Bienvenido Querido Hermano.

Bienvenido Querido Hermano. Wellcome Dear Brother. Willkommen Lieber Bruder. Bienvenue á Toi Cher Frér. Benvenuto Caro Fratello. Bem-vindo Querido Irmão. Добро пожаловать дорогой брат.欢迎亲爱的兄弟。. Powitanie Drogi Bracie. 親愛なる兄弟ようこそ。.

1 de noviembre de 2011

La Hiperdulía.

Diciembre, mes de la Navidad--->
<---El Pecado y sus graves consecuencias.


La Hiperdulía es el culto de veneración que los cristianos católicos, ortodoxos y algunos protestantes rinden a la Virgen María, considerada desde la antigüedad por los cristianos del mundo (exceptuando algunas sectas) como la madre de Dios, al ser la Madre de Jesucristo.

La gran veneración que se profesa a Santa María siempre Virgen es criticada por algunos grupos cristianos, Protestantes, Evangélicos modernos, Luteranos y Calvinistas, que identifican la hiperdulía con la idolatría.

Ya el Concilio Vaticano II en la constitución dogmática Lumen gentium distingue: "Este culto [...] aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, a Jesucristo, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente" (LG 66).

Este mismo texto es recogido por el Catecismo católico (cf. n. 971):
Hiperdulía: Veneración a Santa María, considerada la persona más grande en gracia y amor, después de Jesús. (Catecismo: Culto a María (971))

Dentro de todo este contexto, la Hiperdulía encierra dos formas diferentes de veneración y culto, cada uno con su signifado particular: Latría y Dulía.

¿QUÉ DIFERENCIAS HAY ENTRE CULTO DE LATRÍA, DULÍA E HIPERDULÍA?

Latría es para Dios, Dulía para los santos e Hiperdulía para María.

LATRÍA:
es un término proveniente del Latín Latría y a su ves del griego Latreía (adoracion o culto) y usado en la teología católica para referirse a la forma más alta de reverencia, la cual debe ser dirigida solamente a Dios o la Trinidad.
Se usa habitualmente en aposición, en la forma Adoración latría.

Latría es básicamente la adoración a Dios, es aceptar que ese ser es Dios Todopoderoso, y se debe amarlo sabiendo que es el más sublime de los seres.

Latría es también usado como sufijo, con el significado de adoración, en composiciones como, por ejemplo, idolatría: adoración a los ídolos.

DULÍA:
es la veneración que se siente por aquellos ejemplos de cristiandad, es un respeto de admiración, como son los santos, y todos aquellos de han dejado un buen ejemplo con sus vidas.

En teología, la dulía es la veneración hacia los santos, beatos, ángeles o hacia sus imágenes o reliquias.
Según Santo Tomás, la dulía no es comparable con la latría o veneración a Dios en el sentido que una va dirigida hacia un par y la otra hacia un ser superior.

Cabe recordar que la Iglesia católica, basada en las Santas Escrituras establece que los católicos deberán profesar amor y respeto a todos los demás seres humanos, familia, amigos y enemigos, según lo enseñó Nuestro Señor Jesucristo.

HIPERDULÍA:
es casi igual que la dulía solo que en este caso es para la Santísima Virgen María pues se la ama, se la respeta, se la venera, se le rinde culto y se la exalta por ser nuestra Madre, por recibir dones especiales y divinos del mismo Dios, como el ser la Inmaculada Concepción, por llevar en su seno al mismo Dios encarnado, y por ende por ser la Madre de Dios, Madre de Jesucristo.

El culto de hiperdulía es básicamente el mismo que el de dulía, pero en este contexto para nosotros los católicos hemos de mostrar que existe más amor, más respeto y más confianza ante la gracia que recibió la Santísima Virgen María.

La gran veneración que se profesa a Santa María es criticada por algunos grupos cristianos que unen la Hiperdulía con la idolatría.

Las Iglesias católicas y ortodoxas recomiendan al individuo cristiano católico y ortodoxo a hacer un examen de conciencia y a distinguir por medio de la oración y meditación entre latría e hiperdulía.
El amor a María por algunos católicos es muy grande, pero debe permanecer según el catecismo católico en hiperdulía, Dios condena la idolatría en numerosos pasajes de la Biblia:
Deuteronomio 13, 2-19;
Números 25, 1-5;
Éxodo 20, 3-5;
1Reyes 16, 32-33;
Jueces 2, 11-15;
Jueces 10, 6-7;
1Juan 5, 21;
Apocalipsis 13, 4-9, etc.

Una creencia no fundamentada, es asumir que María no murió y fue asunta al cielo, esto no es aceptado por los teólogos, quienes insisten en que ella murió y después fue asunta al cielo.

¿MURIÓ LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA?

Es sabido que la muerte no es condición esencial para la Asunción.
Y es sabido, también, que el Dogma de la Asunción no dejó definido si murió realmente la Santísima Virgen.

Había para entonces discusión sobre esto entre los Mariólogos y el Papa Pío XII prefirió dejar definido lo que realmente era importante:

que María subió a los Cielos gloriosa en cuerpo y alma, soslayando el problema de si fue asunta al Cielo después de morir y resucitar, o si fue trasladada en cuerpo y alma al Cielo sin pasar por el trance de la muerte, como todos los demás mortales (inclusive como su propio Hijo).

Juan Pablo II, en una de sus Catequesis sobre el tema, nos recordaba que el Papa Pío XII y el Concilio Vaticano II no se pronuncian sobre la cuestión de la muerte de María.
Pero aclara que “Pío XII no pretendió negar el hecho de la muerte; solamente no juzgó oportuno afirmar solemnemente, como verdad que todos los creyentes debían admitir, la muerte de la Madre de Dios”. (JP II, 25-junio-97)

Sin embargo, algunos teólogos han sostenido la teoría de la inmortalidad de María, pero Juan Pablo II nos dice al respecto,“existe una tradición común que ve en la muerte de María su introducción en la gloria celeste”. (JP II, 25-junio-1997)

Se refiere posiblemente a que, como afirma el teólogo Antonio Royo Marín o.p., la Asunción gloriosa de María, después de su muerte y resurrección, reúne un apoyo inmensamente mayoritario entre los Mariólogos. (cfr. La Virgen María, A. Royo Marín, 1968).

Los argumentos en favor de la muerte de María los dividiremos: según la Tradición Cristiana (incluyendo el Arte Cristiano), según la Liturgia, según la razón teológica y por la utilidad de la muerte.

1. Según la Tradición Cristiana:

Inclusive la misma Bula Munificentissimus Deus de Pío XII (sobre el Dogma de la Asunción), aunque no propone como dogma la muerte de María, nos presenta este dato interesantísimo sobre la muerte de María en la Tradición de la Iglesia:

“Los fieles, siguiendo las enseñanzas y guía de sus pastores ... no encontraron dificultad en admitir que María hubiese muerto como murió su Unigénito.
Pero eso no les impidió creer y profesar abiertamente que su sagrado cuerpo no estuvo sujeto a la corrupción del sepulcro y que no fue reducido a putrefacción y cenizas el augusto tabernáculo del Verbo Divino” (Pío XII, Bula Munificentissimus Deus #7, cf. Doc. mar. #801).

“Hasta el Siglo IV no hay documento alguno escrito que hable de la creencia de la Iglesia, explícitamente, acerca de la Asunción de María.
Sin embargo, cuando se comienza a escribir sobre ella, todos los autores siempre se refieren a una antigua tradición de los fieles sobre el asunto.

Se hablaba ya en el Siglo II de la muerte de María, pero no se designaba con ese nombre de muerte, sino con el de tránsito, sueño o dormición, lo cual indica que la muerte de María no había sido como la de todos los demás hombres, sino que había tenido algo de particular.
Porque aunque de todos los difuntos se decía que habían pasado a una vida mejor, no obstante para indicar ese paso se empleaba siempre la palabra murió, o por lo menos `se durmió en el Señor', pero nunca se le llamaba como a la de la Virgen así, especialmente, y como por antonomasia, el Tránsito, el Sueño”.

Son muchísimos los Sumos Pontífices que han enseñado expresamene sobre la muerte de María. Entre éstos, nuestro Papa Juan Pablo II, quien en su Catequesis del 25 de junio de 1997, titulada por el Osservatore Romano:

“La Dormición de la Madre de Dios”, nos da más datos sobre la muerte de María en la Tradición:

Santiago de Sarug (+521): “El coro de los doce Apóstoles” cuando a María le llegó “el tiempo de caminar por la senda de todas las generaciones”, es decir, la senda de la muerte, se reunió para enterrar “el cuerpo virginal de la Bienaventurada”.

San Modesto de Jerusalén (+634), despues de hablar largamente de la “santísima dormición de la gloriosísima Madre de Dios”, concluye su “encomio”, exaltando la intervención prodigiosa de Cristo que “la resucitó de la tumba” para tomarla consigo en la gloria .

San Juan Damasceno (+704), por su parte, se pregunta:
“¿Cómo es posible que aquélla que en el parto superó todos los límites de la naturaleza, se pliegue ahora a sus leyes y su cuerpo inmaculado se someta a la muerte?”.

Y responde: “Ciertamente, era necesario que se despojara de la parte mortal para revestirse de inmortalidad, puesto que el Señor de la naturaleza tampoco evitó la experiencia de la muerte.
En efecto, El muere según la carne y con su muerte destruye la muerte, transforma la corrupción en incorruptibilidad y la muerte en fuente de resurrección”.

No es posible, además, ignorar el Arte Cristiano, en el que encontramos gran número de mosaicos y pinturas que han representado la Asunción de María, tratando de hacernos ver gráficamente el paso inmediato de la “dormición” al gozo pleno de la gloria celestial, e inclusive algunos, del paso del sepulcro a la gloria, siendo asunta al Cielo.

2. Según la Liturgia:

De acuerdo a Royo Marín, el argumento litúrgico tiene gran valor en teología, según el conocido aforismo "orandi statuat legem credendi", (establecer la ley de oración y la fe) puesto que en la aprobación oficial de los libros litúrgicos está empeñada la autoridad de la Iglesia, la cual iluminada por el Espíritu Santo, no puede proponer a la oración de los fieles fórmulas falsas o erróneas.

Y desde la más remota antigüedad, la liturgia oficial de la Iglesia recogió la doctrina de la muerte de María.
Royo Marín refiere dos oraciones “Veneranda nobis...” (venerable nosotros) y “Subveniat, Domine ...” (El Señor te ayuda) , las cuales estuvieron en vigor hasta la declaración del Dogma (1950) y recogen expresamente la muerte de María al celebrar al fiesta de su gloriosa Asunción a los Cielos.
Las oraciones posteriores a la declaración del Dogma, por razones obvias, no aluden a la muerte.

Así decía la oración “Veneranda nobis”: “Ayúdenos con su intercesión saludable, ¡oh, Señor!, la venerable festividad de este día, en el cual, aunque la santa Madre de Dios pagó su tributo a la muerte, no pudo, sin embargo, ser humillada por su corrupción aquélla que en su seno encarnó a tu Hijo, Señor nuestro”.

El Padre Joaquín Cardoso, s.j. tiene esto que decirnos sobre la muerte de María en la Liturgia:

“La Iglesia, pues, tanto la Griega, como la Latina, creyeron siempre, no solamente como posible, sino como regla, en la muerte de María, y en las más antiguas Liturgias de ambas Iglesias se encuentra siempre la celebración y el recuerdo de la muerte de María, con el nombre de la Dormición, Sueño o Tránsito de Nuestra Señora.

Porque eso sí: si creían que realmente la Virgen había muerto, indicaban con esa denominación, no usada comúnmente para todas las muertes, que la de la Virgen había tenido algún carácter especial y extraordinario, que es precisamente el de su resurrección inmediata y Asunción a los Cielos”.

“Y como dicen los críticos, aun protestantes ... ya en el Siglo VI era absolutamente general la creencia en la Asunción de María, tal cual lo demuestran las antiquísimas liturgias de todas las Iglesias que tienen, al menos desde el siglo IV, establecida la Fiesta de la Dormición de María”.

3. Según la razón teológica:

Iniciamos este aparte con Juan Pablo II:
“¿Es posible que María de Nazaret haya experimentado en su carne el drama de la muerte?

Reflexionando en el destino de Maria y en su relación con su Hijo Divino, parece legítimo responder afirmativamente: dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre” (JP II, 25-junio-97).

Cristo, el Hijo de Dios e Hijo de María, murió.
Y ¿puede ser la Madre superior al Hijo de Dios en cuanto a la muerte física?
Es cierto que la Santísima Virgen María, habiendo sido concebida sin pecado original (Inmaculada Concepción) tenía derecho a no morir.

Pero, nos decía Juan Pablo II: “El hecho de que la Iglesia proclame a María liberada del pecado original por singular privilegio divino, no lleva a concluir que recibió también la inmortalidad corporal. La Madre no es superior al Hijo, que aceptó la muerte, dándole nuevo significado y transformándola en instrumento de salvación. ” (JP II, 25-junio-97)

Y Royo Marín remata este argumento de la siguiente manera: “Sin duda alguna, María hubiera renunciado de hecho a ese privilegio para parecerse en todo -hasta en la muerte y resurrección- a su Divino Hijo Jesús.”

El Padre Joaquín Cardoso, s.j. dice al respecto: “María Santísima nunca tuvo pecado, por el privilegio de Dios de su Inmaculada Concepción; por consiguiente, no estaba sujeta a la muerte, como no lo estaba Jesucristo; pero también Ella tomó sobre sí nuestro castigo, nuestra muerte”.

Y Juan Pablo II: “María, implicada en la obra redentora y asociada a la ofrenda salvadora de Cristo, pudo compartir el sufrimiento y la muerte con vistas a la redención de la humanidad”. (JP II, 25-junio-97)

4. La muerte no es tan dramática:

Dice Royo Marín que la muerte de María nos sirve de ejemplo y consuelo.
María debió morir para enseñarnos a bien morir y dulcificar con su ejemplo los supuestos terrores de la muerte.

Los recibió con calma, con serenidad, aún más, con gozo, mostrándonos que no tiene nada de terrible la muerte para aquéllos que en la vida han cumplido la Voluntad de Dios.

Y Juan Pablo II: “María, implicada en la obra redentora y asociada a la ofrenda salvadora de Cristo, pudo compartir el sufrimiento y la muerte con vistas a la redención de la humanidad”. (JP II, 25-junio-97)
“La experiencia de la muerte enriqueció a la Virgen: habiendo pasado por el destino común a todos los hombres, es capaz de ejercer con más eficacia su maternidad espiritual con respecto a quienes llegan a la hora suprema de la vida”. (JP II, 25-junio-1997)

¿DE QUÉ MURIÓ LA SANTISIMA VIRGEN MARÍA?

El teólogo español Royo Marín responde así a la pregunta ¿de qué murió María?:

"No parece que muriera de enfermedad, ni de vejez muy avanzada, ni por accidente violento (martirio), ni por ninguna otra causa que por el amor ardentísimo que consumía su corazón”

No creamos que esta afirmación de que el amor a Dios haya sido la causa del fallecimiento (¿o desfallecimiento?) de María, sea una ilusión poética, producto de una piedad ingenua y entusiasta para con la Santísima Virgen.

No. Esta enseñanza se funda en testimonios de los Santos Padres, quienes dejaron traslucir con frecuencia su pensamiento sobre este particular el Padre Joaquín Cardoso, s.j. cita a San Alberto Magno:

“Creemos que murió sin dolor y de amor”. Nos asegura, además, que a San Alberto siguen otros como el Abad Guerrico, Ricardo de San Lorenzo, San Francisco de Sales, San Alfonso María de Ligorio y otros muchísimos.”

Y veamos qué nos decía Juan Pablo II sobre las causas de la muerte de la Madre de Dios:

“Más importante es investigar la actitud espiritual de la Virgen en el momento de dejar este mundo”.
Entonces se apoya en San Francisco de Sales, quien considera que la muerte de María se produjo como un ímpetu de amor.

En el Tratado del Amor de Dios habla de una muerte “en el Amor, a causa del Amor y por Amor” (JP II, 25-junio-99).

Royo Marín cita a Alastruey, quien en su Tratado de la Virgen Santísima afirma:
“La Santísima Virgen acabó su vida con muerte extática, en fuerza del divino amor y del vehemente deseo y contemplación intensísima de las cosas celestiales”.

Es nuevamente Juan Pablo II quien aclara aún más este punto:
“Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsilo de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor que en este caso la muerte pudo concebierse como una `dormición'”

Luego basándose en la Tradición para tratar este tema, el Papa Juan Pablo II nos aclara aún más este maravilloso suceso:

“Algunos Padres de la Iglesia describen a Jesús mismo que va a recibir a su Madre en el momento de la muerte, para introducirla en la gloria celeste.
Así, presentan la muerte de María como un acontecimiento de amor que la llevó a reunirse con su Hijo Divino, para compartir con El la vida inmortal.

Al final de su existencia terrena habrá experimentado, como San Pablo -y más que él- el deseo de liberarse del cuerpo para estar con Cristo para siempre”. (JP II, 25-junio-97)

Otro ilustre Mariólogo, Garriguet, también citado por el teólogo Antonio Royo Marín, nos describe más detalles sobre la vida y la dormición de la Madre de Dios:

“María murió sin dolor, porque vivió sin placer; sin temor, porque vivió sin pecado; sin sentimiento, porque vivió sin apego terrenal.
Su muerte fue semejante al declinar de una hermosa tarde, como un sueño dulce y apacible; era menos el fin de una vida que la aurora de una existencia mejor.
Para designarla la Iglesia encontró una palabra encantadora: la llama sueño o dormición de la Virgen”.

Pero es el elocuentísmo predicador francés del Siglo XVI-XVII, Bossuet, Obispo de Meaux, quien en su Sermón Segundo sobre la Asunción de María nos describe con los más bellos detalles qué significa morir de amor y cómo fue este maravilloso pasaje de la vida de la Madre de Dios:

“El amor profano es quejumbroso y está diciendo siempre: languidezco y muero de amor. Pero no es sobre este fundamento en el que me baso para haceros ver que el amor puede dar la muerte.

Quiero establecer esta verdad sobre una propiedad del Amor Divino. Digo, pues, que el Amor Divino, trae consigo un despojamiento y una soledad inmensa, que la naturaleza no es capaz de sobrellevar; una tal destrucción del hombre entero y un aniquilamiento tan profundo en nosotros mismos, que todos los sentidos son suspendidos.
Porque es necesario desnudarse de todo para ir a Dios, y que no haya nada que nos retenga. Y la raíz profunda de tal separación es esos tremendos celos de Dios, que quiere estar solo en un alma, y no puede sufrir a nadie más que a Sí mismo, en un corazón que quiere amor. (Amarás a Dios sobre todas las cosas. Si alguno ama a su padre o a su madre o a sus hermanos más que a Mí, no es digno de Mí).”

Ya podemos comprender esta soledad inmensa que pide un Dios celoso.
Quiere que se destruya, que se aniquile todo lo que no es El.
Y, sin embargo, se oculta y no da a ninguno un punto de donde asirlo materialmente, de tal modo que el alma, desprendida por una parte de todo, y por otra, no encontrado aquí el medio de poseer a Dios efectivamente, cae en debilidades y desfallecimientos inconcebibles.

Y cuando el amor llega a su perfección, el desfallecimiento llega hasta la muerte, y el rigor hasta perder la vida.

“Yo he querido daros alguna idea del amor de la Santísima Virgen durante los días de su destierro y la cautividad de su vida mortal.
No, no; los Serafines mismos no pueden entender, ni dignamente explicar, con qué fuerza era atraída María a su Bien Amado, ni con qué violencia sufría su corazón en esta separación.

Si jamás hubo algún alma tan penetrada de la Cruz y de este espíritu de destrucción santa, fue la Virgen María. Ella estaba, pues, siempre muriendo, siempre llamando a su Bien Amado con un anhelo mortal”.

“No busquéis, pues, almas santas, otra causa de la muerte de la Santa Virgen.
Su amor era tan ardiente, tan fuerte, tan inflamado, que no lanzaba un suspiro que no debiera romper todas las ligaduras de esta vida mortal; no enviaba un deseo al Cielo que no hubiera debido arrastrar consigo su alma entera.

“Y esta alma santa y bienaventurada atrae consigo a su cuerpo a una resurrección anticipada. Porque, aunque Dios ha señalado un término común a la resurrección de todos los muertos, hay razones particulares que le obligan a avanzar ese término en favor de la Virgen María”. (Bossuet, citado por el Padre Joaquín Cardozo s.j. en La Asunción de María Santísima).

¿DÓNDE MURIÓ LA VIRGEN MARÍA?

Para responder a esta pregunta hay que responder primero dónde vivía la Santísima Virgen cuando tuvo lugar su muerte.

La más antigua y general tradición de la Iglesia señala que María había vivido en Jerusalén en los últimos años de su vida.
Sin embargo hubo algunos que emitieron la opinión que la Virgen había vivido en Efeso y que allí había muerto.

Con respecto de Efeso, es conocido por muchos turistas la llamada “Casita de la Virgen”, donde supuestamente habría vivido la Madre de Dios con San Juan al final de su vida en la tierra y donde, por lo tanto, habría muerto.

La historia de este sitio comienza recientemente, a fines del siglo 19, en el año 1880, cuando se descubrieron cerca de Efeso las ruinas de una capilla que en la antiguedad llevaba el nombre de “Puerta de la Toda Santa”, posiblemente dedicada a la Virgen, y que se encontraba adosada al monte Bulbul-Dag (Monte del Ruiseñor).

Nos dice el Padre Joaquín Cardoso que el propietario hizo correr la voz de que las ruinas eran de una casita en la que habitara María con San Juan al final de su vida y que por consiguiente allí habría tenido lugar la Asunción.

El Padre Cardoso apoya su afirmación en investigaciones y varios autores: Monseñor Duchesne, Monseñor Baunard (Rector de la Universidad de Lille), Monseñor Le Camus, documentos todos escritos también a fines del siglo 19.

Hoy en día lo de Efeso son unas ruinas reconstruidas en piedra, donde muestran a los turistas cada aposento de la casa y cada sitio donde supuestamente tuvo la muerte, la Asunción, etc.

Son unos cuantos los argumentos en favor de Efeso, pero la gran generalidad de la tradición eclesiástica señala a Jerusalén como el sitio donde la Virgen vivió sus últimos días en la tierra. Y el argumento principal a favor de Jerusalén es la cronología del Nuevo Testamento.

Según la cuenta del Padre Cardoso, por la Sagrada Escritura sabemos que San Juan no fue a Efeso sino mucho después de la muerte de San Pablo, por allá en el año 67.
Por otro lado, María tenía 15 años cuando dió a luz a Jesucristo y tenía 48 años cuando murió Jesús en la cruz.

Si hubiera ido a Efeso cuando fue San Juan (año 67) para ese momento hubiera tenido más de 82 años. A esta edad habría que añadir los años que pasara en Efeso.
Habría entonces muerto María casi a los 90 años de edad.

Pero la Tradición de los Padres de la Iglesia señala el final de los días de María en la tierra entre los 63 y los 69 años de edad.
Con esto se deduce que no fue con San Juan a Efeso, ni vivió allí nunca, sino que murió en Jerusalén unos 15 años después de la muerte de Jesús, cuando San Juan todavía estaba en Jerusalén evangelizando, junto con San Pedro y San Felipe, las ciudades de Palestina.

Es cierto que San Juan saldría de vez en cuando de Jerusalén.
Es por ello que San Pablo no lo consigue allí en su primera visita a esa ciudad en el año 43 o 44.
San Pablo nos dice que sólo encontró allí a Pedro y Santiago. (cfr. Gal. 1, 18-20). Sin embargo, sabemos que San Juan, una vez llegado a Efeso, no volvió a salir de esa zona.
Así que no pudo haber estado en Efeso en ocasión de esa visita de Pablo a Jerusalén. El mismo San Pablo nos relata que cuando por segunda vez fue a Jerusalén en el año 50, es decir, 15 años después de su primera visita, sí encontró a Juan en Jerusalén (cfr. Gal. 2, 1 y 9).

Fue en esa segunda visita cuando tuvo lugar en la Ciudad Santa la gran Asamblea de los Apóstoles, antes de que éstos se dispersaran por el mundo entero conocido hasta el momento. (cfr. Hech. 15)

¿EXISTE UN SEPULCRO DE LA VIRGEN MARÍA?

Averiguar el lugar dónde fue sepultada la Santísima Virgen tiene sobre todo valor histórico y arquelógico, fundamentado únicamente en la fe humana.

Recordemos que el Dogma de la Asunción sólo nos obliga a creer que María está en cuerpo y alma en el Cielo, aunque no tome en cuenta si hay un sepulcro, si éste está vacío, o -inclusive- si el sepulcro está en ese lugar o en otro.

Sin embargo, como por Tradición Apostólica sabemos que la Asunción tuvo lugar en el sepulcro de María, no pareciera ocioso tratar de dilucidar también dónde fue enterrada la Madre de Dios.

Sabemos, entonces, que María vivió sus últimos días en Jerusalén. Pero, cabe preguntarnos ¿se conoce también el lugar preciso donde acaeció su “dormición”?

A esto se puede contestar que sí. El Padre Cardoso nos dice que la tradición señala como el lugar de la muerte el Monte Sión, en el célebre Cenáculo donde Jesús instituyó la Sagrada Eucaristía.
Esta edificación, como otras de las familias pudientes de la época, tenía varios departamentos: uno de ellos había sido cedido por la dueña, María, madre de Juan Marcos, a María, la Madre de Jesús y al Apóstol Juan, a quien Jeús le había confiado en la cruz el cuido de su Madre, por lo que podemos concluir, entonces, que ése sería el lugar del tránsito de María.

En cuanto al sitio de la sepultura, el sepulcro de María Santísima es uno de los muchos que había en Getsemaní, al pie del Monte Olivete.

Ambas cosas están muy bien fundamentadas por el Padre Cardoso en su estudio titulado;

“La Asunción de María Santísima”, editado en México el año de la declaración del Dogma (1950).

El autor se basa en algunas obras apócrifas (es decir, obras que no son de los autores a quienes se atribuyeron, ni tienen carácter ninguno de revelación divina), a saber:
Las Actas de San Juan (año 160-170), atribuidas falsamente a San Prócoro, uno de los siete primeros Diáconos, díscipulo de San Juan; otras dos obras atribuidas también falsamente a San Ignacio mártir (año 365).

Ambos documentos, sin tener intención expresa de hacerlo, señalan que María vivió en el Monte Sión.

Además nos presenta como sustentación de esta realidad una carta, que sí es auténtica, la cual data del año 363, escrita por Dionisio el Místico (quien no se debe confundir con Dionisio el Aeropagita, discípulo de San Pablo), la cual nos trae un relato de la Asunción, en la que se define el lugar:

“Los Apóstoles, inflamados enteramente en Amor de Dios, y en cierto modo arrebatados en éxtasis, lo cargaron cuidadosamete (el cuerpo muerto de María Santísima) en sus brazos, según la orden de las alturas del Salvador de todos.
Lo depositaron en el lugar destinado para la sepultura en el lugar llamado Getsemaní ...”

Nos traen, además, otros testamentos apócrifos, de valor histórico y arqueológico, entre los cuales destaca uno muy convincente: la reseña de la peregrinación que hizo San Arnulfo al Monte Sión, redactada por un monje escocés, llamado Adamnano en el año 670, en la que se ve un plano rudimentario de la Basílica de Sión, en el cual se lee: Hic Sacta Maria obiit (Aquí murió Santa María).

La Basílica de Sión había sido levantada en el siglo IV y estaba ubicada en el flanco sur del Santo Cenáculo, encerrando con su construcción las antiguas dependencias que habitaran la Virgen y San Juan, y, sobre todo, los lugares sagrados de esa edificación.

Es interesante notar que sobre la vivienda última de María han habido ciertas discusiones y opiniones diversas. Pero nunca las hubo acerca del lugar de su sepultura, por lo que podemos decir que el lugar de su Asunción gloriosa al Cielo fue Getsemaní.

En los tiempos de Jesucristo, el Monte Olivete estaba separado del Monte Sion por un estrecho vallecito, recorrido en toda su longitud por la barranca del Cedrón, la cual estaba casi seca la mayor parte del año.
A orillas de la barranca, al pie del Monte Olivete, estaba el Huerto de Getsemaní (Huerto de los Olivos), donde Jesucristo solía ir a orar por las noches cuando se encontraba en Jerusalén y donde precisamente fue aprehendido por los soldados la noche anterior a su crucifixión.

La facilidad con que Jesús entraba a aquel jardín ha hecho suponer a algunos historiadores que el lugar era propiedad de la familia de su Madre.
Sabemos que los judíos acostumbraban a tener sus sepulcros en sus mismas propiedades.

Sabemos que Jesús fue una excepción: su cuerpo fue enterrado en un sepulcro propiedad de José de Arimatea, ubicado al pie del Gólgota, donde fue la Crucifixión, debido a la rapidez con que hubo que enterrar su cuerpo por el apuro de la fiesta del Sábado (cfr. Jn. 38-42).

Los Apóstoles y demás miembros de la comunidad cristiana naciente comenzaron a venerar los sitios santificados por Jesús y por su Madre, cuando vivieron en la tierra: el Cenáculo, el huerto de Getsemaní, la cima del Olivete, donde tuvo lugar la Ascensión de Jesucristo al Cielo; la Vía Dolorosa que va desde Sión al Calvario, el Gólgota, etc. Señalaron todos estos lugares, pero muy especialmente los sepulcros de Jesús y de María.

Sabemos que en el año 70 tuvo lugar la destrucción de Jerusalén, anunciada con todos sus detalles por Jesucristo, de manos de las tropas romanas.
Estas levantaron verdaderas murallas de piedra alrededor de la ciudad.

Talaron gran parte del Monte Olivete y abrieron fosos y trincheras, lo cual dio por resultado que las entradas de los sepulcros de Getsemaní quedaran bloqueadas y sepultadas bajo ruinas y escombros, como quedó toda Jerusalén.
Creen algunos que de lo poco que quedó en pie fue el Cenáculo.

Posteriormente el Emperador Adriano, más bien favorable a los judíos, reconstruyó la ciudad, pero haciendo de ella una ciudad netamente pagana.
Así, rellenó y niveló las depresiones que rodeaban al Monte Sión, además de hacer construir un templo a Venus en el sitio del sepulcro de Jesucristo.

Parece que el sepulcro de María escapó a la reconstrucción y a su consiguiente profanación, porque estaba oculto bajo la tierra cuando se hizo el relleno de nivelación.

Cuando Constantino apoyó y promovió la Iglesia, y su madre Santa Elena se ocupó de restaurar y adornar los lugares santos, descubrió el Santo Sepulcro del Señor, en donde encontró la verdadera cruz, y levantó sobre éste una gran Basílica.
Hizo lo mismo con el Cenáculo, sobre el cual construyó la Basílica de la Dormición. Sobre el sepulcro de María no se dice nada en esa ocasión, pero algunos suponen que sí se ocupó de éste Santa Elena, por un asunto de estilo en la construcción: el sepulcro de María está -como pueden verlo los peregrinos que van a Tierra Santa- separado de la roca por una rotonda semejante a la del sepulcro de Jesucristo.

En el siglo V comienza a haber testimonios escritos que hablan del sepulcro de María. Uno de éstos, Breviarius de Hierusalem, de un autor anónimo, al describir los Santos Lugares del valle del Cedrón, escribe lo siguiente:

“Allí se ve la Basílica de Santa María y en ella está su sepulcro. Allí entregó Judas a Nuestro Señor Jesucristo.”

¿DÓNDE FUE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA?

Como por Tradición Apostólica sabemos que la Asunción tuvo lugar en el sepulcro de María, podemos concluir, por todo lo dicho en el capítulo anterior, que la Asunción tuvo lugar en el mismo sitio donde Jesús fue apresado antes de su Pasión y Muerte; es decir, en el Huerto de Getsemaní, donde oró así al Padre la noche antes de morir: “Padre, si es posible que pase de Mí esta prueba, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”

¿Cómo fue la Asunción de la Santísima Virgen María?

Para responder a esta pregunta, tomaremos la opinión del Teólogo Antonio Royo Marín, o.p., la cual aparece en su libro La Virgen María, Teología y Espiritualidad Marianas, editado por B.A.C. (Biblioteca de Autores Cristianos) en 1968.

En el momento mismo en que el alma santísima de María se separó del cuerpo -que en esto consiste la muerte- entró inmediatamente en el Cielo y quedó, por decirlo así, el alma incandescente de gloria, en grado incomparable, como correspondía a la Madre de Dios y a la elevación de su gracia.
Su cuerpo santísimo, mientras tanto, fue llevado al sepulcro por los discípulos del Señor.

Una antigua tradición, fundada en el argumento de la Madre también parecerse en esto a su Hijo, nos señala que el cuerpo de María estuvo en el sepulcro el mismo tiempo que el de Cristo.
Es decir, que poco tiempo después de haber sido sepultado, el cuerpo santísimo de la Santísima Vírgen resucitó también como el de Jesús.

La resurrección se realizó sencillamente volviendo el alma al cuerpo, del que se había separado por la muerte. Pero como el alma de María, al entrar de nuevo a su cuerpo virginal, no venía en el mismo estado en que salió de él, sino incandescente de gloria, comunicó al cuerpo su propia glorificación, poniéndolo también al nivel de una gloria incomparable.

Teológicamente hablando, la Asunción de María consiste en la resurrección gloriosa de su cuerpo.
Y, en virtud de esa resurrección, comenzó a estar en cuerpo y alma en el Cielo.

Por cierto el teólogo Antonio Royo Marín contradice una diferenciación que se ha hecho con frecuencia entre la "Ascensión" de Nuestro Señor Jesucristo y la "Asunción" de su Madre al Cielo, como si la Ascensión fue hecha por el Señor por su propio poder y la Asunción de María requiriera de la ayuda de los Angeles, para Ella poder ascender.

Nos dice que el traslado material a un determinado lugar -si es que el Cielo es un lugar, además de un estado- lo hizo María por sí misma, sin necesidad de ser llevada por los Angeles.
Esto sucedió en virtud de una de las cualidades de los cuerpos gloriosos, que es la agilidad.

Para entender lo que es esta cualidad nos apoyaremos en el mismo autor, quien nos describe en su libroTeología de la Salvación, al referirse a las cualidades de los cuerpos gloriosos de los resucitados, en qué consiste la agilidad:

“En virtud de esta maravillosa cualidad, los cuerpos de los bienaventurados podrán trasladarse, cuando quieran, a sitios remotísimos, atravesando distancias fabulosas con la velocidad del pensamiento. Sin embargo, este movimiento, aunque rapidísimo, no será instantáneo ... pero será tan vertiginoso que será del todo imperceptible”.

La diferencia, entonces, entre la Ascensión de Cristo y la Asunción de María radica en que Cristo hubiera podido ascender al Cielo por su propio poder, aun antes de su muerte y gloriosa resurrección, mientras que su Madre no hubiera podido hacerlo antes de que hubiera tenido lugar su propia resurrección.

Sin duda alguna, nos dice el teólogo Royo Marín, irían con Ella todos los Angeles del Cielo, aclamándola como su Reina y Señora, como bien lo han descrito poetas y pintado pintores, pero sin necesidad de ser llevada o ascendida por Angeles, pues ella sola se bastaba con la agilidad de su cuerpo santísimo, ya glorificado por su gloriosa resurrección.

LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA EN LA SAGRADA ESCRITURA

Sabemos, por supuesto, que la Asunción de la Santísima Virgen no aparece relatada, ni mencionada en la Sagrada Escritura.

¿Por qué, entonces, titular así un capítulo?

Veamos lo que nos dice el Padre Joaquín Cardoso, sacerdote jesuita, en su estudio sobre la Asunción:

“Son muchos los Teólogos -y de gran renombre, por cierto- que han afirmado y creen haberlo probado que, implícitamente, sí se encuentra, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento la revelación de este hecho ...

Pues, si no hay una revelación explícita en la Sagrada Escritura acerca del hecho de la Asunción de María, tampoco hay ni la más mínima afirmación o advertencia en contrario, y por consiguiente, si la razón humana, discurriendo sobre alguna otra verdad cierta y claramente revelada, deduce legítimamente este privilegio de Nuestra Señora, tendremos necesariamente que admitirlo como revelado en la misma Sagrada Escritura de modo implícito”.

Existe, por cierto, un precedente autorizado por la Iglesia, de una verdad considerada como revelada implícitamente.
Se trata del misterio de la Inmaculada Concepción, el cual el Papa Pío XI declaró como dogma, a finales del siglo XIX y reconoció esta verdad como revelada implícitamente al comienzo de la Escritura, en Génesis 3, 15, cuando Dios anunció que la Mujer y su Descendencia aplastarían la cabeza de la serpiente infernal.

Y esto no hubiera podido suceder si María no hubiera estado libre de pecado original, pues de no haber sido así, hubiera estado sujeta al yugo del demonio.

Esto mismo hizo el Papa Pío XII en la definición del Dogma de la Asunción. La Asunción de la Virgen María al Cielo, que ha sido aceptada como verdad desde los tiempos más remotos de la Iglesia, es un hecho también contenido, al menos implícitamente en la Sagrada Escritura.

Los Teólogos y Santos Padres y Doctores de la Iglesia han visto como citas en que queda implícita la Asunción de la Virgen María, las mismas en que vieron a la Inmaculada Concepción, porque en ellas se revelan los incomparables privilegios de esa hija predilecta del Padre, escogida para ser Madre de Dios.

Así quedaron estrechamente unidas ambas verdades de la Iglesia Católica: la Inmaculada Concepción y la Asunción.

He aquí algunas de las citas y de los respectivos razonamientos teológicos como nos los presenta el Padre Cardoso:

“Llena de gracia” (Lc. 1, 26-29): Dios le había concedido todas las gracias, no sólo la gracia santificante, sino todas las gracias de que era capaz una criatura predestinada para ser Madre de Dios.

Gracia muy grande es el de haber sido preservada del pecado original, pero también gracia el pasar por la muerte, no como castigo del pecado que no tuvo, sino por lo ya expuesto en capítulos anteriores y, como hemos dicho también, sin sufrir la corrupción de cuerpo en el sepulcro.

Si María no hubiera tenido esta gracia, no podría haber sido llamada llena (plena) de gracia. Esta deducción queda además confirmada por Santa Isabel, quien “llena del Espíritu Santo, exclamó: “Bendita entre todas las mujeres” (Lc. 1, 41-42).

“Pondré enemistad entre tí y la Mujer, entre tu descendencia y la suya.
Ella te aplastará la cabeza” (Gen. 1, 15), es, por supuesto, el texto clave.

Además, Cristo vino para “aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo” (Hb. 2, 14).
“La muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?
El aguijón de la muerte es el pecado” (1 Cor. 15, 55)

Todos hemos de resucitar. Pero:

¿cuál será la parte de María en la victoria sobre la muerte?

La mayor, la más cercana a Cristo, porque el texto del Génesis une indisolublemente al Hijo con su Madre en el triunfo contra el Demonio.
Así pues, ni el pecado, por ser Inmaculada desde su Concepción, ni la conscupiscencia, por ser ésta consecuencia del pecado original que no tuvo, ni la muerte tendrán ningún poder sobre María.

La Santísima Virgen murió, sin duda, como su Divino Hijo, pero su muerte, como la de El, no fue una muerte que la llevó a la descomposición del cuerpo, sino que resucitó como su Hijo, inmediatamente, porque la muerte que corrompe es consecuencia del pecado.

“No permitirás a tu siervo conocer la corrupción” (Salmo 15).
San Pablo relaciona esta incorrupción con la carne de Cristo.
Y San Agustín nos dice que la carne de Cristo es la misma que la de María. Implícitamente, entonces, la carne de María, que es la misma que la del Salvador, no experimentó la corrupción.

Así el privilegio de la resurrección y consiguiente Asunción de María al Cielo se debe al haber sido predestinada para se la Madre de Dios-hecho-Hombre.

El Concilio Vaticano II, tratando ese tema en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, también relaciona el privilegio de la Inmaculada Concepción con el de la Asunción: precisamente porque fue “preservada libre de pecado original” (LG 59), María no podía permanecer como los demás hombres en el estado de muerte hasta el fin del mundo.
La ausencia del pecado original y la santidad perfecta ya desde el primer instante de su existencia, exigían para la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo.

Pero oigamos también a nuestro Papa Juan Pablo II tratar el punto de la Asunción de María en la Sagrada Escritura.
En su Catequesis del 2 de julio de 1997 nos decía:

“El Nuevo Testamento, aun sin afirmar explícitamente la Asunción de María, ofrece su fundamento, porque pone muy bien de relieve la unión perfecta de la Santísima Virgen con el destino de Jesús.
Esta unión, que se manifiesta ya desde la prodigiosa concepción del Salvador, en la participación de la Madre en la misión de su Hijo y, sobre todo, en su asociación al sacrificio redentor, no puede por menos de exigir una continuación después de la muerte.
María, perfectamente unida a la vida y a la obra salvífica de Jesús, compartió su destino celeste en alma y cuerpo”.

LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA

Así tituló el Osservatore Romano la Catequesis del Papa Juan Pablo II del día Miércoles 9 de julio de 1997.
Y en esa fuente tan importante y tan reciente, como son las palabras del Papa en ésta y en la Catequesis de la semana inmediatamente anterior (2-julio-97) nos apoyaremos casi exclusivamente para este Capítulo.

La perenne y concorde tradición de la Iglesia muestra cómo la Asunción de María forma parte del designio divino y se fundamenta en la singular participación de María en la misión de su Hijo.
Ya durante el primer milenio los autores sagrados se expresaban en este sentido, nos recordaba el Papa Juan Pablo II.

Además, la Asunción de la Virgen forma parte, desde siempre, de la fe del pueblo cristiano, el cual al afirmar la llegada de María a la gloria celeste, ha querido también reconocer y proclamar la glorificación de su cuerpo.

Nos decía el Papa Juan Pablo II que el primer testimonio de la fe en la Asunción de la Virgen aparece en los relatos apócrifos, titulados “Transitus Mariae” , cuyo núcleo originario se remonta a los siglos II y III.
Nos informaba el Papa que se trata de representaciones populares, a veces noveladas, pero que en este caso reflejan una intuición de la fe del pueblo de Dios.

Algunos testimonios se encuentran en San Ambrosio, San Epifanio y Timoteo de Jerusalén.
San Germán de Constantinopla (+733) pone en labios de Jesús, que se prepara para llevar a su Madre al Cielo, estas palabras:
“Es necesario que donde yo esté, estés también tú, Madre inseparable de tu Hijo”.

Nos decía el Papa Juan Pablo II que la misma tradición eclesial ve en la maternidad divina la razón fundamental de la Asunción.
Un indicio interesante de esta convicción se encuentra en un relato apócrifo del siglo V, atribuido al pseudo Melitón.

El autor imagina que Cristo pregunta a los Apóstoles qué destino merece María, y ellos le dan esta respuesta:
“Señor, elegiste a tu esclava, para que se convierta en tu morada inmaculada ...
Por tanto, dado que, después de haber vencido a la muerte, reinas en la gloria, a tus siervos nos ha parecido justo que resucites el cuerpo de tu Madre y la lleves contigo, dichosa, al Cielo”.

¿Por qué citaba el Papa un libro apócrifo?

Los apócrifos no tienen autoridad divina. Pero pueden tener autoridad humana, agregando, así, un testimonio que apoya la unanimidad a favor de la Asunción.

San Germán, en un texto lleno de poesía, sostiene que el afecto de Jesús a su Madre exige que María se vuelva a unir con su Hijo Divino en el Cielo:
"Como un niño busca y desea la presencia de su madre, y como una madre quiere vivir en compañía de su hijo, así también era conveniente que tú, de cuyo amor materno a tu Hijo y Dios no cabe duda alguna, volvieras a El".

¿Y no era conveniente que, de cualquier modo, este Dios que sentía por ti un amor verdaderamente filial, te tomara consigo?

En otro texto el mismo San Germán sostiene que “era necesario que la Madre de la Vida compartiera la Morada de la Vida”.
Así integra la dimensión salvífica de la maternidad divina con la relación entre Madre e Hijo.

San Juan Damasceno subraya la relación entre la participación en la Pasión y el destino glorioso: “Era necesario que aquélla que había visto a su Hijo en la Cruz y recibido en pleno corazón la espada del dolor ... contemplara a ese Hijo suyo sentado a la diestra del Padre”.

Nos dice el Padre Cardoso que ya en los escritos del Siglo IV los historiadores eclesiásticos se refieren a la Asunción de María como de tradición antiquísima, que a causa de su unanimidad, no puede venir sino de los mismos Apóstoles y, por consiguiente, como de revelación divina, pues la revelación en que se funda la religión cristiana terminó, según enseña la Iglesia, con la muerte de San Juan.

Continúa diciéndonos que del Siglo V en adelante, no encontró un solo escritor eclesiástico, ni una sola comunidad cristiana que no creyera en la Asunción de María.

En el Siglo VII el Papa Sergio I promovió procesiones a la Basílica Santa María la Mayor el día de la Asunción, como expresión de la creencia popular en esta verdad tan gozosa.

Posteriormente se fue desarrollando una larga reflexión con respecto al destino de María en el más allá. Esto, poco a poco, llevó a los creyentes a la fe en la elevación gloriosa de la Madre de Jesús en alma y cuerpo, y a la institución en Oriente de las fiestas litúrgicas de la Dormición y de la Asunción de María.

La fe en el destino glorioso del alma y del cuerpo de la Madre del Señor después de su muerte, desde Oriente se difundió a Occidente con gran rapidez y, a partir del Siglo XIV, se generalizó.

El Papa Juan XXII en 1324 afirmaba que “la Santa Madre Iglesia pidadosamente cree y evidentemente supone que la bienaventurada Virgen fue asunta en alma y cuerpo”.

En la primera mitad de nuestro siglo, en víspera de la declaración del Dogma, constituía una verdad casi universalmente aceptada y profesada por la comunidad cristiana en todo el mundo.

Así, en Mayo de 1946, con la Encíclica Deiparae Virginis Mariae,(Virgen María Madre de Dios) Pío XII promovió una amplia consulta, interpelando a los Obispos y, a través de ellos, a los Sacerdotes y al pueblo de Dios, sobre la posibilidad y la oportunidad de definir la Asunción corporal de María como Dogma de Fe.
El recuento fue ampliamente positivo: sólo 6 respuestas de entre 1.181 manifestaban alguna reserva sobre el carácter revelado de esa verdad.

Citando ese dato, la Bula Munificentissimus Deus afirma: “El consentimiento universal del Magisterio ordinario de la Iglesia proporciona un argumento cierto y sólido para probar que la Asunción corporal de la Santísima Virgen María al Cielo ... es una verdad revelada por Dios y, por tanto, debe ser creída firme y fielmente por todos los hijos de la Iglesia”.

El Concilio Vaticano II, recordando en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia el misterio de la Asunción, atrae la atención hacia el privilegio de la Inmaculada Concepción: precisamente porque fue “preservada libre de pecado original” (LG 59).

María no podía permanecer como los demás hombre en el estado de muerte hasta el fin del mundo. La ausencia del pecado original y la santidad perfecta ya desde el primer instante de su existencia, exigían para la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo.

Y continuando con la Tradición Eclesiástica hasta nuestros días, tenemos toda la enseñanza del Papa Juan Pablo II que recogemos en este estudio.

Como dato curioso el Padre Cardoso anota uno adicional que es sumamente revelador y que él agrega a la unanimidad en la Tradición: el hecho de que no hayan reliquias del cuerpo virginal de María.
Nos dice que ni siquiera los fabricantes de falsas reliquias -que los ha habido a lo largo de la historia de la Iglesia- se atrevieron jamás a fabricar una del cuerpo de María, pues sabían que, dada la creencia universal de la Asunción, no hubieran sido recibidas como auténticas en ninguna parte del mundo cristiano.

TESTIMONIOS MÍSTICOS SOBRE LA MUERTE DE MARÍA SANTÍSIMA

Para estos testimonios nos basaremos en las revelaciones privadas hechas a Santa Isabel de Schoenau. (años 1129-1164);

de Santa Brígida de Suecia (años 1307-1373);

de la Venerable Sor María de Agreda (años 1602-1665)

y de la Venerable Ana Catalina Emmerich (años 1774-1824),

testimonios que se encuentran recopilados en el libro:
"The Life of Mary as seen by the Mystics" (La Vida de María vista por los Místicos) de Raphael Brown.
(Nihil Obstat & Imprimatur. 8 de Junio del año 1951).

Uniremos estos testimonios en un solo relato, con el fin de poder seguir mejor la secuencia de los hechos relatados.

(El Nihil Obstat y el Imprimatur son declaraciones oficiales de un Censor Eclesiástico y de un Obispo católico, respectivamente, mediante las cuales se expresa que una publicación no contiene errores ni confusiones doctrinales o morales.
No indican estos sellos aprobación o respaldo a las ideas contenidas en dicha publicación).

La despedida de María Santísima de este mundo

La Santísima Virgen María supo cuándo iba a morir y supo que iba a morir en oración y recogimiento.
Al conocer esto, pidió a su Hijo la presencia de los Apóstoles para la ocasión.
Así, por avisos especiales del Cielo, los Apóstoles comenzaron a reunirse en Jerusalén.

La mañana del día de su partida, la Madre de Dios convocó a los Apóstoles y a las santas mujeres al Cenáculo.
La Virgen se arrodilló y besó los pies de Pedro y tuvo una emotiva despedida con cada uno de los otros once, pidiéndoles la bendición.
A Juan agradeció con especial afecto todos los cuidados que había tenido para con ella.

Después de un rato de recogimiento, la Santísima Virgen habló a los presentes: Carísimos hijos mío y mis señores: Siempre os he tenido en mi alma y escritos en mi corazón, donde tiernamente os he amado con la caridad y amor que me comunicó mi Hijo santísimo, a quien he mirado siempre en vosotros como en sus escogidos y amigos.

Por su voluntad santa y eterna me voy a las moradas celestiales, donde os prometo, como Madre, que os tendré presentes en la clarísima luz de la Divinidad, cuya vista espera y ansía mi alma con seguridad.

La Iglesia, mi madre, os encomiendo con exaltación del santo nombre del Altísimo, la dilatación de su ley evangélica, la estimación y aprecio de las palabras de mi Hijo santísimo, la memoria de su vida y muerte, y la ejecución de toda su doctrina.
Amad, hijos míos, a la santa Iglesia y de todo corazón unos a otros con aquel vínculo de la caridad y paz que siempre os enseñó vuestro Maestro.

Y a vos, Pedro, Pontífice santo, os encomiendo a Juan mi hijo y también a los demás.

Las palabras de despedida de la Señora causaron honda pena y ríos de lágrimas a todos los presentes y lloró también con ellos la dulcísima María, que no quiso resistir a tan amargo y justo llanto de sus hijos.
Y después de algún espacio les habló otra vez y les pidió que con ella y por ella orasen todos en silencio, y así lo hicieron.

En esa quietud sosegada descendió del Cielo el Verbo humanado en un trono de inefable gloria, y con dulcísimas palabras invitó a su Madre a venir con El al Cielo:
Madre mía carísima, a quien Yo escogí para mi habitación, ya es llegada la hora en que habéis de pasar de la vida mortal y del mundo a la gloria de mi Padre y mía, donde tenéis preparado el asiento a mi diestra, que gozaréis por toda la eternidad.

Y porque hice que como Madre mía entraseis en el mundo libre y exenta de la culpa, tampoco para salir de él tiene licencia ni derecho de tocaros la muerte.
Si no queréis pasar por la muerte, venid conmigo, para que participéis de mi gloria, que tenéis merecida .

Quería Jesús llevarse a su Madre viva. Pero ella, indigna criatura, no puede pasar menos que su Hijo e Hijo de Dios.
Postróse la prudentísima Madre ante su Hijo y con alegre semblante le respondió:

Hijo y Señor mío, yo os suplico que vuestra Madre y sierva, entre en la eterna vida por la puerta común de la muerte natural, como los demás hijos de Adán.
Vos, que sois mi verdadero Dios, la padecisteis sin tener obligación a morir; justo es que como yo he procurado seguiros en la vida, os acompañe también en morir .

Aprobó Cristo nuestro Salvador este último sacrificio y voluntad de su Madre santísima y dijo que se cumpliese lo que ella deseaba.
En este momento solemne, los Angeles comenzaron a cantar con celestial armonía algunos versos del Cantar de los Cantares y otros nuevos.
Salió también una fragancia divina que con la música se percibía hasta la calle.

Y la casa del Cenáculo se llenó de un resplandor admirable.
La presencia del Señor fue percibida por varios de los Apóstoles; los demás sintieron en su interior divinos y poderosos efectos, pero la música de los Angeles la percibieron los Apóstoles, los discípulos y muchos otros fieles que allí estaban.

Al entonar los Angeles la música, se reclinó María santísima en su lecho, puestas las manos juntas sobre su pecho y los ojos fijos en su Hijo santísimo, y toda enardecida en la llama de su divino amor.

Siente la Madre de Dios un abundante influjo del Espíritu Santo que invade todo su cuerpo. Las fuerzas que se le iban eran reemplazadas por una fuerza de Amor.
El Amor excedía la capacidad de su cuerpo.
Y en esa entrega de Amor, sucede la dormición de la Madre de Dios: sin esfuerzo alguno, su alma abandona el cuerpo y María queda como dormida.

Las facciones de la Virgen Santísima se transfiguran: parecía totalmente inflamada con el fuego de la caridad seráfica, en su bellísimo semblante apareció una expresión de gozo celestial, acompañada de una suave sonrisa.
Los presentes no sabían si realmente se había muerto.
Todo era tan hermoso y suave que no era posible asociarlo con una muerte.

El sagrado cuerpo de María Santísima, que había sido templo y sagrario de Dios vivo, quedó lleno de luz y resplandor y despidiendo de sí una admirable y nueva fragancia, mientras yacía rodeado de miles de Angeles de su custodia.

El fulgor que irradiaba la Virgen María era el Espíritu Santo.
Fue una manifestación especial que mostraba la grandeza de la Madre de Dios, poniéndose de manifiesto lo que había estado siempre escondido por la grandísima humildad de la más humilde de las criaturas.

Los Apóstoles y discípulos, entre lágrimas de dolor y júbilo por las maravillas que veían, quedaron como absortos por un tiempo y luego cantaron himnos y salmos en obsequio a su Madre.
No sabían qué hacer con ella, pues continuaba el fulgor y el aroma exquisito.

La cubrieron con un manto, pero sin taparle el rostro, como era la costumbre con los demás muertos.
Había una barrera luminosa que impedía que se acercaran, mucho menos tocarla.

Para los Apóstoles fue un momento de infusión del Espíritu Santo, pues se habían vuelto a sentir abandonados. Para todos los demás fue un acontecimiento de grandes gracias.

La luz radiante que despedía, impedía ver el cuerpo de la Santísima Virgen.
Pedro y Juan toman cada lado del manto sobre el cual estaba reclinada y levantan el cuerpo de María, dándose cuenta que era mucho más liviano de lo esperado.
Así lo colocan en una especie de ataúd ... era como una caja.
El resplandor traspasaba la caja.

Casi todo Jerusalén acompañó el cortejo fúnebre, tanto judíos como gentiles, para presenciar esta maravillosa novedad.
Los Apóstoles llevaban el sagrado cuerpo y tabernáculo de Dios, partiendo hacia las afueras de la ciudad, al sepulcro preparado en Getsemaní.
Este era el cortejo visible.

Pero además de éste, había otro invisible de los cortesanos del Cielo: en primer lugar iban los miles de Angeles de la Reina, continuando su música celestial, que los Apóstoles, discípulos y otros muchos podían escuchar, música que continuó durante el tiempo de la procesión y mientras el cuerpo permaneció en el sepulcro.

Descendieron también de las alturas otros muchos millones o legiones de Angeles, con los antiguos Patriarcas y Profetas, San Joaquín y Santa Ana, San José, Santa Isabel y el Bautista, con otros muchos santos que del Cielo envió nuestro Salvador Jesucristo para que asistiesen a las exequias y entierro de su beatísima Madre.

Llegados al sitio donde estaba preparado el privilegiado sepulcro de la Madre de Dios, los mismos dos Apóstoles, Pedro y Juan, sacaron el liviano cuerpo del féretro, y con la misma facilidad y reverencia lo colocaron en el sepulcro.

Juan lloraba y Pedro también. No querían dejarla. Era dejar a aquélla que los mantenía unidos al Señor. Era su Madre. Cubrieron el cuerpo con el manto y cerraron el sepulcro con una losa, conforme a la costumbre de otros entierros.
Los Angeles de la Reina continuaron sus celestiales cantos y el exquisito aroma persistía, mientras se podía percibir el fulgor que salía del sepulcro.

Los Apóstoles, los discípulos y las santas mujeres oraban con mucho fervor, con mucha confianza, con mucho amor.
Pero la Virgen Santísima no estaba allí: estaba con Jesús, ya que, inmediatamente después de la dormición, nuestro Redentor Jesús tomó el alma purísima de su Madre para presentarla al Eterno Padre, a quien le habló así en presencia de todos los bienaventurados: Eterno Padre mío, mi amantísima Madre, vuestra Hija, Esposa querida y regalada del Espíritu Santo, viene a recibir la posesión eterna de la corona y gloria que para premio de sus méritos le tenemos preparada.

Justo es que a mi Madre se le dé el premio como a Madre; y si en toda su vida y obra fue semejante a Mí en el grado posible a pura criatura, también lo ha de ser en la gloria y en el asiento en el Trono de Nuestra Majestad .

El Padre y el Espíritu Santo aprobaron este decreto por el cual el Hijo le pedía al Padre un sitio especial para su Madre al lado de la Trinidad Santísima, como Madre y como Reina, para que así como El había recibido de Ella su humanidad, recibiera ella ahora de El su gloria.

El día tercero que el alma santísma de María gozaba de esta gloria, manifestó el Señor a los santos su voluntad divina de que Ella volviese al mundo y resucitase su sagrado cuerpo, para que en su cuerpo y alma fuese otra vez levantada a la diestra de su Hijo santísimo, sin esperar a la general resurrección de los muertos.
Y llegando al sepulcro, estando todos a la vista del cuerpo virginal de María, dijo el Señor a los Santos estas palabras:

Mi Madre fue concebida sin mácula de pecado, para que de su virginal sustancia purísima y sin mácula me vistiese de la humanidad en que vine al mundo y le redimí del pecado.
Mi carne es carne suya, y ella cooperó conmigo en las obras de la redención, y así debo resucitarla como Yo resucité de los muertos; y que esto sea al mismo tiempo y a la misma hora, porque en todo quiero hacerla semejante a Mí .

Luego la purísima alma de la Reina con el imperio de Cristo su Hijo santísimo, entró en el virginal cuerpo y le reanimó y resucitó, dándole nueva vida inmortal y gloriosa, comunicándole los cuatro dotes de claridad, impasibilidad, agilidad y sutileza, correspondiente a la gloria del alma, de donde se derivan a los cuerpos.

Con estos dotes salió en alma y cuerpo del sepulcro María Santísima, extremadamente radiante, gloriosamente vestida y llena de una belleza indescriptible, sin que quedara removida ni levantada la piedra con que estaba cerrada la fosa.

Desde el sepulcro comenzó una solemnísima procesión acompañada de celestial música hacia el Cielo glorioso.
Entraron en el Cielo los Santos y Angeles, y en el último lugar iban Cristo nuestro Salvador y a su diestra la Reina vestida de oro de variedad, como dice David: De pie a tu derecha está la Reina, enjoyada con oro de Ofir , y tan hermosa, que fue la admiración de todos los cortesanos del Cielo.

Allí se oyeron aquellos elogios misteriosos que le dejó escrito Salomón: Salid, hijas de Sión, a ver a vuestra Reina, a quien alaban las estrellas matutinas y festejan los hijos del Altísimo.
¿Quién es ésta que sube del desierto, como varilla de todos los perfumes aromáticos? (Cant. 3,6)
¿Quién es ésta que se levanta como la aurora, más hermosa que la luna, refulgente como el sol y terrible como muchos escuadrones ordenados? (Cant. 6,9)

¿Quién es ésta en quien el mismo Dios halló tanto agrado y complacencia sobre todas sus criaturas y la levanta sobre todas al trono de su inaccesible luz y majestad?

¡Oh maravilla nunca vista en estos cielos! ¡Oh novedad digna de la Sabiduría Infinita!

Con estas glorias llegó María Santísima en cuerpo y alma al trono de la Beatísima Trinidad, y las Tres Divinas Personas la recibieron con un abrazo indisoluble.

El Eterno Padre le dijo: Asciende más alto que todas las criaturas, electa mía, hija mía y paloma mía .

El Verbo humanado dijo: Madre mía, de quien recibí el ser humano y el retorno de mis obras con tu perfecta imitación, recibe ahora el premio de mi mano que tienes merecido.
El Espíritu Santo dijo: Esposa mía amantísima, entra en el gozo eterno que corresponde a tu fidelísmo amor y goza sin cuidados, que ya pasó el invierno del padecer (Cant. 2,11) y llegaste a la posesión eterna de nuestros abrazos.

Allí quedó absorta María Santísima entre las Divinas Personas y como anegada en aquel océano interminable y en el abismo de la Divinidad.
Los Santos, llenos de admiración, se llenaron de nuevo gozo accidental.
Era una gran fiesta en el Cielo.

Mientras tanto, aquí abajo, al lado del sepulcro, Pedro y Juan perseveraban junto con otros en la oración, no sin lágrimas en los ojos.
Al día tercero reconocieron que la música celestial había cesado, e inspirados por el Espíritu Santo coligieron que la purísima Madre había sido resucitada y llevada en cuerpo y alma al Cielo, como su Hijo amadísimo.

En la mañana de la Asunción de la Santísima Virgen al Cielo, estaban Pedro y Juan decidiendo si abrir o no el sepulcro.
Llegó Tomás de Oriente en esa hora. Al informársele que ya María Santísima había dejado el mundo de los vivos, Tomás en medio de grandes llantos, suplicaba que le enseñaran por última vez a la Madre de su Señor.

Pedro y Juan, con gran veneración procedieron a retirar la piedra.
Entraron. No estaba ya en el sepulcro: sólo quedaron el manto y la túnica.
Juan salió a anunciar a todos que la Madre se había ido con su Hijo.

Mientras cantaban himnos de alabanza al Señor y a su Santísima Madre, después de haber repuesto la loza del sepulcro a su sitio, apareció un Angel que les dijo: Vuestra Reina y nuestra, ya vive en alma y cuerpo en el Cielo y reina en él para siempre con Cristo.

Ella me envía para que os confirme en esta verdad y os diga de su parte que os encomienda de nuevo la Iglesia y conversión de las almas y dilatación del evangelio, a cuyo ministerio quiere que volváis luego, como lo tenéis encargado, que desde su gloria cuidará de vosotros .

Allá en el Cielo glorioso, mientras la Santísima Virgen María se encontraba postrada en profunda reverencia ante la Santísima Trinidad y absorta en el abismo de la Divinidad, las Tres Divinas Personas pronuncian el decreto de la Coronación de la Madre de Dios, y María, la más humilde de las criaturas, considerábase inmerecedora de semejante reconocimiento.

La Persona del Eterno Padre, hablando con los Angeles y Santos, dijo:
Nuestra Hija María fue escogida y poseída de nuestra voluntad eterna la primera entre todas las criaturas para nuestras delicias, y nunca degeneró del título y ser de hija que le dimos en nuestra mente divina, y tiene derecho a nuestro Reino, de quien ha de ser reconocida y coronada por legítima Señora y singular Reina.

El Verbo humanizado dijo: A mi Madre verdadera y natural le pertenecen todas las criaturas que por Mí fueron redimidas, y de todo lo que Yo soy Rey ha de ser ella legítima y suprema Reina.

El Espíritu Santo dijo: Por el título de Esposa mía, única y escogida, al que con fidelidad ha correspondido, se le debe también la corona de Reina por toda la eternidad .

Dicho esto, la Santísima Trinidad solemnemente colocó sobre la cabeza inclinada de María una esplendorosa y grandiosa corona de múltiples y brillantes colores que representan las gracias que recibimos a través de Ella por voluntad de Dios.

Así, el Padre le entrega todas las criaturas y todo lo creado por El.
El Hijo le entrega todas las almas por El redimidas.
Y el Espíritu Santo todas las gracias que El desea derramar sobre la humanidad, porque todas nuestras cosas son tuyas, como tú siempre fuiste nuestra .

El Padre Eterno anuncia a los Angeles y Santos en medio de esa Fiesta Celestial que sería Ella quien derramaría todas las gracias sobre el mundo, que nada de lo que Ella pidiera le sería negado a quien era Reina de Cielo y Tierra.

DEFINCIONES TEÓLOGICAS DEL CUERPO GLORIFICADO

Veamos las definiciones de las cualidades de los cuerpos gloriosos que nos da el teólogo español Antonio Royo Marín, en "Teología de la Salvación" :

CLARIDAD:

cierto resplandor, luminosidad envolvente que rebosa al cuerpo, proveniente de la suprema felicidad del alma, al ver a Dios tal cual es.

IMPASIBILIDAD:

gracia y dote que hace que no pueda ya el cuerpo padecer molestia, angustia, opresión, ni sentir dolor, ni padecer necesidad alguna, ni quebranto alguno.

AGILIDAD:

se librará el cuerpo de la carga que le oprime en este mundo, será libre y se podrá mover según su voluntad hacia cualquier parte a donde quiera el cuerpo y el alma juntos, con tanta velocidad y tanta rapidez, imposible de igualar, como ni se la puede imaginar.

SUTILEZA:

el cuerpo bienaventurado y glorioso estará lleno de luz, se sujetará completamente a la voluntad del alma y le servirá y será perfectamente dócil a sus requerimientos.
La sutileza también comprende el ser capaz de penetrar por todas partes, sin obstáculo alguno, del mismo modo que la luz atraviesa el cristal.

¡Esta es La resurrección de la Carne!
¡Qué estímulo para el bien, Qué fuente de fuerza en las enfermedades y en la práctica de la mortificación cristiana, ofrecida a Dios por los pecados del mundo!

La Carne es crucificada con Jesucristo y será glorificada con Él para la eternidad!.

"ÉSTA ES LA ESPIRITUALIZACIÓN DEL CUERPO GLORIFICADO".

¡Ésto es lo que le espera a todo aquel que tenga la dicha, la bienaventuranza, y la gloria de ir al Reino de los Cielos!.

EL DOGMA DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

¿Qué es un dogma de fe?

Los dogmas son aquellas doctrinas que la Iglesia propone para ser creídas como formalmente reveladas por Dios. Los dogmas pertenecen al depósito de la fe de una manera irreversible.

Una doctrina se reconoce como dogma por una de las siguientes razones:

1- Ha sido solemnemente definida como tal por el Magisterio de la iglesia.
Esto puede ocurrir en un Concilio Ecuménico o por un pronunciamiento ex cathedra del Papa. (Ejemplo: La Inmaculada Concepción de María)

2- Ha sido enseñada como tal por la Tradición invariable de la Iglesia y no requiere ser proclamada dogmáticamente. (Ejemplo: La condena al aborto)

Negar algún dogma significa negar la misma fe, pues supone negar la autoridad de Dios, que lo ha revelado.

DECLARACIÓN DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA A LOS CIELOS

Como es sabido, el Papa Pío XII, declaró el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma al Cielo el día 1 de noviembre de 1950.

Lo hizo desde el atrio exterior de San Pedro Vaticano, rodeado de 36 Cardenales, 555 Patriarcas, Arzobispos y Obispos, de gran número de dignatarios eclesiásticos y de una muchedumbre entusiasmada, de aproximadamente un millón de personas. Definió así solemnemente, con su suprema autoridad, este dogma mariano.

A continuación, las palabras mismas que definen este Dogma, tomadas de la Bula Munificentissimus Deus:

“Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

Puede entenderse por qué se levantó un grito al unísono de parte de la multitud entusiasmada que estaba en la Plaza San Pedro:
casi 1900 años de fe del pueblo y de la Iglesia en esta verdad, confirmada y ratificada por el Romano Pontífice, apelando a la infalibilidad conferida a quien es el Sucesor de San Pedro.
También hubo millones de espectadores en los cinco continentes, quienes vieron en televisión u oyeron por las estaciones de radio del mundo católico, el importante anuncio papal.

A partir de ese momento ya ningún católico podía dudar del hecho de la Asunción de María en cuerpo y alma al Cielo, sin apartarse de la Fe de la Iglesia.

Y es importante hacer notar aquí lo que el teólogo Royo Marín nos dice en su tratado sobre la Santísima Virgen, respecto de la irreversibilidad que tiene un Dogma declarado.
Nos dice que la infalibilidad del Papa al proclamar “ex-cathedra” un dogma de fe, no recae sobre el valor de los argumentos esgrimidos por el mismo Pontífice para apoyar dicho dogma, sino que cae sobre el objeto mismo de la definición.

¿Qué significa esto?

Significa que no pudiera darse el caso de que alguno de los argumentos utilizados fuesen considerados posteriormente dudosos -o incluso, falsos.
Después de la definición de un dogma, la verdad definida es asunto de fe.
La infalibilidad cae sobre esa verdad y no sobre los argumentos empleados por los Teólogos e, inclusive, por el Papa en la introducción a la misma definición del dogma.

Sin embargo, este teólogo mariano considera que los argumentos teológicos que explican el Dogma de la Asunción -al igual que el de la Inmaculada Concepción- son del todo firmes y seguros, y por sí solos nos llevarían -como llevaron a la Iglesia durante tantos siglos- a creer con certeza en la Asunción de María al Cielo en cuerpo y alma.

He aquí, entonces, el texto de la fórmula definitoria del Dogma de la Asunción:

es “Dogma de Revelación Divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

El significado de la Asunción de María al Cielo queda plasmado y maravillosamente resumido en el Prefacio de esta Solemnidad Mariana, en la cual celebramos la glorificación de la Madre de Dios ... y también nuestra propia glorificación: la que nos espera al final de los tiempos.

Así rezamos en el Prefacio de la Asunción:

"Hoy ha sido llevada al Cielo la Virgen Madre de Dios.
Ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada.
Ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra.
Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la Mujer que, por obra del Espíritu Santo concibió en su seno al autor de la vida".

LA VIRGINIDAD DE MARIA SANTÍSIMA.

MARÍA, ¿FUE SIEMPRE VIRGEN?


¡Podemos decir que María siempre fue virgen!

Todos los cristianos aceptan a María como Madre de Jesús; pero mientras los católicos hablamos de ella como «la Virgen María», las otras religiones cristianas y muchas sectas no quieren decir ni reconocer que María es siempre virgen.
Muchos dicen, simplemente, que María tuvo más hijos y por eso no pudo ser «virgen».

La Biblia nos habla de los "hermanos de Jesús" pero jamás menciona otros hijos de María sino solo a Jesucristo.
Es necesario entender que el arameo, lenguaje de Jesús y de los Apóstoles, utilizaba la misma palabra para referirse a hermanos, como a parientes y miembros del clan familiar.

La Iglesia afirma la doctrina de la virginidad perpetua de María Santísima.
Esto significa que ella fue siempre virgen: antes, durante y después de dar a luz a Jesucristo.
La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, se fundamenta en una correcta interpretación de la Revelación, tomando en cuenta la Biblia y la Tradición Apostólica.

Otro dogma a cerca de María es que Ella es siempre Virgen.
La Iglesia ha confesado esta verdad desde las primeras formulaciones de fe:
"Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo", afirmando también el aspecto corporal de este suceso,
"Jesús fue concebido sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo" (Concilio de Letran, año 649).

La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María.
También en virtud de los méritos de Cristo.
María es Virgen porque su virginidad es el signo de su fe no adulterada por duda alguna (Cf. LG 63).

TRADICIÓN

También por la virginidad de María, antes y después del parto podemos decir que la tradición unánimemente atestigua que María permaneció siempre virgen, antes de estar embarazada y después de haber dado a luz al Señor Jesús; y la defendieron enérgicamente siempre los Papas y en donde quiera que surgieran ideas contrarias.

Engendró según la carne al Verbo-Dios permaneciendo virgen antes del parto y después del parto. María la más digna de todos de ser honrada y la muy ínclita no se casó con nadie y de nadie más fue madre, sino que después de haber dado a luz a Jesús, su primogénito-unigénito, permaneció también y en todo tiempo inmaculada virgen.


Textos tomados de Antonio Royo Marín, o.p., Catedrático en Teología.
La Virgen María, Teología y Espiritualidad Marianas, editado por la B.A.C. (Biblioteca de Autores Cristianos).
Talleres de la editorial católica. Mateo Inurria Número 15. Madrid 16. 1968.


¿CÓMO SE REALIZÓ EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN DE JESÚS?

Este misterio se realizó, por obra del Espíritu Santo, en el seno de la Virgen María, es decir, por un milagro de la Omnipotencia de Dios.

El Hijo de Dios, para hacerse hombre, se eligió una Madre.
El inefable honor de tal maternidad fue conferido a María Virgen, de la tribu de Judá, de la familia de David, hijo de San Joaquín y Santa Ana, esposa de San José.

Dios quiso ocultar, bajo el velo de un matrimonio virginal, la Encarnación de su Hijo, protegiendo a la vez, el honor de su Madre, la vida del Niño, el secreto de sus proyectos. Por eso María se casó con San José, descendiente de David, y unido a Dios, como ella, por el voto de virginidad.

Desde toda la eternidad, Dios había predestinado a María Santísima para esta sublime misión.

No le dio bienes de la tierra, puesto que María fue pobre, pero la preservó del pecado original, la libró de la concupiscencia, la hizo Inmaculada en su Concepción y la colmó de gracias.

El día fijado en los decretos divinos, el Ángel Gabriel se apareció a María en su humilde casita de Nazaret, y le anunció que Dios la había elegido para Madre del Mesías:
María pregunta ¿cómo será? ya que tenía hecho un voto de virginidad perpetuo.

El mensajero celestial le aclara diciéndole:

“El Espíritu Santo descenderá sobre ti y te cubrirá con su sombra” (Luc. 1, 35).
La Santísima Virgen contestó: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Tan pronto como la Santísima Virgen prestó su consentimiento, el Espíritu Santo, por un prodigio incomparable, contrario a las leyes de la naturaleza, formó de la Sangre purísima de María, un cuerpo humano perfectísimo; Dios Padre formó de la nada un alma semejante a la nuestra, pero más bella, santísima, inmaculada, y la unió a aquel cuerpo y, en el mismo instante, a ese cuerpo y a esa alma se unió el Hijo de Dios con un lazo indisoluble: Et Verbum caro factum est, y el que era Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho hombre.

La Encarnación, pues, se hizo por abra milagrosa del Espíritu Santo, sin que María dejara de ser virgen.
Así se realizó la célebre profecía de Isaías:
“Una virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Is, 7, 14).

La Iglesia celebra todos los años el aniversario de la Encarnación del Hijo de Dios el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación.

La Encarnación del Hijo de Dios ocupa un lugar tan importante en los anales del género humano, que todos los pueblos cristianos datan desde ese hecho los acontecimientos de la historia.

Así, en el momento en que escribirnos estas líneas, hace más de dos mil años que el Hijo de Dios se hizo hombre.

Tres veces al día, el Ángelus, tañido por todas las campanas de la cristiandad, recuerda este gran misterio al mundo Católico.

Jesucristo, como Dios, tiene por padre al Padre eterno, y no tiene madre; como hombre, Jesucristo no tiene padre y tiene por madre a la Virgen María.
Jesucristo es, pues, el Hijo de Dios e hijo de María Virgen.

La Santísima Virgen se ha convertido en Madre de Dios porque Jesucristo, su Hijo, es Dios: es la Madre de Dios, aunque no le haya dado la divinidad, como la madre de un rey es madre del rey, aunque no le haya dado la realeza; o como nuestras madres son madres de un hombre aunque no intervengan para nada en la creación de nuestras almas.

Dios he conferido a María el honor de ser Madre sin dejar de ser Virgen; y este gran milagro Dios lo renueva en el nacimiento del Salvador.
A la manera que el sol pasa por un cristal sin romperlo ni mancharlo, así el Hijo de Dios hecho hombre salió del seno de María sin alterar en nada la virginidad de su Madre.

Por eso, en el parto María Santísima no tuvo dolor. La perpetua virginidad de María, antes del parto, en el parto y después del parto es un artículo de fe.

La Maternidad divina es para María el fundamento de todos sus privilegios.
Esta dignidad incomparable de Madre de Dios la dota de una santidad perfecta, de un poder ilimitado de intercesión Y le da derecho a un culto especial.

MARÍA, UNA SANTIDAD PERFECTA.

Como Madre de Dios, María es evidentemente una criatura aparte, única, con la cual nada puede ser comparado.

¿Cómo no había Dios de santificar a su Madre y acumular sobre ella los favores más excepcionales?

El amor que le profesaba, el respeto que se debía a sí propio, eran dos razones suficientes para colmarla de gracias sin límite y sin medida.

Por eso:

1º María es Inmaculada en su Concepción, es decir, exenta del pecado original desde el primer instante de su existencia.

2º Fue preservarla de todo pecado actual, aun del más leve, y de toda imperfección durante toda su vida.

3º Recibió todos los dones sobrenaturales de la gracia en grado supremo, gracia que ella devolvió sin cesar por sus méritos; gracia, en fin, más abundante, según el sentir de los más ilustres teólogos, que la de todos los Ángeles y de todos los Santos reunidos.

4º Su mismo cuerpo no conoció la corrupción de la tumba, sino que, devuelto a la vida por una resurrección anticipada, fue transportada al cielo.

5º Finalmente, María ha sido elevada sobre todas las criaturas, aun las más perfectas, e instituida Reina de los Ángeles y de los Santos.

MARÍA TIENE PODERES ILIMITADOS PARA INTERCEDER POR TODOS NOSOTROS.

María goza en el cielo de una omnipotencia suplicante, porque está segura de obtener de Dios, su Hijo, todo lo que pida en favor de los hombres.

Y para honrar a su Madre bendita, Jesucristo ha depositado en manos de María todos los frutos de la Redención; todas las gracias necesarias para la salvación nos llegan par intermedio de María.

Es el canal, la dispensadora de los favores divinos.
Dios ha depositado en la majestad de María, la de ser Reina de todo lo creado.
Todos los seres humanos y todos los Angeles son sus súbditos.

El Padre la cubrió con su sombra, y la llenó de Gracias espirituales y le concedió poderes incomparables.
El Hijo se engendró en su seno, le concedió toda la Sabiduría de la segunda persona de la Santísima Trinidad.
El Espíritu Santo le concedió todo el amor.

De ahi reciden las tres Avemaría diarias que se rezan y cantan la majestad de María Santísima en el cielo.

PODEROSO ES SU NOMBRE, EN EL CIELO Y EN LA TIERRA

Ricardo de San Lorenzo afirma que: "no hay tal ayuda poderosa en ningún nombre, ni hay otro nombre dado a los hombres, después de la de Jesús, de la cual se vierte la salvación, tanto para reparar en los hombres como a partir del nombre de María".

Él continúa, "que la invocación piadosa de este nombre dulce y santo conduce a la adquisición de gracias superabundantes en esta misma vida, y un alto grado de gloria en la próxima vida."

El Francone Abad, hablando de este tema, dice:
"No hay otro nombre después de la de Jesús, en el cielo ni en la tierra, donde las mentes piadosas obtienen tanta gracia, esperanza y dulzura."
Después de que el nombre más sagrado de Jesús, el nombre de María es tan rico en todo lo bueno, que en la tierra y en el cielo no hay otros que las almas devotas reciban tanta gracia, esperanza y dulzura.

Por lo tanto, Ricardo de San Lorenzo "alienta a los pecadores a recurrir a este gran nombre", porque sólo bastará para curarlos de todos sus males;
y "no hay ningún trastorno, por maligno que sea, que no de inmediato ceda ante el poder del nombre de María".

El beato Raimundo Jordano dice:
"Sin embargo que por muy endurecido y falto de confianza pueda ser un corazón, el nombre de la Santísima Virgen tiene una eficacia tal, que si sólo se manifiesta en el corazón o en el pensamiento, ya se ablandó maravillosamente."

Por otra parte, es bien sabido, y cada día experimentan los fieles de María, que su nombre da la fuerza poderosa en particular y necesario para superar las tentaciones contra la pureza, que el diablo acecha constantemente.

En fin, "tu nombre, oh Madre de Dios, está lleno de gracias y bendiciones divinas", como dice San Metodio.
Tanto es así, que San Buenaventura declara:
"Que tu nombre, oh María, no puede pronunciarse sin traer alguna gracia al que lo hace con devoción." . . .
Haz, oh Señora, que a menudo nos puede recordar a ti el nombre con amor y confianza, porque esta práctica que acrediten la posesión de la gracia divina, o bien es una promesa de que pronto se recupere.

Por otro lado, Tomás de Kempis afirma:
"Que los demonios temen a la Reina del cielo a tal grado, que sólo al escuchar su nombre pronunciado, huyen despavoridos como si fuera un fuego que arde y los consume".

La Santísima Virgen se reveló a Santa Brígida:
Si un pecador está tan alejado de Dios, que carece de todo amor, si con sólo invocar el nombre de María con la determinación de arrepentirse, el diablo tiene la obligación inmediata de huir de él.

En otra ocasión, ella repitió lo mismo a otro santo, diciendo:
"que todos los demonios veneran y temen su nombre a tal grado, que al oírlo inmediatamente aflojan sus garras con las que mantienen cautivo a las almas."

Nuestra Señora también le dijo a Santa Brígida:
"que en la misma forma que los ángeles malignos huyen de los pecadores que invocan el nombre de María, así también los ángeles buenos se acercarse más a las almas justas que pronuncian su nombre con devoción."

PROMESAS DE AYUDA HECHAS POR JESÚS A SANTA BRÍGIDA POR EL NOMBRE DE MARÍA

Consoladoras verdades son las promesas de ayuda hechas por Nuestro Señor Jesucristo a aquellos que tienen devoción por el nombre de María.
Cierto día en una visión a Santa Brígida le prometió:
el nombre de mi Madre es Santa, y he concedido tres gracias especiales a todos aquellos que invocan su santo Nombre con confianza:

Primero: les concedo una contrición (arrepentimiento) perfecta por todos sus pecados;

en segundo lugar: que todos sus crímenes (pecados) serán expiados en este mundo, y,

en tercer lugar: que les daría la fuerza necesaria para alcanzar la perfección, y por fin la gloria del paraíso.

Y luego nuestro Divino Salvador Jesucristo agregó:

"Por tus palabras, oh Madre mía, es tan dulce y agradable para mí, que no puedo negar todo lo que me pides."

San Efrén va lejos cuando dice:
"que el nombre de María es la llave de las puertas del cielo", en las manos de aquellos que la invocan devotamente.

Por lo que no es sin razón que San Buenaventura dice:
"María es la salvación de todos los que la invocan."
"Oh el nombre más dulce! Oh María, lo que debe ser tú mismo, ya que tu nombre es lo amable y cortés," exclama el beato Enrique Suso.

Vamos, por lo tanto, siempre tomar ventaja de los consejos hermoso que nos ha dado por San Bernardo, con estas palabras:
"En los peligros, en las perplejidades, en los casos dudosos, en las tentaciones de pureza, piensa en María, invoca a María; no la alejes de tus labios, no dejes que se aparte de tu corazón".

LOS NOMBRES DE JESÚS Y MARÍA

En los peligros de perder la gracia divina, debemos pensar en María, e invocar su nombre, junto con el de Jesús, pues éstos dos nombres siempre van juntos.

Entonces, no permitamos nunca que estos dos nombres más dulces salgan de nuestro corazón, que siempre estén pegados en nuestros labios, porque nos dará la fuerza necesaria no sólo para no acceder a pecar, sino también para conquistar todas nuestras tentaciones.

"La invocación de los nombres sagrados de JESÚS y MARÍA", dice Tomás de Kempis:
"Es una oración breve que es tan dulce para la mente, y tan poderosa para proteger a aquellos que lo utilizan contra los enemigos de su salvación, ya que es fácil de recordar."
Recordemos que la Hermana María Consolata Bertrone también oró la misma oración:

¡JESÚS, MARÍA, OS AMO SALVAD LAS ALMAS!

Repetidla constantemente, frecuentemente, todo el día, a cualquier hora, minuto a minuto, segundo a segundo. Dios quiere que nosotros pongamos nuestro granito de arena, salvando almas!.

María en Fátima dijo: ¡son muchas las almas que van al infierno, porque no hay quién rece por ellas!

San Camilo de Lellis instó a los miembros de su comunidad a que recuerden cerca del moribundo el pronunciar muchas veces los santos nombres de Jesús y María.
Tal era su costumbre cuando se ayuda a las personas en su última hora.

Cuando a él mismo le tocó morir dio un ejemplo edificante de confianza en los santos nombres de Jesús y María.

Su biógrafo relata que cuando la muerte se le acercaba, Camilo de Lellis invocaba los dulces nombres de Jesús y María con tierna devoción de tal manera que todos los presentes estaban ardiendo de amor por los nombres sagrados.

Con los ojos fijos en las imágenes de Jesús y María, y sus brazos cruzados sobre el pecho, una expresión de la paz celestial se posó en su cara cuando su alma tomó su vuelo a la eternidad.

Sus últimas palabras fueron los nombres Santos de "JESÚS y MARÍA".

LA HORA DE NUESTRA MUERTE

Así vemos que el santísimo nombre de María es dulce para aquellos que durante la vida, obtienen méritos a causa de la gracia muy grande que Ella obtiene para los fieles.
Pero mejor todavía va a ser a la hora de la muerte, a causa de una confianza, santa y tranquila que vienen del nombre de María.

Seamos almas devotas, roguemos a Dios que nos conceda, en la hora de la muerte, que el nombre de María pueda ser la última palabra en nuestros labios.

Esta fue la oración de San Germán:

"Que el último movimiento de la lengua sea el pronunciar el nombre de la Madre de Dios,"
¡Oh, dulce, oh seguro que es la muerte sí está acompañada y protegida por decir éso, un nombre (María), porque sólo Dios concede la gracia de invocar a los que Él está a punto de salvar!.

El Padre Sertorio Caputo, de la Compañía de Jesús decía:
"Exhorto a todos los que asisten a los moribundos, deben con frecuencia hacer que el moribundo (si puede) pronuncie el nombre de María varias veces, o pronunciarlo ustedes en su lugar, muy cerca del que yace, cerca de sus labios, porque éste es un nombre que trae vida y esperanza para ir al cielo.

Cuando el nombre de María se repite a la hora de la muerte, es suficiente para poner en fuga a todos los demonios que acechan al alma en aquella aciaga hora, y para reconfortar a todas éstas personas en su última lucha y en sus últimos sufrimientos."

Exclama San Buenaventura: "Bienaventurado el hombre que ama tu nombre, Oh María,".

"Sí, es una verdadera bendición el que ama tu dulce nombre, Oh Madre de Dios",

continúa diciendo:

"Tu nombre es tan glorioso y admirable, que nadie que lo recuerda tiene temor a la hora de la muerte."

"Tal es su poder, que ninguno de aquellos que lo invocan, a la hora de la muerte, el miedo a los ataques de sus enemigos infernales desaparecen como el humo".

Oh, que podamos poner fin a nuestra vida en este mundo como lo hizo el Padre Capuchino, Fulgencio de Ascoli, quien expiró cantando:

"Oh María, oh María, la más bella de las criaturas! Partamos juntos."

Vamos a concluir con la tierna oración de San Buenaventura:

"Te pido, Oh María, Madre Mía, por la gloria de tu nombre, vaya volando mi alma cuando se aleje de este mundo, para entregarme en tus brazos".

LAS TRES AVEMARÍAS DIARIAS

Es un don de Dios ganarse que la Reina del Cielo, Madre de Dios nos visite a la hora de nuestra muerte con el rezo de tres avemarías:

LA VIRGEN PROMETIÓ A SANTA MATILDE Y A OTROS SANTOS QUE QUIEN REZARA DIARIAMENTE TRES AVEMARÍAS,
TENDRÍA SU AUXILIO DURANTE LA VIDA Y SU ESPECIAL ASISTENCIA A LA HORA DE LA MUERTE, PRESENTÁNDOSE A ESA PERSONA EN SU HORA FINAL,
CON EL BRILLO DE UNA BELLEZA TAL QUE EL SOLO VERLA LO CONSOLARÍA Y LE COMUNICARÍA LAS ALEGRÍAS DEL CIELO.

MODO DE PRACTICAR TODOS LOS DIAS, REZAR ASI:

Repetir tres veces: “Maria Madre Mía; Líbrame De morir En Pecado Mortal”

Luego recitamos:

1.-) Por El Poder Que Te Concedió El Padre Eterno.

¡AVEMARIA! Dios te salve María llena eres de gracia el Señor es contigo, bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús, Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén. …

2.-) Por La Sabiduría Que Te Concedió El Hijo.

¡AVEMARIA! Dios te salve María llena eres de gracia el Señor es contigo, bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús, Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén. ……

3.-) Por El Amor Que Te Concedió El Espíritu Santo.

¡AVEMARIA! Dios te salve María llena eres de gracia el Señor es contigo, bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús, Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén. …

… Finalizamos con un ¡GLORIA PATRI…!
Gloria Al Padre Y Al Hijo Y Al Espíritu Santo Como Era En Un Principio Ahora Y Siempre Por Los Siglos De Los Siglos Amén.

La siguiente Jaculatoria fue indulgenciada por San Pío X, y la recomendó rezar junto con esta devoción:

¡Oh María, por tu Inmaculada Concepción, purifica mi cuerpo y santifica mi alma!

Y terminamos con El AveMaría:
Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

EL AVEMARÍA EN LA BIBLIA

El Avemaría en su primera parte es el saludo que el Ángel Gabriel le dirige a la Santa Madre de Dios, Maria Inmaculada y la exclamación llena del Espíritu Santo, pronunciada por Santa Isabel su prima; Lucas 1 26-56, donde se lee la Anunciación y la Visita de la Madre de Dios Maria Inmaculada a su Prima Santa Isabel.

Mientras que la segunda parte del Avemaría es una petición que los cristianos le hacemos “que ruegue por nosotros pecadores…” como lo a hecho siempre, ejemplo en las bodas de cana, y nos dice «hagan lo que mi hijo les diga»

BREVE EXPLICACIÓN DEL PORQUÉ DE LAS TRES AVEMARÍAS

Con el rezo de Las Tres Avemarías la Virgen ha dicho que le veneramos en su relación con Dios Trino y le ayudamos a agradecer a la Santísima Trinidad los privilegios que le han sido otorgados (Poder - Sabiduría - Amor )

Ya que como se reveló a Santa Gertrudis:

"Después del Poder del Padre, la Sabiduría del Hijo, y la Ternura misericordiosa del Espíritu Santo, nada se aproxima al Poder, la Sabiduría y la Ternura misericordiosa de María.".
Maria es nuestra Madre, que alegria la Reina del Cielo, la Madre de Dios es también nuestra Madre porque así lo quiso Jesucristo (Juan:19.25-27) cada vez que le saludamos con estas tres avemarias “palabras que vienen de Dios”.

También le estamos instando que del Poder, Sabiduría y Amor con que Dios la ha colmado (recordemos que mas que ella SOLO DIOS) haga uso de ellos en auxilio nuestro.

La virgen nos insta a que recemos:
“La devoción de las tres Avemarias siempre me fue muy grata…
No dejéis de rezarlas y de hacerlas rezar cuanto podáis.
Cada día tendréis pruebas de su eficacia…”,
mirad las promesas hechas para quienes la recen. (Sta. Gertrudis)

PROMESAS ACERCA DE LA PRÁCTICA DE LAS TRES AVEMARÍAS

La Santa Madre de Dios le dijo a Santa Gertrudis que:

“Quien la venerase en su relación con la Beatísima Trinidad, experimentaría el poder que le ha comunicado la Omnipotencia del Padre como Madre de Dios;

admiraría los ingeniosos medios que le inspira la sabiduría del Hijo para la salvación de los hombres;

y contemplaría la ardiente caridad encendida en su corazón por el Espíritu Santo”.

En otra ocasión la Virgen Maria le dijo a Santa Gertrudis, refiriéndose a todos los que la invocamos diariamente conmemorando el Poder, la Sabiduría y el Amor que le fueron comunicados por la Santísima Trinidad y dijo:

“a la hora de la muerte me presentaré ante el moribundo y con el brillo de una belleza tan grande, que con sólo mi presencia, le consolará y le comunicará las alegrías celestiales” (Libro El Heraldo Divino)

Según el llamado apóstol de la Santísima Trinidad,
(el bienaventurado Diego Cádiz capuchino que vivió en el siglo XVIII) la Madre de Dios le revelo que:

“Esta es una de las más agradables devociones que me puedes ofrecer, es la de ayudarme a dar gracias a la Augusta Trinidad por el Poder que recibí del Padre Eterno, por la Sabiduría con que me enriqueció mi Hijo y por la Caridad de la que fui plena por el Espíritu Santo”

Cuando Sor Maria Villani, religiosa Dominica siglo XVI rezaba un día Las Tres Avemarías, oyó de labios de la Virgen Maria estas estimulantes palabras:

“No Solo Alcanzarás Las Gracias Que Me Pides, Sino Que En La Vida Y En La Muerte Prometo Ser Especial Protectora Tuya, Y De Todos aquellos Como Tú que Practiquen Esta Devoción”


Y LAS PROMESAS DE LA REINA DE LOS CIELOS NUNCA DEJAN DE TENER PLENO CUMPLIMIENTO.

Todas las promesas de nuestra Madre fueron tomadas del librito:
LOS ASOMBROSOS FRUTOS DE UNA SENCILLA DEVOCION.
(La devoción de las tres avemarias) Impreso en la República del Salvador por HISPASA para la Asociación Internacional Maria Reina de la Paz.

UN SIGNO DE PREDESTINACIÓN PARA QUIENES RECEN LOS TRES AVEMARÍAS DIARIAS

Las Tres Avemarías fueron aprobadas por Su Santidad el Papa León XIII.

Uno de los medios de salvación más eficaz, y uno de los signos de predestinación más seguro, es indudablemente, la devoción a la Santísima Virgen.

Todos los santos doctores de la Iglesia son unánimes en decir con San Alfonso de Ligorio lo siguiente:

"Un siervo devoto de María nunca se condenará.
"Lo más importante es perseverar fielmente en esta devoción hasta la muerte.

¿Puede haber una práctica más fácil o más adaptable para todos que la recitación diaria de Tres Avemarías, practicamente se realiza en menos de un minuto, realizada en honor de los privilegios otorgados a la Santísima Virgen, Poder, Sabiduría y Amor por la Trinidad Adorable?

E instando a la Madre que use de ellos en auxilio nuestro.

Uno de los primeros en rezar las tres Avemarías y recomendarlas a otros fue el ilustre San Antonio de Padua.

Su objetivo especial en esta práctica fue el honrar la Virginidad sin mancha de María y el preservar una pureza perfecta de la mente, el corazón, y el cuerpo en medio de los peligros del mundo.

Muchos, como él, han sentido sus efectos saludables.
Más tarde, San Leonardo de Port-Maurice, el célebre misionario, rezaba las tres Avemarías por la mañana y por la noche en honor de María Inmaculada, para obtener la gracia de evitar todos los pecados mortales durante el día o la noche.

Además María prometió de una manera especial la salvación eterna a todos aquellos que permanecieran fieles a esta práctica.

Después del ejemplo de aquellos dos grandes Santos Franciscanos, San Alfonso de Ligorio adoptó esta práctica piadosa y le dió su apoyo entusiástico y poderoso.

Aconsejaba su uso hasta imponerlo como penitencia para aquellos que no hubieron adoptado esta buena costumbre.

El Santo Doctor exhorta, en particular, a padres y confesores el vigilar cuidadosamente que los niños sean fieles en rezar diariamente sus tres Avemarías, por la mañana y por la noche.

O más bien, como el Santo Leonardo de Port-Maurice, lo recomendaba a todos;
"a los piadosos y a los pecadores, a los jóvenes y a los viejos".

"Hasta las personas consagradas a Dios obtendrán muchos frutos preciosos y saludables de esta práctica.
Ejemplos numerosos demuestran qué agradables son las tres Avemarías a la Madre Divina y qué gracias especiales obtienen, durante la vida y a la hora de la muerte, para aquellos que nunca las omiten todos los días, sin excepción.

Esta práctica ha sido revelada a Santa Melchtilde (Siglo XIII) con la promesa de una muerte buena, si fuera fiel a ella, todos los días.

Está escrito, también, en las revelaciones de Santa Gertrudis:

"Mientras esta Santa cantaba el Avemaría, en los maitines de la Anunciación,
de repente vió tres llamas brillantes brotar del Corazón del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, los cuales penetraron el Corazón de la Santísima Virgen."

Luego escuchó las palabras siguientes:

"Después del Poder del Padre, la Sabiduría del Hijo, y la Ternura misericordiosa del Espíritu Santo, nada se aproxima al Poder, la Sabiduría y la Ternura misericordiosa de María.

"Su Santidad Benito XV ha elevado la Cofradía de las tres Avemarías a una Archicofradía al otorgarle indulgencias preciosas con el poder de unir así todas las Cofradías del mismo tipo, y comunicarles sus propias indulgencias.

Cofradía, o Hermandad, es una asociación de fieles católicos que se reúnen en torno a una advocación de Cristo, la Virgen o un santo, un momento de la pasión o una reliquia con fines piadosos, religiosos o asistenciales.

Archicofradía: La Real, Muy Ilustre, Venerable y Antiquísima Archicofradía de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, conocida popularmente como Los Coloraos es la cofradía penitencial más antigua de la ciudad de Murcia (España) y de toda la Diócesis de Cartagena, datándose su fundación en el año 1411.
Su actividad más destacada es la procesión del Miércoles Santo durante la Semana Santa en Murcia, España.

HAY QUE RENDIR A MARIA UN CULTO ESPECIAL

Es imposible adorar a Jesucristo y no honrar a María Santísima.
Rendir culto a la Virgen Madre es proclamar la divinidad del Hombre-Dios.
Y ésta es la razón por la cual la Iglesia honra a María con un culto especial, llamado "Hiperdulía", y coloca en su poderosa intercesión una confianza universal, ilimitada, confianza recompensada con innumerables milagros.

Jesucristo nació en Belén, en la noche del 25 de diciembre.
Tuvo por asilo un establo y por cuna un pesebre.
Su nacimiento fue anunciado por los Ángeles y los Pastores y a los Magos de Oriente por una estrella milagrosa.
Ocho días después fue circuncidado y llamado Jesús, es decir, Salvador.

Vivió en el trabajo, en la pobreza, en la humildad y en la práctica de todas las virtudes. Después de treinta años de una vida oculta, empezó su vida pública.
Durante tres años ejerció su apostolado en Judea y en Galilea.
Anunció el Evangelio, probó su divinidad con grandes y patentes milagros y formó a los Apóstoles, que debían continuar su obra en la tierra.

AL CIELO CONDUCE Y GUIA LA DEVOCIÓN A LA VIRGEN MARÍA

La devoción a María Santísima es motivo de veneración por ser Ella la elegida de Dios, cuya plenitud de gracia, poder y virtud recae en la Bienaventurada Virgen María, y que con éstos signos divinos aventaja a todos los Ángeles y Santos.

Sus principales actos son el Ave María, con el Rosario (conjunto de rosas), la Salve Regina, y la Letanías Lauretanas.
Otras señales comunes de veneración pueden por la intención del que las practica ordenarse a este mismo culto, tan debido a la gran Reina, no sólo por su altísima dignidad de Madre de Dios, sino su plenitud de gracia y de toda Santidad.

EL ROSARIO; ORACIÓN POR EXCELENCIA

Esta es la oración que más agrada a la Santísima Virgen.

La Santísima Virgen en Fátima, pidió varias veces, en sus apariciones que se rezara el rosario todos los días, para alcanzar la paz mundial.
Y tambien muy en especial por la conversión de los pecadores, ya que muchas almas van al infierno porque no hay quien rece por ellas.

Formas de rezarlo:

Rosario de dedo 1 , conocido como Decenario, aro metálico con diez bolos y una cruz.
El Santo Rosario se reza comenzando por la Señal de la Cruz completa (los fieles se persignan):

Por la Señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Aunque no es usual, en alguna tradición ascética se prepara la oración y meditación del rosario con una purificación espiritual inicial, rezando el acto de contricción y la alabanza a la Trinidad, el gloria.

Se prosigue luego con los misterios del día. Cada misterio incluye la contemplación del misterio (unos segundos de silencio después de enunciarlo, para poder meditar sobre él mientras se ora).

Un padrenuestro, diez avemarías y un gloria. Después del gloria se reza, habitualmente, una oración pidiendo protección a la Vírgen María, por ejemplo:

¡OH! JESÚS MÍO, PERDONA NUESTRAS CULPAS, LÍBRANOS DEL FUEGO DEL INFIERNO, LLEVA AL CIELO A TODAS LAS ALMAS, Y SOCORRE ESPECIALMENTE A LAS MÁS NECESITADAS DE TU MISERICORDIA.

Esta oración la pidió expresamente Nuestra Señora en Fátima en 1917 la recomendación especial de recitarla luego de cada gloria.

Al terminar el quinto misterio se reza la doxología trinitaria:
tres avemarías para proclamar la triple relación de María con la Santísima Trinidad.

Un Padrenuestro, Avemaría y Gloria, por las intenciones del Papa.
También es habitual añadir para finalizar, las expresiones:

"María, Madre de Gracia, Madre de Misericordia: ...Defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén" (O, más actual,: "...En la vida y en la muerte, ampáranos gran Señora. Amén".

CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN DE MARÍA:

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se crea en tan graciosa belleza,
a tí celestial princesa,
Virgen Sagrada María,
yo te ofrezco desde este día,
alma, vida y corazón,
no dejes Madre mía.

¡Avemaría purísima, sin pecado concebida!

LAS 15 PROMESAS DE MARÍA SANTISIMA A LOS DEVOTOS DEL SANTO ROSARIO

A quienes recen devotamente el Santo Rosario, la Virgen María promete cumplir lo que se conoce como las 15 promesas, dadas a conocer, a Santo Domingo y al beato Alano de Rupe durante una aparición mariana.

1. El que me sirva, rezando diariamente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.

2. Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.

3. El Rosario será un fortísimo escudo de defensa contra el infierno, destruirá los vicios, librará de los pecados y exterminará las herejías.

4. El Rosario hará germinar las virtudes y también hará que sus devotos obtengan la misericordia divina; sustituirá en el corazón de los hombres el amor del mundo al amor por Dios y los elevarán a desear las cosas celestiales y eternas. ¡Cuántas almas por este medio se santificarán!

5. El alma que se encomiende por el Rosario no se condenará.

6. El que con devoción rezare mi Rosario, considerando misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá muerte desgraciada; se convertirá, si es pecador; perseverará en las gracias si es justo, y en todo caso será admitido a la vida eterna.

7. Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin auxilios de la Iglesia.

8. Quiero que todos los devotos de mi Rosario tengan en la vida y en la muerte la luz y la plenitud de la gracia, y sean partícipes de los méritos de los santos y los bienaventurados.

9. Libraré pronto del purgatorio a las almas devotas del Rosario.

10. Los hijos verdaderos de mi Rosario gozarán en el cielo una gloria singular.

11. Todo lo que se me pidiere por medio del Rosario se alcanzará prontamente.

12. Socorreré en todas sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.

13. Todos los que recen el Rosario tendrán por hermanos en la vida y en la muerte a los bienaventurados del cielo.

14.Los que rezan mi Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesucristo.

15.La devoción al Santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación a la gloria celestial.

BENDICIONES DEL SANTO ROSARIO

1. Los pecadores obtrendrán el perdón de sus pecados.

2. Las almas sedientas se saciarán.

3. Los que están atados a cualquier vicio verán romper sus lazos.

4. Los que lloran en esta vida, hallarán alegría en la otra.

5. Los que son tentados por el maligno hallarán tranquilidad.

6. Los pobres serán socorridos.

7. Los religiosos serán reformados.

8. Los ignorantes serán instruidos.

9. Los vivos triunfarán sobre la vanidad del mundo.

10. Los muertos alcanzarán la misericordia de Dios por vía de sufragios.

LOS BENEFICIOS DEL SANTO ROSARIO

1. Nos otorga gradualmente un conocimiento completo de Jesucristo.

2. Purifica nuestras almas, lavando nuestras pecados.

3. Nos da la victoria sobre nuestros enemigo infernal.

4. Nos facilita practicar las virtudes.

5. Nos enciende el amor a Nuestro Señor Jesucristo.

6. Nos enriquece con gracias y méritos para el cielo.

7. Nos provee con lo necesario para pagar nuestras deudas a Dios y a nuestros familiares cercanos, y finalmente, se obtiene toda clase de gracia de nuestro Dios todopoderoso.

CONCLUSIÓN:

Como decía Santo Domingo;
No hay excusas para no ir al cielo, Dios nos provee de tantas gracias y tantos beneficios, que están a nuestra disposición.
Sólo tenemos que practicarlos y no dejarlos pasar por alto.
No dejemos que el mundo nos coloque una venda en los ojos ni nos tape los oidos;
sino que debemos aprovechar al máximo todo lo que Dios nos da,
para nuestro provecho, y nuestros semejantes.

Frases y Dichos


Hasta el diablo es bueno cuando se presenta por primera vez. (Castellano)

El amor y sólo el amor es el camino para la perfección. (Sta. Teresa de Jesús)

Envejecer es obligatorio, crecer es optional. (Portugués)

El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de ayudar, comprender y enseñar. (Español)

La vida es como un espejo, si yo sonrío, me devuelve la sonrisa. Si yo practico el mal, me lo devuelve la maldad. (Chino)

Si no se puede lo que se quiere, hay que querer lo que se puede. (Leonardo Da Vinci)

El que tiene hijos entiende que el deber de los padres no termina jamás. (Juan Pablo II)

No hay comentarios: