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1 de junio de 2011

Quinta Verdad 1ra. Parte. La Iglesia Católica es la única depositaria de la religión cristiana

Quinta Verdad 2da. parte: La Verdadera Religión Cristiana es la Católica.--->
<---Cuarta Verdad: La religión cristiana es la única religión divina.



Del Libro: La Religión Demostrada. Fundamentos de la fe Católica ante la razón y la ciencia. P. A. Hillaire; Ex profesor del Seminario Mayor de Mende Superior de los Misioneros del Sagrado Corazón.

Quinta y última Verdad; 1ra. Parte.

La Iglesia Católica es la única depositaria de la religión cristiana.
La Iglesia es el medio establecido por Jesucristo para conservar, propagar y hacer practicar la religión cristiana.

Fuera de la Iglesia Católica no hay verdadero cristianismo.

Creemos útil recordar aquí las verdades ya demostradas:

1º Existe un Dios Creador de todas las cosas.

2º El hombre creado por Dios posee un alma espiritual, libre e inmortal.

3º Es necesario una religión, porque el hombre, criatura de Dios, debe rendir sumisión a su Creador. La religión natural no basta al hombre, puesto que Dios, Soberano Señor, se ha dignado revelarle una religión sobrenatural.

4º Dios ha hecho al hombre tres revelaciones, que se llaman:

primitiva; mosaica; cristiana.

Las dos primeras no serán más que la preparación de la revelación cristiana, la cual es su complemento definitivo y permanente siendo la única verdadera, la única obligatoria. Hemos expuesto ya las pruebas de la divinidad de la religión cristiana, que tiene por fundador a nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre; estas pruebas son numerosas e irrebatibles.

5º No queriendo Jesucristo quedarse de una manera visible en la tierra, debió elegir un medio para transmitir su religión a todos los hombres hasta el fin de los siglos. Es evidente que al manifestarse Dios al mundo en forma de hombre, su venida debía tener por objeto la salvación de todo el linaje humano.
Este medio establecido por nuestro Señor Jesucristo es la Iglesia. Tal es la última verdad, que nos queda por demostrar.

Podemos concluir inmediatamente:

1º Que todo hombre razonable debe creer en Dios.
2º Que todo, hombre que cree en Dios debe ser cristiano.
3º Que todo cristiano debe ser Católico.


En este tratado, nuestro razonamiento se apoyarán en principios ya demostrados:

1º En el hecho de la divinidad del Cristianismo.
2º En la verdad de las palabras divinas de nuestro Señor Jesucristo.
3º En la autenticidad de los Evangelios que citan esas palabras.

La Iglesia es en realidad una institución que depende enteramente de la voluntad de Jesucristo, su fundador.
Esta voluntad se nos ha manifestado:

1º, por los Evangelios, cuyo valor histórico ya hemos probado;
2º, por la Tradición o enseñanza oral de los Apóstoles.

Después de su resurrección, Jesucristo permaneció cuarenta días en la tierra; se apareció con frecuencia a sus discípulos para darles sus instrucciones acerca de la fundación de la Iglesia: Loquens de Regno Dei (Act, I, 3.)

Los Apóstoles no escribieron estas enseñanzas de su divino Maestro, pero las transmitieron oralmente a sus sucesores.
En esto consiste la Tradición, cuyas principales instrucciones fueron después escritas por los primeros Padres de la Iglesia.

Nos quedan por tratar las cuestiones siguientes:

I. Naturaleza, fundación, fin y constitución de la Iglesia de Jesucristo.

II. Identidad de la Iglesia Católica con la Iglesia de Jesucristo.

III. Organización de la Iglesia Católica.

IV. Relaciones de la Iglesia con las sociedades civiles.

V. Beneficios que la Iglesia proporciona al mundo.

VI. Nuestros deberes para con la Iglesia, verdadera regla de la f e y de la moral.


I. LA IGLESIA TAL COMO FUE ESTABLECIDA POR JESUCRISTO.

¿Qué medio estableció nuestro Señor Jesucristo para conservar y propagar la religión cristiana?


El medio establecido por Jesucristo es la Iglesia.
Jesucristo quiso unir a los hombres y a los pueblos entre sí; quiso unirlos a Él, y por su intermedio, unirlos a su Padre.

Con este fin, fundó una sociedad religiosa con el fin de recoger a los que creyeran en Él, y para gobernarla, instituyó un sacerdocio o cuerpo de pastores encargados de predicar su Palabra y de administrar sus Sacramentos.
Eligió doce Apóstoles, los instruyó durante tres años, les comunicó sus poderes y los envió por todo el mundo a predicar el Evangelio.

El pueblo Hebreo, fue elegido para conservar la verdadera religión hasta la llegada del Mesías. La Iglesia fue establecida para propagarla hasta la consumación de los siglos.
Jesucristo vino a traer al hombre los únicos bienes necesarios:
la verdad y la gracia.

Al salir de la tierra para volver al cielo, dejó:

1º, las verdades reveladas y las leyes morales que debían ser transmitidas a los hombres de todos los tiempos y de todas las naciones;

2º, los tesoros de gracia que habían de ser distribuidos a las generaciones posteriores.

Para continuar en el mundo la obra de la Redención, Jesucristo fundó la Iglesia, la sociedad religiosa, depositaria de su doctrina y de sus gracias.
Nada más grande que la Iglesia, ese Reino del Mesías anunciado con tanta frecuencia en el Antiguo Testamento.

David, Isaías, Ezequiel cantaron sus glorias y sus victorias.
Daniel predijo su duración inmortal al explicar el sueño del rey Nabucodonosor.
El plan de Dios es realmente espléndido: quiere divinizar a todos los hombres, unirlos a Cristo y, por mediación de su Cristo, a la Santísima Trinidad, a fin de hacerlos partícipes de la bienaventuranza infinita de las tres Personas divinas[Véase Mons. BESSON. La Iglesia; LAMENNAIS. Ensayo sobre el Indeferentismo.]

1º NATURALEZA DE LA IGLESIA DE JESUCRISTO.

¿Qué es La Iglesia?


La palabra Iglesia derivada del griego, significa la asamblea de los llamados.
Unas veces designa el lugar donde se reúnen los fieles para orar, y otras la sociedad de los fieles adoradores del verdadero Dios.

La Iglesia, como sociedad, en su sentido más amplio, comprende el conjunto de los fieles de la tierra, de los Justos del purgatorio y de los Santos del cielo:
de ahí la división bien conocida de la Iglesia en militante, purgante y triunfante.

La Iglesia militante, considerada históricamente, comprende a todos los verdaderos adoradores de Dios, desde el principio del mundo hasta el fin de los tiempos:
todos, en hecho de verdad, han creído o creerán en la religión revelada, esencialmente la misma en sus distintas fases; en este sentido se subdivide la Iglesia en patriarcal, mosaica y cristiana o católica.

La Iglesia Católica es la sociedad de todos los discípulos de Jesucristo unidos entre sí por la profesión de fe cristiana, la participación de los mismos Sacramentos, la sumisión a los legítimos pastores, principalmente a la misma Cabeza Visible, el Vicario de Jesucristo.

Se divide en dos partes:
la Iglesia docente; los pastores y la Iglesia discente; los fieles en general.

El nombre de Iglesia designa frecuentemente la Iglesia docente.
En este sentido se dice: la Iglesia enseña, la Iglesia ordena, la Iglesia es infalible, etc.
Este tratado de la Iglesia está destinado a establecer la legitimidad de dicha definición.

Para pertenecer a esta sociedad exterior y visible, se requieren tres condiciones:

1a, ser bautizado;

2a, creer en la doctrina de Jesucristo;

3a, estar sometido a los pastores que gobiernan la Iglesia en nombre del Hijo de Dios y, sobre todo, al jefe supremo de la Iglesia que es el Vicario de Jesucristo.

La Iglesia y la religión.

Con la palabra religión designamos el conjunto de las relaciones entre el hombre y Dios; la palabra Iglesia designa la sociedad de las personas que tienen estas relaciones con Dios.
La religión es el conocimiento, el servicio, el amor, el culto del verdadero Dios; la Iglesia es la sociedad de los hombres fieles que conocen y ponen en práctica la religión.

La Iglesia y la religión son de institución divina y su unión constituye el cristianismo.
No hay cristianismo sin Iglesia.

Así como la humanidad no actúa o existe en el orden real más que en el hombre; así tampoco el cristianismo se realiza más que en la Iglesia.
Entre ésta y aquél podemos establecer distinción, pero en la realidad son idénticos. Jesucristo, con un solo acto, funda la religión cristiana y la Iglesia.

La Iglesia ¿es verdadera sociedad?

Sí; la Iglesia es una verdadera sociedad, porque reúne todos los elementos constitutivos de tal.
Una sociedad es un conjunto de hombres unidos entre sí bajo la misma autoridad para alcanzar un mismo fin por medios comunes.

Es así que la Iglesia comprende:

1º, pluralidad de miembros unídos entre sí;

2º, autoridad que manda;

3º, un fin común a los asociados;

4º, medios comunes para alcanzar este fin. Luego la Iglesia es una verdadera sociedad.

Los jefes de la Iglesia son los pastores:

San Pedro, los Apóstoles. Los súbditos son los fieles que creen en las verdades reveladas.
El fin es la eterna bienaventuranza.

Los medios son la profesión de una misma fe, la participación de los mismos Sacramentos, la obediencia a los legítimos pastores.

Toda sociedad supone cuatro elementos esenciales:

1º, pluralidad de miembros;

2º, autoridad que forma el lazo moral de los asociados y los dirige hacia el fin común;

3º, unidad del fin que hay que conseguir;

4º, empleo de los mismos medios.

Los dos primeros elementos son comunes a todas las sociedades; los otros dos las especifican.
Así, en toda sociedad civil hay necesariamente dos clases de ciudadanos:
los que mandan en virtud de la autoridad de que son depositarios, y los que obedecen; si falta eso, se podrá tener una muchedumbre de hombres, pero no una sociedad.

El tercer elemento es el fin, el objeto que los asociados se proponen conseguir; el cuarto, los medios; que deben ser siempre proporcionados al fin.
Este fin, este objeto, determina la naturaleza de toda sociedad, porque por razón del fin y objeto los asociados se unen, y el poder dirigente está investido de tales y cuales prerrogativas.

2°FUNDACIÓN DE LA IGLESIA.

Jesucristo ¿fundó directamente la Iglesia?


Sí, el mismo Jesucristo instituyó la Iglesia bajo la forma de una sociedad visible, exterior como las otras sociedades humanas, y gobernada por autoridades legítimas.
Reunió a todos sus discípulos bajo la autoridad de sus Apóstoles para hacerles alcanzar un fin común, su salvación eterna por el empleo de los mismos medios, la práctica de la religión cristiana.

Tenemos como pruebas:

1º Las palabras de Jesucristo referidas en el Evangelio.
2º El testimonio diecinueve veces secular de la historia.
3º La misma existencia de esta sociedad fundada por Jesucristo.

1º Las palabras de Jesucristo prueban la fundación de la Iglesia.

a) Jesucristo promete formalmente fundar una Iglesia;
distinta de la sinagoga, cuando le dice a Pedro:
“Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.
Las imágenes o los emblemas con que se complacía nuestro Señor Jesucristo en describir su Iglesia futura son los de una sociedad: la Iglesia, en boca de Jesucristo, es un rebaño, una familia, el reino de Dios.

b) Durante tres años de su vida pública;
Jesucristo preparó los elementos de su Iglesia. De entre la muchedumbre que le seguía escogió, desde luego, doce discípulos, a los que llamó Apóstoles o enviados; los enseñó de una manera particular, y los consagró Obispos.

Eligió también discípulos de una categoría inferior, en número de setenta y dos, y los envió de dos en dos a predicar el Evangelio: finalmente, a la cabeza de sus Apóstoles, puso a San Pedro como fundamento de su Iglesia y Pastor de los corderos y de las ovejas.

c) Antes de subir a los cielos dijo a sus Apóstoles:
“Como mi Padre me ha enviado, así yo los envío… me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; vayan, pues, enseñen a todas las naciones bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo aquello que les he ordenado, y Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”[Mt 28, 15-16].

Y en otro lugar:
“Vayan por todo el mundo, prediquen el Evangelio a toda criatura: quien crea y se bautize se salvará; el que no crea se condenará”[Mc 16, 15-16].
Con estas palabras por una parte, Jesucristo da a sus Apóstoles un triple poder:

a) El poder de enseñar: “Vayan, enseñen a todas las naciones… prediquen el Evangelio…”

b) El poder de santificar: “Bauticen a las gentes en el nombre del Padre…”, el bautismo es la puerta de los otros Sacramentos.

e) El poder de gobernar: o de dictar leyes: “Enseñad a las naciones a guardar todo aquello que os he ordenado”.

Jesucristo añade:
“Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los siglos; con lo cual imprime a los poderes de los Apóstoles el carácter divino de la infalibilidad y de la perpetuidad hasta el fin de los siglos.

Por otra parte, Jesucristo impone a todos los hombres la obligación estricta de someterse a sus Apóstoles, cuando dice:
“Prediquen el Evangelio… quien crea se salvará; quien no crea se condenará”.

Por consiguiente, todos los hombres que quieran obtener la verdad, la gracia, la salvación eterna, deberán creer en la palabra de los Apóstoles, recibir de sus manos los Sacramentos y obedecer sus leyes… la Iglesia está allí toda entera con sus poderes y sus prerrogativas.

Hallamos, de hecho, en las palabras del Salvador, los cuatro elementos constitutivos de una verdadera sociedad: la pluralidad de los fieles moralmente unidos entre sí por la autoridad de los Apóstoles para un fin común, la salvación eterna, mediante el empleo de los mismos medios, la fe en la doctrina de Jesucristo, la recepción de los Sacramentos y la obediencia a sus leyes.
Los Apóstoles son los gobernantes; y los fieles, los gobernados: la unión de unos y otros constituye una verdadera sociedad, que Jesucristo llama su Iglesia.

2º El testimonio de la historia.

El día de Pentecostés, los Apóstoles predican a Jesucristo: tres mil judíos al principio; cinco mil al siguiente día, creen en su palabra, y todos se someten a su autoridad.
El número de fieles se multiplica, los Apóstoles eligen ministros inferiores, presbíteros y Diáconos, a los que imponen las manos para consagrarlos con el sacramento del orden.
Los Apóstoles se separan y van a predicar el Evangelio en las diversas partes de la tierra, consagran Obispos, los establecen como Pastores en las Iglesias recientemente fundadas.

A su muerte dejan por todas partes sucesores, herederos de su autoridad y de su ministerio. Estos a su vez, consagran otros sucesores, que hacen lo mismo en el transcurso de los siglos.
Así, la organización primitiva de la sociedad cristiana establecida por Jesucristo permanece indefectible [Véase la historia de la Iglesia].

3º La existencia de la Iglesia prueba que Jesucristo es su fundador.

La existencia de la Iglesia es un hecho. Nosotros la hallamos viva en todas las épocas de la historia desde hace veinte siglos. Pues bien, siempre, ya por su nombre, ya por sus instituciones, ya por la sucesión no interrumpida de sus pastores, esa Iglesia reconoce a Jesucristo por su fundador.
Luego la misma existencia de la Iglesia, aun prescindiendo de los Evangelios, prueba que Jesucristo la ha fundado [Véase Bossuet, Discurso sobre la historia universal].

¿Por qué nuestro Señor Jesucristo eligió a la Iglesia para conservar su religión?

Jesucristo eligió a la Iglesia porque una sociedad es el medio más a propósito para conservar la religión y el más conforme a la naturaleza del hombre, esencialmente sociable.
Una religión revelada debe ser enseñada o por Dios mismo, o por hombres delegados a este fin: pero no conviene a la Majestad divina enseñar a cada individuo en particular por una revelación también particular, ya que esto sería multiplicar los milagros sin necesidad.
Debía, pues, Jesucristo confiar a hombres escogidos el cuidado de transmitir a los otros la religión cristiana.

1º Para conservar la religión primitiva.

Dios no fundó una sociedad religiosa distinta de la familia. El padre era, a la vez, rey y Sacerdote: como rey, cuidaba por la felicidad temporal de la familia; como Sacerdote, ofrecía sacrificios a Dios y transmitía a sus descendientes las verdades reveladas. Y esto era tanto más fácil cuanto que estas verdades, no eran muy numerosas y los Patriarcas vivían mucho más de lo que se vive ahora: así se conservó la religión primitiva.

2º La tierra se puebla;

las virtudes antiguas desaparecen, los hombres se pervierten, y no teniendo ya por custodia la vida secular de los Patriarcas, la familia es incapaz de conservar intacto el depósito de la revelación.
Para conservarlo, Dios elige al pueblo judío. Sobre el monte Sinaí, da a ese pueblo la ley escrita, complemento de la revelación primitiva.
Establece en esa nación una verdadera Iglesia, creando un sacerdocio, distinto del poder paternal y del poder político.

Este sacerdocio encargado de las funciones del culto y de la custodia de los Santos Libros, se perpetúa de generación en generación, y conserva hasta la venida del Mesías, el depósito de la religión revelada.
Es la sinagoga, la cual, por su constitución, es figura de la Iglesia de Cristo, como lo anuncian las profecías.

Dios pacta una alianza particular con la nación judía, porque en ella debe nacer el Mesías. Pero no por eso los demás pueblos quedan abandonados.
Ellos recibieron también la revelación primitiva; mediante sus relaciones con el pueblo judío y la difusión de los Libros Santos participan, más o menos, de las luces de la revelación mosaica: si se pervierten y corrompen, suya es la culpa. Fuera de eso, Dios se propone llamarlos nuevamente al conocimiento de la verdad completa.

3º Los Profetas anuncian que el Redentor juntará en su Reino a los judíos y a los gentiles;
el Reino del Mesías es la Iglesia, la cual sucede a la Iglesia mosaica.
El Antiguo Testamento era sombra y figura del Nuevo… es así que en tiempo de Moisés había una Sinagoga encargada de conservar el depósito de la revelación; luego era conveniente que Jesucristo fundara una Iglesia, encargada del depósito de la doctrina cristiana y con el fin de comunicar a todos los pueblos los frutos de la Redención consumada en el Calvario.

La Iglesia nueva es más perfecta que la Iglesia antigua… posee la perfección de la verdad más clara y enriquecida con nuevas revelaciones; la perfección de la Ley impulsando a la práctica de virtudes más sublimes; la perfección de los Sacramentos, constituidos en señales que causan la gracia; la perfección del sacerdocio, marcado con un carácter más divino, investido de funciones más nobles y de una autoridad más fuerte; la perfección de expansión y de duración; sus límites son los del universo y su duración es la del mundo.

1º ¿Por qué Jesucristo eligió hombres para la enseñanza de su religión?

a) Una religión revelada debe ser enseñada, porque comprende verdades que creer, leyes que observar y un culto que rendir a Dios.
Pero para que el hombre crea verdades, observe leyes, o rinda un culto, es menester, previamente, que los conozca.

¿Cómo los conocerá?

El hombre puede ser instruido por Dios o por sus semejantes.
No es conveniente que Dios renueve la revelación para cada hombre en particular; luego es necesario que el hombre sea enseñado por sus semejantes.
El hombre puede ser instruido de viva voz o por escrito.
La enseñanza oral es la más conforme a su naturaleza: conviene a todos.
Es la única posible para los niños, para los hombres que no saben leer y para todos aquéllos, y son muchísimos, que no tienen ni gusto ni tiempo para estudiar en los Libros.

Aún los hombres instruidos necesitan de una autoridad segura que les enseñe el verdadero sentido de las enseñanzas escritas.
Un libro es letra muerta: es necesario que alguien lo explique.
“El libro es mudo, dice Platón, es un niño al que se le hace decir todo lo que se quiere, porque su padre no está allí para defenderlo”.

La razón exige para el conocimiento de la religión, como para todas las otras ciencias, un sistema de enseñanza accesible a todos, proporcionado a la edad y a la inteligencia de todos. Sólo la enseñanza oral, dada con autoridad, llena estas condiciones.

Además, la revelación consta de una doble ley: ley para la inteligencia, las verdades que es preciso creer; ley para la voluntad, los deberes que deben ser practicados.
Pues bien, estas leyes necesitan interpretación. Todas las sociedades han instituido cuerpos de magistrados encargados de interpretar los códigos: una ley que dejara de ser explicada, una ley cuya observancia no fuera mantenida por una autoridad visible, dejaría de ser ley.
Y como Dios no puede ser inferior en sabiduría a los hombres, debe tomar las mismas precauciones.

b) Aparte de esto, de hecho, Dios ha obrado así durante todo el transcurso de los siglos.

1º La revelación primitiva, hecha a Adán en el Paraíso terrestre es transmitida por hombres, de generación en generación, hasta Moisés.

2º En el monte Sinaí, Dios promulga la ley escrita.
¿Quién será el encargado de custodiarla, de interpretarla hasta la venida del Mesías?
Serán hombres. Aarón y sus descendientes conservan este precioso depósito durante quince siglos.

3º Jesucristo viene a explicar, desenvolver y perfeccionar la religión.
¿A quién confiaría la guarda de ese tesoro?
A sus Apóstoles, dándoles autoridad infalible para que enseñen su doctrina, promulguen sus leyes y confieran su gracia.
Antes de volver al cielo, reúne a sus Apóstoles, y les dice:
“Como mi Padre me ha enviado, yo os envío. Id, pues, y enseñad a todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura… Yo estoy con vosotros, todos los días hasta el fin del mundo”.

Con estas palabras Jesucristo da a sus Apóstoles el poder de enseñar su religión de una manera infalible y perpetua.

2º¿Por qué Jesucristo reunió a sus Apóstoles y discípulos en una sociedad religiosa?

Para conformarse a la naturaleza humana. El hombre es un ser esencialmente sociable. No puede nacer sin la sociedad de la familia, no puede ser criado sino en el seno de la sociedad, y no puede vivir sin la sociedad de sus semejantes.
Al hombre, compuesto de cuerpo y alma le convienen dos sociedades distintas:
una que vele de los intereses del cuerpo, y es la sociedad temporal, el estado, la nación; y otra para que cuide por los intereses del alma, y es la sociedad espiritual y religiosa.

Además, esta necesidad natural del hombre la vernos traducida en la práctica en el transcurso de todos los siglos y en todos los pueblos.
En todas partes el hombre ha creído en Dios, y en todas partes se ha asociado con sus semejantes para rendirle un culto público y social.
Por consiguiente, si Dios no hubiera organizado su religión en forma de sociedad, esa religión no habría estado de acuerdo con las tendencias de la naturaleza humana.

El Redentor obra en el orden de la gracia, como el Creador en el orden de la naturaleza. Al principio, Dios mismo creó al primer hombre y a la primera mujer, los unió en una sociedad íntima: la familia y les dijo:
“Crezcan y multiplíquense, y pueblen la tierra”.

Con estas palabras, Dios, proveyó a la conservación de la especie humana hasta el fin de los tiempos.
De la misma manera, cuando Jesucristo quiso engendrar a sus elegidos, dijo a sus Apóstoles:
“Vayan por todo el universo, prediquen el Evangelio a todas las criaturas… Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos”.
Con estas palabras, el Salvador crea la Iglesia y asegura a los hombres, hasta el fin del mundo, la transmisión de la vida sobrenatural.

De esta suerte, Dios Creador con una sola ordenación de su voluntad funda la familia; y el niño recibe en esta sociedad la vida natural.
Dios Redentor también, con una sola disposición crea la Iglesia, y en esta sociedad religiosa y divina el mismo niño recibe la vida sobrenatural.

En virtud de estas dos sentencias creadoras, la orden de Dios se cumple sin cesar: hay hombres que se unen para poblar la tierra, y otros que se asocian para evangelizarla: Dios, principio de vida, ha hecho brotar dos fuentes de ella: la familia, que da la vida natural y puebla el mundo, y la Iglesia: que comunica su vida sobrenatural y puebla el cielo.
Hay perfecta analogía entre el orden de la naturaleza y el de la gracia.

3° LA FINALIDAD DE LA IGLESIA.

¿Qué misión da Jesucristo a la Iglesia?


Jesucristo da a la Iglesia la misión de conducir a los hombres a la salvación eterna, mediante la práctica de la religión cristiana.
El Hijo de Dios fundó la Iglesia para continuar en ella y por ella, hasta el fin de los tiempos, la obra de la Redención.

Vino a la tierra a fin de instruir a los hombres, santificarlos con su gracia y llevarlos al cielo. Tal es también la misión que dio a la Iglesia, cuando dijo a sus Apóstoles:
“Como mi Padre me ha enviado, así también Yo los envío”.

Los doctores llaman a la Iglesia la manifestación siempre viva de Jesucristo, su encarnación prolongada a través de los tiempos.
El Hijo de Dios al venir a la tierra tenía un doble fin: ante todo, rescatar al mundo perdido por el pecado de Adán; es la obra de su muerte en la cruz; después, de hacer partícipes a todos los hombres de los frutos de la Redención y aplicarles sus méritos.

Pues bien, ésa es precisamente la obra de la Iglesia hasta el fin del mundo.

1º El fin inmediato o próximo de la Iglesia es enseñar a los hombres las verdades reveladas, administrar los Sacramentos que confieren la gracia, hacer observar los mandamientos de Dios, promover así la práctica de la religión cristiana.

La práctica de la religión produce la santidad, que conduce al cielo.
Por eso el fin remoto de la Iglesia es el conducir a los hombres a la vida eterna, a la visión sobrenatural e inmediata de Dios.

La Iglesia, como todas las obras divinas, tiene por fin supremo el procurar la gloria de Dios. Y a la verdad, Ella con su extensión, su estabilidad, su doctrina, las gracias y los beneficios de que es fuente, pone de manifiesto el poder, la providencia, la bondad y la sabiduría de Dios.

Y difunde todos los días sobre la tierra el conocimiento del ser supremo, propaga su culto y hace brotar las más hermosas virtudes.
Los numerosos Santos que ella engendra alabarán y bendecirán al Señor por toda la eternidad.

2º La Iglesia no es más que una sola cosa con Jesucristo.

Es Jesucristo mismo prolongando su encarnación entre los hombres.
Y ésa es la razón por la cual nuestros libros Santos llaman a la Iglesia Cuerpo Místico de Jesucristo, complemento de Cristo, su desenvolvimiento, puesto que los fieles, hijos de la Iglesia, están incorporados a Cristo por la vida divina que reciben de Él.
“Yo soy la Vid, dijo el Salvador a sus Apóstoles, y vosotros los sarmientos”.

Jesucristo es Doctor, Santificador y Rey de la humanidad.

Por medio de la Iglesia continúa su triple ministerio:

como Doctor, enseña por la voz de la Iglesia;

como Santificador o Pontífice, vivifica con sus Sacramentos;

como Rey, guía y gobierna a los hombres con la autoridad de los Pastores:

obra por su Iglesia, como el alma obra por medio del cuerpo. La Iglesia es, pues, Jesucristo enseñando, santificando y gobernando a los hombres.
La misión de la Iglesia es continuar de una manera visible la misión de Jesucristo.

El Salvador dio a sus Apóstoles el encargo de enseñar a todos los pueblos, de administrar los Sacramentos, de promulgar la Ley cristiana, y esto hasta el fin de los siglos.
Y añadió:
“He aquí que estoy con vosotros…”, por consiguiente, Él se asegura su asistencia perpetua; de ahí un doble deber: deber para los Apóstoles y sus sucesores de instruir, de santificar y de gobernar; deber para los fieles de creer en la doctrina enseñada, de recibir los Sacramentos, de obedecer la Ley cristiana.

En resumen.

Es, pues, necesario formar parte de la Iglesia si queremos ir al cielo, no solamente porque el Hijo de Dios, su Fundador, ha impuesto a todos los hombres el precepto formal de entrar en su Iglesia, sino también porque, siguiendo el orden establecido por la divina Providencia, sólo en Ella podemos alcanzar la vida eterna;

Ella es la única depositaria de los medios de santificación: fuera de la Iglesia no hay salvación. Más adelante, explicaremos el sentido y la extensión de esta máxima fundamental.

“Jesucristo, el Hombre-Dios, es el enviado de su Padre para dar a los hombres la verdad y la vida sobrenatural [Jn 14, 6].
Por el hecho de su misión, ha recibido todo poder para instruir, santificar y gobernar a todo el género humano, para llevar a los hombres a la visión sobrenatural e intuitiva de Dios; a la posesión directa de la bienaventuranza divina; fin último y supremo de la naturaleza humana.

Jesucristo, el Hombre-Dios, el enviado de su Padre, es el Salvador y el Redentor del género humano; luego todo el linaje de Adán, rescatado con el precio de su sangre, es su conquista, su propiedad.
Él tiene por misión incorporarse el género humano para ofrecerla con Él en holocausto a Dios, su Padre.

La Iglesia es la Enviada de Jesucristo; es la Voz y el Órgano de Jesucristo; es la Esposa de Jesucristo, es su Cuerpo Místico, su Desenvolvimiento, su Plenitud…
Enviada de Jesucristo, así como Jesucristo es el enviado del Padre, la Iglesia está asociada a su misión y, por consiguiente, a su autoridad suprema.

Voz y Órgano de Jesucristo, la Iglesia instruye y gobierna a las multitudes en nombre de Jesucristo; es Jesucristo mismo que vive, habla y obra en ella.
“Esposa de Jesucristo a semejanza de Eva, madre de los vivientes, la Iglesia nació del costado del Nuevo Adán, durante su sueño en la Cruz.

Ella recoge a la humanidad manchada por la culpa del primer hombre, mediante la fecunda virtud de su Esposo, la da a luz a una nueva vida, la alimenta con el pan de la verdad y de la gracia, y gobierna a los que ha regenerado con la dulce autoridad de una Madre y con el poder soberano de una Reina.

Cuerpo Místico de Jesucristo la Iglesia incorpora los hombres a Jesucristo al incorporárselos a Sí misma, los hace participar de la vida de su Cabeza, haciéndolos vivir de su propia vida, y llamando a todos los hombres, porque Dios quiere la salvación de todos, trabaja con inagotable decisión para hacerlos entrar a todos en su Seno, para hacerlos a todos Miembros de Jesucristo y conducirlos a todos al cielo”(extracto de D. Benoit, Les erreurs modernes).

4º CONSTITUCIÓN DE LA IGLESIA.

¿Cómo constituyó Jesucristo su Iglesia?


-1º Jesucristo constituyó su Iglesia conforme al modelo de una sociedad, de un estado, de un reino; donde se distinguen dos clases de ciudadanos: los gobernantes y los gobernados.

Estableció en su Iglesia dos clases de miembros:
los superiores o autoridades que enseñan y gobiernan, y los súbditos, que escuchan y obedecen.
Los primeros constituyen la Iglesia docente, y se llaman los Pastores, el clero, la jerarquía.
Los segundos forman la Iglesia discente, y se llaman los fieles, los laicos.

2º Jesucristo confirió a sus Apóstoles la autoridad por el sacramento del Orden y por la misión expresa de enseñar y de gobernar la Iglesia.
Los Pastores se distinguen de los fieles por esta consagración y misión divinas.

3º Además, Jesucristo estableció entre los Pastores una jerarquía con poderes diferentes y subordinados los unos a los otros.
En el lugar más alto, Simón Pedro es constituido cabeza suprema de la Iglesia con plenitud de poderes. Bajo su dependencia, los otros Apóstoles están encargados de enseñar, santificar y gobernar a los fieles. Tienen como auxiliares a los Sacerdotes y a los Diáconos.

De esta suerte, la Iglesia aparece organizada como un ejército con su general en jefe, sus generales de división, sus oficiales y sus soldados: es el ejército de Cristo que marcha hacia la conquista del cielo.

1º No hay sociedad posible sin autoridad que gobierne;

una sociedad en la cual nadie tuviera el derecho de mandar no sería una organización social, sino un desorden y anarquía.
Además, la autoridad nunca viene de abajo: aun en las sociedades civiles, la autoridad no tiene su origen en la voluntad del pueblo, como pretenden los filósofos materialistas, si bien es el pueblo el primer sujeto de ella.

Toda autoridad viene de Dios, porque los hombres son iguales entre sí; y sólo Dios tiene el derecho de mandarlos. Así como es necesaria una autoridad en la familia y en la sociedad civil, así también es necesario que Jesucristo de a su Iglesia una autoridad que enseñe lo que se debe creer y lo que se debe hacer para llegar a la vida eterna.

San Roberto Belarmino demuestra las verdades siguientes:

A) El gobierno de la Iglesia no pertenece al pueblo.


Los Apóstoles, que fueron los primeros Pastores, recibieron su autoridad no de la Iglesia, que aun no existía, sino de Jesucristo mismo.
“Vayan, prediquen el Evangelio…”

Desafiamos a los protestantes, que se apoyan solamente en la Biblia, a que nos indiquen el tiempo y lugar en que Jesucristo confiere a los simples fieles el poder de enseñar y de gobernar la Iglesia.
Los Pastores no son, por consiguiente, los mandatarios del pueblo cristiano, sino los enviados de Dios.

B) El gobierno de la Iglesia no pertenece a los príncipes seculares.

La autoridad que gobierna la Iglesia es una autoridad sobrenatural, y no puede pertenecer sino a aquellos que la han recibido de Dios: es así que Jesucristo dio este poder a Pedro, a los Apóstoles y a sus sucesores, y no a los príncipes.
Luego los reyes y emperadores no tienen poder alguno en la Iglesia.

C) El gobierno de la Iglesia pertenece principalmente a Simón Pedro y, bajo su dependencia, a los Apóstoles.

Jesucristo había colocado ya a San Pedro a la cabeza del colegio apostólico, como veremos más adelante; y al dejar la tierra, dijo a sus Apóstoles reunidos:
“Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones”[Mt 28, 18 y 19].

Con estas solemnes palabras, Jesucristo concede a sus Apóstoles autoridad para enseñar su doctrina, santificar las naciones y gobernar las conciencias.
Cristo posee la autoridad porque es el enviado del Padre; los Apóstoles la reciben porque son los enviados de Cristo:
“Como mi Padre me ha enviado, yo los envío… el que a vosotros oye a Mí me oye; y el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia…”.
La autoridad de los Apóstoles es la de Jesucristo mismo.

San Pablo hace notar la necesidad de recibir de Dios el poder de enseñar a los hombres… “Quomodo prcedicabunt nisi mittantur?” Nadie puede predicar sin ser enviado de Dios.
Cristo mismo es enviado por su Padre; Cristo envía a sus Apóstoles, y éstos, a su vez, enviarán a sus sucesores.

Los poderes de estos enviados divinos provienen de un noble origen del Sacramento del Orden y de su misión.
El primero les da la potestad de santificar a los fieles con los Sacramentos; el segundo, el derecho de instruirlos y de gobernarlos [Véase Concilio de Trento. Ses. 23].
La palabra jerarquía significa: autoridad sagrada.
Designa el orden de los ministros de la Iglesia, sus funciones respectivas y los diferentes grados de autoridad que subordinan los unos a los otros.
Aquí no hablamos sino de los superiores establecidos por derecho divino, esto es, instituidos directamente por el Hijo de Dios.

Jesucristo fundó su Iglesia para salvar a los hombres.

¿Qué se necesita para esto?


La gracia de Dios y la cooperación de los mismos hombres.
Ahora bien:

1º Para dar a los hombres la gracia, el Salvador estableció en su Iglesia el poder de conferir los Sacramentos: esto es lo que se llama jerarquía de orden, o los diversos poderes sagrados que da el sacramento del orden.

La jerarquía comprende por derecho divino, tres grados:
el episcopado,
el sacerdocio y el diaconado.

El poder del Orden, una vez conferido, no se pierde nunca (imprime carácter, es decir un sello espiritual); los Sacerdotes aún herejes, administran válidamente los Sacramentos que no exigen jurisdicción.

2º Para ayudar a los hombres a corresponder a la gracia de Dios, Jesucristo estableció en su Iglesia el poder de enseñar y de gobernar: es lo que se llama jerarquía de jurisdicción.
Esta comprende, por derecho divino, dos grados:
el primado de Pedro y el episcopado: sin embargo, el sacerdocio participa también de una cierta jurisdicción: la de transmitir a los fieles las enseñanzas y las órdenes de los Pastores.
Toda antigüedad cristiana atestigua el orden divino, de este orden jerárquico.

¿Qué forma de gobierno dio Jesucristo a su Iglesia?

Jesucristo estableció el gobierno de su Iglesia bajo la forma de una monarquía electiva.
Eligió a Simón Pedro como Pastor Supremo, con pleno poder de enseñar y de gobernar a los otros pastores y a los fieles.

Quiso que la Iglesia, su Reino terreno, fuera la imagen del Reino de los cielos, donde reina en persona rodeado de los Ángeles y los Santos.
El quiso, además, asegurar a la Iglesia la unidad más perfecta y no tener más que un solo rebaño con un solo Pastor.

La Iglesia es la familia de los hijos de Dios: en una familia no hay más que un Padre; la Iglesia es el Reino de Jesucristo: en un reino no hay más que un rey; la Iglesia es el Cuerpo Místico de Jesucristo, un cuerpo no debe tener más que una Cabeza. Sin esta unidad, la división podría sin dificultad introducirse en la Iglesia, como lo prueba el testimonio inalterable de la historia.
Este modo de gobernar no puede ser alterado, por es de institución divina. Establecido por el Hijo de Dios mismo debe permanecer mientras exista la Iglesia.

Hay tres formas principales de gobierno:

La monarquía, el gobierno de uno solo, que lleva el nombre de rey o de emperador;

la aristocracia, el gobierno de una clase elegida de ciudadanos;

la república, el gobierno de los elegidos por el pueblo.

Estas tres formas de gobierno son buenas, cuando la ley de Dios es cumplida, guardada en ellas, de lo contrario, las tres degeneran en tiranía.

1º La verdadera cabeza de la Iglesia es Jesucristo:

Él la conserva, protege, gobierna y santifica.
Pero es invisible en la tierra y la Iglesia, compuesta de hombres, es una sociedad visible que exige una suprema autoridad visible.
Por eso, antes de subir al cielo, el Salvador constituyó a Simón Pedro su Vicario, su representante, Pastor supremo de la Iglesia.

2º ¿Por qué Jesucristo eligió para su Iglesia el gobierno monárquico?

Para conservar la unidad perfecta. Quiso que todos los miembros de la Iglesia estuvieran estrechamente unidos: que sean una misma cosa,
“Como tú, ¡Oh Padre! estás en Mí y Yo en Ti”[Jn 17, 21].

Si hubiera varios pontífices supremos en la Iglesia, discordarían, y la división bien pronto cundiría entre los fieles, con lo cual desaparecería de la Iglesia la unidad necesaria.
Además, como opinan comúnmente los filósofos, la monarquía es la forma más perfecta de gobierno, forma que regula la marcha del mundo, de la familia y del ejército.

La antigüa Iglesia, la sinagoga, era regida por el Sumo Sacerdote en forma de gobierno monárquico. Y Dios no podía manifestar más cuidado por la Sinagoga, la cual debía ser repudiada por Jesucristo, que por la Iglesia, cuya duración debe prolongarse hasta el fin del mundo.

Nadie puede cambiar el régimen monárquico establecido por Jesucristo.
En ninguna sociedad se puede alterar el poder sin alterar la sociedad misma y modificar su naturaleza. Es así que mudar la naturaleza de una sociedad divina sería destruirla; de donde se sigue que debe permanecer como Dios la ha establecido, o desaparecer.

5º PRIMADO DE SAN PEDRO.

¿Jesucristo confirió realmente a San Pedro el poder soberano sobre a Iglesia entera?


-Sí; Jesucristo concedió a San Pedro la supremacía sobre toda la Iglesia: nada es más verdadero.

1ºJesucristo dijo a Pedro:
“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno nada podrán contra Ella”.

Con lo cual quiso significar que Pedro será el fundamento sobre el cual se edificará el edificio de la Iglesia.
Pero como el fundamento de una sociedad, lo que conserva su unidad y su estabilidad, es la autoridad suprema, se sigue que, con esas palabras, Jesucristo promete a Pedro la supremacía sobre toda la Iglesia.

El Salvador añade:
“Te daré las llaves del Reino de los cielos”.
Pero, según el modo de hablar ordinario, entregar a uno las llaves de una ciudad es hacerle Señor de la misma: luego Pedro debe ser en la tierra el Jefe Supremo, el soberano del Reino de Jesucristo.

2º Después de su resurrección, Jesucristo da a Pedro el primado prometido.

Él le dice: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”.
Los corderos significan los fieles; las ovejas, los pastores.
Luego Pedro está encargado de apacentar y de gobernar todo el rebaño de Jesucristo.

Él queda nombrado a la vez Pastor de los fieles y Pastor de los pastores; estos últimos son pastores respecto de los pueblos, son ovejas respecto de Pedro.
Y bien sabido es que desde el principio, San Pedro ejerce esta autoridad suprema, que respetaron los Apóstoles como los simples fieles: el poder supremo concedido por Jesucristo a San Pedro se llama: Primado; se distingue entre primado de honor y primado de jurisdicción.

El primero es el derecho de ocupar siempre el primer puesto en la Iglesia; el segundo es el derecho de regir con pleno poder la Iglesia entera.
Jesucristo dio a San Pedro este doble primado de honor y de jurisdicción.

1ºJesucristo promete a Pedro la autoridad soberana.

Por primera Providencia, Jesucristo cambia el nombre al que ha escogido para príncipe de los Apóstoles:
“Tú eres Simón, hijo de Juan; en adelante te llamarás Pedro”.

Del mismo modo vemos en el Antiguo Testamento que Dios mudó el nombre de Abrahán y de Jacob cuando quiso hacer de estos Patriarcas los jefes de su pueblo.
Un día, el Salvador, en los campos de Cesarea, interroga a los Apóstoles:
qué piensan de Él. Pedro le contesta:
“Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”.

Oyendo estas palabras, Jesús mira a Pedro con bondad inefable y le dice: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan; porque esto no te lo reveló ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella. Y a ti te daré las llaves del Reino de los Cielos y todo lo que atares en la tierra será atado en los Cielos, y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos”[Mt 16, 17-19].

Esa es la promesa. Así como un edificio se apoya y se eleva sobre su fundamento, sobre su piedra fundamental, así también una sociedad descansa sobre el poder que la gobierna.
Siendo San Pedro la piedra fundamental sobre la cual Jesucristo estableció su Iglesia, en él debe residir también el Supremo Poder.

“Yo te daré las llaves del Reino de los cielos…”
Se dan las llaves de una casa al dueño, las llaves de una ciudad al Soberano.
En los Libros Santos, las llaves son el símbolo del poder supremo.
A Pedro pues, y a Pedro solamente, es a quien Jesucristo promete el Poder Soberano.

El poder de atar es el poder de obligar a los otros mediante leyes; y como en la tierra nadie podrá desatar lo que Pedro haya atado, se sigue que su poder será soberano e independiente.

2ºJesucristo da a Pedro el poder supremo.

Después de su resurrección; Jesucristo cumple la promesa hecha a Pedro, y le otorga la supremacía.
Pedro y los demás Apóstoles están congregados en las riberas del lago de Genesaret. Jesús se les aparece y dice a Simón Pedro:
“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más qué éstos?”
Simón responde: “Sí, Señor, tú sabes que te amo”.
Jesús replica: “Apacienta mis corderos”.

Jesús le pregunta otra vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”
Pedro contesta: “Sí, Señor, tú sabes que te amo”.
Jesús le dice: “Apaciento mis corderos”.

Jesús le pregunta por tercera vez: “Simón hijo de Juan ¿me amas?”.
Entristecido Pedro al oír esta tercera pregunta contesta:
“Señor, tú conoces todas las cosas, tú sabes que te amo”.
Jesús le dice: “Apacienta mis ovejas”[Jn 21, 15-17].

Así, Nuestro Señor constituyó a Pedro como Pastor, no solamente de los corderos, sino de las madres de éstos, no solamente de los fieles sino de los mismos pastores. Pedro, pues, es el Pastor de los pastores, y la Iglesia está fundada sobre una sola cabeza. Ahí tenéis la institución del primado.

No cabe duda que, si Pedro es llamado fundamento de la Iglesia, debe sostener a esta toda entera; si sólo él recibe las llaves del cielo, sólo él debe poseerlas de una manera soberana: si recibe aparte, y antes que todos los demás, el poder de atar y desatar, significa que no debe poseerlo, de la misma manera que los demás Apóstoles; si se le confiere el cargo de apacentar los corderos y las ovejas, quiere decir que por el mismo hecho queda constituido en Pastor supremo de la grey.

3º El primado de Pedro es reconocido por los demás Apóstoles.

En todas ocasiones, Pedro es nombrado el primero y presentado como superior del colegio apostólico.
“El primero en todas las formas, dice Bossuet, el primero en confesar la fe, el primero en la obligación de practicar la caridad; el primero de los Apóstoles que vio a Jesucristo resucitado de entre los muertos, ya que debía ser el primer testigo de esa resurrección ante el pueblo; el primero cuando se trató de completar el número de los Apóstoles; el primero que corroboró la fe con un milagro; el primero que obtuvo la conversión de los judíos, el primero en recibir a los idólatras; el primero en tomar la palabra en las asambleas; si es encarcelado, toda la Iglesia ora por él; si habla, pastores y fieles, todos le escuchan y acatan sus órdenes.

El mismo San Pablo, aunque instruido directamente por Jesucristo, vino a propósito a Jerusalén para ver a Pedro y recabar de él la confirmación de su ministerio para que todos entendiesen que, por docto, por santo que uno sea, aunque fuera otro San Pablo, es necesario ver a Pedro y recibir de él la misión y los poderes” [Bousset, sermón sobre la unidad de la Iglesia].

El poder supremo concedido, otorgado por Jesucristo a Pedro ¿debía pasar a sus legítimos sucesores?

Sí; porque según las palabras de Jesucristo, la autoridad de Pedro es el fundamento de la Iglesia; y el fundamento de un edificio debe durar tanto como el edificio mismo.
Por otra parte, la Iglesia es un reino, y tiene necesidad de un rey; una casa y necesita un dueño; una familia, y necesita un padre; una nave, y necesita un piloto; un cuerpo, y necesita una cabeza; un edificio, y necesita un fundamento, y esto hasta el fin de los siglos.

Si Pedro muere, su poder supremo subsistirá. Instituido este poder para la Iglesia, debe durar tanto como Ella. El sucesor de Pedro le sucede en su poder y en sus prerrogativas.
De aquí que, desde los Apóstoles hasta nuestros días, el Obispo de Roma, ha sido reconocido siempre como el Pastor supremo de la Iglesia, porque es sucesor de Pedro.

1º La razón pide que el primado de Pedro sea transmitido a sus sucesores.

Bossuet sintetiza así la Tradición Católica:
“Que no se diga que este ministerio de San Pedro muere con él: lo que debe servir de fundamento y de base a una Iglesia eterna no puede tener fin. Pedro vivirá en sus sucesores; Pedro hablará siempre en su Cátedra”[Ibid].

Jesucristo ha instituido el primado de una suprema autoridad para mantener en la Iglesia la unidad de la fe y de gobierno. Pero esta unidad debe durar cuanto la Iglesia misma, esto es, hasta el fin de los siglos.
Luego es necesario que haya siempre una suprema autoridad, un jefe en la Iglesia.

2º La historia lo demuestra.

Desde San Pedro hasta Paulo VI, vemos al Papa hablar y proceder como Cabeza de los Obispos y de los fieles, reunir concilios, anatematizar herejías, juzgar con pleno derecho y en última instancia la causas contenciosas, llevadas siempre ante su tribunal. Luego Pedro vive siempre en sus sucesores.

6º PODERES QUE JESUCRISTO DIO A SU IGLESIA.

Hemos demostrado que la Iglesia es una verdadera sociedad, y que por este titulo necesita una autoridad.
Esta autoridad es la que une las fuerzas individuales de los miembros y las encamina hacia el fin común. Sin autoridad no hay sociedad posible.
Hemos probado asimismo que la Iglesia es una sociedad jerárquicamente organizada, y de ahí hemos llegado a comprobar en ella la existencia de esta autoridad.
La jerarquía es la subordinación de los poderes.

Nos queda por demostrar en qué consiste la autoridad de la Iglesia.
La naturaleza de los poderes se determina por el fin de los mismos.
Jesucristo Redentor vino al mundo para mostrar a los hombres el camino de la salvación; para santificarlos mediante la gracia y el perdón de los pecados; para gobernar Él mismo su Iglesia durante su vida apostólica.

Luego Él ejerció en este mundo la triple autoridad de Doctor, Pontífice y Rey.
La Iglesia tiene por fin perpetuar visiblemente en la tierra la misión de Cristo, que es la salvación de los hombres.
Es necesario que herede la triple autoridad indispensable para este fin.
La Iglesia ha recibido, pues, de Jesucristo, su fundador, los poderes necesarios para enseñar, santificar y gobernar a los hombres.

Nuestro Señor Jesucristo confirió a Pedro la plenitud de estos tres poderes:
Pedro es doctor infalible, soberano pontífice, virrey del reino de Jesucristo.
Los otros Apóstoles participan de la autoridad de Pedro; son también pastores de la Iglesia. Unidos al supremo jerarca; constituyen la Iglesia docente, encargada de enseñar, de santificar y de gobernar a los fíeles.

¿Qué poderes dio Jesucristo a los pastores de la Iglesia?

Jesucristo dio a sus Apóstoles poderes correspondientes a su divina misión:
La religión que el Salvador entrega al cuidado de su Iglesia docente comprende tres cosas:
las verdades que hay que creer, la gracia que hay que recibir, los preceptos que hay que cumplir para conseguir la salvación.

Por consiguiente, es necesario a los Apóstoles un triple poder:

1º . Un poder doctrinal para enseñar las verdades que hay que creer.

2º Un poder sacerdotal para conferir la gracia.

3º Un poder pastoral para gobernar a los fieles.

Además de esto, Jesucristo es a la vez:

A) Doctor: tiene las palabras de Vida Eterna.

B) Pontífice: es el Sacerdote de la Nueva Alianza.

C) Rey: su reino durará eternamente.

Este triple poder de enseñar, de santificar, de gobernar, que Jesucristo posee en toda su plenitud, lo confiere a sus Apóstoles con estas palabras:
“Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra… Como mi Padre me ha enviado, así Yo los envío… El que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia…”

Todo aquel que quiera salvarse debe obedecer a este triple poder: creer en la palabra de la Iglesia, recibir sus Sacramentos, cumplir sus preceptos.
Los teólogos llaman al poder de enseñar magisterio; al de santificar, ministerio, y al de gobernar, autoridad o jurisdicción.

1º Jesucristo da a su Iglesia el poder de enseñar.

Jesucristo confiere a su Iglesia el derecho de predicar, en nombre de Dios, el dogma y la moral, e impone a los hombres el deber de creer en su palabra.
El mandato de Nuestro Señor no admite réplica:
“Vayan, dice, prediquen el Evangelio… El que creyere se salvará; el que no creyere se condenará”..

Luego la voz de la Iglesia es la voz del mismo Dios; creer a la Iglesia es creer a Jesucristo.
Inmediatamente después de la venida del Espíritu Santo, los Apóstoles usaron este poder divino.
A los que querían prohibirles la predicación le respondieron con aquella sentencia que debía hacerse célebre y convertirse en divisa del Cristianismo frente a los perseguidores.
“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres: no podemos callar”[Act. 29].

Pero, ¿por qué esta autoridad absoluta de los pastores de la Iglesia en materia de enseñanza?

Si cada cual pudiera interpretar a su modo la doctrina del Evangelio, pronto existirían tantas religiones cuantos son los individuos.
Como quiera que Jesucristo vino a enseñar la verdad a los hombres, debió, bajo pena de no realizar su misión, proveer a la conservación de esta verdad y substraerla a los caprichos de la humana razón.
Por eso estableció una autoridad encargada de custodiarla intacta. Jesucristo manda a sus Apóstoles que enseñen, y a los fieles, que crean. Si alguien no oyere a la Iglesia, sea tenido como gentil y publicano.

La autoridad de enseñanza comprende el derecho:

1º De proponer a nuestra fe las verdades que debemos creer.

2º De declarar el sentido de las Sagradas Escrituras.

3º De emitir dictamen sobre la divinidad de las tradiciones.

4º De fallar, sin apelación, sobre todas las cuestiones doctrinales tocantes al dogma, a la moral y al culto.

5º De juzgar las doctrinas y los libros que tratan de estas materias, para aprobarlas o condenarlas según que estén o no conformes con la revelación.

2º Jesucristo da a su Iglesia el poder de santificar.

El Salvador da a los Apóstoles el poder de bautizar los pueblo, de perdonar los pecados, de celebrar la Misa en memoria de Él, de administrar los Sacramento.
Más como los Sacramentos, el Santo Sacrificio, las ceremonias del culto son los medios de santificación; luego Jesucristo da a su Iglesia el poder de santificar.

Los Apóstoles ejercen este poder, como se lee en los Hechos de los Apóstoles, y testifican haberlo recibido del Señor.
“A nosotros, dice San Pablo, se nos ha de considerar como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios”[1Cor. 4, 1].
El poder sacerdotal es necesario a la Iglesia. No le basta al hombre estar instruido en la verdad: necesita valor para practicarla; y este valor no puede encontrarlo en sus propias fuerzas, debe buscarlo en Dios.

Es Dios quien da la vida sobrenatural, el auxilio de la gracia, y quiere darlo mediante los Sacramentos. Luego sin el poder divino y soberano de administrar los Sacramentos, la Iglesia no podría cumplir su misión de salvar a los hombres, puesto que sin la gracia es imposible entrar en el cielo.
La Iglesia no puede ni aumentar el número ni mudar la naturaleza de los Sacramentos; sólo puede reglamentar lo que toca a su administración.
Ella determina también las ceremonias del culto, del Santo Sacrificio y de la oración pública.

3º Jesucristo da a su Iglesia el poder de gobernar.

Este poder confiere el derecho de promulgar leyes, imponer a los fieles la obligación de cumplirlas y castigar a los que las quebrantan. El derecho de dictar leyes comprende los poderes, legislativo, judicial y coercitivo, porque toda ley supone el derecho de dictarla, de juzgar y de castigar a los que no la observan.

Jesucristo da este poder a sus Apóstoles:
“Todo lo que ustedes aten, en la tierra será atado en el cielo …” Luego les confiere el derecho de atar las conciencias con leyes.
El poder legislativo es necesario a toda sociedad.
En la familia, en la ciudad; en el ejército, en una sociedad cualquiera, es necesaria una autoridad que tenga el derecho de hacerse obedecer.
El poder es el alma, es la vida de la sociedad.

La Iglesia es una sociedad espiritual y religiosa y, conforme al plan de Jesucristo, la más dilatada de todas las sociedades.
Tiene, por consiguiente, el poder de dictar leyes. Si ese poder no se diera cada uno querría conducirse según su voluntad, forjarse un culto a su modo: de donde no podría menos de seguirse la anarquía.

¿A qué quedaría reducida en tal caso la doctrina del Evangelio, la santificación de las almas, la práctica del bien?…

No, la Sabiduría Encarnada no ha podido abandonar de esta suerte al azar a su Iglesia, depositaria de todas las verdades, de todos los preceptos, de todas las gracias necesarias al hombre.
El poder de dictar leyes es necesario a la Iglesia para explicar el Evangelio.
Y ciertamente, la ley del Evangelio no es, como la ley de Moisés, local, transitoria.
Como está destinada a todos los pueblos hasta la consumación de los siglos, no contiene sino preceptos generales cuya aplicación práctica debe ser determinada, según las circunstancias, por los pastores de la Iglesia.

Así, por ejemplo, el Evangelio ordena hacer penitencias;
¿Qué penitencia hay que hacer?
La Iglesia es la encargada de enseñárlo, indicándolo.

Por último, los Apóstoles, que son los intérpretes más fieles de las Palabras de su Divino Maestro, desde el principio se atribuyen la autoridad legislativa:
trazan leyes, dictan sentencias y castigan a los culpables.

La autoridad de gobierno comprende el derecho:

1º De dictar leyes sobre todo lo que se relaciona con la religión.

2º De obligar en conciencia al cumplimiento de estas leyes.

3º De eximir de las mismas cuando las circunstancias lo exijan.

4º De imponer penas a los que se niegan a obedecer.

5º De expulsar de la sociedad a los que no quieren someterse.

¿Debían los Apóstoles conceder a sus sucesores los poderes que recibieron de Jesucristo?

Sí; éstos poderes debían pasar a los sucesores de los Apóstoles.
Jesucristo les dijo:
“Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”.
Esta promesa no podía referirse a los Apóstoles únicamente, porque debían morir; luego debía extenderse a los continuadores de su ministerio, luego los poderes de los Apóstoles han sido transmitidos a sus sucesores de todos los siglos.

Fuera de eso, Jesucristo confiere estos poderes a la Iglesia para la salvación de los hombres; luego la Iglesia debe conservarlos mientras haya hombres en la tierra.

1º La Iglesia es inmortal;

no puede acabar con los Apóstoles. Es así que no podría existir sin la autoridad, que es su fundamento. Luego los Apóstoles, depositarios de esta autoridad, debían transmitirla a sus sucesores y así sucesivamente, de generación en generación, hasta el fin de los siglos.

2º La transmisión de los poderes apostólicos;

es un hecho testificado por la historia. En los primeros días del Cristianismo, los Apóstoles establecieron en todas partes Obispos, consagrándolos con la imposición de las manos y dándoles la misión de predican el Evangelio.
Los Obispos enseñaron en nombre de Jesucristo, condenaron los errores, dictaron leyes. Los fieles admitieron su autoridad sin discusión: prueba evidente de que creían en la transmisión de los poderes Apostólicos.
La transmisión de los poderes se efectúa mediante el Sacramento del orden y mediante la misión canónica:

7º PRERROGATIVA INHERENTES A LOS PODERES DE LA IGLESIA.

¿Cuáles son las prerrogativas que Jesucristo concedió a la Iglesia docente?


Jesucristo concedió a su Iglesia docente tres prerrogativas principales:

a) La infalibilidad para librarla de error en sus enseñanzas.

b) La independencia para poder ejercer con libertad sus poderes en la tierra.

C) La perpetuidad para conservarse siempre la misma y proseguir su misión de salvar a los hombres hasta el fin de los siglos…

La autoridad de la Iglesia no puede conservarse ni desarrollarse sin estas tres grandes prerrogativas.
Si no tuviera la infalibilidad, podría equivocarse en lo referente a la verdadera doctrina de Jesucristo y engañar a los fieles.
Si careciera de la independencia, se vería inhibida en el desempeño de su misión:
Privada de la perpetuidad, no podría extender su acción a los hombres de todos los tiempos, cuya salvación debe procurar.

a) Infalibilidad de la Iglesia. La Iglesia docente, ¿es infalible?

Sí; la Iglesia es infalible: no puede equivocarse cuando enseña las verdades que hay que creer, los deberes que hay que cumplir y el culto que hay que rendir a Dios.
Nuestro Señor Jesucristo dijo a Pedro y a los Apóstoles:
“Vayan y enseñen a todas las naciones… Yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos”.

Con estas palabras, Jesucristo prometió a sus Apóstoles, hasta el fin del mundo, su asistencia particular en el ejercicio de su enseñanza y esta asistencia divina trae consigo la infalibilidad; de otro modo, Jesucristo sería el responsable del error.

Estamos obligados a escuchar a la Iglesia como a Jesucristo mismo: quien a nosotros oye, a Mí me oye. Pero siendo imposible que Dios nos obligue a escuchar a una autoridad que pueda engañarse, es necesario que la Iglesia sea infalible.
La infalibilidad es necesaria a la Iglesia para ejercer su misión.

Es la Madre de los cristianos, y debe poder alimentarlos con el pan de la verdad, sin exponerse a propinarles el veneno del error.
Se llama infalibilidad la prerrogativa de no poder engañarse ni engañar a los demás con su enseñanza.

No consiste:
1º en ser preservado del pecado;

2º ni en recibir uña nueva revelación;

3º ni en descubrir nuevas verdades;

4º ni en conocer lo futuro como los profetas.

La infalibilidad es para la Iglesia el privilegio de no poder enseñar el error, cuando propone a los fieles la doctrina de Jesucristo.
Este privilegio no se origina ni de la experiencia ni de la ciencia de los pastores de la Iglesia, sino de la asistencia especial del Espíritu Santo.
Sólo Dios es infalible por naturaleza, pero puede, con una asistencia especial, hacer infalibles a aquellas a quienes ha encargado enseñar en su nombre. La infalibilidad es la gracia de estado que preserva a la Iglesia de toda error.

1º La Iglesia docente es infalible.

Jesucristo dijo al colegio de los Apóstoles, reunido bajo la autoridad de Pedro: “Como mi Padre me ha enviado, así Yo los envío”.
Pero Jesucristo fue enviado con el privilegio de la infalibilidad; luego envía el Colegio de los Apóstoles con la misma prerrogativa.

Jesucristo añade: “Yo les enviaré el Espíritu Santo, Él les enseñará toda la verdad”.
Es así que el Espíritu Santo no puede enseñar a la Iglesia toda la verdad sin preservarlo de todo error; luego la Iglesia es infalible.
Jesucristo dice también:
“Todo lo que ustedes en la tierra será atado en el cielo; todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo.
Conforme a esta promesa, las sentencias de la Iglesia deben ser aprobadas en el cielo. Es así que Dios no puede aprobar el engaño, luego las sentencias de la Iglesia han de ser infalibles.

Finalmente, Jesucristo promete que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia. Pero si Ella no es infalible, el infierno podría prevalecer contra Ella; lo que se opondría a la promesa de su Fundador.
Una autoridad con la cual Jesucristo está siempre, no puede engañarse sin que se engañe el mismo Jesucristo; un poder cuyos actos debe confirmar el cielo, no puede caer en error sin comprometer la responsabilidad de Dios; un oráculo doctrinal cuyas decisiones hay que admitir bajo pena de condenación, no puede enseñar el error porque Dios nos impondría la obligación de creer en el error.

2º Es necesario que la Iglesia sea infalible.

Jesucristo ha entregado a su Iglesia el depósito de la revelación para que lo transmita a toda su integridad a todas las generaciones. Pero ella no lo podría transmitir intacto a los pueblos si estuviera expuesta a engañarse, y no negando jamás Dios los auxilios necesarios para el cumplimiento de un deber, da a la Iglesia la infalibilidad, que es la gracia de estado indispensable para que pueda ser siempre fiel custodia del sagrado depósito.

Luego la Iglesia es Infalible. Toda autoridad, para enseñar, juzgar y gobernar se arroga una infalibilidad, supuesta o real.
Así, por ejemplo, no hay autoridad en la familia sin la supuesta infalibilidad del Padre; no hay autoridad en la escuela sin la supuesta infalibilidad del maestro; no hay autoridad en los tribunales sin la supuesta infalibilidad de los magistrados; no hay autoridad en la sociedad civil sin la supuesta infalibilidad del legislador.
Tal es la base esencial y fundamental del orden social: todo poder es necesariamente considerado como infalible.

Ahora bien, la Iglesia no es una academia que expone, emite opiniones: es un soberano que dicta sentencias. Ella manda a la conciencia, exige la aprobación interior del espíritu.
Una infalibilidad supuesta, suficiente para obtener actos exteriores, no basta a la Iglesia, sociedad religiosa y sobrenatural; para someter las inteligencias le es necesaria la infalibilidad real.
La conciencia no puede someterse sino a la verdad cierta. Para tener el derecho de imponer la fe en su palabra, bajo pena de condenación eterna, un poder debe estar cierto de que no se equivoca; de otro modo ejercería una tiranía estúpida.

La infalibilidad real es una necesidad lógica para toda autoridad que habla en nombre de Dios. Malebranche lo dice con mucha razón: “Una autoridad divinamente instituida, no se concibe sin la infalibilidad”.

“Así, añade Lacordaire, toda religión que no se declara infalible, queda por eso mismo convicta de error; porque confiesa que se puede engañar, lo que es el colmo a la vez del absurdo y del deshonor en una autoridad que enseña en nombre de Dios”.

¿Cuál es el objeto de la infalibilidad de la Iglesia?

El objeto de la infalibilidad está claramente determinado por el fin para el cual ha recibido la Iglesia este privilegio.
Ella no está encargada de enseñar a los hombres todo aquello que les puede interesar, sino solamente las cosas útiles para la salvación eterna. Todo lo que se refiere a la fe o a las costumbres es el círculo de su autoridad infalible.

Luego el objeto de la infalibilidad, comprende:

1º Todas las verdades reveladas contenidas en la Sagrada Escritura y en la Tradición.

2º Todas las verdades necesariamente ligadas con la Revelación.

3º Las cuestiones de ciencia humana que se relacionan inmediatamente con el dogma o con la moral.

4º La condenación de los errores contrarios a la doctrina de Jesucristo.

5º Todo lo tocante a la disciplina general, la aprobación de las órdenes religiosas, la canonización de los Santos, etc.

La infalibilidad misma nos da la seguridad che que la Iglesia no saldrá de esos límites. Luego las ciencias humanas no tienen nada que temer por su independencia, mientras permanezcan dentro de su esfera propia.
La Iglesia, pues, enseña simplemente todo lo que hay que creer y hacer para ir al cielo. Alimenta las almas con el pan de la doctrina y las preserva del veneno del error.

B) Independencia de la Iglesia.

La Iglesia, en el desempeño de sus poderes ¿es independiente de toda autoridad terrena?


Sí, porque Jesucristo encargó a los Apóstoles y a sus sucesores la misión divina que había recibido de su Padre:
“Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra… Como mi Padre me envió así los envío Yo”.

Es así que la misión de Jesucristo fue soberanamente independiente de todo gobierno civil. Luego la Iglesia, que hace las veces del Salvador, goza de la misma independencia.
La Iglesia es una sociedad perfecta, y posee como tal, todo lo que es necesario para su conservación y para su desarrollo; luego, no puede depender de ninguna otra sociedad.

1º La independencia es necesaria a la Iglesia.

Si el poder de Iglesia no fuera independiente, carecería de fuerza y de unidad, porque cada estado podría poner obstáculos a su disciplina, restringir o suprimir sus relaciones con los fieles.
El poder eclesiástico sería ilusorio y ridículo, lo que se opone a la voluntad de su fundador. La Iglesia carecería de unidad, porque los estados, en virtud de su pretendida supremacía, podrían quitar de su enseñanza o de sus leyes todo aquello que les desagrada y establecer otras tantas Iglesias nacionales diferentes, cuyos jefes serían, no los Apóstoles, sino los gobernantes civiles. De esta suerte quedaría aniquilada la Iglesia de Jesucristo.

2º Jesucristo da realmente la independencia a su Iglesia.

Jesucristo no recabó la licencia de los príncipes para predicar su doctrina, reunir sus discípulos, fundar y organizar su Iglesia.
Obró en virtud de su poder divino, independiente de toda criatura.
“Todo poder, dijo Él, me ha sido dado en el cielo y en la tierra”.

Él envió a sus Apóstoles con el mismo poder divino, soberano, independiente.
Aún más: les predijo que tendrían que luchar contra las potestades de la tierra, que serían perseguidos y maltratados por los príncipes, y no lo serían, indudablemente, si los consultaran y obedecieran; no debían, pues, ni consultarlos ni obedecerlos.

Jesucristo no desconoce la autoridad civil y política, sino que la restringe a su objeto propio.
El Estado es soberano en el orden temporal y Jesús le paga su tributo.
Por eso dice: “Den al César lo que es del César”. Pero añade: “Den a Dios lo que es de Dios”.
El poder espiritual de la Iglesia es de derecho divino, soberano e independiente de los poderes laicos.

Así pues, los Apóstoles no solicitaron ni la autorización de la Sinagoga para predicar en Jerusalén, ni la de los cesares para evangelizar, a Roma y al universo. La Iglesia debe elevarse por encima de todos los tronos y de todas las fronteras. Sólo así podrá ella responder a su misión y cubrir con su sombra protectora la gran familia de las naciones.

C) PERPETUIDAD DE LA IGLESIA.

La Iglesia ¿debe existir siempre?


Sí; la Iglesia debe existir hasta el fin de los siglos.
La promesa de Cristo es solemne:
“Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos”.
“Sobre ti, Pedro, edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella”.

La Iglesia existe para la salvación de los hombres; luego es necesario que dure mientras haya hombres para salvar.
La perpetuidad o indefectibilidad de la Iglesia consiste en que sus elementos esenciales, sus órganos constitutivos, su fe, su vida social, su jerarquía deben durar hasta el fin del mundo.
Podrá perder, lo que ya le ha acontecido, una parte de sus súbditos; pero no cesará nunca de ser la Iglesia de Jesucristo, fundada sobre Pedro, sostenida por el Episcopado, y en posesión de la verdadera fe y vida sobrenatural.

1º La Iglesia es el Reino de Jesucristo.

Pues bien según los profetas, este reino debe durar hasta el fin del mundo. Daniel lo profetizó, el ángel Gabriel anunció a María que el Reino de Jesucristo no tendrá fin[Lc 1, 33].

2º Según la profecía de Jeremías, la Iglesia, en contraposición a la Sinagoga, es una Alianza Eterna, un Testamento Eterno.
El Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido y que subsistirá eternamente[Jeremías 22, 40].

La historia nos atestigua que la Iglesia, desde su nacimiento ha sido siempre perseguida. Pero ha resistido todas estas tempestades y las puertas del infierno no han prevalecido contra ella.
Ni el odio de los judíos deicidas; ni la barbarie de los emperadores paganos; ni la violencia del cisma y de la herejía; ni el esfuerzo de los filósofos incrédulos; ni la sabia de los revolucionarios; ni el encarnizamiento satánico de los masones… nada ha podido prevalecer contra la Iglesia, y el resultado de la rabia de los malvados será probar, una vez más su divinidad, y al mismo tiempo contribuir a la realización de las profecías que a ella se refieren.

II. LA IGLESIA CATÓLICA ES LA VERDADERA IGLESIA DE JESUCRISTO.

¿Fundó Jesucristo varias Iglesias?


No; Jesucristo no fundó más que una sola Iglesia, que compara a un Rebaño conducido por un solo Pastor.
Luego entre las diferentes Iglesias que se dicen cristianas, sólo una puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.

El Hijo de Dios edificó su Iglesia única sobre un solo fundamento, sobre Simón Pedro; a él es a quien entregó el poden de las llaves, él a quien confío todo su rebaño como al único pastor de los corderos y de las ovejas.
No reconoce, pues, Jesucristo más que un solo edificio, un sola reino, una sola grey, una sola Iglesia.

Tres sociedades religiosas se dicen cristianas:

1º La Iglesia Católica la más antigua y la más extendida.
Recibe también el nombre de Iglesia Romana, porque su Cabeza es el Papa, Obispo de Roma.
De esta se han apartado las otras.

2º Las Iglesias Griega y Rusa, separadas hace muchos siglos de la Iglesia Romana: estas profesan casi toda la doctrina cristiana, pero no reconocen la supremacía del Papa.

3º Las Iglesias protestantes, separadas de la Iglesia Católica en el siglo XVI.

Se dividen en tres ramas principales:

en Alemania, los luteranos, cuyo fundador es Lutero;

en Suiza y en Francia, los calvinistas, Cuya creación es debida a Calvino;

y por fin los anglicanos, establecidos por Enrique VIII, rey de Inglaterra.

El protestantismo a su vez, se subdivide en innumerables sectas.

Todos los sistemas griegos y protestantes se reducen a tres:

a) Primer sistema.

Es el de los liberales. Confiesan éstos que Jesucristo instituyó una religión, pero no una sociedad religiosa.
Por ende, cada cual es libre de formar parte de una Iglesia o de permanecer fuera de ella, como también de pertenecer a aquella Iglesia que fuere más de su agrado.

Es el sistema que agrada más a los protestantes modernos, porque les exime de toda autoridad religiosa.

b) Segundo sistema.

Sus seguidores creen que Jesucristo instituyó una sociedad religiosa, llamada Iglesia; pero sin determinar su naturaleza, su constitución y su gobierno.

Unos atribuyen la autoridad religiosa al estado: es el cesarismo.
Tales son los anglicanos y los luteranos, sujetos a los príncipes civiles.
Otros reconocen una autoridad religiosa no sometida a la autoridad civil, pero la colocan en la multitud: es la democracia.
Tales son los calvinistas, que atribuyen la autoridad a los ancianos.

c) Tercer sistema.

Sus partidarios afirman que Jesucristo no dio la autoridad religiosa a todos los cristianos, sino a los Apóstoles y a su sucesores.
Después de ello, todos los Obispos son iguales por derecho divino, y el pontífice romano no tiene más que un primado de honor y de precedencia.
Tales son ciertas anglicanos, los episcopalistas de los Estados Unidos de Norte América y los griegos cismáticos.

El error de estos diversos sistemas es manifiesto después de que Jesucristo ha establecido la Iglesia en forma de una sociedad perfecta, con Obispos para gobernarla y un supremo jerarca para conservar la unidad de fe y de gobierno.

¿Cuál es la verdadera Iglesia de Jesucristo?

La verdadera Iglesia de Jesucristo es la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

1º Ella es la única que posee la Constitución establecida por Cristo en su Iglesia.

2º Ella es la única que está fundamentada sobre Pedro, primer Obispo de Roma.

3º Ella es, por último, la única que reúne las notas de la verdadera Iglesia de Jesucristo.

Conforme a las promesas divinas, la Iglesia de Jesucristo debe ser perpetua, indefectible.
Es hoy la misma que Jesucristo estableció desde el principio:
los hombres no pueden cambiar el plan de Dios.

Por consiguiente, toda Iglesia que no tenga la Constitución establecida por Cristo, que no esté edificada sobre Pedro o que carezca de las propiedades determinadas por el Salvador, no es la verdadera Iglesia.

1º La Iglesia Católica tiene la misma Constitución que la Iglesia de Jesucristo.

La Constitución de la Iglesia Católica ¿es la constitución establecida por Cristo en su Iglesia?

Sí; la Constitución actual de la Iglesia Católica es la misma que fue establecida por Jesucristo.
Sobre todos los grados de la jerarquía hallamos al Papa, sucesor de San Pedro, que gobierna a los pastores y a los fieles.
En el grado inferior, a los Obispos, sucesores de los Apóstoles, encargados del gobierno de las diócesis, auxiliados por los Sacerdotes como los Apóstoles por los setenta y dos discípulos.

Finalmente, los simples fieles forman, como antes, el rebaño confiado a la atenta solicitud de los pastores.
Pues bien, esta Constitución establecida por Jesucristo se halla solamente en la Iglesia Católica.
Fuera de la Iglesia Católica no se encuentra nada semejante; nada, por consiguiente, que se asemeje a la obra de Jesucristo.

Los protestantes, luteranos, calvinistas, no tienen ni Sacerdotes ni Obispos: sus ministros son simples funcionarios, enviados por un consistorio, como lo sería un maestro de escuela enviado por un consejo escolar para dirigir una clase.

Los anglicanos, pretenden tener Sacerdotes y verdaderos Obispos; suposición del todo falsa, pero estos supuestos Obispos no tienen más jefe que el rey de Inglaterra: cuando el trono está ocupado por una mujer, ella se encuentra a la cabeza del episcopado de su país; lo que por cierto, no se parece mucho al Colegio Apostólico.

Los griegos cismáticos y los rusos, que se llaman ortodoxos, tienen Obispos que no se hallan en comunión con el Papa.
No tienen jefe legítimo que ocupe el lugar de San Pedro y dependen de soberanos temporales.

¿Desde cuándo ha sometido Jesucristo a los príncipes de la tierra el ministerio de sus pastores?…

Luego, ninguna de estas Iglesias es la verdadera Iglesia de Jesucristo.
Este título pertenece solamente a la Iglesia Católica Romana.
Ella, es la única que conserva intacta la primitiva constitución establecida por su Divino Fundador y perfectamente conservada a través de los siglos.

2º La Iglesia sujeta al Papa es la verdadera Iglesia de Jesucristo.

El Papa, Supremo Jerarca de la Iglesia ¿es el sucesor de San Pedro?


Sí; el Papa es el sucesor de San Pedro.
Él, como Pedro, ocupa la Sede de Roma, él se remonta hasta Pedro.
Por una serie ininterrumpida de predecesores, él, como Pedro, es el Soberano de la Iglesia entera, y su primacía es reconocida desde hace diecinueve siglos.
El Papa es el sucesor de Pedro en todos sus derechos.
Ahora bien, es así que donde está Pedro, allí está la Iglesia;
luego la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Jesucristo.

El primado del Pontífice Romano basta por sí solo para discernir la verdadera Iglesia de Jesucristo.
Al fundar el Hijo de Dios su Imperio Espiritual sobe Pedro, hizo del príncipe de los Apóstoles el tronco de una dinastía de Pontífices, que se ha perpetuado sin interrupción, hasta Paulo VI (hoy Benedicto XVI), mediante los doscientos sesenta y cinco sucesores de Pedro.

Esta sucesión de los Papas, en la Iglesia romana, constituye el tronco del árbol místico plantado por Jesucristo, y cuyas ramas extendidas por toda la tierra son las Iglesias particulares.
Las ramas desprendidas de este tronco divino son las sectas heréticas y cismáticas.

1º El Papa ocupa la sede de Pedro.

El príncipe de los Apóstoles estableció su Sede en Roma en tiempo del emperador Claudio, en el año 42 de nuestra era; después de veinticinco años de reinado, sufrió, bajo el imperio de Nerón, un glorioso martirio, el 29 de junio del año 67.

Mientras vivió Pedro, no trasladó su Sede a ninguna otra parte: murió Obispo de Roma. La historia, las tradiciones, los monumentos lo atestiguan.
Además, ninguna secta ha reivindicado jamás para sí este privilegio de la Iglesia romana. Luego San Pedro unió a la Sede de Roma el poder supremo que había recibido de nuestro Señor Jesucristo y lo dejó en herencia a su sucesores.

2º En todos los siglos el Papa ha ejercido sobre toda la Iglesia entera una soberanía indiscutida.

Desde los primeros siglos hasta nuestros días, el Obispo de Roma ha sido reconocido como el Vicario de Jesucristo, el Obispo de los Obispos, el Sumo Pontífice, el Supremo Jerarca de la Iglesia.
A él acuden de oriente y de occidente, y sus decisiones hacen ley.

En el siglo I, los Corintios no recurren al Apóstol San juan, que vivía en Éfeso, para resolver las diferencias surgidas entre ellos, sino que consultan al Papa San Clemente, tercer sucesor de San Pedro.

En el año 197, el Papa San Víctor I pone término a una prolongada discusión acerca de la fecha de la fiesta de Pascua. El Papa Esteban corta la cuestión del bautismo de los herejes, etc.
Así desde el origen de la Iglesia y en toda la sucesión de los siglos, los hechos más positivos y los testimonios más ciertos testifican la fe de los pastores y de los fieles en el Primado de la Sede de Roma.

Creemos superfluo extendernos acerca de estos hechos que se pueden leer en la historia de la Iglesia.
Por lo demás, todos los Santos Padres, unánimemente, reconocen el Primado de Jurisdicción conferido a San Pedro. De ahí el principio de San Agustín:
“Roma ha hablado, la causa ha terminado” [Véase Monseñor DE SEGUR. El Soberano Pontifice].

A la autoridad de los Padres de la Iglesia viene a juntarse la de los Concilios.
Los cuatro primeros Concilios Ecuménicos: Nicea, en el año 325; Constantinopla, en el año 381; Éfeso, en el año 431; Calcedonia, en el año 451, siempre venerados casi tanto como los cuatro Evangelios por la Iglesia universal, atestiguan la supremacía del Papa.

Un hecho que por sí solo demuestra el primado de los Papas por ejercicio del mismo, es que jamás, ni en Oriente ni en Occidente, ha habido un solo Concilio, que haya sido reconocido como Ecuménico, es decir, como representante de la Iglesia universal, a menos de haber sido convocado, presidido por el Papa o sus delegados y confirmado por él.

Y como el concurso de los Papas era considerado como esencial por la Iglesia, toda la Iglesia reconocía, de hecho, su Primado de poder y de jurisdicción.
En el Concilio general de Florencia, en el año 1439, tanto los griegos como los latinos suscribieron el siguiente decreto:

“Definimos que el Pontífice posee el primado sobre el universo entero: que este mismo Pontífice Romano es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles: que él es el Vicario de Jesucristo y el Supremo Jerarca de toda la Iglesia, el Padre y el Doctor de todos los cristianos: que él ha recibido de Nuestro Señor, en la Persona del bienaventurado Pedro, el pleno poder de apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal, está declarado en las actas de los Concilios Ecuménicos y en los Sagrados Cánones”.

De esta suerte, en el concilio de Florencia, los griegos, hoy cismáticos separados de la Iglesia Católica, reconocían al Papa, Obispo de Roma, como sucesor de Pedro y Cabeza de la Iglesia.
Ahora bien, en aquella época, los protestantes todavía no existían, no había en el mundo más que una sola Iglesia: la Iglesia Romana.

Pero esta Iglesia no ha dejado de existir; luego ella es hoy, como en año 1439, la única verdadera Iglesia.

Conclusión:

La Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Jesucristo.
Hemos probado que Nuestro Señor Jesucristo confirió a Pedro, para que lo transmitiera a sus sucesores, el primado de jurisdicción sobre la Iglesia universal.

Pero está probado que este primado pertenece al Papa, sucesor de San Pedro; luego la Iglesia que tiene por Cabeza al Papa es la verdadera Iglesia de Jesucristo.
De ahí esta máxima de los Santos Padres:
“Donde está Pedro, allí está la Iglesia”. Es como si se dijera: donde está el tronco vivo, allí está el árbol; donde está el centro, allí se halla el círculo; donde se halla el fundamento, allí está el edificio; donde está el trono, allí se halla el Imperio.

Pues bien, es así que Pedro se halla en la sede de Roma en la persona de Paulo VI (hoy Benedicto XVI); luego allí se halla la Iglesia de Cristo.
Monseñor Besson, en su segunda conferencia sobre la Iglesia, desenvuelve este argumento de una manera tan profunda como atrayente:

“Acudo ahora a todo cristiano, cualquiera que sea la comunión a que pertenezca; hago un llamamiento a su buena fe y entablo con él el siguiente diálogo:

-¿Creéis en el Evangelio? Sí, creo en él.
¿Creéis que el Evangelio ha sido escrito para todos los tiempos, para todos los lugares, y que cada página de ese divino libro debe tener su representación en la Iglesia fundada por Jesucristo?

Sí; en el supuesto de que Jesucristo sea Dios.
Pues bien, este fundamento, estas llaves, este pastor único, infalible, eterno, este Pedro, debe estar en alguna parte, ¿verdad?

No se puede negar, si se cree en el Evangelio.
Buscad ahora en Constantinopla, en Londres, en Ginebra, en Berlín, en tal o cual Iglesia separada, en lo que más os plazca, el rastro de este fundamento, la sombra de estas llaves, el nombre de este Pastor.

¿Hallaréis alguna autoridad que se parezca a la de Pedro?
-No, no hay nada parecido.
¿Os creéis, pues, obligados a reconocer que donde no se halla Pedro se ha desgarrado una página del Evangelio?
Hay que reconocerlo, si no se quiere cerrar los ojos a la evidencia.
Y si Pedro se halla en alguna parte, sentado sobre su roca, con las llaves en la mano, con la palabra en los labios, con el cayado sobre la grey de Cristo esparcida por todo el mundo, ¿qué cocluiréis de eso?

Concluiré que allí se ha conservado intacto el Evangelio. Acepto vuestra proposición, y os voy a probar con la historia que Pedro vive en Roma”

Decretos del Concilio Vaticano I.

Primera constitución dogmática sobre la Iglesia.


El Concilio Vaticano I, en su constitución “Pastor Aeternus”, prueba por el Evangelio y la Tradición, la institución del primado conferido por Nuestro Señor Jesucristo al bienaventurado Pedro, y termina el primer capítulo con el siguiente decreto:
“Si alguien dijere que el bienaventurado Apóstol Pedro no fue instituido por Cristo Nuestro Señor Príncipe de los Apóstoles y Cabeza visible de toda la Iglesia militante, o que el mismo Pedro no recibió más que un primado de honor y no un primado de jurisdicción propio y verdadero, directa e inmediatamente conferido por el mismo Jesucristo, sea anatematizado”.

El mismo Concilio, en el segundo capítulo, prueba la perpetuidad del primado de Pedro en los Pontífices Romanos.

“Es un hecho notable en todos los siglos, que, hasta nuestros tiempos y siempre, el Santo y Bienaventurado Pedro, Príncipe y Cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia, que recibió de Nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano, las llaves del Reino, vive, reina y juzga en sus sucesores los Obispos de esta Santa Sede de Roma, fundada por él y consagrada con su sangre. A causa de esto, cada uno de los sucesores de Pedro en esta Cátedra posee, en virtud de la institución de Jesucristo mismo, el primado de Pedro sobre la Iglesia universal”.

El Santo Concilio termina ese capítulo con el decreto siguiente:

“Si alguien dijere que no es por la institución de Nuestro Señor Jesucristo, o de derecho divino, que el Bienaventurado Pedro tiene sucesores perpetuos en su primado sobe toda la Iglesia; o que el Pontífice Romano no es sucesor del Bienaventurado Pedro en este mismo primado, sea anatematizado”.

En el tercer capítulo, DEL PODER Y DE LA NATURALEZA DEL PRIMADO DEL PONTÍFICE ROMANO, el Santo Concilio recuerda, al principio, la definición dada por el Concilio de Florencia; la renueva y explica:

“Enseñamos, pues, y declaramos que la Iglesia Romana, por la voluntad de Nuestro Señor, posee sobre todas las otras Iglesias el principado con poder de jurisdicción ordinaria, y que este poder de jurisdicción verdaderamente episcopal que posee el Pontífice Romano, es un poder inmediato, que todos, pastores y fieles, cualquiera que sea su rito y dignidad, están sometidos a él por el deber de la subordinación jerárquica y de una verdadera obediencia, no solamente en materia de fe y costumbres, sino también en lo que toca a la disciplina y al gobierno de la Iglesia extendida por todo el universo, de suerte que, conservando la unidad en la comunión y la profesión de una misma fe con el Pontífice Romano, la Iglesia de Cristo es un solo rebaño bajo un solo Pastor supremo. Tal es la enseñanza de la verdad Católica, de la que nadie puede apartarse sin perder la fe y la salvación”.

“Si alguien dijere que el Pontífice Romano no tiene más que un cargo de vigilancia o de dirección, y no el pleno y supremo poder de jurisdicción sobre toda la Iglesia, no solamente en lo que concierne a la fe y a las costumbres, sino también en lo que se refiere a la disciplina y al gobierno de la Iglesia extendida por todo el mundo o que solamente tiene la parte principal y no toda la plenitud de este poder; o que el poder que posee no es ordinario e inmediato, tanto sobre todas las Iglesias y sobre cada una de ellas, como sobre todos los pastores y sobre todos los fieles y sobre cada uno de ellos, sea anatematizado”.

En el cuarto y último capítulo, el Concilio trata de la infalibilidad doctrinal del Pontífice Romano. Más adelante veremos las pruebas de este dogma y el decreto del Concilio.

3º Notas de la verdadera Iglesia de Jesucristo.

El primado de San Pedro es suficiente para probar que la Iglesia Romana es la de Jesucristo; pero la divina Providencia ha multiplicado las señales distintivas de la verdadera Iglesia, para permitirnos adaptar los medios de demostración a la diversidad de las inteligencias.

Entre los hombres, unos son más sensibles a un determinado argumento, y otros, a otro. Pues bien, es necesario que todos puedan, sin dificultad, conocer la Iglesia de Jesucristo, porque sólo en ella se halla la religión verdadera y obligatoria.
Se llaman señales las notas que distinguen a la Iglesia de Jesucristo de las Iglesias fundadas por los hombres.

Estas señales son propiedades esenciales de la Iglesia de Cristo, manifestadas exteriormente por caracteres sensibles permanentes.
Toda señal debe ser:
1º Más fácil de conocer que la Iglesia misma.
2º Esencial a la verdadera Iglesia.
3º Incompatible con una falsa Iglesia.

¿Cuáles son las señales de la verdadera Iglesia?

Hay cuatro señales de la verdadera Iglesia. Debe ser:
Una, Santa, Católica y Apostólica.

Tales son las notas de la Iglesia de Jesucristo, reconocidas por el Concilio de Nicea primer Concilio Ecuménico.
La Unidad constituye la forma de la Iglesia; la Santidad, su vida; la Catolicidad, la extensión de su dominio; la Apostolicidad, su edad.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Jesucristo, su Encarnación permanente entre los hombres; por consiguiente, se debe hallar en la Iglesia la marca de las perfecciones del HombreDios.

1º No hay más que un sólo Cristo;

en Él, la naturaleza divina y la naturaleza humana están unidas con una unión Hipostática o Personal. De igual suerte, no hay más que una Iglesia, donde se une lo divino y lo humano, lo visible y lo invisible.

En el Verbo Encarnado hay lo invisible y lo visible; Dios invisible y el Hombre que vive y se manifiesta a nuestros sentidos y nos revela con sus acciones el princiio divino que lo anima: Es el Hombre-Dios.
Así en la Iglesia lo invisible es lo que se llama el alma; los sones de Espíritu Santo, la fe, la gracia, lo visible es el cuerpo, la sociedad exterior de los pastores y de los fieles, que con sus obras, manifiestan la vida divina que el Espíritu Santo les conunica.

2º Jesucristo es la Santidad misma.

Manifestó esta santidad, viviendo en carne mortal, por medio de sus virtudes y de sus milagros. Su Iglesia es Santa e Inmaculada, a pesar de los pecados de sus miembros, y manifiesta su santidad en lo exterior y por sus obras y sus milagros. La Santidad es su vida.

3º Jesucristo es el Salvador del mundo;

Él murió por todos, y quiere la salvación de todos. Es necesario que su Iglesia sea como Él, Católica o universal.

4º Enviado por su Padre, Jesucristo envía a sus Apóstoles, los cuales, a su vez, envían a sus sucesores. Así, la Iglesia, en la sucesión de los siglos, es siempre Católica.
La verdadera Iglesia de Jesucristo, hecha a su imagen y semejanza, es una sociedad, a la vez, humana y divina, que Él vivifica con su espíritu y en la que se refleja su unidad, su santidad, su inmensidad y su misión divina.

1º Unidad.

¿Qué se necesita para que la Iglesia sea una?


Se necesita que sus miembros:

1º profesen una misma fe;

2º, participen de los mismos Sacramentos,

3º, obedezcan al mismo Supremo Jerarca: es lo que se llama unidad de fe, unidad de culto, unidad de gobierno.

¿Por qué es necesario que la Iglesia sea una?

Es preciso que la Iglesia sea una en su fe, porque Jesucristo no ha enseñado sino una sola y misma doctrina.
La verdad es una: Dios, que es La Verdad misma, no ha podido revelar el pro y el contra, el sí y el no.
Es preciso que la Iglesia sea una en su culto, porque Jesucristo ha establecido para todos los hombres la misma manera de honrar a Dios y los mismos medios de salvación: un solo sacrificio y los mismos Sacramentos.

Es preciso que la Iglesia sea una en su gobierno; porque Jesucristo ha fundado en su Iglesia un cuerpo de pastores colocados bajo la autoridad de un solo Gobernador supremo. La unidad es el carácter esencial del Cristianismo: un solo Dios, una sola Fe, un solo Bautismo, etc.

No admitir un solo punto de la doctrina de Jesucristo es romper la unidad de la fe: es la herejía. Rechazar la autoridad de los pastores legítimos, y particularmente la del Pastor Supremo, es romper la unidad de gobierno: es el cisma.

2º Santidad.

¿Qué se requiere, para que la Iglesia sea Santa?


Se requiere:

1º, que tenga por fundador a Jesucristo, fuente de toda santidad;

2º, que proponga a los hombres en su Doctrina, en sus Sacramentos, en sus Leyes, los medios más perfectos de santificación;

3º, que vaya produciendo siempre Santos, cuya virtud eminente sea manifestada por el don de hacer milagros.

¿Por qué es necesario que la Iglesia sea Santa?

Es necesario, porque la Iglesia tiene por fin conducir a los hombres a la salvación eterna, mediante la práctica de la Santidad.
Por esto no puede conseguir este fin sin procurarles los medios de santificación. La eficacia de éstos medios debe ser demostrada por la santidad heroica de los hijos de la Iglesia que siguieren fielmente sus consejos.

Además, esta santidad debe afirmarse de tiempo en tiempo con verdaderos milagros. Los milagros no son en la verdadera Iglesia una cosa accidental y pasajera; son el cumplimiento de promesas de Jesucristo que no fueron limitadas a ningún tiempo.
“Si alguno cree en Mí, las obras que Yo hago él también las hará, y aun mayores”[Jn16, 12].

Sin embargo, no es necesario que todos los miembros de la Iglesia sean santos; Jesucristo les deja la libertad de substraerse a la eficacia de su religión.
Él nos advierte que en el campo del padre de familia la cizaña crece juntamente con el trigo. Basta que la doctrina, la moral, el culto, la legislación de la Iglesia reúnan condiciones de extraordinaria eficacia para santificar a sus miembros.

3º Catolicidad.

¿Qué se requiere para que la Iglesia sea Católica?


Se requiere:

1º, que tenga una fuerza expansiva universal;

2º, que esté extendida por la mayor parte de los países conocidos;

3º, que en número aventaje a las sectas herejes o cismáticas.

¿Por qué es necesario que la Iglesia sea Católica?

Lo es porque Jesucristo quiere que todos los hombres so salven, y no pueden salvarse sino por la Iglesia.
Es necesario, pues, que en todos los tiempos la Iglesia esté abierta para todos, a fin de que puedan entrar en esta nave de salvación.
Dios destina su religión, como el sol, a iluminar a todos los hombres.

Jesucristo, Mediador común, dio a sus Apóstoles el encargó de predicar el Evangelio a todos los pueblos; su Iglesia debe, por consiguiente, encontrarse en todos los tiempos y en todos los lugares para abrir a los hombres las puertas del cielo.
Son los mismos Apóstoles los que, en su Símbolo, dan a la Iglesia el nombre de Católica:
“Creo en la Santa Iglesia Católica” (Credo de los Apóstoles). Debe, pues, estar moralmente difundida por el mundo entero.

La catolicidad supone la unidad de doctrina y de gobierno. Es necesario que la Iglesia sea la misma en todas partes. Un conjunto de sectas que no tuvieran de común más que el nombre, no se podría llamar Iglesia Católica.
La catolicidad no exige que la Iglesia exista en todas las partes del mundo sin excepción, y mucho menos que comprenda la universalidad de los hombres. Basta que exista en la mayor parte de los pueblos conocidos y que abrace un número mayor de miembros que las otras sectas cristianas.

4º Apostolicidad.

Qué se requiere para que la Iglesia sea Apostólica?


Se requiere:

1º, que su origen se remonte a los Apóstoles;

2º, que enseñe la misma doctrina de los Apóstoles;

3º, que sea siempre gobernada por pastores cuya misión tenga su origen en los Apóstoles, con el consentimiento del sucesor de Pedro, Jefe de la Iglesia.

¿Por qué es necesario que la Iglesia sea apostólica?

Lo es:

1º, porque la Iglesia debe guardar intacta la doctrina revelada a los Apóstoles;

2º, porque debe conservar, por una serie no interrumpida de pastores, el ministerio y la misión Apostólica.
Jesucristo dio solamente a los Apóstoles la misión de predicar el Evangelio a toda criatura. Todo el que no sea enviado por ellos no tiene autoridad para predicar la doctrina de Jesucristo.

Para que los pastores sean legítimos, deben, por una transmisión sucesiva, recibir sus poderes de los Apóstoles y permanecer sujetos al sucesor de Pedro, como los Apóstoles lo estuvieron al mismo Pedro.
Es necesario, pues, que la Iglesia sea Apostólica por razón de su origen, de su doctrina, de su ministerio.

“El carácter infalible e indeleble de todas las sectas, sin exceptuar una sola, es que siempre se les podrá señalar su origen en una fecha tan precisa que no les será posible negarla” (Bossuet). Así, la historia registra la hora natal, a veces escandalosa, pero siempre ilegítima, de todas las sectas cismáticas y heréticas.

4º La Iglesia Romana posee estas cuatro notas.

¿En qué Iglesia hallamos estas cuatro notas?


Sólo en la Iglesia Romana hallarlos estas cuatro notas. Ella es:

1º, Una; 2º, Santa; 3º, Católica, y 4º, Apostólica.

1º Es Una: todos sus miembros profesan la misma fe, participan de los mismos Sacramentos, obedecen al mismo Supremo Jerarca: al Papa.

2º Es Santa: tiene por fundador a Jesucristo, fuente de toda Santidad; nos ofrece todos los medios para santificarnos; por último, siempre ha formado Santos, cuya santidad ha sido probada con milagros.

3º Es Católica o universal: abarca todos los tiempos y se halla siempre la misma, en todos los lugares.
Sólo ella tiene el privilegio de ser conocida y de tener súbditos en todas partes del mundo.

4° Es Apostólica porque guarda intacta las doctrinas enseñadas a los apóstoles, los cuales fueron elegidos por Nuestro Señor Jesucristo, para fundar su Iglesia.

1º La Iglesia Católica Romana es una.

a) Una en su fe.

Todos los católicos admiten las mismas verdades, los mismos preceptos, los mismos consejos evangélicos. Recorred la tierra de un extremo al otro y en todos las puntos del globo, oiréis al hijo de la Iglesia Romana cantar el mismo Credo.

Remontad el curso de las edades hasta los tiempos Apostólicos, y veréis a veinte siglos profesar el mismo símbolo.
El principio que mantiene esta unidad de fe es la Autoridad de la Iglesia:
todo católico debe aceptar los dogmas enseñados por ella, bajo pena de ser excluido como hereje.

Negar un sólo artículo de fe es apartarse de la comunión de la Iglesia Católica. En cuanto a lo que está definido, la Iglesia deja la libertad de opiniones, según el axioma de San Agustín:
“En lo que es cierto: unidad; en lo que es dudoso: libertad; en todas las cosas: caridad”.

b) Una en su culto.

Las partes esenciales del culto: la oración, el sacrificio, los Sacramentos, son idénticos en todas partes. Las variaciones de rito son puramente accesorias.
Así se trate de la Basílica de San Pedro, o de la última capilla de aldea, hallaréis siempre un Altar, una mesa Eucarística, fuentes bautismales, confesionarios, un púlpito, etc.

En todas las Iglesias está el mismo Misal, se recitan las mismas oraciones, se ofrece el mismo Sacrificio, se administran de la misma manera los siete Sacramentos. Las armas del culto externo son esencialmente las mismas.

c) Una en su gobierno.

Todos los miembros de la Iglesia están unidos unos a otros por una Jerarquía completa. Los fieles están sujetos a sus Sacerdotes; los Sacerdotes, a sus Obispos; los Obispos, al Papa, reconocido por todos como Cabeza Suprema. La Iglesia Católica es como un vasto círculo cuyo centro está en Roma; y cuyos radios alcanzan a las extremidades de la tierra [Véase Mons. Besson, Conferencia sobre el orde de la Iglesia].

El que se niega a someterse a la autoridad de los pastores legítimos es excluido de la Iglesia como cismático. Tal es la regla que mantiene en ella la unidad perfecta; esta regla es conforme, a las palabras del Salvador:
“Aquel que no escuchare a la Iglesia, sea para vosotros como gentil publicano”[Mt18, 17].

Gracias a esta triple unidad, todo Católico, en cualquier país donde esté, se encuentra entre católicos, y está siempre en su familia; asiste al mismo Sacrificio; recita las mismas oraciones; obedece al mismo Jefe; cree las mismas verdades.

2º La Iglesia Católica Romana es Santa.

a) En su Fundador.

No tiene más fundador que Jesucristo, el Santo de los santos, el Hijo de Dios hecho hombre, el modelo y la fuente de toda santidad. Se necesitaba todo el poder de Dios para fundar la Iglesia en las condiciones en que fue establecida, así como para conservarla a través de los siglos, a pesar de las persecuciones, herejías y cismas.

b) En los medios que suministra a los hombres para llegar a la santidad.

Su doctrina, sus preceptos, sus consejos, sus Sacramentos, todo combate el mal, todo lleva hacia la virtud, todo conduce a la santidad más heroica. Basta que nuestra voluntad preste a la gracia de Dios un concurso fiel y perseverante.

La Iglesia Romana produce la santidad con su doctrina, que hace una guerra sin cuartel a todos los vicios, y nos impulsa a la práctica de todas las virtudes. Ella comunica la santidad, particularmente par medio de los Sacramentos, que confieren o aumentan la Gracia Santificante.

c) En los numerosos Santos que ha producido y que produce continuamente.

Sólo Dios es Juez de la santidad interior: los ojos del cuerpo no pueden percibirla. Pero la santidad se manifiesta por medio de las obras, y sobre todo, por los milagros. Entre los miembros de la Iglesia abundan los Santos: se les encuentra en todas las condiciones; bajo todos los climas y en todos los siglos. Se los cuenta por millones… Dios ha rendido testimonio a su santidad con numerosos milagros, ruidosos y auténticos.

Los milagros jamás han cesado en la Iglesia Romana.
En todos los siglos, Dios le ha dado este poder sobrenatural. Los prodigios que San Antonio, San Hilario, San Martín obraron en el siglo IV, Santo Domingo, San Francisco de Asís, San Vicente Ferrer, San Antonio de Padua, San Francisco Javier, Santa Teresa y muchísimos otros los han obrado después, demostrando con esto que Dios aprobaba las virtudes practicadas en el seno de la Iglesia Romana.

Esta perpetuidad de los milagros la ponen de manifiesto los procesos jurídicos de la canonización de los Santos. El sabio Abate Moigno ha publicado, en sus Esplendores de la fe, las actas del proceso de beatificación y canonización de San Benito José Labre.
Se pueden ver en ese volumen las innumerables precauciones de que se rodea la Iglesia y los milagros que demanda antes de canonizar a aquellos que coloca sobre los altares. Hoy día y bajo nuestros ojos se operan también maravillas que se empeña en negar la impiedad, pero cuya realidad evidente no podrá destruir jamás.

Entre estas maravillas citaremos, siempre con el debido respeto a la autoridad de la Iglesia, las curaciones obradas en Lourdes y los prodigios de la vida del Cura de Ars (Véase Dr. Boissarie, Las grandes curaciones de Lourdes).

d) La Iglesia es Santa en sus obras.

Ella es la que sacó al mundo del paganismo y la que le ha procurado los beneficios de que hemos tratado antes.
Nada podría igualar el celo que despliega para hacer a los hombres más cristianos y más fieles. Ha fundado asilos, escuelas, hospitales, casas de refugio para aliviar todos los sufrimientos.

Ella es la única que inspira la caritativa abnegación de las Hermanas de la Caridad y de las Hermanas Enfermeras, de las Hermanitas de los Pobres, de las Sociedades de San Vicente de Paúl, de San Francisco de Regis, etc.
Diariamente, sus denodados misioneros lo abandonan todo: descanso, familia y patria, para ir a llevar, con peligro de su vida, la Buena Nueva del Evangelio a los pueblos idólatras.

Los misioneros: católicos a pesar de las dificultades y obstáculos diversos, se ven coronados por el éxito más lisonjero. Hay que contar por millones los paganos convertidos en China, en el Tonkín, en África, en América, en Oceanía.
La inagotable fecundidad de la Iglesia Romana para todo lo bueno, su poder extraordinario para convertir las naciones más bárbaras, lo mismo que los pecadores más endurecidos, son verdaderos milagros del orden moral que prueban su santidad y su divinidad.

Por más aborrecibles que sean los estorbos y cortapisas puestos a su acción, por sangrientas que sean las persecuciones de que a veces es víctima, la Iglesia Romana extiende su imperio y prosigue imperturbable la obra siempre fecunda de su apostolado.

No hay duda que la Iglesia Romana no ha santificado ni santifica a todos sus miembros. Hay, ha habido y habrá siempre pecadores en la Iglesia. La cizaña, según la parábola de Nuestro Señor Jesucristo crece junto con el trigo, pero dondequiera que aparezca la cizaña, muéstrase siempre como nacida del abuso de la libertad humana.
Si numerosos cristianos con su indigna conducta deshonran a la Iglesia es porque repudian su doctrina y su moral. Bajo el dominio de las pasiones, hacen lo contrario de lo que les prescribe y aconseja la Iglesia. Todo el que se ajusta a las normas de la Iglesia Romana lleva una vida ejemplar, llena de méritos, como la de los Santos que ella canoniza.

3º La Iglesia Romana es Católica.

Supera tan visiblemente a las otras sociedades cristianas, por su difusión y su brillo, que el titulo de Católica le ha quedado como nombre propio que la distingue de todas las otras.

La Iglesia Romana es Católica o universal:

a) Por el tiempo.

Según la confesión de todos, tiene su origen en Jesucristo.
Pero es poco darle veinte siglos de existencia: Ella es tan antigua como el mundo, pues abraza la revelación primitiva, la mosaica y la cristiana; la Iglesia Católica es el coronamiento de un edificio empezado el día de la creación.

b) Por la extensión.

La Iglesia Romana está extendida por las cinco partes del mundo. En los pueblos más remotos, en las islas menos conocidas del Océano, en todas partes se hallan católicos.

e) Por el número.

Cuenta alrededor de trescientos millones de súbditos: cien millones más que todas las otras sectas unidas. Desde el día de Pentecostés, jamás ha cesado de extender sus conquistas, de multiplicar sus hijos; lo que pierde en una nación, lo gana con creces en otra.
La catolicidad de la Iglesia Romana no es solamente un nombre, es un hecho viviente, auténtico, que atrae todas las miradas y se impone por su grandeza y su duración de diecinueve siglos.

La catolicidad de la Iglesia se manifestó desde el día de Pentecostés. Las lenguas de fuego que descendieron sobre las cabezas de los Apóstoles simbolizaron la difusión de la doctrina que tenían la misión de predicar. El don de lenguas que les fue concedido les permitió hacer que el Evangelio fuera comprendido por todas las naciones representadas en Jerusalén[Act. II].

Todo católico Romano puede repetir la sentencia de San Paciano, Obispo de Barcelona: “Cristiano es mi nombre, Católico mi apellido”.

4º La Iglesia Romana es Apostólica.

a) Por su origen.

Fundada por Jesucristo, fue propagada por sus Apóstoles, particularmente por San Pedro, que fijó su Sede en Roma, capital del Imperio romano. La Iglesia Romana es, pues, la Iglesia primitiva, la única que ha existido siempre desde los Apóstoles hasta nosotros.

b) Por la sucesión no interrumpida de sus pastores.

Sus pastores son los únicos del mundo que pueden, desde el Sacerdote al Obispo, del Obispo al Papa, hacer remontar su misión a través de las edades hasta la que los Apóstoles recibieron del propio Jesucristo.
Es conocida la sucesión no interrumpida de los Pontífices Romanos, partiendo del Papa Paulo VI (hoy Benedicto XVI) y remontándose hasta San Pedro.

“Lo que me conserva en la Iglesia Católica, dice San Agustín, es la sucesión de los Obispos, desde San Pedro hasta el que ocupa su trono.

¿Qué otra sociedad puede presentar una sucesión tan clara y tan admirable?…”.

Él protestantismo no existe antes de Lutero; el cisma griego, antes de Focio; sólo la Iglesia Romana llega hasta San Pedro y por él hasta Jesucristo.

c) Por su doctrina.

La doctrina de la Iglesia Romana es siempre la doctrina de los Apóstoles.
Entre los Símbolos más antiguos, los escritos y las decisiones de los primeros siglos y los de la hora presente, existe una identidad completa.
Nosotros recitamos el Símbolo de los Apóstoles, y cantamos en la Misa el Credo del primer Concilio general, el símbolo de Nicea.

Objeción.

Los protestantes sostienen que la Iglesia Católica, imponiendo dogmas nuevos, se ha apartado del puro Evangelio que nos legaron los Apóstoles.

Respuesta:
Nunca la Iglesia ha definido un artículo de fe sin haber probado que los Apóstoles lo habían enseñado, o por escrito, o de viva voz.
Tiene por principio no innovar nada, sino atenerse a las verdades contenidas en el depósito de las Escrituras y de la Tradición Apostólica.
A todos los ataques de los herejes opone victoriosamente los escritos de los Padres y los monumentos de la historia.

Es, por consiguiente, inexacto el afirmar que la Iglesia ha inventado nuevos dogmas. Lo que es nuevo es un conocimiento más preciso, una definición más solemne de ciertas verdades reveladas.

¿Qué hace Ella en los decretos de sus Concilios?

Presenta a más clara luz verdades no suficientemente conocidas por los fieles; enseña de una manera más precisa lo que se enseñaba de una manera vaga. Cuando los ataques de los herejes lo requieren, Ella forma una palabra nueva para facilitar la inteligencia de la doctrina y determinar el antiguo sentido de la fe.
Así, poco a poco, va resumiendo una ciencia inmensa dentro de breves fórmulas.
Pasa con la doctrina Católica lo mismo que con la creación material: Dios ha ocultado en el seno de la tierra y en las leyes de la naturaleza tesoros admirables que el hombre va descubriendo cada día y que utiliza según las necesidades del momento.

Él sabe hallar el hierro necesario, para los instrumentos de trabajo, el carbón para producir vapor, la electricidad para transmitir a enormes distancias su pensamiento… Así también Dios ha colocado en el depósito de la revelación, confiado a la Iglesia, todas las verdades destinadas a iluminar la inteligencia y a fortalecer el corazón del hombre.
Y a la Iglesia pertenece sacar de este depósito sagrado, según las necesidades del momento, las verdades reveladas. Por eso, al proclamar en el pasado siglo el dogma de la Inmaculada Concepción y el de la Infalibilidad del Papa, la Iglesia no ha inventado nuevos dogmas, como se ha dicho, sino que ha declarado solamente que esos dogmas están contenidos en la revelación divina y en la Tradición Apostólica.

Indudablemente, la Iglesia puede todavía realizar cambios en su disciplina, establecer nuevas leyes, modificarlas o abolirlas; pero estos cambios no alteran en lo más mínimo la doctrina Católica.

Conclusión.

No hay más que una Iglesia fundada por nuestro Señor Jesucristo. Es así que la Iglesia Romana posee todas las notas de la verdadera Iglesia.
Luego la Iglesia Romana es la Iglesia Católica.

5º Las notas de la verdadera Iglesia no se encuentran en ninguna sociedad herética o cismática.

N. B. Después de la demostración precedente, este artículo podrá parecer inútil; lo añadimos para sobreabundancia de pruebas y particularmente para facilitar a los extraviados la vuelta al rebaño de Jesucristo.
El Divino Maestro, que es el Camino, la Verdad y la Vida, no quiere más que un solo rebaño bajo el cayado de un solo pastor.

Las Iglesias, protestantes y cismáticas;

¿pueden gloriarse de tener las notas de la verdadera Iglesia?


No; ellas no tienen ni la unidad, ni la santidad, ni la catolicidad, ni la apostolicidad.
Es fácil convencerse de esto estudiando su origen, su constitución y su historia.

1º No hay en nuestros días más que una herejía importante:

el protestantismo, así llamado porque protesta contra la autoridad de la Iglesia Católica.
El protestantismo comprende una infinidad de sectas heréticas, separadas las unas de las otras y nacidas sucesivamente de los falsos principios de los tres pretendidos reformadores del siglo XVI: Lutero, Calvino y Enrique VIII.

Sus tres principales ramas son: el luteranismo, el calvinismo, el anglicanismo.

Pero de estas tres ramas principales parte un sinnúmero de ramas menores, sin ningún lazo de unión.

2º Se llama Iglesia griega cismática la sociedad religiosa separada de la Iglesia Romana por el gran cisma de Oriente.

El cisma griego hoy está dividido en tres Iglesias independientes, que se hallan en los Balcanes y Turquía, en Grecia y en Rusia.
No hay que confundir la Iglesia griega cismática con la Iglesia griega unida: ésta forma parte de la Iglesia Católica, aunque tenga su propia liturgia en lengua griega y algunos usos disciplinares diferentes de los de la Iglesia latina.

1º Origen del protestantismo.

1º Lutero.


Martín Lutero nació en Eisleben, en Sajonia, en el año 1483, de padres pobres, pero buenas Católicos. Instruido a expensas de la caridad pública, ingresó en 1503 en el monasterio de los agustinos de Erfurt, donde fue ordenado Sacerdote y recibió el doctorado.
En 1508, enviado por sus superiores a la universidad de Wittemberg como profesor de teología, se hizo notar por su amor a las novedades y por un orgullo indomable.
En 1517, León X encomendó a los dominicos la predicación de las indulgencias que concedía a los que contribuyesen con su óbolo a la edificación de la Basílica de San Pedro.

Lutero se sintió herido al ver que los dominicos eran preferidos a los agustinos.
El P. Tetzel atraía muchísimo auditorio a sus sermones, y la Iglesia de los agustinos quedaba desierta.
Lleno de despecho, Lutero combatió al predicador, después a las indulgencias y, por último, al poder de la Iglesia.
El 31 de octubre de 1517 fijó en la puerta de la catedral de Wittemberg, noventa y cinco artículos contrarios a la doctrina Católica.

Llamado al orden por sus superiores, derrotado en una conferencia pública por los teólogos, condenado por las universidades de París, de Lovaina y de Colonia, Lutero apela al Papa, en una carta donde dice:
“Aprobad o desaprobad como más os plazca. Yo escucharé vuestra voz como la misma de Jesucristo”.

A los primeros avisos de León X, Lutero apela del Papa mal informado al Papa mejor informado; después al futuro Concilio. Y entretanto, sigue propagando sus errores.
En 1520, León X, después de haber agotado todos los medios de conciliación, condenó a Lutero. En vez de someterse, el monje orgulloso, hizo quemar la Bula del Papa en la plaza de Wittemberg. Le siguieron en su rebelión sus dos colegas: Carlostadio y Melancton.

Carlos V, emperador de Alemania, citó al innovador a la dieta de Worms. Lutero, lleno de orgullo y obstinación, declaró que no sometía su doctrina a nadie. Desterrado del imperio, se refugió en el castillo de Wartenburgo, al lado de Federico de Sajonia, su protector, y desde aquel lugar inundó Alemania de folletos incendiarios.

Para imponer sus errores al pueblo, alegó la autoridad de la palabra de Dios, y no reconoció mas regla de fe que la Biblia interpretada por la razón individual.
Todas las sectas protestantes han admitido este famoso principio de Lutero, o más bien, esta gran herejía: la Biblia, y nada más que la Biblia interpretada por el libre examen; principio absurdo y destructor de toda religión y de toda moral, como lo prueba la experiencia de tres siglos.

En 1528, en la dieta de Spira, los discípulos de Lutero se dieron el nombre de protestantes para indicar su rebelión contra la autoridad de la Iglesia.
Lutero ensanchó y facilitó el camino del cielo, que Jesucristo declaró estrecho y difícil. Inventó la fe justificante, que debe reemplazar todas las obras penosas y prescritas por la religión.

Arrastrado por el rigor de las consecuencias de un falso principio, Lutero pasó de un error a otro. Si la sola fe justifica, las buenas obras son inútiles; inútiles los Sacramentos; y el monje sajón negó la utilidad de las buenas obras, negó los Sacramentos.
Sin embargo, por una contradicción evidente, conservó tres de ellos:
el Bautismo, la Eucaristía y la Penitencia; sólo que los desnaturalizó.
Suprimió la Confesión; y para la Eucaristía admitió la impanación o la presencia real de Jesucristo en el pan.

Abolió la abstinencia y el ayuno; autorizó el divorcio; predicó el matrimonio de los Sacerdotes; abolió los votos de los religiosos, y dio en persona el ejemplo casándose sacrílegamente con Catalina Bora, religiosa a la que sacó de su claustro.

Lutero terminó su obra de destrucción tratando de idolatría el culto de los Santos y el de la Madre de Dios, así como la veneración de las reliquias y de las imágenes. Finalmente, negó el Purgatorio y por consiguiente, la utilidad de la oración por los muertos.

Sin embargo, la desesperación devoraba el alma de Lutero.
Una noche, Catalina le mostraba las estrellas que brillaban en el firmamento.
“Mira qué hermoso es el cielo” le dijo. Sí, replicó Lutero, pero no es para nosotros. “¿Por qué?” “Porque hemos faltado a nuestros deberes”.
-“Entonces, volvamos al convento”. “No; es muy tarde. El carro está tan atascado, que no puede salir del atolladero…”.

Lutero quedó en el pantano. Prosiguió su vida de placeres, de orgías y de escándalos. No se avergonzó de escribir sus Pláticas de sobremesa, ni de componer un volumen que el pudor se resiste a hojear.
Sus libros son una mancha que denigrará eternamente la literatura alemana y los anales del género humano. Beber bien, comer bien, decía, es el verdadero modo de no aburrirse.
Después de haber bebido bien, comido suculentamente y blasfemado a su sabor, Lutero murió atiborrado de manjares y de vino a la terminación de un banquete, en 1546. Muchos historiadores afirman que se ahorcó, terminando con el suicidio su triste vida[Véase AUDIN. Vida de Lutero, L. D. LORRENZ. El fin de Lutero, etc].

2º Calvino.

Nació en Noyón, en 1503, de padres no muy ricos; la poderosa familia de los Monmorts sufragó los gastos de su educación. Sin estar todavía ordenado, Calvino poseyó en propiedad el curato de Marteville y después el de PontLeveque.
Amigo de novedades, devoraba en secreto los escritos de Lutero.

Los escándalos de su vida fueron tales, que se vio obligado a dejar su patria, marcadas sus espaldas, según algunos escritores protestantes, con un hierro candente en castigo o de un crimen abominable contra las buenas costumbres.

Después de haber llevado una vida errante, fijó su residencia en Ginebra, ciudad que debía convertirse más tarde en el principal baluarte de la herejía calvinista.
Sectario frío y vengativo, más metódico que Lutero, Calvino supo dar sólida organización a la herejía.
Durante treinta años ejerció en Ginebra la tiranía más absoluta y draconiana.
¡Ay del que no pensara como él!

Por orden suya, Miguel Servet, aragonés, fue quemado vivo sin otra razón que la de profesar sus particulares opiniones acerca de la Trinidad; Boizec fue desterrado; Gentilis y Jacobo Gruet, decapitados, etc.

En los dos años: 1558 y 1559, hizo ejecutar a más de cuatrocientas personas. Mandó fijar en la plaza pública unos postes con esta inscripción:
“Para el que hable mal de Calvino”.
Aunque tan severo se mostraba con los demás, buscó siempre para sí todos los regalos.
Para él habían de ser las comidas más delicadas, los vinos más exquisitos, un pan hecho de flor de harina que se llamaba pan del Señor; y con su pan del Señor y su vino particular tomaba parte en todos los banquetes y se entregaba a todos los placeres.

Acometido de una enfermedad vergonzosa, en 1564, Calvino se vio roído por millares de gusanos; una úlcera asquerosa se cebó en sus entrañas y le causó dolores atroces. Herido de esta suerte por la mano de Dios, se entregó a la desesperación, llamó a los demonios en su auxilio, y expiró vomitando blasfemias contra Dios y maldiciones, contra sí mismo.

1537, Calvino había hecho imprimir en Basilea su libro Institución cristiana, en el que se encuentra el resumen de la herejía calvinista. Como Lutero, Calvino enseña que el hombre no es libre, pero añade, que la predestinación y la reprobación son absolutas, y termina por ser fatalista. Según él, nadie puede perder el estado de gracia.

Calvino admite dos Sacramentos: el Bautismo y la Cena, que no es más que una simple ceremonia. Lutero no se había atrevido a negar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía; Calvino la rechaza, y no ve en la Cena más que un recuerdo; y en la Comunión, una comida por la fe.

Calvino suprime todo culto externo y hasta el mismo sacerdocio; reconoce ministros y predicadores, pero sin ningún carácter de orden: cualquiera puede ser ministro y dejar de serlo; bástale una delegación de los ancianos. ¿Es necesario añadir que en el sistema de predestinación admitido por Calvino, las buenas obras son inútiles? Es la destrucción de toda moral.
Los principales auxiliares de Calvino fueron Viret, Farel y Teodoro de Beza. Este último fue el que introdujo el protestantismo en Francia [Véase AUDIN, Vida de Calvino].

3º Enrique VIII.

En la época en que Lutero inauguraba su reforma en Alemania, reinaba en Inglaterra Enrique VIII.
Este príncipe lleno de celo por la religión Católica, había escrito contra la herejía un libro, que le valió de parte de León X, en 1521, el título de “defensor de la fe”.
Pero arrastrado por las pasiones, Enrique VIII no dejó a la historia más que el recuerdo de su lujuria, de su tiranía y de sus crueldades.

Después de veinte años de matrimonio con Catalina de Aragón, solicitó de la corte de Roma el divorcio para poder casarse con Ana Bolens, de la que se había enamorado perdidamente.
El Papa Clemente VII se opuso a las pretensiones del monarca, amonestándole paternalmente al principio, amenazándole después con la excomunión.
El rey, obedeciendo por una parte a los impulsos de la pasión, y por otra, a las pérfidas instigaciones de su canciller Tomás Cromwell, se atrevió a usurpar el título de Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra (año 1532).

Consecuente con tal determinación, declaró nulas las censuras de la Santa Sede, e hizo sancionar su nuevo enlace con su concubina por su indigno capellán Crammer, a quien él mismo había nombrado Obispo de Cantorbery.
El cisma se había producido en el reino. Los Obispos ingleses se mostraron débiles y tímidos; el Parlamento aprobó la apostasía del soberano: Inmediatamente se dictaron decretos de confiscación.

Más de cuatrocientos monasterios fueron clausurados y sus bienes repartidos entre los lores. La prisión, el destierro y la muerte fueron el premio de que se mantuvieron fieles a Dios y a su Iglesia.

Entre las víctimas de esta persecución, se cuentan veintiún Obispos, quinientos Sacerdotes y setenta y dos mil fieles.
Los dos Mártires más ilustres son el Cardenal Fisher y el canciller Tomás Moro.

Enrique VIII trae a la memoria el recuerdo de los más odiosos tiranos de la Roma pagana. Se casó seis veces, repudió dos esposas y mandó otras dos al cadalso.

Se Cuenta que antes de morir, el 27 de enero de 1547, dijo a sus cortesanos:
“Lo hemos perdido todo: el trono, el alma y el cielo”.

A pesar de todo, Enrique VIII no pretendía otra cosa que librarse del Papa: inauguró el cisma sin querer implantar la herejía.
El calvinismo fue introducido en Inglaterra, durante la menor edad de Eduardo VI, por Crammer; bajo el reino de la cruel Isabel, asesina de María Estuardo, el calvinismo, apoyado y sostenido por el verdugo, se convirtió en religión del Estado; llamada religión anglicana (1571).

Tales son los grandes fundadores del protestantismo, a quienes juzga un célebre protestante, Cobbett, en los siguientes términos:
“Tal vez jamás haya visto el mundo, en un mismo siglo, una multitud de miserables, de canallas como la formada por Lutero, Calvino, Zwinglio, Beza y los otros corifeos de la Reforma.
El único punto de doctrina en que ellos etaban de acuerdo era la inutilidad de las buenas obras, y su vida sirve para confirmar la sinceridad con que habían abrazado este principio”[Vease GOBBETT,Historia de la Reforma, VII].

El protestantismo cubrió el suelo de Europa de sangre y de ruinas.
Alemania encendió la guerra civil y armó el brazo de los campesinos, que Lutero hizo exterminar después por los nobles.

En Inglaterra, suscitó las mismas luchas religiosas: con la reina Isabel hizo pasar por las más terribles de las persecuciones a la antigüa Isla de los Santos, llevándolo todo a sangre y fuego.

Francia fue teatro de guerras sangrientas promovidas por los desórdenes de los Hugonotes, es decir, confederados, que querían implantar la herejía por las armas, degollaban Sacerdotes y quemaban Iglesias y aldeas.
“No, decía Leibnitz, todas las lágrimas de los hombres no bastarían para llorar el gran cisma del siglo XVI”.

2º El protestantismo no posee las notas de la verdadera Iglesia.

I. El protestantismo no tiene la unidad:

1º Ni en la doctrina, porque su primer principio, el libre examen, no puede producir más que innumerables variaciones.
Si se supone que cada uno, sabio o ignorante, puede interpretar la Biblia según sus propias luces o según su propio interés, habrá tantas creencias cuantos individuos: Quot capita, tot sensus, (Cuántas más cabezas, más opiniones)

Los protestantes jamás han podido formular un símbolo admitido por todos.
Sin embargo, la verdad es una, y Dios no puede revelar cosas contradictorias.
Por eso, entre los protestantes, los hombres juiciosos y lógicos o se convierten al catolicismo o caen en el racionalismo.

No hay término medio: o Jesucristo es Dios o no lo es.

a) Si Jesucristo es Dios, su doctrina es necesariamente una: Dios no se muda, Dios no varía; su verdad permanece eternamente.

Es así que el protestantismo profesa las creencias más diversas y más contradictorias; luego no es divino.

b) Si Jesucristo no es Dios, toda religión sobrenatural cae por tierra; y no quedan más que el racionalismo y el ateísmo.

En vano intenta Jurieu sostener que la unidad necesaria a la Iglesia consiste en entenderse sobre los artículos fundamentales.
Este sistema es arbitrario, contradictorio, impracticable.
Arbitrario, porque en una religión revelada todo es fundamental; en ninguna parte la Escritura se lee que sea permitido a cada individuo elegir entre sus dogmas y preceptos.

Contradictorio, porque, según este sistema, los protestantes están obligados a recibir en su comunión a todas las sociedades cristianas y aún a la Iglesia Católica: es inútil entonces rebelarse contra ella.

Impracticable:

si hay artículos fundamentales ¿cuáles son?

Las verdades claramente expresadas en la Biblia. ¿Cuáles?…

Los protestantes de Francia, reunidos en sínodo en 1873, no pudieron ponerse de acuerdo, ni aún acerca de la verdad fundamental de la divinidad de Jesucristo.
Y sin embargo ¿qué hay más claro en el Evangelio?…

2º Ni en el culto.

Los protestantes carecen de culto: por lo pronto no tienen sacrificio.
Los pueblos más bárbaros tienen sus sacrificios; los protestantes edifican templos, mas no erigen altar.

El templo sin altar no es un edificio consagrado a Dios. En cuanto a los Sacramentos, algunas sectas no admiten más que el Bautismo; otras le añaden la Cena, insulsa falsificación de la Eucaristía.

3º Ni el gobierno.

Desde el principio, el protestantismo ha rechazado toda autoridad docente, toda jerarquía. Está fraccionado en una multitud de sectas independientes, separadas por la creencia y frecuentemente empeñadas con encarnizamiento en su destrucción.

En el protestantismo no hay Iglesias, es decir, sociedades religiosas.
Para una sociedad se necesita la autoridad que ligue entre sí las inteligencias, las voluntades y los corazones. Si no existe la autoridad de una cabeza, no hay más que miembros dispersos y, por lo tanto, no existe cuerpo moral, no hay sociedad.
El protestantismo es una torre de Babel, donde reina la confusión y la anarquía.

II. El protestantismo no tiene la santidad:

1º Ni en sus fundadores, que fueron todos hombres de conducta infame y escandalosa.
Basta este carácter para juzgar esa religión. Dios no se sirve de gente corrompida para desempeñar una misión tan importante como la de reformar su Iglesia.

2º Ni en su doctrina.

Los principios del protestantismo llevan a todos los crímenes y los justifican todos. ¿Hay algo más inmoral que los primeros principios de sus fundadores: el hombre no es libre; las buenas obras son inútiles; la fe basta para salvarnos, por grandes que sean los crímenes que uno cometa, etc.?

La conciencia se subleva contra estas abominables teorías. Por eso, los protestantes son indefinidamente mejores que sus principios, a causa de que éstos no han podido extinguir en ellos las luces de la ley natural.

El protestantismo, así como carece de unidad en sus creencias; tampoco tiene moral común y obligatoria para todos: cada cual, interpretando la Biblia según las luces de la propia razón, traza y modifica su moral en conformidad con sus deseos.
Y esto explica que algunos protestantes hayan llegado hasta negar las verdades que sirven de base a la moral, como la inmortalidad del alma, la existencia del infierno eterno…

Además, el protestantismo ha rechazado todos los medios de santificación: el ayuno, la abstinencia, las mortificaciones, los consejos del Evangelio, el culto de la Santísima Virgen, etc.
Negando la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, ha cegado la fuente de las grandes abnegaciones y de las virtudes heroicas.
No crecen en su campo las tres hermosas flores de la vida cristiana: la humildad, la virginidad, la pobreza voluntaria.

Ha rebajado por doquier el nivel de la moral del pueblo, suprimiendo el freno de la confesión y los auxilios del culto.

3º Ni en sus miembros.

No ha producido ningún santo cuya santidad esté comprobada con milagros.
El dicho de Erasmo se cumple siempre:
“Hay cristianos que se han hecho peores con los protestantes: pero no encontramos ninguno que se haya hecho mejor. Solo los malos católicos se pasan al protestantismo; y al contrario, los mejores protestantes se hacen católicos.
El vicio atrae como la virtud, y cada uno va a la religión que se le asemeja”.
Según el proverbio inglés, cuando el Papa escarba su jardín, arroja las malas hierbas a los protestantes; el protestantismo es el desecho del catolicismo.

Es un hecho confirmado por la experiencia.
Lutero y Calvino hubieran deseado hacer milagros para probar su misión, pero no se hacen milagros como se hacen cismas.
Erasmo se mofaba de estos pretendidos reformadores; incapaces todos juntos de sanar a un mal caballo cojo.
“Lutero ensayó una vez exorcizar a un poseído, y el demonio estuvo a punto de estrangularle.
Calvino quiso un día hacer un pequeño milagro. Pagó a un hombre llamado Brule, para que se hiciera el muerto y resucitara cuando él lo mandara.

Calvino, seguido por una muchedumbre curiosa, llega junto al fingido muerto, y dice en voz alta: “¡Brule, en nombre de Jesucristo, levántate!”
El hombre no contesta. La esposa de Brule se aproxima para sacudirle, pero estaba muerto, castigado por la Justicia divina. La pobre mujer lanza gritos desesperados y cuenta lo que había pasado. Calvino huyó temblando de miedo y de vergüenza.
Este hecho se divulgó por todas partes”. (San Alfonso María de Ligorio).

III. El protestantismo no tiene la catolicidad:

1º Ni la del tiempo. Data del siglo XVI.

2º Ni la de los lugares.

No se extiende sino a los países donde se impuso violentamente, y se halla dividido en numerosas sectas. Cada una, tomada separadamente, no ocupa más que un pequeño rincón del globo: los luteranos, en Alemania; los calvinistas, en Suiza y Francia; los anglicanos, en Inglaterra; los presbiterianos, en Escocia, etc.
El protestantismo no está extendido por toda la tierra.

3º Ni la del número.

La Iglesia Romana sola es cinco veces más numerosa que todas las sectas protestantes reunidas. Es la misma en todas partes, y al contrario, el protestantismo es diferente en todas partes. Impotente para constituir una sociedad universal, no puede atribuirse con justicia el título de católico.

IV. El protestantismo no tiene la apostolicidad:

1º Ni la de origen.

Sus autores Lutero, Calvino, etc. están separados de los Apóstoles por un intervalo de quince siglos.

2º Ni la doctrina.

Los Apóstoles no han transmitido más que una sola e idéntica doctrina, los mismos Sacramentos, el mismo culto; en todo lo cual, el protestantismo ofrece infinitas divergencias. Ningún hombre de buen sentido creerá jamás que los Apóstoles hayan enseñado creencias contradictorias.

Las doctrinas protestantes varían diariamente y se podría continuar la obra inmortal de Bossuet: “Historia de las variaciones protestantes”. La doctrina de los Apóstoles, como la de Jesucristo, es inmutable.

3º Ni la de misión.

Los fundadores del protestantismo no recibieron su misión ni de los sucesores de los Apóstoles ni directamente de Jesucristo.

¿Quién pues, les dio el poder de predicar el Evangelio?.

Para refutar a todos los protestantes pasados, presentes y futuros, basta plantearles la cuestión que planteaba Tertuliano a los innovadores de su tiempo:

“¿Quiénes sois vosotros, y de dónde venís?

Al principio estabais en el seno de la Iglesia Romana; cuando la dejasteis,
¿quién os dio la misión de predicar estas nuevas doctrinas?

Todo aquel que, habla en nombre de Dios debe ser enviado por Dios. Probad pues, vuestra misión”.
Hay dos géneros de misión: una ordinaria y otra extraordinaria. La misión ordinaria es aquella en cuya virtud los Sacerdotes son enviados por el Papa en el mundo entero, o por los Obispos en sus diócesis, a propagar la fe.

Los innovadores no pueden atribuirse la misión ordinaria, porque fueron excomulgados por el Papa y condenados por los Obispos.
¿Recibieron acaso una misión extraordinaria?
Tal misión no es legítima, si no se prueba con una eminente santidad de vida y con Milagros. Así es como San Pablo probaba su misión:
“Aunque nada soy, con todo, yo os he dado claras señales de mi apostolado con manifestar una paciencia a todo prueba, con milagros, con prodigios y con maravillas del poder divino”[2Cor, 12, 11 y 12].

Pues bien, ¿dónde están los milagros obrados por los fundadores del protestantismo?…

No habiendo recibido ni misión ordinaria ni misión extraordinaria, no son pastores legítimos; son intrusos, lobos rapaces introducidos en el rebaño[33].

3º En su regla de fe, el protestantismo contradice a nuestro Señor Jesucristo.

Fácil cosa es convencer de error al protestantismo mostrándole que su regla de fe es contraria a la voluntad de Jesucristo. La regla de fe del protestante es ésta:
“La Biblia, y nada más que la Biblia, libremente interpretada por cada individuo”.

1º Esta regla de fe está condenada por la Biblia misma.

Nuestro Señor Jesucristo predicó, pero no dejó nada escrito. No dijo a sus Apóstoles: Id, escribid, vended Biblias por las calles, sino que les dijo:
“Id, enseñad a todas las naciones, predicad el Evangelio…
El que creyere se salvará: el que no creyere se condenará…
Quien a vosotros oye, a Mí me oye…” Luego la Biblia no es regla de fe establecida por Jesucristo; Él no manda leer la Biblia, sino escuchar a los Apóstoles.

Los Apóstoles predicaron:
por medio de la predicación propagaron la fe en el mundo. Sólo más tarde, algunos de ellos escribieron los libros del Nuevo Testamento.
La Iglesia existió mucho antes que los Evangelios.

¿Cuál era entonces la regla de fe de los primeros cristianos?…

Por lo demás, la Biblia no puede ser una regla de fe porque los libros que la componen no son un catecismo, una enseñanza religiosa clara y completa.
Los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, son simples narraciones presentadas a los fieles para su edificación. Las Epístolas son fragmentos sueltos, respuestas a cuestiones particulares. Jamás pretendieron los Apóstoles dar en esos fragmentos escritos un código de enseñanza completo, una fórmula de fe.

Fuera de eso, los escritores sagrados ponen en la misma categoría la enseñanza escrita y la enseñanza oral. Declaran que no han escrito más que una pequeña parte de las enseñanzas del Salvador[34], y demandan el mismo respeto para lo que enseñan de viva voz, que para lo que han consignado en sus escritos.

“Retened, dice San Pablo, la doctrina que habéis aprendido, ya sea de palabra, ya por nuestra carta”[35].
Y a Timoteo: “Y lo que has oído de mí ante muchos testigos, confíalo a hombres fieles que sean aptos para enseñar a otros[36].

Luego la Escritura santa no contiene todo lo que hay que creer y practicar, puesto que los Apóstoles nos ordenan conservar las Tradiciones.

2º La regla de fe de los protestantes es imposible.

Antes de la invención de la imprenta, los manuscritos de la Biblia eran raros y costosos. Durante estos catorce siglos, la inmensa mayoría de los fieles fueron instruidos más por la predicación que por la Biblia.

Si la Biblia es necesaria, estos cristianos no tuvieron regla de fe. Pues bien, la historia certifica que esos cristianos no valían ciertamente menos que los protestantes de ahora.
Aún en nuestros días, la Biblia no puede ser la única regla de fe. Unos no saben leer; otros carecen de oportunidad para ella.
Los ignorantes y los pobres no podrían salvarse, si la salvación estuviera vinculada a la lectura de la Biblia. Y tan lejos está de ser así, que Jesucristo dio como señal de su misión divina, precisamente la Evangelización de los pobres.

Entre los protestantes, los hechos están en oposición con la teoría. Entre ellos, como entre nosotros, los niños reciben su instrucción religiosa en la familia, por conducto de los padres; en las escuelas, por los maestros; en los templos, por los pastores.
Entre ellos, como entre nosotros, los niños, antes de saber leer, aprenden los primeros rudimentos de la doctrina cristiana, el Símbolo de los Apóstoles y el Decálogo. Su creencia se funda en estas enseñanzas recibidas y no en la lectura de la Biblia.
La mayoría de ellos creerá toda la vida lo que ha creído en su infancia…
Además, ¿no tienen los protestantes ministros para explicar la Biblia en sus templos? Luego, entre ellos, la Biblia no es única regla de fe.

3º El protestantismo no viene de Dios.

Toda religión que no produce algún Santo, que no es confirmada por algún milagro, no puede venir de Dios.
El milagro, según hemos demostrado, es el sello la firma que Dios imprime a su religión. Pues bien, el protestantismo, en tres siglos que tiene de existencia, no ha podido producir un solo Santo ni puede presentar ningún milagro. Luego no viene de Dios.

“El protestantismo rechaza todo lo que es consolador, tierno y afectuoso en la religión: la adorable presencia de Jesucristo en el Sacramento de su amor; el tribunal de la misericordia y del perdón; la devoción a la Santísima Virgen María, esta dulce Madre del Salvador que Él nos dio por Madre en el momento supremo de su muerte; la invocación de los Santos, nuestros hermanos mayores, nuestros amigos, que ya se hallan en la patria, adonde nos llaman y donde nos esperan; la oración por los difuntos, etc.” (Mons. De Ségur).
Por eso los protestantes que conocen y aman a Dios se hacen católicos.

Objeción.

Los protestantes dicen:

Nosotros no queremos como regla de fe más que la palabra de Dios, la Biblia, toda la Biblia, nada más que la Biblia…

1º ¿Cómo sabéis vosotros que la Biblia es la Palabra de Dios?

Os desafiamos a que lo sepáis sin recurrir a la autoridad de la Iglesia Católica.
Es indudable que vosotros demostraréis, como nosotros lo hemos hecho, que los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento son auténticos y verídicos; pero

¿cómo probáis que son divinos, escritos por inspiración divina?

No lo podéis hacer sin recurrir a la autoridad de la Iglesia; San Agustín tenía razón cuando decía:
“Yo no creería en el Evangelio si la autoridad de la Iglesia Católica no me moviera a ello”.

2ºAdmitamos que la Biblia sea la palabra de Dios;

y ¿cómo probaréis que la traducción de los Libros Santos es fiel y esta libre de errores?
El original de la Biblia está escrito en dos lenguas: en hebreo y en griego.

Se han hecho diversas traducciones, ¿cuál será la verdadera? ¿Quién os probará que vuestra Biblia está bien traducida y que reproduce fielmente la Palabra de Dios?

Un proverbio dice:
“Los traductores son generalmente traidores: traduttore, tradittore”.

Vosotros no podéis, pues, saber si vuestra Biblia está bien traducida, sin una autoridad infalible y autoridad infalible no la hay sino en la Iglesia Romana.
Hacéis mal en echar en cara a los católicos el que crean en la palabra de los Sacerdotes enviados por Dios para enseñar, cuando vosotros creéis en la palabra de un traductor sin mandato, sin misión; cuando vosotros recibís su palabra humana como palabra divina….

3º Aunque concediéramos que vuestra Biblia esté fielmente traducida, ¿cómo probaréis que acertáis a interpretar el sentido verdadero de las Escrituras?…

Tenedlo presente:
una falsa interpretación de la Palabra Sagrada hace del Evangelio de Cristo el Evangelio del hombre.
La Biblia es obscura en muchas partes; la inteligencia humana está sujeta a error y, de hecho, frecuentemente se equivoca.
Así para no citar más que un ejemplo, estas palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “Este es mi cuerpo”, Lutero las entiende del cuerpo de Jesucristo, mientras Calvino no ve en ellas más que una figura.

¿Cuál de los dos ha dado con el verdadero sentido de la Palabra divina?

No se puede estar cierto de poseer el verdadero sentido de la Biblia, sin la decisión de un juez infalible. Si ese juez falta, tendréis siempre tantas creencias cuantas interpretaciones individuales, y nunca estaréis seguros de comprender la Palabra de Dios.

4º Me diréis, finalmente: “Estamos iluminados por la luz interior del Espíritu Santo…”.

No hasta afirmarlo, hay que probarlo. Si el Espíritu Santo os inspira;
¿por qué entendéis las palabras de la Biblia los unos en un sentido, y los otros en otro? ¿Puede contradecirse el Espíritu Santo?

Vosotros echáis en cara a los católicos el que crean en la infalibilidad de un Papa, y a la vez, os transformáis en otros tantos Papas infalibles para interpretar la palabra de Dios… No, no está permitido a todo el mundo interpretar la Biblia, porque, dice San Pablo:
“Dios ha dado a los unos el ser Apóstoles, a otros el ser Profetas, a otros el ser Evangelistas, a otros el ser Pastores y Doctores”[37].

Se debe preguntar el sentido de la Biblia a aquellos que tienen la misión de enseñar: “Los labios del Sacerdote serán los depositarios de la ciencia, y su palabra dará el conocimiento de la ley”[38].

5º Vosotros pretendéis aceptar la Biblia, toda la Biblia, etc.

Pluguiese a Dios que así fuera, pues entonces seríais católicos.
La Biblia enseña que Jesucristo estableció una Iglesia, y que en esa Iglesia ha constituido una autoridad doctrinal infalible a la que debemos obedecer:
“Id, decía Nuestro Señor Jesucristo a sus Apóstoles, enseñad a todas las naciones… El que creyere se salvará y el que no creyere se condenará…”.

Luego todo aquel que no obedece a los Apóstoles y a sus sucesores, debe ser considerado como gentil y publicano…

Conclusión.

Ojalá tuvieran presente nuestros hermanos caídos en extravío que sus antepasados eran católicos y que, haciéndose ahora católicos ellos también, no cambiarían de religión no harían más que volver al seno de la Iglesia, de la que un día, desgraciadamente, desertaron sus padres[39].

4º La Iglesia griega cismática no posee las notas de la verdadera Iglesia.

Origen del cisma de Oriente.


En el año 857, el emperador griego Miguel, llamado el beodo, y suministro Bardas, expulsaron de su sede de Constantinopla a San Ignacio, que reprendía sus crápulas.
Lo reemplazaron por un hombre hechura suya, Focio, quien en seis días recibió, sacrílegamente, todas las órdenes de la Iglesia.
Este indigno usurpador se sublevó contra el Papa y se declaró Patriarca Universal.
“Era el hombre más artero y sagaz de su época; hablaba como un santo y obraba como un demonio”.

Su tentativa fracasó. Fue encerrado en un monasterio, donde murió en 886.
Sus sucesores, alentados por los emperadores de Constantinopla, no dejaron de aspirar al título de Patriarca Universal.
Por fin, uno de ellos, Miguel Cerulario, se rebeló abiertamente contra la autoridad del Papa que lo excomulgo en 1054. El cisma estaba consumado.

Más tarde, la reconciliación se llevó a cabo, y fue solemnemente proclamada en el Concilio de Florencia, que se celebró en el año 1439; pero la mala voluntad del clero de Constantinopla, hizo poco menos que nulo el resultado de esta unión.

Desde entonces, la Iglesia cismática se dividió en tres ramas principales:

la Iglesia de Constantinopla, la Iglesia griega y la Iglesia rusa, la más importante de todas.

A la primera se agregaron, por lo menos aparentemente, las Iglesias de Antioquía, de Jerusalén y de Alejandría.
Rusia recibió la fe cristiana bajo el reinado de la princesa Olga, regente del reino de 945 a 955, y fue convertida definitivamente en tiempo de Vladimiro el Apostólico, en 986, por San Cirilo y San Metodio.

La Iglesia rusa dependió mucho tiempo del patriarca de Constantinopla, que en 1589 elevó al Obispo de Moscú a la dignidad patriarcal.
Más tarde, Pedro el Grande se apoderó de la autoridad religiosa, se declaró jefe espiritual de todas las Rusias y fundó el Santo Sínodo para gobernar la Iglesia nacional.
La Iglesia cismática entera conserva todavía inalterados los dogmas de la fe que tenían antes de la separación y que son casi los mismos que profesa la Iglesia Romana.

Las principales divergencias son éstas:

a) Los griegos sostienen que el Espíritu Santo procede del Padre y no del Hijo, y rechazan la palabra Filioque (que significa: y del Hijo).

b) No reconocen la autoridad suprema del Papa.

c) Sus patriarcas y Obispos están sometidos a la ley del celibato, pero a los presbíteros les está permitido el matrimonio, siempre que haya sido contraído antes de la recepción de las órdenes sagradas.
Hay con ello más de lo necesario para declararlos, a la vez, cismáticos y herejes.

1º La Iglesia griega cismática no es una.

No tiene la unidad de gobierno, puesto que sus diversos patriarcas son iguales entre sí e independientes los unos de los otros.
Cada patriarcado forma hoy una Iglesia distinta. La dependencia de los patriarcas de Jerusalén, de Antioquía y de Alejandría, respecto del de Constantinopla, no es más que nominal.
La Iglesia rusa estuvo sometida al zar y lo está ahora al gobierno soviético, como si los soberanos laicos pudieran ser los pastores de la Iglesia de Cristo.
El clero cismático no quiere obedecer al Papa, sucesor de San Pedro, pero no se avergüenza de ser esclavo del sultán o del zar.
¡Terrible, pero justo castigo de la justicia divina!

2º La Iglesia griega cismática no es santa.

a) Ni en sus fundadores. Focio y Miguel Cerulario quo eran más que unos intrigantes y ambiciosos.

b) Ni en sus miembros.
Los Santos que venera estaban canonizados antes del cisma.
La tierra que produjo a San Atanasio; San Cirilo, San Juan Crisóstomo, San Basilio, San Gregorio Nacianceno, es estéril en Santos y en grandes obras.
Los milagros han dejado de manifestar la existencia divina.

El clero, sometido por completo al poder civil, desprovisto de ciencia, autorizado a casarse, ha perdido todo su prestigio. Su influencia es nula; las poblaciones ignorantes vegetan en el decaimiento moral.
Estas Iglesias, caídas en un estado tan miserable después que dejan a Roma, son manifestaciones falsas.
El cisma griego, separado del tronco vivo de la Iglesia Católica, es una rama cortada, sin savia y muerta.

3º No es Católica.

a) Ni por la duración. El cisma comenzó en el siglo IX, y no se consumó hasta mediados del XI, en el año 1054.
b) Ni por la extensión. Está confinada al Asia Menor y a los Balcanes, Grecia y Rusia.

4º No es apostólica.

a) Ni por la doctrina ni porque ha variado en la fe heredada de los Apóstoles al rechazar el primado del Papa y la procesión del Espíritu Santo, dos dogmas que había admitido durante más de diez siglos.

b) Ni por la misión.
Después del cisma sus pastores han perdido toda misión y toda jurisdicción: han dejado de ser los legítimos sucesores de los Apóstoles.
El Papa León XIII, Juan Pablo II (y hoy, particularmente y Benedicto XVI), hizo frecuentes llamamientos a las pobres Iglesias cismáticas, a fin de volverlas a la vida.
Su amor a la Santísima Virgen y a la Eucaristía es la prenda de esperanza de su vuelta a la unidad.
Los griegos tienen a la “Panagia”, es decir a la Santa Madre de Dios, una gran devoción.

Su Icón o imagen sagrada está pintada en todos los templos, y le rezan con fervor. La Eucaristía es consagrada por los Sacerdotes y conservada en los altares.
Jesús y María ¿no se compadecerán de estas pobres almas; cuya memoria, sobre todo en el pueblo, está de buena fe?

No se trata más que de volver a la doctrina de los grandes Doctores de Oriente, de San Atanasio, de San Gregorio, de San Juan Crisóstomo, de San Cirilo, todos los cuales permanecieron inviolablemente unidos a la Sede Romana.

Conclusión general.

La verdadera Iglesia de Jesucristo, según el Evangelio y la Tradición, debe ser Una, Santa, Católica, Apostólica.
Así lo declara el Concilio general de Nicea, admitido por todas las Iglesias que se dicen cristianas.
Las sectas protestantes y las Iglesias cismáticas no tienen ninguna de estas cualidades. Por consiguiente no son y no pueden ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.

Por el contrario, la Iglesia Católica es estrictamente Una en su fe, en su culto, en su gobierno; Santa en su fundador, en su doctrina, en sus miembros; Católica en el tiempo y en él espacio; Apostólica en su doctrina, misión y sacerdocio.
Luego es la verdadera Iglesia de Jesucristo.

"¡Dichosos los cristianos a quienes la Providencia hizo nacer en un país católico!"

Es una gracia que no se puede apreciar sino poniéndose en lugar de las infortunadas víctimas del cisma y de la herejía.
¿Qué queréis que sean, en esas religiones con tan pocos auxilios espirituales, aún las almas rectas y buenas?

Roguemos a Dios que estos hermanos separados de nosotros por circunstancias desgraciadas, lleguen a conocer la verdad y tengan el valor de seguirla” (Portais).

Quinta Verdad, 2da. parte; a mediados de mes de junio.




San Pablo I, primer Papa de la Iglesia Católica, del año 33 al 67 de nuestra era. Por amor a Nuestro Señor Jesucristo sufrió, padeció y murió crucificado en cruz invertida.










Frases y Dichos

La santidad no es un privilegio para algunos, sino una obligación para todos, para usted y para mí. (Beata Madre Teresa de Calcuta)

Desdichado aquél que sabe lo que gana, porque ya esta gastando a cuenta.(Omar S. Moreno)

La mentira produce flores, pero no frutos.(Liberiano)

Ninguna buena historia se gasta por muchas veces que se cuente.(Escocés)

He tenido éxito en la vida. Ahora, intento hacer de mi vida un éxito.(B.Bardot)

Se combate con gran desventaja cuando se lucha contra los que no tienen nada que perder.(Guiciardini)

Cuanto más grande es el caos, más próxima está la solución.(Mao Tse-Tung)

La duda es vaga nubecilla que, a veces, habita en los cerebros.(C.J.Cela)

Enorme es el vacio cuando la ausencia nos invade.(Jr.Varela)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay muchas cosa ciertas en esta verdad de la Iglesia Católica, algunas habria que revisarla un poco, pero igual esta muy bien.
Te felicito por subirlo. Soy Paquita, Chinchon, cerca de Madrid.

Anónimo dijo...

este libro es antiguo no se para que lo posteas, a quien le importa todo lo que dice, ademas los curas quieren hacenos creer todo y ellos como lo saben.