de los seres vivientes a las generaciones espontáneas.
Así se llama el nacimiento de un ser vivo sin un germen anterior, por el solo juego de las fuerzas inherentes a la materia.

2° Se llama evolucionismo el sistema según el cual los seres vivientes más perfectos derivan de otros menos perfectos, por una serie indefinida, desde el ser más rudimentario hasta el hombre. De acuerdo con este sistema, los impíos pretenden que el hombre desciende del mono.
El inglés Darwin, particularmente, se ha dedicado a explicar estas transformaciones sucesivas mediante dos agentes que llama selección natural y lucha por la existencia. Darwin ha dado al evolucionismo su nombre, y así se llama también darwinismo.

Estos dos sistemas, la generación espontánea y el evolucionismo, dejan siempre sin solución la cuestión de saber quién ha creado los primeros seres y quién les ha dado su energía vital...
Después de los experimentos de Pasteur y otros sabios, el sistema de las generaciones espontáneas ha quedado definitivamente refutado.
El aire y el agua están llenos de gérmenes, para cuyo desarrollo sólo se requiere un medio propicio.
Destruidos estos gérmenes, no hay producción alguna. Todos los animales están sometidos a la misma ley: no existen, si no son producidos por otros seres vivos de la misma especie.

El darwinismo tiene por base fundamental la evolución de las especies. Pues bien, si hay algo bien comprobado es que las especies son fijas, y no se transforman.
Es posible perfeccionar las razas, pero las especies no se mudan; son y quedan eternamente distintas.
Producir una especie nueva, decía Leibnitz, es un salto que jamás da la naturaleza; lo mismo afirman los sabios naturalistas. Luego tal sistema está en flagrante contradicción con las leyes de la naturaleza.

Estos enunciados, resultados de la experiencia y de la ciencia, están confirmados también por la historia y por la geología.
Cuando se examinan las especies animales y vegetales recogidas de las tumbas egipcias y en los yacimientos fósiles, se las encuentran absolutamente iguales a las que viven en nuestros días.
Las semillas encontradas en esas mismas tumbas no han dejado de producir vegetales idénticos a los nuestros.

Este sistema es contrario a la razón; admite efectos sin causa,
¡y qué efectos! Todo el mundo viviente.
La razón por la cual una causa puede producir su efecto es porque lo contiene de alguna manera.
¿Cómo dar lo que no se tiene? Es imposible.
Pero una cosa se puede contener en otra, de tres maneras:

1° Formalmente, con todo su ser; así, un trozo de mármol está contenido en la cantera.

2° Eminentemente, es decir, de una manera superior; así, la autoridad soberana contiene la de un prefecto, de un gobernador de provincia.

3° Virtualmente, en germen, y es la manera como todos los seres vivientes están contenidos en el germen que los produce.
Pues bien, estos seres vivientes no están contenidos de ningún modo en la materia bruta; por lo tanto, existirían sin causa.
Además, ninguna causa puede producir un efecto o un ser de especie superior a ella, porque este grado superior de ser no tendría, como tal, una causa positiva.

Ahora bien, los seres vivientes son de naturaleza superior a la materia bruta; luego estos seres vivientes no pueden proceder de ella, porque serían efectos sin causa.
Por las mismas razones, los seres vivientes superiores no pueden proceder de los inferiores.
Así, ¿el hombre puede proceder del mono? sería un efecto sin causa.

“Ningún ser – dice Santo Tomás – puede obrar más allá de su especie, teniendo en cuenta que la causa debe ser más poderosa que el efecto y que el efecto no puede ser más noble que la causa.”
En resumen, el sentido común nos dice:
No se puede dar lo que no se tiene; si ni se tiene dinero, no se puede dar dinero. Ahora bien, la materia no tiene movimiento, no tiene vida, no tiene inteligencia: luego no puede dar ni movimiento, ni vida, ni inteligencia.

Pero en el universo hay movimiento, hay seres vivos, hay seres inteligentes;
luego existe fuera del mundo un ser superior que ha dado al mundo el movimiento,
la vida, la inteligencia. Este ser es Dios.

CONCLUSIÓN –

Para explicar el origen del mundo, se ha de admitir el dogma de la creación.
Crear es sacar de la nada; crear es producir seres por un simple acto de voluntad. Dios, por un simple acto de voluntad omnipotente, ha creado el mundo.

La creación no repugna por lo que respecta a la criatura, la cual es posible sin ser necesaria; puede, pues, empezar a existir; y en efecto, nosotros vemos muchísimas cosas que nacen y empiezan...
La creación no repugna por lo que respecta a Dios, porque su poder es infinito; puede, pues, producir todo efecto que no repugne.
La creación, por el contrario, es digna de Dios.
Crear es obrar con toda independencia; es no depender de su acción de ninguna materia ni de ningún instrumento.
Luego la creación es posible.

El dogma de la creación se impone. No queda fuera de ella otro medio para explicar el origen de los seres que forman el universo.
El mundo es finito, limitado, sujeto a mudanzas, y, por lo tanto, no puede ser el ente necesario.
Luego ha sido producido por otro. No puede ser una emanación de la substancia divina, porque el Ente divino es absolutamente simple, indivisible, inmutable.
No queda otro recurso para explicar su existencia que decir que ha sido creado por la omnipotencia de Dios.
Aquí, la razón, como la fe, se ven obligadas a exclamar:
¡Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra!

Consecuencias funestas del ateísmo.

¿Cuáles son las funestas consecuencias del ateísmo?

El ateísmo conduce a las más funestas consecuencias:

1° Quita al hombre todo consuelo en las miserias de la vida.

2° Destruye la moral y entrega al hombre a sus perversas pasiones.

3° Hace imposible la sociedad.


1° El ateísmo quita al hombre todo consuelo.

El corazón del hombre necesita de Dios cuando el dolor le hiere. Junto a un féretro, al borde de una tumba, hay un solo consuelo eficaz.
Suprime a Dios,
¿y qué consuelo le ofrecerás al hombre que llora la pérdida de una madre, de una esposa, de hijos tiernamente amados?
Para ser ateo es menester no tener corazón.

¿Qué serían, sin Dios, los pobres, los enfermos, los débiles, los desheredados de la vida?
Dios es el amigo de los que no tienen amigos, el refugio de los perseguidos, el vengador de los calumniados, el tesoro de los inteligentes.
Sin Dios, el mundo sería un infierno para las tres cuartas partes de la humanidad.

Si Dios no existe; ¿de qué sirve nacer para trabajar, penar, sufrir durante cincuenta u ochenta años, languidecer algunos meses en una cama de hospital y después morir y convertirse en comida para los gusanos?
¿Qué nos dan los crueles sofistas que dicen que Dios no existe?
La borrachera y el libertinaje: esto es lo que nos proponen en lugar del cielo. ¡Miserables!...

¿No es mejor mirar al cielo y decir a Dios:
Padre, Dios todopoderoso no te olvides de tus hijos que trabajan, que sufren y esperan tu reino?...

2° El ateísmo destruye la moral.

Si no hay Dios, ninguna autoridad soberana importe el deber, ninguna justicia infinita recompensa a los buenos y castiga a los malos como conviene; el hombre sin deberes, libre del temor del castigo y sin esperanza de recompensa, no tiene por qué no dar rienda suelta a sus pasiones. Se destruye toda moral.
Una moral es esencialmente una regla de vida que obliga a un ser libre, prescribiéndole ciertos actos y prohibiéndole otros.

Esta regla, obligatoria como toda ley, supone un legislador que la dicte, un juez que la aplique, un pagador que recompense a los que la observan y castigue a los que la violan. Si falta Dios, no hay legislador, ni juez, ni pagador de la virtud, ni castigo del vicio;
el hombre queda entregado a sí mismo y a sus torcidas inclinaciones.
La ley moral sin sanción carece de autoridad y será despreciada siempre que demande esfuerzos penosos y sacrificios.

– Se nos dirá: ¿Y la conciencia?...
– Si la conciencia que manda y prohíbe, no es el eco de la voz de Dios, ahogaremos sus gritos y no la obedeceremos.
La conciencia nada significa si no habla en nombre de un ser superior.
Si Dios no existe, yo desafío a todo el mundo a que se me muestre una ley que me obligue a obedecerla en conciencia.

¿Quién me impide satisfacer todas mis pasiones?
¿Con qué derecho viene un hombre a imponerme su voluntad?...
Dios es el principio de donde dimanan todos los derechos y todos los deberes.
Sin Dios, un niño será, con el tiempo, un mal hijo, un mal padre,
un mal esposo, un mal ciudadano, el primero de los impíos, el último de los hombres.
Será un joven sin buenas costumbres, un hombre maduro sin conciencia, un viejo sin remordimientos, un moribundo sin esperanza.

3° Si no hay Dios, la sociedad es imposible.

Una sociedad no puede subsistir si no existen la autoridad que impone las leyes, la obediencia que las cumple, y todas las virtudes sociales.
Ahora bien, faltando la creencia en Dios, los gobernantes de los pueblos no tienen espíritu de justicia, se convierten en tiranos, y en el poder no buscan más que el modo de satisfacer sus pasiones.

Los personas pierden el respeto a la autoridad, el espíritu de sumisión a las leyes, y no tienen más aspiración que el placer, los vicios, ni más freno al temor, ni más regla de conducta que la utilidad o el capricho.
Una sociedad de ateos sería ingobernable.
Si no admitimos a Dios, no se conciben, virtudes sociales, ni justicia, ni caridad, ni espíritu de sacrificio, ni patriotismo.

Si la justicia no es impuesta por Dios, nadie la practicará.
-Dos comerciantes ajustan una cuenta:
–¿Quiere usted un recibo? – Entre gente honrada no es necesario:
Dios nos ve, y esto basta. – ¿Usted cree en Dios?
–Yo sí, ¿y usted? – Yo no. – Entonces, deme usted pronto un recibo...

Para vivir en sociedad hay que consagrarse al bien general, a veces hasta el sacrificio de la propia vida.
Un soldado es colocado como centinela en su puesto, y es sorprendido por el enemigo, le da la señal de alarma, sino caeré hecho pedazos;
la conciencia me intima que le dé la señal o que muera.

Si Dios ha de recompensar mi abnegación, yo acepto la muerte.
Pero si Dios no existe,
¿puedo yo sacrificar mi vida, único bien que poseo, sin tener ninguna recompensa?... Hay que morir por la patria, se dice; pero,
¿qué me importa la patria, si Dios no existe?...
Donde no existe la creencia en Dios, no solamente no hay virtudes sociales,
sino que, por el contrario, se multiplican todos los crímenes, y los hombres no son más que animales salvajes que se devoran unos a otros.

–Pero objetarás: ¿Y la cárcel, y la policía?...
–No siempre todos los asesinatos son descubiertos, muchos crímenes quedan ocultos e impunes. Si no hay un Dios a quien rendir cuentas, basta evitar la policía, o comprarla.
Tal sociedad sería bien pronto un matadero.
Todas las sociedades, desde el origen del mundo hasta ahora, han reposado sobre tres verdades fundamentales:
la existencia de Dios, la del alma y la de la vida futura.
Quite éstas tres bases morales, y arrojarás las sociedades al abismo de las revoluciones y las condenarás a muerte.

Los horrores y las matanzas de la Revolución del 93 y de la Comuna de París en 1871, no eran más que el ateísmo puesto en práctica.
El socialismo, que quiere destruir la sociedad hasta en sus cimientos, es fruto natural del ateísmo: los mismos positivistas lo declaran en sus libros y revistas.

Por consiguiente, se necesita para fundamento, y fundamento estable, de las sociedades humanas un Dios todopoderoso, bueno, justo, creador de todas las cosas y gobernador del mundo material por medio de leyes físicas, y de los hombres por medio de leyes morales. Todo descansa sobre esta base.

¿Hay realmente ateos?

Se dicen ateos aquellos que niegan la existencia de Dios.
Se clasifican en tres categorías.
Los ateos prácticos, que se portan como si Dios no existiera.
Los ateos de corazón, que querrían que Dios no existiera, a fin de poder entregarse libremente a sus pasiones.

Los ateos de espíritu, aquellos que, engañados por sofismas, creen que no hay Dios.
Hay por desgracia, un número mayor de ateos prácticos que viven sin Dios, y no le rinden homenaje alguno.
Hay también, para vergüenza del género humano, ateos de corazón,
que desean que no haya Dios, que así se atreven a decirlo y a escribirlo en sus libros y en los periódicos, porque temen a un Dios que castiga el mal.

Pero no existen verdaderos ateos que nieguen a sangre fría y con convicción la existencia de Dios.
Solamente el corazón del insensato es el que desea que Dios no exista:
Dijo el necio en su corazón, no en su inteligencia: ¡Dios no existe!

Las principales causas productoras del ateísmo son:

1° el orgullo, que obscurece la razón;

2° la corrupción del corazón, al que molesta y espanta la existencia de Dios.


Un día le dijeron a un hombre de ingenio:
- ¿Cuál es la causa de que haya ateos?
– La cosa en muy fácil de explicar contestó; para hacer una liebre al horno,
tome una liebre, dice la cocinera perfecta;
para hacer un individuo que niegue la existencia de Dios, tome una conciencia y mánchala con tantos crímenes que no pueda ya contemplarse a sí misma sin exclamar:

“¡Ay de mi, si Dios existe!”
Ahí tienes el secreto del ateísmo.
Los que creen o aparentan no creer en Dios son,
por regla general pobres ignorantes que no han estudiado nunca la religión;
o gente malvada, orgullosos, ladrones, libertinos, interesados en que Dios no exista para que no los castigue según lo merecen.


Dios es una pesadilla de los malhechores, mucho más odiosa que la policía,
y su existencia se niega para andar con mayor libertad...

“Yo quisiera ver, dice La Bruyere, a un hombre sobrio, moderado, casto y justo, negando la existencia de Dios; ese hombre, por lo menos hablaría sin interés;
pero un individuo así no se encuentra”.
– Tened a vuestras almas en estado de desear que Dios exista, y no dudaréis nunca de El. – J.J. ROUSSEAU.

Objeciones del ateísmo

Todos los argumentos que presentan los falsarios sabios para librarse de creer en Dios, y particularmente para no hacer lo que El manda, se reducen a los dos siguientes:
1° A Dios no se le ve. 2° No se le comprende.

1° Yo no creo sino lo que veo. Pero a Dios yo no le he visto.
Luego Dios no existe.

Respuesta. – Se les podría preguntar: ¿Han visto ustedes el Asia, el Africa, la Oceanía?
¿Han visto ustedes a Napoleón o a Carlos V?
- ¿Han visto al relojero que construyó el reloj que usan?
- ¿Ven el aire que respiran y que los hace vivir?
¿El fluido eléctrico que pasa rápido como el relámpago por el hilo telegráfico para transmitir el pensamiento hasta los últimos rincones del mundo?
¿Ven la fuerza que en la pólvora o en la dinamita hace pedazos las rocas más grandes?
¡Cuántas cosas admiten ustedes sin verlas, solo porque ven sus efectos!

Pues bien, nosotros, por nuestra parte, creemos en Dios porque vemos en el mundo los efectos de un poder y de una sabiduría infinitos.Es cierto que a Dios no se le puede ver con los ojos del cuerpo, porque es un puro espíritu que no se puede ver, ni tocar, ni percibir con los sentidos. Pero,
¿acaso no tiene el hombre diferentes medios para conocer lo que existe?

¿No existe la inteligencia, que ve la verdad con evidencia, sea que se manifieste al espíritu como la luz se manifiesta al ojo, sea que resulte de una demostración o raciocinio? Los que solo quieren creer lo que ven, rebajan la dignidad del hombre y se colocan en un plano inferior a los brutos.
¿Te atreverías a negar la luz porque no la puedes percibir mediante el oído?
¿Puede un ciego negar la existencia del sol porque no lo ve?
Pues de la misma manera, si no se ve a Dios con los ojos del cuerpo, se le ve con la razón, se le conoce por sus obras.

Uno de los más célebres naturalistas, Linneo, decía: “En medio de las maravillas del mundo he visto la sombra de un Dios eterno, inmenso, todopoderoso, soberanamente inteligente, y me he prosternado para adorarle”.

2° Los incrédulos dicen también:
Yo no puedo creer lo que no comprendo; y como no comprendo a Dios, no existe.
“¿Crees tú en la tortilla?, decía, en 1846, el P. Lacordaire a un burgués incrédulo.
– Seguramente. – ¿Y comprende usted cómo el mismo fuego que hace fundir la mantequilla endurece los huevos?”
– El burgués no supo qué responder. ¡Cuántas cosas hay que admitir sin comprenderlas! ¿Cómo la misma tierra, sin color ni sabor, produce flores y frutos de matices y sabores tan variados?

¿Cómo el grano de trigo se transforma en tallo, y luego en espiga de 30, 40, 50 granos? ¿Cómo el pan se convierte en carne y en nuestra sangre?
¿Qué es la luz, el vapor, la electricidad?...
¿Qué es el cuerpo? ¿Qué es el alma? ¿Qué es la vida?
¡Misterio! Todo es misterio en torno nuestro, y a cada instante debemos inclinar nuestra pobre razón ante muchas cosas que nos vemos forzados a admitir.

Es indudable que nosotros no podemos comprender a Dios, porque comprender en contener, y nuestro espíritu es demasiado pequeño, demasiado limitado para contener a Dios, que no tiene límites.
Para comprender lo infinito es menester una inteligencia infinita; si el hombre pudiera comprender a Dios, Dios no sería Dios, porque no sería infinito.
Pero nosotros podemos concebir a Dios, es decir, tener un conocimiento suficiente de su ser, de sus atributos y especialmente de su existencia.

Dios es, aquí abajo, lo que hay de más caro y más obscuro al mismo tiempo; de más claro en su existencia, de más obscuro su naturaleza.
Es visible en sus obras, que son a manera de otros espejos donde se reflejan sus perfecciones adorables, y está oculto a causa de las sombras que envuelven su grandeza infinita: es el sol oculto detrás de una nube.
Pero se rasgará el velo que nos oculta la divinidad, y, semejante al crepúsculo que anuncia el sol, el tiempo presente no es más que la aurora del día eterno.

Todo en un Dios anuncia la eternal existencia: A Dios no se le puede comprender ni ignorar. La voz del universo prueba su omnipotencia,
la voz de nuestras almas nos lo manda adorar.




Dios existe y ésa es la mayor felicidad para el creyente, ya que pese a las amarguras de la vida presente, ansía vivir con El eternamente en el Cielo.








Segunda Verdad:
Tenemos un Alma. (Próximo mes de Marzo)

Frases y Dichos

Del escuchar procede la sabiduría, y del hablar el arrepentimiento. (Italiano)

Tienes el andar del pavo el trote de la gaviota, tienes la lengua tan larga que no cabe en la boca. (Español)

Me gustaría hacerme el muerto para saber quién va a mi entierro y quién me llora. (Peruano)

Conocerse a sí mismo es el mejor saber. (Latino)

Todos necesitamos llenar un vacío, tú llénalo con oraciones y con amor al prójimo. (Sta. Teresa de Jesús)

Quien lee mucho sabe mucho, pero quien observa sabe todavía más.(Francés)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

donde dice que la religión católica es la religión verdadera? muéstrame un versículo en la biblia que diga eso. no hay religión verdadera , ya que cada una dirá que la suya es la verdadera.

las verdades son estas

*nosotros somos pecadores
*nuestro pecado nos separa de Dios
*Dios nos ama
*Dios nos perdona por medio de Jesús
*el nos invita a ser hijos de Dios por medio de Jesús

Anónimo dijo...

si no se predica a jesus en tu iglesia y se enseña que debemos de predicar su evangelio, pues no es solida tu creencia, piensa en esto y jusgate a ti mismo.