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1 de mayo de 2011

Cuarta Verdad: La Religión Cristiana es la única Religión Divina.

Quinta Verdad 1ra. parte: La Iglesia Católica es la única depositaria de la religion divina.--->
<---Tercera Verdad: El Hombre necesita de una Religión.



Del Libro: La Religión Demostrada. Fundamentos de la fe Católica ante la razón y la ciencia. P. A. Hillaire; Ex profesor del Seminario Mayor de Mende Superior de los Misioneros del Sagrado Corazón.

La Religión Cristiana es la única Religión Divina.

El viajero, llegado a la cumbre de una montaña, dirige una mirada atrás para darse cuenta del camino andado, y otra adelante para ver el camino que le queda por recorrer. Conviene que nosotros hagamos lo mismo.
La religión cristiana es la religión revelada por Dios, y, por consiguiente, la única religión verdadera, obligatoria para todos.
Hemos comprobado las siguientes verdades:

1º Existe un Dios eterno, creador y soberano Señor de todas las cosas.

La razón y la conciencia proclaman irresistiblemente la existencia de este Ser Supremo e infinitamente Perfecto.
Para los cristianos, a este testimonio se agrega el de la Revelación, que es más seguro todavía, porque es divino.
Dios se ha manifestado, ha hablado, ha hecho milagros.

2º Dios, con su Providencia, cuida de sus criaturas, particularmente del hombre, su hijo predilecto.

3º El hombre, compuesto de cuerpo y alma espiritual, libre, inmortal, ha sido creado por Dios para que le conozca, le ame y le sirva en esta vida y le goce, luego en la vida futura. Tiene, por consiguiente, deberes que cumplir para con su Creador y su Padre.

4º El conjunto de estos deberes se llama religión.

Esta es absolutamente necesaria al hombre, a la familia y a la sociedad.
La historia atestigua que por todas partes y siempre, la religión ha sido considerada por los hombres como un deber y una virtud y la impiedad como un vicio detestable.
El hombre que vive sin religión es un ser incompleto, un pobre ignorante que no sabe por qué existe, un mal servidor, un mal hijo que olvida y ultraja a su padre.
No basta, pues, ser hombre honrado según el mundo, es decir, llevar una vida ante los otros que merezca el título de honorable; hay que orar, adorar a Dios como Él quiere ser servido por nosotros.
Vivir en la indiferencia como si no existiera Dios, ni juicio, ni cielo, ni infierno, ni eternidad, es algo más que un pecado, es una monstruosidad…

Todos, quienesquiera que seamos, ricos y pobres, jóvenes y viejos, hemos sido creados y puestos en el mundo, no para divertirnos, ni para acumular dinero, ni para gozar, sino, ante todo, para servir a Dios.
Los que no sirven a Dios, lejos de ser honrados, son tres veces locos y grandes criminales, más criminales que los ladrones y asesinos, porque los deberes para con Dios son más importantes que los deberes para con nuestros semejantes.

Aún más la religión ha sido considerada, en todos los tiempos y en todos los pueblos, como intrínsecamente ligada a los intereses del hombre, a la conservación y felicidad de la familia y de la sociedad.
Apoyándose en la creencia en Dios y en su Providencia, los legisladores han establecido sus instituciones y fundado el edificio social.
Sin religión no hay sociedad posible.

5º Hemos explicado la naturaleza de la religión y los elementos esenciales que la constituyen.
Toda religión encierra un dogma, una moral, un culto. El culto, o sea el conjunto de las prácticas mediante las cuales se honra a Dios, debe ser a la vez: interno, externo y social.
Es imposible al hombre vivir como ser animal sin rendir a Dios este triple culto.
La religión, por tanto, tiene sus raíces en la naturaleza del hombre y en los atributos de Dios.

6º No puede haber sino una sola religión verdadera, porque la verdad es una y rechaza todo error. Luego, por lo mismo, no puede haber sino una sola religión buena, porque tan sólo es bueno lo verdadero; y Dios no puede ser honrado por el error, y la mentira.

7º Conocemos la religión de dos maneras:

1º, por el medio natural de la razón;
2º, por el medio sobrenatural de la revelación.

La religión conocida por la razón se llama religión natural; la religión conocida por la revelación se llama religión sobrenatural.
Todos los hombres tienen la grave obligación de averiguar si Dios ha revelado positivamente una religión y de abrazar la religión revelada, si existe; porque Dios, es el Señor, y tiene el derecho de determinar la religión mediante la cual quiere ser honrado y servido por el hombre, su criatura.

8º La revelación no sólo es posible, sino que es moralmente necesaria para hacernos conocer los dogmas y los preceptos de la religión natural.
Sin ella, el género humano, tomado en conjunto, no podría llegar a conocer, con certeza y sin mezcla de error, todas las verdades religiosas y morales requeridas para honrar a Dios y vivir bien. La experiencia de seis mil años lo demuestra.

9º Dios puede también revelar una religión sobrenatural, en su dogma y en su moral; y si Dios la revela, todo hombre tiene la grave obligación de abrazarla, porque Dios, como Creador, tiene un dominio soberano sobre todas sus criaturas, y el hombre está obligado a someterse enteramente a la voluntad de su Creador.

10º En realidad, la historia nos enseña que Dios ha revelado una religión sobrenatural y positiva.

Tenemos como prueba de ello:

1º el testimonio del pueblo judío;
2º el del pueblo Cristiano esparcido por toda la tierra;
3º podemos añadir a éstos el testimonio de todos los pueblos; porque, como veremos muy pronto, las tradiciones de todos los pueblos nos prueban que Dios ha hablado a los hombres para hacerles conocer las verdades que debían creer y los deberes que debían cumplir.

Los monumentos de la revelación son los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, cuya colección forma el libro más hermoso que existe en el mundo: la Biblia.
La Biblia, que sigue siendo la más antigua y la más seria de las historias, aun prescindiendo de su autoridad divina, nos refiere que Dios, desde el principio del mundo ha instruido a los hombres acerca de la religión; primeramente por sí mismo, después por Moisés y los Profetas, y, finalmente, por su propio Hijo hecho hombre: nuestro Señor Jesucristo.

11º ¿Por medio de qué señales se puede conocer la religión divina?
Por medio de dos infalibles: el milagro y la profecía.
Hemos probado, contra los racionalistas modernos que los milagros son posibles, que se los puede comprobar, y que son ellos la señal, el sello infalible de una religión divina. Son la firma de Dios.

12º Nos queda por demostrar que la religión cristiana es la revelada por Dios; la única confirmada y autenticada por la firma divina los milagros y las profecías.
Supuesto que la verdadera religión es necesaria al hombre, su origen debe remontarse a la cuna del género humano.
Tal acontece con la religión cristiana. No empezó ella con la venida de Jesucristo, sino con la creación del hombre.

Esta religión divina tiene tres fases distintas:
1º el período patriarcal;
2º el período mosaico;
3º el período cristiano.

I. La revelación antes de Jesucristo

¿Cuáles son las principales revelaciones que Dios las hecho a los hombres?


-Se distinguen tres:
1a La revelación, hecha a nuestros primeros padres y a los patriarcas; se llama revelación o religión primitiva.

2a La segunda, hecha a los judíos por el ministerio de Moisés y de los profetas; se llama revelación o religión mosaica.

3a La tercera, hecha a todos los hombres por Nuestro Señor Jesucristo, llamado revelación o religión cristiana.

Para tener idea justa y completa de la religión cristiana, es necesario tomarla en su origen y seguirla en sus tres etapas progresivas hasta su último desarrollo.
Dios habló a los hombres desde el principio del mundo para enseñarles y recordarles las verdades que debían creer y los deberes que debían practicar.
Estas primeras comunicaciones hechas al hombre por el Creador fueron transmitidas de padres a hijos mediante la tradición oral.
Se las designa con el nombre general de revelación primitiva.

Más adelante, Dios eligió al pueblo judío para que fuera depositarlo y custodio de la verdad religiosa, y le dio la ley escrita por medio de Moisés.
El conjunto de verdades comunicadas al pueblo de Dios se llama revelación mosaica.
Finalmente, la plenitud de la revelación fue traída a la tierra por nuestro Señor Jesucristo.
Así, pues, la religión cristiana no es una religión nueva, sino tan antigua como el mundo.

Revelación o Religión primitiva

¿En qué consistía la religión primitiva?


La religión primitiva es la religión sobrenatural o positiva que Dios impuso a nuestros primeros padres a fin de que ellos la transmitieran a sus descendientes.

La religión primitiva, practicada por los patriarcas, fue obligatoria desde Adán hasta Moisés, para el pueblo hebreo, y para todos los otros pueblos, hasta Jesucristo.

La religión primitiva produjo santos, como los patriarcas, el Santo Job, Melquisedec, rey de Salem, etc.

Narración histórica de la Religión Primitiva.

Toda la historia de la revelación primitiva puede resumirse en algunos hechos: la creación; la caída; la promesa de un Salvador; el diluvio; la dispersión de los hombres; la vocación de Abrahán.

La creación.

Al principio de los tiempos, Dios creó el cielo y la tierra: las cosas visibles e invisibles. Dios mandó a todos los elementos primitivos que saliesen de la nada. Pero estos primeros elementos de las cosas estaban todavía en la confusión, sin orden y mezclados los unos con los otros.
La Biblia nos lo enseña con estas palabras:
“La tierra era informe y vacía; las tinieblas cubrían la faz del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas”. La tierra estaba vacía de árboles, de plantas, de criaturas vivientes; era un abismo de cosas por formarse, pero el espíritu de Dios, es decir, la virtud todopoderosa del Creador, estaba pronto para dar calor, movimiento, forma y vida a todas las cosas.

Quiso Dios emplear seis días o seis etapas en la formación del mundo. Esta enseñanza de la Biblia está perfectamente de acuerdo con las ciencias modernas.
La sucesión cronológica de la aparición de los diversos reinos de la naturaleza, es expuesta exactamente por Moisés 3.500 años antes de los descubrimientos científicos de nuestro siglo.
Al fin del sexto día o etapa, Dios creó al primer hombre y la primera mujer, de los que descienden todos los hambres, y a los cuales, por esto mismo, llamamos primeros padres. Dios tomó un poco de tierra y formó el cuerpo del primer hombre, al que llamó Adán, y le inspiró un alma espiritual e inmortal. Después, Dios tomó una costilla de Adán y formó a Eva, la primera mujer. Bendijo la unión de Adán y Eva, que declaró indisoluble, instituyendo así el matrimonio y la familia.

Adán y Eva salieron de las manos de Dios, adultos ya no solamente con todos los dones del espíritu y del cuerpo, sino también con la gracia santificante, las virtudes infusas y un destino sobrenatural. Dios mismo les enseñó por una revelación positiva la manera cómo debían servirle.

El Creador, para obligar al hombre a reconocer su soberano dominio prohibió a Adán y a Eva, bajo pena de muerte, que comiesen del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Este acto de obediencia les habría merecido el cielo a ellos, y a sus descendientes todos los privilegios sobrenaturales que habían recibido de Dios.

La caída.

Adán y Eva, engañados por el demonio, ángel prevaricador, envidioso de su felicidad, desobedecieron a Dios y comieron del fruto prohibido. Inmediatamente se realizó en todo su ser un cambio terrible.
Despojados de los magníficos privilegios que Dios les había otorgado, quedaron sujetos a la ignorancia, a la concupiscencia, a los sufrimientos, a las enfermedades, a la muerte, y sobre todo, privados de la gracia santificante y de sus derechos al cielo. De esta suerte sólo pudieron legar a sus hijos la ruina espiritual con su triste cortejo de miserias y pasiones.

Promesa de un Salvador.

Dios tuvo compasión de su débil criatura, y al pronunciar contra nuestros primeros padres la sentencia de su condenación, les prometió un Redentor o Mesías que debía libertarlos de la esclavitud del demonio, restituyéndoles, al mismo tiempo, sus derechos al cielo.
Gracias a esta misericordia completamente gratuita, no perdieron para siempre al cielo. Pero, si antes de su caída lo hubieran ganada fácilmente y sin pasar por la muerte, ahora hay que comprarlo a costa de mil sacrificios.

El Mesías se hizo esperar durante varios siglos, a fin de que el hombre, que había pecado por orgullo, se viera humillado por la experiencia de sus miserias, y para que la Redención fuera preparada por una larga sucesión de hechos maravillosos.

Primeros hijos de Adán.

-Adán transmitió a sus hijos la fe en el Redentor. El Señor aceptó sacrificios que Abel le ofrecía con espirito de fe y de penitencia y rechazó las de Caín. Abel murió víctima de los celos de su hermano; fue reemplazado por Set, que imitó su justicia.
Los descendientes de Set fueron llamados hijos de Dios, en oposición a los de Caín, a quienes la Sagrada Escritura llama hijos de los hombres. Estos primeros patriarcas vivieron más de novecientos años; este longevidad tenía por fin, en los designios de Dios, facilitar la multiplicación de la especie humana y particularmente conservar el depósito de las verdades reveladas.

El diluvio.

Los hijos de Dios hicieron amistad con los hijos de los hombres, y como éstos se corrompieron cayendo en la impureza. Henoc les predijo un tremendo castigo si no se convertían. Pero, a pesar de esta amenaza la corrupción se hizo universal, y Dios resolvió destruir el hombre mediante el diluvio, exceptuando a Noé, que fue ha hallado justo.

Dios mandó a Noé que construyera un arca, en cuya construcción trabajó Noé por espacio de cien años. Durarte este largo lapso no dejó él de predicar a los hombres la penitencia, pero sin resultado alguno. El diluvio hizo perecer a todos los hombres, con excepción de Noé y su familia. Este arca era una figura de la Iglesia, fuera de la cual no hay salvación.

Al salir del Arca, Noé ofrece sacrificios al Señor. Dios pacta entonces una alianza con el hombre, de la cual es señal el arco iris. Noé, como Adán, transmite a sus hijos la fe en el Redentor.

Dispersión de los hombres.

Noé vivió 950 años; pero después del diluvio, los hombres vivieron menos que antes, sea por castigo de Dios, sea porque la catástrofe hubiera causado graves perturbaciones en la atmósfera. Establecidos en la Mesopotamia, en las llanuras fecundas del Senaar, se multiplicaron tanto los descendientes de Noé, que tuvieron que separarse.

Pero antes de hacerlo, quisieron construir una torre, para perpetuar su memoria. El Señor castigó su orgullo confundiendo su lenguajes. No pudieron entenderse, se vieron obligados a dejar inconclusa esta torre llamada de Babel o confusión. Dividiéronse, pues, según la lengua, pero llevando todos la misma religión primitiva.

Vocación de Abrahán (año del mundo 2083).

Unos 500 años más tarde los hombres, no escuchando más que la voz de sus sentidos, abandonaron al verdadero Dios para caer en la idolatría. La Providencia resolvió entonces elegirse un pueblo para conservar intacta la verdadera religión hasta la venida del Mesías.

Dios eligió a Abrahán, de la raza de Sem, para que fuera el padre de ese pueblo. Le prometió dar a su posteridad la tierra de Canaán y que el Mesías nacería de su descendencia. Abrahán respondió a la vocación divina con una fe admirable y una obediencia heroica.

En esta época, los habitantes de Sodoma y Gomorra se entregaron a toda clase de impurezas. Dios quiso mostrar con un nuevo castigo lo mucho que detestaba este vicio. Abrahán recibió en su tienda, la visita de los tres ángeles ejecutores de los decretos de la justicia divia.

Aquí se pone de manifiesto el poder maravilloso de la oración del justo. Abrahán intercedió por las ciudades, y hubiese obtenido gracia, de haber hallado en ella diez justos…Pero no los había. El único inocente era Lot, sobrino de Abrahán, y fue el único que se salvó con su mujer y sus dos hijas. El fuego del cielo devoró estas ciudades, y el lugar que ocupaban se ha convertido en un lago infecto, llamado Mar Muerto, monumento perenne de la maldición divina.

Sacrificio de Abrahán.

-Queriendo Dios probar la fe de Abrahán, le dijo un día: “Toma a tu unigénito y sacrifícamelo en el monte Moría”. Abrahán no vacila un momento; carga sobre las espaldas de su hijo un haz de leña y el cuchillo, y se encamina hacia el monte señalado por Dios.

Durante la marcha, Isaac dice a su padre: -“Tenemos leña y fuego más no veo la víctima que debe ser inmolada”. “Dios proveerá, hijo mío”, replica Abrahán.

Llegados al monte Moria, Abrahán levanta un altar, coloca la leña, toma a Isaac, lo ata sobre la pira y empuña el cuchillo para sacrificar la víctima. Pero Dios, contento de su obediencia, detiene su mano y le dice: Puesto que por obedecerme no has vacilado en sacrificarme a tu hijo único, yo te bendeciré; multiplicaré tu posteridad como las estrellas del cielo y las arenas del mar; todas las generaciones serán bendecidas en Aquel que saldrá de tu descendencia.

El ejemplo de Abrahán nos enseña cómo se debe amar a Dios sobre todas las cosas. Isaac es figura de nuestro Señor Jesucristo subiendo al Calvario (monte Moria), cargado con el leño de su cruz. Dios quiso, en el sacrificio de Abrahán, representar con muchos siglos de anticipación, el misterio del Calvario.

Isaac y sus hijos: Esaú y Jacob.

Isaac tuvo de Rebeca, su esposa, dos hijos gemelos: Llevas en ti dos pueblos; el uno triunfará sobre el otro y el primero será siervo del segundo.

El primero de los hijos recibió el nombre de Esaú, y el segundo el de Jacob, que quiere decir suplantador, porque había un día de suplantar a su hermano. Efectivamente, Esaú vendió a Jacob sus derechos de primogenitura por un plato de lentejas. Jacob, escuchando los consejos de su madre Rebeca, se vistió con las vestiduras de Esaú y consiguió, en esta forma, de Isaac, moribundo y ciego, la bendición paternal, que le concedía el derecho de ser padre del pueblo de Dios y del Mesías.

De esta manera, más tarde, el pueblo cristiano debía suplantar al pueblo judío, es decir, debía convertirse en el pueblo de Dios. Jacob, cubierto con las vestiduras de Esaú, es la imagen de nuestro Señor Jesucristo presentándose ante su Padre, cargado con nuestros pecados. Rebeca es figura de María.

Jacob, heredero de las promesas divinas hechas a Abrahán y a Isaac; fue como ellos guiado en su camino por la acción sobrenatural de Dios. Jacob, apellidado por Dios mismo Israel, tuvo doce hijos, llamados los doce patriarcas o padres de las doce tribus de Israel.

Uno de ellos, José, predilecto del padre, excitó los celos de sus hermanos, que lo vendieren a unos mercaderes, los cuales lo llevaron a Egipto. La castidad admirable de José atrajo sobre él las bendiciones de Dios. Habiendo explicado dos sueños del Faraón, fue nombrado Virrey. Mitras el hambre desolaba durante siete años la Palestina, la abundancia reinaba en Egipto, gracias a la previsión de José. Entonces hizo venir a su lado a Jacob y a su familia y los estableció en la fértil tierra de Gesén.

Jacob, antes de morir, bendijo a sus hijos. Predijo a Judá que el Mesías, el deseado de las naciones, nacería en su raza tan luego como el cetro hubiera salido de su familia. Tal es, en resumen, la historia de la revelación primitiva y patriarcal.

¿En qué consistía la religión primitiva?

En la religión primitiva se encuentran los tres elementos constitutivos de toda religión: el dogma, la moral y el culto.

1º Dogma.

Las principales verdades que fueron objeto de la revelación primitiva son:
La existencia de un solo Dios, Creador de todas las cosas.
-El gobierno del mundo por su Providencia.
La existencia de ángeles buenos y malos.
-La creación del hombre a imagen de Dios.

La inmortalidad del alma, la recompensa de los justos y el castigo de los malos en una vida futura.
El destino sobrenatural del hombre.
El auxilio de la gracia; medio para alcanzar este fin sublime.
La caída del primer hombre y el pecado original.
Finalmente, la esperanza de un Redentor o Mesías.

2º Moral.

La moral de la religión primitiva comprendía:
La ley natural, formulada más tarde en el Decálogo.
La obligación de tender hacia Dios por virtudes sobrenaturales de la fe, esperanza y caridad.
Algunos preceptos positivos, tales como los sacrificios ofrecidos como figura de la Redención; la santificación del día séptimo; la institución de la familia y la indisolubilidad del matrimonio.

3ºCulto.

El culto de la religión primitiva consistía en la oración y el sacrificio. En honor de Dios se levantaban altares, sobre los cuales se ofrecían sacrificios cruentos e incruentos, para figura el gran sacrificio con el cual el Salvador debía redimir el mundo.
Los sacerdotes de la religión primitiva eran los padres de la familia o los primogénitos. Tenían el cuidado de conservar la religión, de enseñarla a la familia y de cumplir las funciones del sacerdocio.

Tanto en los niños como en los adultos, se borraba el pecado original con alguna señal de fe, por lo menos implícita, en el futuro Redentor. Se obtenía el perdón de los pecados actuales por medio de la contricción perfecta.
N.B. -La revelación primitiva no difiere, en realidad, de la religión natural, más que por la esperanza del Mesías, el destino del hombre a un fin sobrenatural y el medio conveniente para alcanzarlo. Este medio es la gracia santificante, que no podía obtenerse sino por la creencia en el Mesías y por sus méritos futuros.

¿Cómo se prueba la divinidad de la religión primitiva?

Se prueba la divinidad de la religión primitiva por la narración bíblica, por los hechos milagrosos que la confirmaron y por la tradición de todos los pueblos.

1º La Biblia nos muestra a Dios hablando con Adán, Noé, Abrahán, Isaac, Jacob, y en circunstancias tales, que estos patriarcas no podían dudar de la palabra de Dios. Estas comunicaciones divinas son hechos sobrenaturales y divinos que prueban la revelación.

2º Entre los hechos milagrosos que demuestran la divinidad de la religión primitiva, cuéntase el diluvio, predicho con cien años de anticipación, la maldición de Cam, la confusión de las lenguas en la torre de Babel; la predicción y el cumplimiento de la destrucción de Sodoma, etc. Dios intervenía frecuentemente de una manera sobrenatural para recordar a los hombres la observancia de sus leyes.

3º Todos los pueblos han admitido como base de sus religiones, las siguientes verdades:

La existencia de un Dios eterno, soberano Señor de todas las cosas.
La divina providencia que gobierna el mundo.
La distinción entre genios buenos y malos.
La edad de oro, la caída del primer hombre y sus funestas consecuencias para el género humano.
La necesidad de honrar a Dios con sacrificios expiatorios.
La esperanza de un libertador que debía salvar al mundo.
La existencia de otra vida feliz para los buenos, y desdichada para los malos.

Estas verdades fueron más o menos alteradas en sus pormenores, pero en el fondo son las mismas en todas partes. Ahora bien, si entre estas verdades se encuentran algunas que pueden ser descubiertas por la razón, hay, en cambio, otras que son inaccesibles a las indagaciones de la inteligencia humana.
Tales son la existencia de los ángeles, las consecuencias del pecado original, la esperanza de un Libertador, etc.

Estas verdades son de un orden sobrenatural, y no podían ser conocidas sino por tradición. Pero
¿cómo pudieron conocerlas los primeros hombres?
Únicamente por una revelación divina.
Por lo demás, todos los pueblos paganos han tenido, de hecho, la convicción de que en los tiempos primitivos Dios había hablado a los hombres y de que la religión había venido del cielo.

No hay un solo punto de la revelación primitiva cuyos rastros no podamos encontrar fácilmente en las falsas religiones de la antigüedad.

¿Qué es la religión mosaica?

La religión mosaica o judaica es el conjunto de los dogmas y preceptos revelados al pueblo hebreo por ministerio de Moisés.

Esta religión no era más que la religión primitiva perfeccionada. No iba destinada al mundo entero como la primera, sino sólo al pueblo judío, y no debía subsistir sino hasta la llegada del Mesías.

La religión que Dios dio al pueblo hebreo se llama mosaica, porque Dios la publicó solemnemente por ministerio de Moisés. Y se denomina judaica, porque Dios la dio al pueblo judío.

1º Las verdades de la revelación primitiva habían sido cambiadas por la ignorancia y la corrupción; Dios resolvió restablecerlas en toda su pureza, despertando su recuerdo en los hombres y haciendo su de pósito inviolable. Con este fin eligió para sí un pueblo particular, al que rodeó de una especial protección y preservó de la corrupción universal.

Hizo que Moisés libertara a los descendientes de Jacob de la cautividad de Egipto, y los constituyó en nación. A este pueblo privilegiado se le confió el depósito de la revelación y la promesa de un futuro Redentor, esperado bajo el nombre de Mesías. Esta promesa debía transmitirse hasta el advenimiento del Salvador, época en la cual la ley judaica, cumplida su misión, debía ser abrogada.

2º La revelación mosaica tenía un triple fin:
a) conservar las verdades de la religión natural y los dogmas de la revelación primitiva;
b) confirmar y precisar los preceptos de la moral natural;
c) desenvolver las profecías del Mesías dando los pormenores de su vida, de sus obras y de su reino.

Esclavitud de los hebreos (hacia el año 1600 antes de J. C.).

Los descendientes de Jacob se multiplicaron tan rápidamente en Egipto que, dos siglos después de la muerte de José, formaban un verdadero pueblo. Este crecimiento alarmó a los egipcios y uno de sus reyes, Ramsés II, condenó a los hebreos a los trabajos más duros, a construir diques sobre el Nilo, murallas en torno de las ciudades y pirámides de una elevación prodigiosa. Por último, el Faraón ordenó que todos los hijos varones de este pueblo fueran arrojados a las aguas del Nilo apenas nacidos.

Todo lo que acontecía a los judíos era una figura de lo que debía suceder más tarde a la Iglesia. El crecimiento prodigioso de los hijos de Jacob era la figura de la multiplicación de los cristianos en medio de las persecuciones.

Nacimiento de Moisés (1571 a. C.).

En ese momento nació en la familia de Amram, de la tribu de Leví, Moisés, el Personaje más grande del antiguo Testamento, aquél que, entre todos los hombres tuvo más familiares y continuadas comunicaciones con Dios.
Su historia se divide en tres períodos de cuarenta años cada uno.
Expuesto en el Nilo, es salvado de la muerte providencialmente por la hija del Faraón, que lo adopta y le da el nombre de Moisés, es decir, salvado de las aguas. La Princesa le hizo instruir en la corte del rey, en todas las ciencias cultivadas en Egipto.

A la edad de cuarenta años, Moisés dejó el palacio del rey a fin de ir a consolar a sus hermanos los hebreos, que gemían bajo el yugo de una cruel esclavitud. Graves circunstancias le obligaron a huir a la tierra de Madián, cuyo jefe, llamado Jetró, le recibió y le dio su propia hija Séfora por esposa.

Misión de Moisés.

Durante cuarenta años cuidó Moisés de los ganados de su suegro.
Un día advirtió sobre el monte Horeb una zarza que ardía sin consumirse; y, como se aproximara para contemplar de cerca el extraño fenómeno, oyó una voz quea saliendo de la zarza le decía: “Yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob; he visto la aflicción de mi pueblo, y te he elegido para que le hagas salir de Egipto y lo conduzcas a la Tierra Prometida”.

Moisés, aterrorizado ante las dificultades de tal misión dijo a Dios:
“¿Quién soy yo, Señor, para obrar tales maravillas?
Entones, Dios, para animarle le confirió el poder de obrar milagros y asoció a él a Aarón, su hermano mayor, como colaborador y auxiliar.

Las diez plagas de Egipto. Moisés y su hermano Aarón se presentan al rey y le piden, en nombre del Señor, que deje partir a los hijos de Israel.
“Yo no conozco al Señor”, contesta el Faraón.
Y desde este momento redobla sus crueldades con los pobres hebreos, para irritarlos contra Moisés. Este, armado de su vara, castiga al país con diez grandes azotes, conocidos por las diez plagas de Egipto. Sólo a la décima, el Faraón, aterrado, consiente en la partida de los hebreos.

La décima plaga fue la más terrible.

La víspera del día en que sobrevino, Moisés dijo a los Hijos de Israel, de parte del Señor: “Mañana es el día de vuestra libertad. Esta noche, en cada familia, sacrificaréis un cordero sin mancha; cuyos huesos no romperéis; lo comeréis permaeciendo de pie, ceñida la cintura, calzados los pies y con un bastón en l mano como viajeros apresurados. Marcaréis con su sangre las puertas de vuestros hogares: es la Pascua, es decir el paso del Señor. Celebraréis perpetuamente este día en recuerdo de vuestra libertad”.

A la noche siguiente, el ángel exterminador pasó e hirió de muerte a todos los primogénitos de los egipcios, no respetando sino las casas de los hebreos marcadas con la sangre del cordero. Por la mañana, cuando los egipcios vieron tantos muertos quedaron consternados, y los hebreos pudieron partir sin que nadie les molestase. Tal fue entre los judíos el origen de la gran fiesta de la Pascua.

La esclavitud de Egipto es figura de la esclavitud a que nos redujo el pecado; la liberación de los israelitas por Moisés representa la liberación de los cristianos por nuestro Señor Jesucristo.

El Cordero pascual es figura del Salvador, el Cordero de Dios que nos ha salvado con su sangre de la muerte eterna. La Pascua de los judíos era figura de la Pascua de los cristianos, en la que nosotros comemos el verdadero cordero pascual.

Salida de Egipto (1499 a. de J.C.).

Los hebreos partieron de la ciudad de Ramsés o Ramesés (hoy TellesMaschuta), en número de seiscientos mil, sin contar los viejos, las mujeres y los niños (menores de veinte años). Se encaminaran hacia la tierra de Canaán, prometida a sus padres Ábrahán, Isaac y Jacob, y llamada por eso: Tierra Prometida.

El primer prodigio que Dios obró en favor de su pueblo fue guiarlo en su camino mediante una columna de nubes luminosas durante la noche y opacas durante el día, para protegerlos contra los ardores del sol. Este milagro continuó cuarenta años, durante toda la permanencia de los judíos en el desierto. Desde el seno de esta nube, Dios hablaba a Moisés.

Paso del mar Rojo.

El segundo milagro del Señor en favor de su pueblo fue el paso del mar Rojo. El Faraón se arrepintió bien pronto de haber dejado salir a los hebreos, cuyos trabajos eran tan útiles a su nación.
Salió, pues, en su persecución con un gran ejército, y los alcanza a orillas del mar Rojo. El terror se apoderó de los judíos; pero Dios dijo a Moisés: “Extiende la mano sobre el mar, y las aguas se dividirán para dejar paso a los hijos de Israel”.

Obedeció Moisés, y las aguas se dividieron, formando a derecha e izquierda como dos grandes murallas que permitieron a los hebreos pasar a pie enjuto por el lecho del mar.

Los egipcios, a su vez, penetraron en el mar, persiguiendo a los hebreos; pero Moisés, obedeciendo otra vez a Dios, tendió nuevamente la mano, e inmediatamente las aguas ocuparon su primitivo lugar, envolviendo a los egipcios, con sus carros y caballos.

Ante testimonios tan patentes de la protección divina, Moisés y los hebreos cantaron un himno de acción de gracias.

El desierto de Arabia.

Los israelitas, después del Paso del mar Rojo, se hallaron en medio de un vasto desierto, donde no tardaron en sentir la falta de las cosas más necesarias para la vida, por lo que empezaron a murmurar. Moisés oró al Señor, el cual escuchó sus ruegos y aquella misma noche, una cantidad innumerable de codornices cayó sobre el campo. Moisés les predijo otro alimento para el siguiente día.

Al romper el alba, la tierra apareció cubierta de una especie de escarcha blanca, cuyos granos parecidos al granizo, sabían a flor de harina amasada con miel. Era el maná. Este alimento prodigioso cayó del cielo todas las mañanas, durante cuarenta años, y cada uno recogía una medida bien llena. La víspera del sábado, la medida debía ser doble, porque el maná no caía en día de descanso. Dios quería de esta manera enseñar a su pueblo a santificar el día séptimo,

En Rafidim, el pueblo se siente acosado por abrasadora sed. Moisés, guiado por el Señor, se aproxima a la roca de Horeb, la golpeó con su vara e hizo brotar de ella una copiosa fuente.

Los amalecitas, pueblo del desierto, atacan a los hebreos para oponerse a su marcha. Moisés envía a Josué, con un cuerpo de tropas escogidas, para rechazar el ataque, mientras él se retira a la cima de un monte y ora allí durante el combate.
Cuando Moisés levantaba las manos al cielo, los amalecitas eran derrotados; mientras que cuando por cansancio las dejaba caer, los amalecitas triunfaban. Mandó, por tanto, que le sostuvieran los brazos levantados hasta la noche, y los israelitas obtuvieron una completa victoria. ¡Tan grande es el poder de la oración!

El paso del mar Rojo representa el bautismo, necesario a los hombres para entrar en la verdadera Tierra Prometida.

El desierto, que debían atravesar los judíos, es imagen de esta vida que hay que atravesar antes de llegar al cielo.

El maná es figura de la Eucaristía, pan vivo bajado del cielo y destinado a sostener las almas fieles durante su peregrinación hacia la Tierra Prometida de la eternidad.

Los amalecitas son figura del demonio y de todos aquellos de quienes se vale para impedir que los cristianos se salven. Hay que combatir como Josué y orar como Moisés en nombre de Nuestro Señor Jesucristo quien por los méritos de su cruz da la victoria a todos los que hoy le invocan.

El Sinaí: Promulgación de la ley.

Cuarenta y siete días después de su salida de Egipto, los hebreos levantaron sus tiendas al pie del monte Sinaí. Dios llamó a Moisés a lo alto de la montaña y le ordenó repetir sus palabras a los hijos de Israel.

He aquí lo que dice el Señor: “Ya habéis visto de qué manera os he librado de los Egipcios; por consiguiente, si escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi pueblo”.

Los hijos de Israel respondieron como un solo hombre “Nosotros obedeceremos el Señor”.

“Purificaos, pues, insistió Moisés, porque dentro de tres días Dios descenderá ante vosotros sobre la montaña y escucharéis su voz”.

Había despuntado la aurora del tercer día, cuando, repentinamente, una nube densa cubre la montaña. En medio de relámpagos y truenos, el pueblo, aterrorizado, distingue la voz del Señor que publica el Decálogo o los diez mandamientos.

1º Yo soy el Señor Dios vuestro, que os he librado de la esclavitud de Egipto.
No tendréis otro Dios más que a mí. Porque yo soy el Señor Dios vuestro, el Dios fuerte y celoso; Yo castigo la iniquidad de los padres en sus hijos hasta la tercera y cuarta generación, con aquellos que no me aman y observan mis mandamientos.

2º No tomaréis en vano el nombre del Señor Dios vuestro.

3º Acordaos de santificar el día sábado. Trabajaréis durante seis días, pero el séptimo es el día de descanso, consagrado al Señor Dios vuestro. En ese día no haréis ningún trabajo, ni vosotros, ni vuestro hijo, ni vuestra hija, ni vuestro criado, ni vuestra criada, ni vuestras bestias de labor, ni el extranjero que se hallare dentro de los muros de vuestras ciudades.

Porque el Señor hizo en seis días el cielo, la tierra, el mar y todo lo que ellos encierran, y descansó el séptimo día. Debido a esto el Señor ha bendecido el día del sábado y lo ha santificado, es decir, consagrado a su culto.

4º Honrad a vuestro padre y a vuestra madre, a fin de que viváis largo tiempo y felices sobre la tierra.

5º No mataréis.

6º No cometeréis ninguna impureza.

7º No robaréis.

8º No levantaréis falsos testimonios ni mentiréis.

9º No desearéis la mujer de vuestro prójimo.

10º No codiciaréis ni su casa, ni ninguna de las cosas que le pertenecen.

Las tablas de la ley.

Después de esta promulgación solemne de la ley divina, Moisés subió al Sinaí. En su cima conversó con el Señor durante cuarenta días y cuarenta noches, recibiendo sus órdenes acerca del culto que era preciso establecer, y de las leyes religiosas y civiles que debía observar su pueblo hasta la llegada del Mesías.

Después, envuelto en los resplandores de la gloria de Dios descendió Moisés del monte trayendo dos tablas de piedra, sobre las cuales Dios mismo había grabado su ley.

En la primera tabla, estaban escritos los tres primeros mandamientos, que encierran los deberes del hombre para con Dios; en la segunda, los siete últimos que se refieren a los deberes del hombre para con sus semejantes y para consigo mismo.
El becerro de oro.
Como Moisés permaneciera cuarenta días en coloquio con el Señor, los hebreos, creyendo que no volverían a verle , levantaron un ídolo, el becerro de oro, en recuerdo del buey Apis de los egipcios, y se postraron ante la obra de sus manos, sin cuidarse de las promesas que habían hecho a Dios.

En aquel momento Moisés, bajando del monte, apareció en medio de su pueblo.
Cuando vio al ídolo, se apoderó de él una santa cólera y arrojando las tablas de la ley contra el monte, las hizo pedazos; tomó en seguida el becerro de oro y lo hizo añicos.
Inmediatamente mandó a la tribu de Leví, la cual había permanecido fiel, que, espada en mano, atravesase el campo y exterminase a los más culpables que perecieron en número de veintitrés mil.

Moisés volvió a la cima del Sinaí y pidió perdón a Dios por el pueblo infiel. El Señor escuchó su ruego, y le ordenó esculpir dos nuevas tablas, donde Dios mismo escribió el Decálogo.
Cuando Moisés bajó por segunda vez del monte, su rostro se mostraba adornado con dos rayos de luz, cuyo brillo no podían soportar los hebreos.
La inconstancia del pueblo judío es imagen de la inconsciencia de los cristianos.

¡Ay!, cuántos fieles, en el tiempo pascual, prometen a Dios no cometer más pecados mortales, y cuántos vuelven a caer, antes de los cuarenta días!…No se prosternan, es verdad, ante ídolos mateviales, pera en su corazón adoran los ídolos del orgullo, de la ambición, de la avaricia, de la lujuria. Pues bien, la idolatría espiritual no es menos culpable, puesto que nos hace posponer a Dios por el placer que se halla en el mal.
La tribu de Leví mereció, por su fidelidad, ser escogida por Dios para el sacerdocio, y de un modo análogo las familias cristianas merecen de Dios el beneficio de dar hijos para el sacerdocio.

Muerte de Moisés.

Puede leerse en la Historia Sagrada la serie de milagros obrados por Moisés en el desierto, mientras guió por él, durante cuarenta años, a los israelitas.
Como hubiera flaqueado su confianza en Dios, golpeando dos veces la roca de Horeb en vez de una, Moisés, en castigo, no vio sino de lejos la Tierra Prometida.
Antes de morir, hizo renovar a los hijos de Israel el juramento de fidelidad a su alianza con Dios.

Les predijo que, si se mantenían fieles a la ley divina, saldrían vencedores de sus enemigos y serían colmados de bendiciones.
También les anunció las mayores calamidades si eran infieles.
Después de esto, Moisés se retiró al monte Nebo, frente a la Tierra Prometida, y murió a la edad de ciento veinte años, lleno de virtudes y de méritos, siendo llorado por todo Israel durante treinta días.

La Profecía de Moisés se ha realizado al pie de la letra en la sucesión de los siglos. Siempre que los judíos violaron la ley de Dios, fueron aplastados por las naciones vecinas. Y cuando se convirtieron, Dios suscitó de entre ellos caudillos libertadores. La Historia Sagrada demuestra de una manera sorprendente dos verdades importantes:

1) Dios castiga, tarde o temprano y sin piedad, a las naciones culpables, particularmente aquellas que profanan los días que Él se ha reservado para su culto.

2) El hombre, cualquiera que sea la forma de gobierno según la cual vive, y a pesar de todas las revoluciones políticas, debe siempre, por encima de todo y cueste lo que costare, permanecer inviolablemente adherido a Dios, que no se muda, y a su religión santa.

¿En qué consistía la religión mosaica?

La religión mosaica se componía de dos partes, bien distintas entre sí:
la una general, obligatoria para todo el género humano; la otra especial aplicable solamente al pueblo de Israel.

La primera parte comprendía:

1) Los mismos dogmas que la religión primitiva, pero desarrollados y escritos por Moisés bajo la inspiración de Dios.

2) Los preceptos de la ley natural resumidos por Dios mismo en el Decálogo.

La segunda parte, especial para el pueblo judío, contenía:

1) Las leyes religiosas, que reglamentaban todas las ceremonias del culto.

2) Las leyes civiles y políticas, relacionadas con la constitución social del pueblo judío.

1ºDogma.

Dios no reveló a Moisés nuevos dogmas; solamente confirmó y explicó lo que la revelación primitiva había enseñado a los patriarcas: la unidad de Dios, su providencia, su infinita perfección; la creación del mundo; la formación del hombre a imagen de Dios; su destino sobrenatural; la caída original del primer hombre; la desgracia del género humano, y la promesa de un Redentor que vendría a establecer una nueva alianza entre Dios y los hombres.

La religión mosaica hace resaltar de un modo especial la unidad de Dios y la expectación de un Mesías. Mientras en torno de Israel todos los pueblos de la antigüedad están entregados a la idolatría, él no adora más que a un solo Dios, desde el principio hasta el fin de su historia.

Este solo hecho prueba la existencia y la divinidad de una revelación. Además, Israel es un pueblo de expectación y de esperanza. Espera un libertador, que debe ser a la vez Rey, Profeta y Pontífice, para restablecer el reinado de Dios sobre la tierra. De Moisés a Malaquías, las predicciones nacionales caracterizan su misión. La idea mesiánica es el alma del pueblo judío.

Este pueblo, depositario del tesoro de la revelación, estaba encargado de recordar a las naciones idólatras la unidad de un Dios creador y de conservar en el mundo la promesa del Redentor. No supo reconocer al Mesías que le traía la salvación, pero ha guardado cuidadosamente sus libros inspirados, para atestiguar, ante todos los hombres, la unidad de Dios y, contra sí mismo, la venida del Mesías.

2º Moral.

El Decálogo no es más que un código de la ley natural reducido a diez artículos. Fundado sobre las relaciones esenciales del hombre con Dios y con sus semejantes, obliga a todos los hombres sin distinción.
Dios lo promulga solemnemente y lo graba en dos tablas de piedra, porque la ignorancia y la corrupción habían borrado u obscurecido los preceptos naturales en el corazón de los hombres.
Da también a su pueblo otras leyes, que se pueden considerar como una explicación y un comentario del Decálogo. Moisés las escribe en el mismo orden en que las recibió de Dios, y se contienen en sus libros.

3º Culto.

La religión mosaicas retiene las prescripciones esenciales del culto primitivo: la oración, los sacrificios, el descanso del sábado. Pero Dios señala a Moisés el número, la naturaleza de las víctimas y las ceremonias que debían practicarse para inmolarlas. Mediante estas leyes, el culto consigue mayor orden y esplendor.

Legislación religiosa relativa al culto. El culto mosaico comprende el templo, el sacerdocio, los sacrificios, las fiestas y algunas otras prescripciones religiosas. Bien se ve que este culto era la preparación y figura del culto católico, más perfecto aún.

1º El tabernáculo.

Cual imagen de la unidad de Dios, Moisés estableció como dentro de todo culto, esperando la construcción del templo de Jerusalén, un solo tabernáculo. Era éste un pabellón portátil de forma rectangular, de unos 16 metros de largo por 5 de ancho, cubierto de telas preciosas.
Un velo lo dividía en dos partes:
a) el Santo, y
b) el Santo de los Santos.

Al entrar se encontraba uno en el Santo, donde se veía, a la izquierda, el candelabro de oro de siete luces, que debían arder durante la noche. Y a la derecha, la mesa de los panes de la proposición, donde se depositaban cada semana, doce panes, como ofrenda de las doce tribus de Israel.
En el medio estaba el altar de los perfumes, donde por la mañana y por la tarde se quemaba el timiama un incienso precioso en honor de Dios. Era esta ceremonia la imagen de la oración de la mañana y de la noche que no se debe omitir jamás.

En el fondo del tabernáculo hallábase, oculto por el velo, el Santo de los Santos, que encerraba el Arca de la alianza. Sólo el gran acerdote podía penetrar allí, una vez al año.

El Atrio.

El tabernáculo estaba rodeado de un pórtico, o patio cerrado, de 50 metros por 26, reservado al pueblo, llamado Atrio. Allí se hallaba, delante del tabernáculo, el altar de los holocaustos, donde se inmolaban las víctimas, y en el cual se conservaba siempre encendido el fuego sagrado, imagen del amor de Dios que debe arder siempre en nuestros corazones.
Se hallaba allí también el mar de bronce, gran fuente, donde los sacerdotes se lavaban las manos antes de iniciar las ceremonias religiosas, en señal de la pureza que debía adornar sus almas. En el culto católico recuerdan esta fuente las pilas de agua bendita que se hallan a la entrada de las iglesias.

El Arca de la Alianza.

Era un gran cofre de madera de setim, forrado con láminas de oro, de 1,75 metros de largo por 0,80 de ancho; dos querubines de oro colocados frente a frente en las extremidades de la cubierta, llamada propiciatorio, la cubrían con sus alas desplegadas. El propiciatorio era como el trono de Dios; allí era donde manifestaba su presencia y daba sus oráculos a Moisés y al gran sacerdote.

El Señor había dado al pueblo hebreo el Arca de la alianza para satisfacer el legítimo anhelo que experimenta el hombre de tener una señal sensible de la presencia divina. Se la llamaba Arca de la alianza, porque encerraba en su interior las dos tablas de la ley, resumen de las condiciones de la alianza de Dios con su pueblo. Guardaba también una urna con maná y la vara fluida de Aarón, para perpetuar el recuerdo de estos dos milagros.

El tabernáculo era una figura de nuestras iglesias católicas: el Atrio corresponde a la nave ocupada por los fieles; el Santo, al presbiterio, destinado a los ministros de Dios; el Santo de los Santos representa el tabernáculo, verdadera Arca de la alianza, donde Dios está realmente; presente en medio de nosotros.
Moisés consagróo con óleo santo el tabernáculo y los altares, como en nuestros días el obispo consagra los altares y las iglesias.

Conforme al plano del tabernáculo dado por Dios, se construyó más tarde el templo de Salomón, una de las siete maravillas del mundo antiguo. El Arca de la alianza fue depositada en él; allí permaneció hasta la ruina del templo, cuando los judíos fueron llevados cautivos a Babilonia.

2º El sacerdocio.

Dios escogió la tribu de Leví para confiarle el desempeño de las funciones propias del culto. El orden sacerdotal comprendía tres grados: el gran sacerdote, los sacerdotes y los simples levitas.

Aarón fue nombrado por Dios gran sacerdote, y Moisés le consagró con óleo santo y le revistió con espléndidos ornamentos. El sacerdocio fue hereditario en su familia, cuyo jefe debía ser soberano pontífice, y sus hijos sacerdotes.
Los otros miembros de la tribu de Leví, llamados Levitas, eran sus ministros.

El gran sacerdote tenía la administración general del culto, y presidía las fiestas. Los sacerdotes debían ofrecer los sacrificios, estudiar la ley, y explicarla al pueblo. Los simples levitas, sometidos a los sacerdotes, eran los guardianes y servidores del santuario.

Cuando se efectuó la repartición de la Tierra Prometida, la tribu de Leví no tuvo territorio, a fin de que pudiera dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios. Los levitas tuvieron por domicilio cuarenta y ocho ciudades elegidas en las diferentes tribus, y vivían del diezmo que todos los israelitas estaban obligados a ofrecerles cada año, y del cual debían ellos reservar la décima parte para el sostenimiento de los sacerdotes.

Esta subordinación de los ministros del culto era una figura del sacerdocio católico. Jesucristo mismo ha establecido uña jerarquía sagrada: el Papa, los obispos, los sacerdotes, los diáconos, etcétera. El divino fundador de la iglesia ha mostrado así que no había venido a destruir la ley, sino a complementarla y perfeccionarla.

3º Los sacrificios.

Eran de dos géneros:
los unos cruentos, y consistían en la inmolación de ciertos animales domésticos, como bueyes, ovejas, cabras, tórtolas; otros incruentos, y consistían en la oblación de pan, vino y frutas.

Los sacrificios tenían un triple fin:
a) rendir a Dios el culto externo;
b) apartar al pueblo de la idolatría;
c) figurar el sacrificio del Calvario y del altar.

Distinguíanse entre los sacrificios cruentos el holocausto, el sacrificio pacífico y el sacrificio expiatorio.

En el holocausto, la víctima era consumida enteramente por el fuego, reconociéndose con eso el soberano dominio de Dios, ante el cual la criatura, no es nada.

El sacrificio pacífico se ofrecía o para dar gracias a Dios por un beneficio, o para alcanzar un favor.
En este sacrificio, una parte de la víctima era quemada, otra parte era reservada para los sacerdotes y una tercera parte se entregaba a los que mandaban ofrecer el sacrificio.

El sacrificio de expiación se ofrecía para implorar el perdón de los pecados del pueblo o de los particulares. Se quemaba una parte de la víctima, y lo demás se reservaba para los sacerdotes.

Todos los antiguos sacrificios no eran sino sombras y figuras. La inmolación de Jesucristo en el Calvario es el único sacrificio capaz de pagar todas nuestras deudas: la misa es su renovación y su continuación a través de los siglos.

4º El sábado y las fiestas.

Cada día, mañana y tarde, los hebreos ofrecían a Dios un cordero en holocausto con dos sacrificios incruentos. Santificaban el sábado absteniéndose de toda obra servil; ofreciendo un holocausto especial entre el sacrificio de la mañana y el de la tarde; y reuniéndose también en las sinagogas para orar, leer los Libros santos y oír la explicación de la ley.

Cada siete años, los judíos santificaban el año sabático, y al final de siete veces siete años, es decir, cada cincuenta años, el año jubilar; Durante el año se celebraban cuatro grandes fiestas:

a) La Pascua, en recuerdo de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de los egipcios. Esta solemnidad se había fijado el día 14 de la luna de marzo, y duraba ocho días. El primer día se comía en cada familia el cordera pascual.

b) La fiesta de Pentecostés, en memoria de la promulgación de la ley sobre el monte Sinaí; cincuenta días después de la salida de Egipto. Se ofrecían a Dios las primicias de la mies.

c) La fiesta de los tabernáculos, en memoria de los cuarenta años pasados en el desierto. Se celebraba en otoño, y se prolongaba por ocho días, durante los cuales los hebreos vivían en tiendas de ramas y follaje. Se ofrecían a Dios sacrificios de acción de gracias por las cosechas obtenidas.

Estas tres fiestas principales obligaban a todo judío a presentarse ante el Señor en el tabernáculo y, más tarde, en el templo de Jerusalén.

d) La fiesta de la expiación, celebrada cinco días antes de la de los tabernáculos era un día de penitencia y de ayuno general, que duraba desde la víspera hasta el atardecer del día siguiente. El gran sacerdote echaba fuera del campo un macho cabrío, llamado el cabrón emisario, cargado con los pecados de Israel.

5º Prescripciones religiosas.

Las otras prescripciones religiosas se refieren a la circuncisión, la ofrenda de los primogénitos, la prohibición de ciertos alimentos, el pago del diezmo, la purificación de las impurezas legales, etcétera. Todas estas leyes habían sido dictadas por Dios mismo y escritas por Moisés en el Pentateuco.

Puede verse en la Historia Sagrada la legislación política y social del pueblo hebreo: la sola constitución de la familia; la protección otorgada a la mujer y aliño; la autoridad política, contenida en sus ambiciones por la autoridad religiosa; la igualdad civil entre todos los ciudadanos; el equilibrio de la propiedad mantenido por la prohibición de enajenar definitivamente los bienes y por la remisión de las deudas en el año jubilar; la orden absoluta de conservar las leyes sin mudar nada, de suerte que el código hebreo ha regido al pueblo de Israel durante quince siglos: tales son los principales caracteres de la legislación civil.

La ley penaba con la muerte la idolatría, la blasfemia, la magia, la violación del sábalo; el homicidio, el adulterio y los crímenes contra natura. Castigaba con la flagelación u otras peñas aflictivas las faltas contra las costumbres, la rebelión contra la autoridad paterna, los golpes y las heridas, la difamación y el falso testimonio.

Es evidente quo Moisés, viviendo en medio de naciones paganas, no hubiera podido, sin la inspiración divina, crear este maravilloso conjunto de instituciones, infinitamente superior a todas las legislaciones antiguas.

¿Cómo se prueba la divinidad de la religión mosaica?

Las pruebas infalibles de la divinidad de una religión son el milagro y la profecía, esos dos sellos de Dios, esas dos señales de su intervención divina. Ahora bien, Moisés hizo numerosos milagros y verdaderas profecías para testificar la divinidad de su misión; luego Moisés era un enviada de Dios y la religión que él enseñó en nombre de Dios es divina.

1º Moisés confirmó su misión con verdaderos milagros.

Tales las diez plagas de Egipto, el paso del mar Rojo; la aparición de la columna de fuego; el mana del desierto; los manantiales que hizo brotar de las rocas del Horeb y de Cades; la solemne promulgación de la ley entre relámpagos y truenos; Coré, Datán y Abirón tragados por la tierra, etcétera.

Moisés dio a todos estos hechos el carácter de Milagros, es decir, de hechos divinos, cuando hablaba al pueblo en estos términos: “Reconoced hoy lo que vuestros hijos no saben, porque no han visto los castigos del Señor Dios vuestro, sus maravillas, su mano poderosa, su brazo extendido; los prodigios y las obras que Él ha obrado en medio de Egipto sobre el rey Faraón y sobre todo su pueblo; sobre todo el ejército de los egipcios; cómo las aguas del mar Rojo los han tragado cuando os perseguían y cómo el Señor los ha destruido.

Recordad también todo lo que Dios ha hecho en favor vuestro en el desierto hasta vuestra llegada a este lugar; cómo Él ha castigado a Datán y Abirón, a quienes la tierra tragó junto con sus familias. Vuestros ojos observaron todas estas obras maravillosas que el Señor ha hecho, a fin de que guardéis, todos sus mandamientos que yo os prescribo hoy”[2].

¿Cómo se hubiera atrevido Moisés a presentar, como milagros, acontecimientos ordinarios ante un pueblo que acababa de verlos?
Si los hechos presentados como milagros no lo son ¿cómo pudo Moisés cimentar en ellos su ley? … La seguridad con que los recuerda, prueba, que estos hechos eran verdaderos milagros.
Fuera de eso, no se engaña a todo un pueblo compuesto de varios millones de hombres. La docilidad del pueblo hebreo en someterse al yugo pesado de la ley demuestra también de una manera evidente que este pueblo no tenía duda alguna acerca del carácter milagroso de los hechos recordados por Moisés.

2º Moisés hizo verdaderas profecías.

Predijo cada una de las diez plagas de Egipto determinando de una manera precisa su principio y su fin. Predijo el paso del mar Rojo y el milagro del maná. Anunció a los hebreos que, en castigo de su levantamiento contra Dios, ninguno de los que tenían veinte años a la salida de Egipto entrará en la Tierra Prometida, a excepción de Caleb y de Josué; el vaticinio se cumplió.

Predijo un legislador parecido a él, pero más grande que él, es decir, el Mesías. Ahora bien, 1.500 años más tarde, Jesucristo, el único profeta parecido a Moisés por sus numerosos milagros, por su calidad de legislador y de libertador de su pueblo, dio cumplimiento a esta profecía.

Moisés asegura a los israelitas que si son fieles a su ley, Dios hará en su favor milagros parecidos a los que obrara en Egipto; y esto se verifica en las hazañas de Josué, de Sansón, de Gedeón, etcétera.
También les advierto que, si son reacios, todos los azotes caerán sobre ellos, que serán reducidos a la esclavitud, transportados fuera de su patria y dispersados por toda la tierra. La cautividad de Nínive, de Babilonia, y el estado actual de los judíos son el cumplimiento de esta amenaza. Moisés profetiza su propia muerte y se cumple en el término fijado sin enfermedad previa.

Todas estas profecías tuvieron por objeto acontecimientos futuros, eminentemente libres, dependientes de la voluntad humana o de la voluntad divina. Su cumplimiento es un hecho certísimo atestiguado por la historia, por tanto se trata aquí de verdaderas profecías.

3º Moisés hizo estos milagros y estas profecías para comprobar la divinidad de su misión. Así lo declara en nombre de Dios al Faraón cuando le dice: “Conoceréis que soy el Señor en esto: Golpearé el agua de este río con lavara que tengo en la mano, y el agua se convertirá en sangre”. Una declaración análoga formula al predecir cada una de las diez plagas de Egipto.

Moisés lo repite muchas veces a su pueblo, de un modo especial cuando le predice el castigo de Coré, Datán y Abirón: “En esto conoceréis que el Señor me ha enviado para hacer lo que veis, y que yo nada he inventado por mí mismo.
Si estos hombres mueren de una muerte ordinaria, el Señor hace una cosa inaudita; si la tierra los traga a ellos y todo lo que les pertenece, sabéis que han blasfemado contra el Señor rebelándose contra su mandatario”.
Inmediatamente la tierra se abrió y los tragó vivos.

Conclusión. Tales son los hechos: Moisés se presenta en nombre de Dios al pueblo judío; le anuncia su misión y en prueba de la misma promete, de parte de Dios, milagros determinados y profecías claras. Y como Dios se encarga de hacer y realizar delante de todo un pueblo estos milagros y profecías, debemos concluir que Moisés es realmente un enviado de Dios y que la religión por él enseñada es divina.

¿Qué medios empleó Dios para conservar intacta en el pueblo judío la verdadera religión?

Dios empleó tres medios principales:

1º Hizo escribir por Moisés en un libro las verdades y los preceptos revelados, a fin de que las generaciones venideras pudieran hallarlos sin mezcla de error.

2º Estableció en la tribu de Leví una jerarquía sacerdotal, encargada de comprobar la exactitud de los ejemplares de este libro, de interpretarlo y de explicarlo al pueblo.

3º Envió, de tiempo en tiempo, profetas a los que inspiró, para transmitir a su pueblo sus mandatos, sus promesas, sus amenazas y, sobre todo, para mantenerlo en la expectación del Mesías.

Dios hizo escribir por Moisés su ley y, por eso, la religión mosaica se llamé la Ley escrita, en oposición a la ley natural, que Dios solamente grabó en el corazón de los hombres.

1º Dios hizo escribir su ley.

La revelación primitiva se había conservado en la memoria de los hombres por la tradición oral. La cosa no era difícil, ya por la sencillez de la religión compuesta de un pequeño número de dogmas y de preceptos, casi todos dictados por la ley natural, ya particularmente a causa de la larga vida de los patriarcas, encargados de instruir a sus descendientes.

El crecimiento considerable de la población hacía dificultosa la transmisión de las verdades y preceptos revelados. Dios los hizo escribir por Moisés en cinco libros llamados, por tal razón, el Pentateuco.
Estos libros son divinos. Llámanse divinos los libros escritos por un enviado de Dios, por orden de Dios y bajo su inspiración. Ahora bien, Moisés confirmó con los milagros más sorprendentes que era un enviado de Dios; y por orden suya, y dictándolos el mismo Dios, escribió los libros que llevan su nombre.
Luego los libros de Moisés eran libros divinos.

En el Génesis, Moisés narra la creación del mundo, el origen del hombre, su caída, la historia de los primeros hombres; el diluvio, la vida de los patriarcas hasta José. Este libro abarca un período de 2500 años.

El Éxodo refiere la liberación del pueblo de Dios, su salida de Egipto, su permanencia en el desierto hasta la promulgación de la ley en el Sinaí.

El Levítico contiene todas las prescripciones de Dios relativas al culto. Era el ritual de la religión mosaica.

Los Números son una enumeración del pueblo hebreo a su salida de Egipto y su clasificación por familias. Completa la historia de los judíos hasta la muerte de Moisés.

El Deuteronomio es el código del pueblo judío, el comentario a la ley promulgada por Dios.

Después de Moisés, nuevos hagiógrafos, historiadores, moralistas y profetas escribieron también bajo la inspiración divina otros libros, cuyo conjunto forma el Antiguo Testamento.

2º Dios estableció un sacerdocio.

En la religión primitiva son los jefes de familia los que desempeñan las funciones religiosas. Dios les quita este ministerio, a causa de su negligencia, y lo confía a un cuerpo sacerdotal, jerárquicamente organizado.
A los sacerdotes debían ser presentados todos los ejemplares de los Libros santos para comprobar su conformidad con el original depositado en el tabernáculo. Así quedaron estos libros divinos al abrigo de toda alteración y fueron transmitidos íntegros a la posteridad. Los sacerdotes estaban encargados también de explicar las leyes divinas y de velar por su cumplimiento.

3º Dios envió profetas a su pueblo.

Antes de Moisésa los patriarcas: Henoc, Noé, Abrahán, Jacob, habían recibido el don de profecía. Moisés fue el gran profeta del Antiguo Testamento. Después de él, Dios suscita con frecuencia hombres inspirados.

El cargo del profeta era el de mediador entre Dios y su pueblo:
a) Para el presente, el profeta debía conservar, con sus predicaciones, represiones y amenazas, probadas frecuentemente con milagros, la integridad y la pureza de la religión.
b) Para lo porvenir, debía guardar vivas en el corazón del pueblo la esperanza y la fe en el Mesías prometido, designándole con anterioridad y señalando las diversas circunstancias de su vida.

¿Cuales fueron los principales profetas?

Se cuentan dieciséis profetas principales: cuatro profetas mayores:
Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel; y doce profetas menores, así llamados a causa de la corta extensión de sus escritos.

También se da el nombre de profeta al rey David, cuyos Salmos contienen numerosas profecías.

La palabra profeta significa aquel que predice lo porvenir. Se llama profeta al hombre a quien Dios ha revelado, de una manera sobrenatural, su voluntad, con la misión de comunicarla a los hombres.

Los profetas llevaban una vida pobre, errante, perseguida, y algunos de ellos sufrieron el martirio.

Entre sus profecías, las unas se relacionan con el pueblo judío, las otras con los pueblos extraños, y las más importantes se refieren al Mesías.

1º Respecto a los judíos, predijeron la división del reino de Saloinán, la destrucción de Israel, los setenta años de cautividad de Babilonia, la liberación de los judíos por Ciro, la ruina definitiva de la nación judía.

2º Respecto a los pueblos extraños, vaticinaron la destrucción del imperio de Nabucodonosor; la ruina de Nínive, de Tiro, de Menfis; la sucesión de los cuatro grandes imperios: Asirio, Medo, Griego, Romano, que debían preparar el reinado del Mesías.

La realización de estas profecías, así como los diversos milagros que hicieron estos hombres de Dios para probar su misión, son también una prueba convincente de la divinidad de la religión mosaica.

¿Qué es lo más notable que dijeron los profetas acerca del Mesías?

Los profetas predijeron, con mucha anticipación, el origen del Mesías; el tiempo de su venida; su nacimiento de una Virgen en Belén; sus milagros, su pasión, su muerte, su resurrección; la reprobación de los judíos, la vocación de los gentiles, el establecimiento y la perpetuidad de la Iglesia.

Las profecías que tienen relación con el Mesías se llaman: mesiánicas.

Según las promesas hechas por Dios a los patriarcas, el Mesías debía nacer de la raza de Abrahán, de Isaac, de Jacob, de la tribu de Judá y de la familia de David.

Moisés, 1.500 años antes de Jesucristo, manifiesta la misión del Mesías, ordenando al pueblo judío que escuche al nuevo legislador que Dios le enviará.

1.050 años antes de Jesucristo, David canta en sus Salmos la venida del Redentor, sus sufrimientos, su muerte, su resurrección, su imperio eterno.

Desde el año 700 al 400 antes de Jesucristo, se suceden los otros profetas que, a su vez, van añadiendo otros rasgos a la figura del Mesías.

Isaías predice su nacimiento milagroso de una Virgen; describe su vida, sus milagros, su pasión, su reino, con una riqueza tal de pormenores que su libro se llama, con razón, el Quinto Evangelio.

Jeremías profetiza los sufrimientos del Salvador y el establecimiento de su Iglesia.

Ezequiel describe con pintorescas Imágenes el reino glorioso del Mesías y sus triunfos.

Daniel fija en setenta semanas de años (490 años), la duración de la expectación del Mesías, a partir, de la vuelta de la cautividad de Babilonia.

Ageo anuncia que el Mesías visitará el segundo templo de Jerusalén, construido, por Zorobabel.

Miqueas indica el lugar de su nacimiento, Belén.

Zacarías predice el género de muerte que ha de sufrir.

Malaquías, el último de los profetas, anuncia que los sacrificios de la nueva ley, ofrecidos hasta entonces únicamente en el templo de Jerusalén, serán reemplazados por una oblación completamente pura, que se ofrecerá en todos los lugares y en todos los pueblos.

Dios se complació en pintar, en el Antiguo Testamento, la imagen del Mesías, de tal manera que, cuando apareció en la tierra, pudo ser reconocido sin dificultad. Promesas, profecías, figuras, nos lo hacen conocer gradualmente: la una termina lo que la primera ha empezado, de suerte que la precisión y la claridad van siempre aumentando y preparan insensiblemente al mundo para recibir a su Redentor.

La expectación de un Mesías ¿fue exclusiva del pueblo judío?

No; la expectación de un Mesías era común a todos los pueblos del universo. Todas las naciones recordaban una gran falta cometida desde el principio, y esperaban la reparación mediante un futuro Liberador.

Este hecho es tan cierto, que hasta los enemigos de la religión se ven obligados, a confesar que, en la época del nacimiento de Jesucristo, el universo entero esperaba un gran Mediador, que debía renovar la edad de oro sobre el mundo, librarla del dominio del mal y restituir a los hombres la paz y la felicidad.

Este deseo universal no puede tener su razón de ser sino en una promesa primitiva mantenida por las profecías y cuyos ecos habían llegado hasta las naciones más diversas. Todas las miradas estaban fijas en la Judea, que se había convertido en el polo de la esperanza de todos los pueblos.

Fuera del pueblo judío, esta esperanza de un Redentor hallábase desfigurada por la ignorancia o las pasiones, y cada pueblo se forjaba una idea distinta de este Libertador, conforme al propio modo de ser; pero en todas partes, en Oriente como en Occidente, se esperaba un personaje extraordinario que reinaría sobre el mundo y restablecería en él la justicia.

1º En Occidente.

He aquí lo que se lee en dos historiadores romanos, Tácito y Suetonio: Era universal la creencia en antiguas profecías, según los cuales el Oriente iba a prevalecer y de la Judea saldrían los señores del mundo[11].

Todo el Oriente, dice Suetonio, resonaba con la antigua y constante opinión de que el destino habría decretado que, en esta poca, la Judea daría señores al universo[12].

El gran poeta de Roma, Virgilio, intérprete de la expectación general, cantaba en una égloga la próxima llegada del Niño bendito que debía devolver la edad de oro a la tierra. Cicerón afirma la mismas tradición atribuyéndola a los oráculos de las Sibilas.

En la Galia, sus antiguos habitantes adoraban, en los bosques sagrados, a una virgen de la cual debía nacer un hijo esperado de mucho tiempo atrás. Esta tradición está confirmada por los altares descubiertos en Chartres, en Châlons-sur-Marne en 1883, con esta inscripción: “Virgini, pariturae Druides”: Los Druidas a la Virgen madre.

En Grecia, Platón pone en boca de Sócrates estas sorprendentes palabras: “Hay que esperar que alguien venga a instruirnos acerca de la manera cómo debemos portarnos con los dioses y con los hombres” P. Alcibíades responde: “Tengo un deseo ardiente de conocer a ese personaje… venga, pues, y cuando haya venido, haremos nuestro ofrecimiento a Dios”.

2º En Oriente.

Entre los persas se lee en el ZendAvesta, escrito por Zoroastro 600 años antes de Jesucristo, que un mediador llamado Mithra interviene entre Ormuzd, Dios creador, y el hombre culpable; ese mediador viene para abolir el imperio de Ahrimán, el espíritu, del mal.

La China, en los tiempos de Confucio, 500 años antes de Jesucristo, alimenta las mismas esperanzas; y los Kings, los libros sagrados de la nación, dicen que el Libertador esperado vendrá de Occidente.

La India, con sus encarnaciones milenarias de Wischnú, habla como China y Persia en la narración de los Vedas, la parábola del hijo pródigo no es más que la alegoría del mundo esperando un Salvador.

3º Los incrédulos modernos que han estudiado las tradiciones antiguas, se ven obligados a convenir en que todos los pueblos esperaban un doctor, un sabio, un conquistador, un Dios.

“De tiempo inmemorial corría entre los indios y los chinos la creencia de que el Sabia vendría de Occidente. La Europa, al contrario, decía que el Sabio vendría de Oriente.” (Voltaire).

Otro gran incrédulo escribe: “Las tradiciones sagradas y mitológicas de tiempos remotos habían esparcido por todas partes la creencia en un gran mediador que tenía que venir, de un Salvador futuro, rey, Dios, conquistador y legislador, que devolvería a la tierra la edad de oro y libraría a los hombres del imperio del mal” (Volney).

Conclusión:

La expectación del Mesías no era, pues, sola de los judíos.
Todos los pueblos antiguos tenían las mismas tradiciones; con razón los profetas llamaban al Mesías el Deseado de las naciones.
Esta creencia, extraña y universal, prueba de una manera evidente el hecho de la revelación primitiva. Lo que se debe notar también es que, después de la venida de Jesucristo, todos los pueblos han dejado de esperar al Mesías, circunstancia que nos lleva a la siguiente conclusión:
o que todos los pueblos se engañaron esperando un Libertador o bien Nuestro Señor Jesucristo es realmente el Mesías prometido por los profetas y esperado por las naciones

¿Por qué Dios demoró tanto el envío del Mesías?

Dios esperó cuarenta siglos antes de enviar al Mesías a la tierra, porque tal era su santísima voluntad. Él es dueño de sus dones y libre en su dispensación.
Los secretos de la sabiduría divina son insondables. Santo Tomás da varias razones de esta demora:

1) Para humillar al hombre, que había pecado por soberbia.
Esta prolongada expectación le hizo conocer toda la extensión de su miseria, y comprender la necesidad de un Libertador.

2) Para preparar la venida del Mesías y atraer gradualmente a los hombres al misterio de la Redención.
¿No era necesaria una larga serie de milagros para disponerlos a creer en el más grande de todos: la Encarnación del Hijo de Dios?

Sin embargo, los que vivían antes de la llegada del Redentor podían salvarse por los méritos del mismo. No tenían sino tres cosas que hacer:
a) conocer, amar y servir a Dios;
b) observar la ley natural;
c) creer en el Mesías prometido y esperar en su ayuda.
Así, desde el instante de su caída pudo el hombre aprovecharse de los beneficios de la futura Redención.

1º Como el hombre hubiera pecado por soberbia, Dios lo abandona a sí mismo por un cierto tiempo, a fin de que reconozca la propia miseria.
Sabemos muy bien en qué ignorancia y en qué desórdenes cayó el género humano durante los siglos que precedieron a la llegada del Mesías.
Era necesario que el hombre conociera por experiencia propia que sólo Dios podía salvarle, puesto que todos los esfuerzos de los filósofos y de los sabios de la tierra no habían podido sacarle del doble abismo de la ignorancia y de la corrupción en que había caído.

2º En el orden de la gracia, como en el de la naturaleza, todo se hace suavemente y por grados. Jesucristo es el sol del mundo espiritual, y el sol se anuncia por una gradación de luz que prepara nuestros ojos para sostener su deslumbrante brillo.
Del mismo modo Dios, teniendo en cuenta la flaqueza humana la condujo gradualmente al misterio de la Redención. Con este fin multiplicó, durante muchos siglos, los milagros y las profecías relativas al hecho más grande de la historia: la Encarnación de su divino Hijo. Los hechos de la vida del Redentor han sido prometidos, figurados, predichos y preparados…

Esta demora, empero, no sirvió de obstáculo a la salvación de las generaciones que vinieron antes de la llegada del Salvador. Él murió por todos los hombres sin excepción, y los efectos de la Redención se extienden a todos los siglos.
Los que vivieron antes de su llegada pudieron salvarse creyendo en Él, por lo menos con una fe implícita: Dios les aplicaba anticipadamente los méritos satisfactorios de su Hijo encarnado

¿Cuánto tiempo duró la religión mosaica?

La religión mosaica duró unos mil quinientos años aproximadamente.
Tenía por objeto preparar los pueblos, para la venida del Mesías, y debía ser abrogada entonces.

Fue reemplazada por una tercera religión, más perfecta que las dos primeras:
la religión cristiana.

La parte dogmática y moral de la religión mosaica, ese conjunto de verdades y preceptos que constituyen la religión natural y primitiva, no podía ser abrogada, porque está cimentada sobre las relaciones esenciales que unen a los hombres entre sí y con su Creador.

Pero la parte positiva, el conjunto de las leyes rituales y civiles, es decir, lo que constituía propiamente la religión mosaica, no se refería más que a los judíos, y debía desaparecer a la llegada del Mesías.

1º La ley mosaica debería ser suprimida.

Muchas profecías del Antiguo Testamento anunciaban:
a) la abolición de los sacrificios de la ley mosaica, como también la del sacerdocio levítico;
b) el establecimiento de un sacerdocio y de un sacrificio nuevos. Pues bien, la abolición del sacerdocio y del sacrificio antiguos era la abolición de la ley misma, de la que eran partes esenciales.

Los profetas habían predicho:
a) la destrucción de la ciudad y del templo, de Jerusalén;
b) la reprobación del pueblo judío; c) el llamamiento de los gentiles a la verdadera religión. Todo lo cual anuociaba que la ley mosaica, dada exclusivamente a los judíos, sería abolida un día.

Según los profetas el Mesías debía ser un legislador como Moisés, dar una ley nueva, pactar con los hombres una nueva alianza, destinada a comprender todas las naciones y a durar hasta el fin de los siglos.

Ahora bien, una ley nueva destruye la antigua, como un testamento nuevo anula los anteriores; luego el judaísmo, según sus propias enseñanzas, no debía durar sino hasta la llegada del Mesías.

2º La ley mosaica ha sido abolida hace mucho tiempo.

La religión mosaica hace del sacrificio el punto capital del culto de los judíos: les prohibe ofrecerlo fuera del templo de Jerusalén; reserva las funciones sacerdotales a la familia de Aarón.
Pues bien, hace casi dos mil años que el templo de Jerusalén está destruido, las genealogías confundidas y el sacerdocio no puede ser restablecido en la tribu de Leví. No pueden, por consiguiente, los judíos, cumplir las ordenanzas esenciales de su culto.

La interrupción es más larga que la misma duración del Mosaísmo. Entonces, una de dos: o Dios pide un imposible a los judíos, o su ley ha sido abrogada. Jamás los hechos han suministrado una demostración más clara.

La religión mosaica era profética y figurativa; prefiguraba el reíno del Mesías.
Los antiguos doctores judíos admitían a la letra el principio sentado por San Pablo. Todo lo que les acontecía a los hebreos eran otras tantas figuras de lo porvenir. Ahora bien, las figuras se desvanecen con la llegada de aquel que las ejecuta; las sombras pasajeras de la antigua ley debían ceder el puesto a realidad de la ley nueva. Por consiguiente, el judaísmo fue abolido por la fundación del cristianismo.

II La revelación cristiana

¿Qué es la religión cristiana?

Es la religión fundada por Jesucristo.

Los cristianos reconocen a Jesús de Nazaret, hijo de la Virgen María, como al Mesías esperado por todos los pueblos, y le adoran como a Hijo de Dios hecho hombre.
Jesucristo estableció en Judea la religión cristiana hace veinte siglos, y la hizo extender por sus apóstoles en todas las partes del globo.
La palabra hebrea Mesías tiene la misma significación que la palabra Cristo, de la lengua griega: quiere decir ungido o sagrado.

Entre los hebreos se consagraban los reyes, los sacerdotes y los profetas.
El Redentor prometido en el paraíso terrenal fue llamado Mesías, porque debía ser por excelencia: Rey, Sacerdote y Profeta.
El nombre de Jesús que significa Salvador, fue traído del cielo por el arcángel Gabriel, encargado de anunciar a María la encarnación del Hijo de Dios.
A este nombre divino juntaron los apóstoles el de Cristo, y la Iglesia católica ha conservado la costumbre de llamar Jesucristo a Aquel a quien reconoce por Mesías y Salvador del género humano. Se le añade Nuestro Señor, es decir, Nuestro Dueño, porque nos ha credo y redimido.

Narración histórica de la Revelación Cristiana

Para conocer la historia de la revelación cristiana hay que leer la Historia Sagrada y la Historia de la Iglesia. Nada más interesante ni más útil.
Recordaremos aquí los hechos principales de la vida de nuestro Señor Jesucristo.
La expectación universal. Todos los profetas habían anunciado al Mesías como al Salvador del género humano.
Pero antes de su llegada, era necesario que el hombre caído reconociera su impotencia para levantarse sin la gracia de Dios.
Ahora bien, después de 4.000 años de existencia, y no obstante las dos primeras revelaciones, el mundo había caído miserablemente en la ignorancia religiosa y en el fango del paganismo.

El mundo pagano había llegado a la culminación de la grandeza material. Grecia e Italia habían dado al mundo hombres ilustres: oradores, poetas, filósofos, capitanes. El imperio romano, el más vasto que ha existido, presentaba el espectáculo de un lujo inaudito.
Al contrario, la religión y las costumbres se hallaban en la más completa decadencia. El sol, la luna, los animales y las plantas eran objeto de adoración; se rendía culto al demonio bajo los nombres de las mil divinidades del Olimpo.

Todo era Dios, excepto Dios mismo. Únicamente la nación judía proclamaba la unidad de Dios y se negaba a adorar la criatura. La opresión era universal: el esclavo temblaba en presencia del amo; la esposa y los hijos en presencia del padre; el ciudadano ante el Estado. La corrupción era profunda, incurable.

Entre los mismos judíos, privados hacía más de 400 años de enseñanza infalible de los profetas, todo se desmoronaba. Habían caído bajo la dominación de los romanos que les impusieron un rey extranjero, el idumeo Herodes.
Los fariseos alteraban la ley mosaica e introducían una multitud de prácticas inútiles, a fin de tener subyugado al pueblo.

El mundo, en este estado, suspiraba por la llegada del Redentor.
No solamente en Judea, sino en todas partes del universo, el sentímiento unánime era que el Mesías no podía tardar más en traer la luz, la salvación, y la vida.
La venida de Cristo. Por fin, en la hora fijada por los profetas, cuando el cetro había salido de la tribu de Judá, bajo el reinado de Herodes, apareció el Salvador prometido, el Deseado de las naciones.

Según las profecías, tuvo por madre a una virgen, la Virgen María, de la sangre real de David. Nació pobre, abandonado, en un establo de Belén, a la medianoche del 24 de diciembre. Pero los ángeles cantaron sobre la cuna de este niño:
¡Gloria in excelsis Deo!…y los pastores vinieron a adorarle.
Una estrella extraordinaria brilló en el firmamento y guió a los Magos de Oriente, que le ofrecieron oro, incienso y mirra, para reconocerle como su Rey, su Dios y su Redentor.

Con el nacimiento de Jesucristo comienza la era cristiana.

En ese día, el primero de los tiempos nuevos, César Augusto, el emperador romano, señor del rey Herodes, hubiera quedado muy sorprendido al saber que en sus registros, en un pequeño pueblo de la Judea, sus oficiales iban a escribir un nombre más grande que el suyo; que el establo de Belén sería más venerado que el palacio de los Césares; que el reino del pobre Niño del pesebre superaría, en extensión, a su inmenso imperio y que, finalmente, el género humano, prosternado a las plantas de este niño contaría sus años, no ya desde la fundación de Roma, sino desde el Nacimiento de Cristo Redentor.

Este solo hecho confirma la divinidad de Jesucristo.

Vida oculta en Nazaret. Jesús permaneció en Nazaret, pequeña población de Galilea, hasta la edad de treinta años. Acerca de tan largo espacio de tiempo, el Evangelio no dice más que estas dos frases: Estaba sujeto a María y a José; Mostraba cada vez más la gracia la sabiduría que moraban en Él.
La tradición nos enseña que ayudaba a su Padre adoptivo, José, en su humilde trabajo de carpintero. Los primeros cristianos mostraban los yugos y los arados hechos por el divino obrero (San Justino ).

¿Por qué estos treinta años de vida oculta?

Jesús quiso enseñarnos los grandes deberes del hombre: la humildad, la obediencia, el trabajo, el amor a la vida obscura, el olvido de sí mismo y el desprecio de las riquezas. La soberbia y la ambición habían perdido al hombre; la humildad y la obediencia debían salvarle.
Jesucristo, con su ejemplo, rehabilita el trabajo manual, tan despreciado de los paganos que lo dejaban a los esclavos. A través de los siglos, los obreros hallarían su título de nobleza en el taller de Nazaret, cerca de Jesús obrero.
En Nazaret, como en el Calvario, Jesús se muestra el verdadero salvador de los hombres.

Preludio de la vida pública de Jesucristo.

Cuando los antiguos reyes recorrían sus provincias, iban precedidos por heraldos, que anunciaban su llegda y preparaban los caminos por donde había de pasar el cortejo real.
Dios había predicho por sus profetas que el Mesías tendría un precursor que anunciaría su llegada;
“Yo enviaré, dijo a Malaquías, un mensajero que me prepare los caminos; e inmediatamente después aparecerá en su templo el Dominador que vosotros esperáis, el Angel de la alianza que deseáis”.

En el año 15 del reinado de Tiberio, siendo gobernador de la Judea Poncio Pilotos y Herodes de la Galilea, se vio aparecer a orillas del Jordán a un profeta extraordinario: era Juan el Bautista.
Niño milagroso, nacido de Zacarías y de Isabel, prima de María la Madre de Jesús, se había preparado para su misión con una vida austera en el desierto.
A la edad de treinta años se presentaba mandado por el cielo, a predicar el advenimiento del reino de Dios. Bautiza en las aguas del río a los pecadores y, por tal razón, el pueblo le llama: Bautista.

Las muchedumbres vienen a escuchar a este profeta, y se preguntan si no es él el Mesías.“No, les contesta, yo no soy Cristo, pero vendrá bien pronto en pos de mí Aquel a quien no soy digno de desatar las correas de su calzado.
Él os bautizará en el Espíritu Santo”.


Hacía seis meses que Juan Bautista anunciaba a los judíos la próxima llegada del Mesías. El 6 de enero Jesús, después de cumplir treinta años, salió de Nazaret y vino a pedir el bautismo a su precursor.
Cuando salió del agua, el cielo se abrió, el Espíritu Santo descendió en forma de paloma sobre la cabeza de Jesús, y se oyó una voz que decía:
“Este es mi Hijo amado, en quien tengo todas mis complacencias”.
Era la manifestación dei misterio de la Trinidad.

Jesús se retiró al desierto para prepararse a cumplir su misión con cuarenta días de ayuno y de oración. Durante este tiempo, Juan Bautista lo anuncia a Israel.
Declara a los enviados de la sinagoga: Yo no soy sino la voz anunciada por el profeta Isaías… Pero entre vosotros está uno a quien no conocéis: Es el Cristo, el Hijo de Dios”.

Algunos días más tarde, Juan lo vio venir del desierto y dio testimonio de Él diciendo al pueblo:
“He ahí el Cordero de Dios, he ahí el que guita los pecados del mundo… Yo no le conocía, pero he visto descender al Espíritu Santo sobre Él, y os aseguro que es el Hijo de Dios”.
De este modo Jesús de Nazaret era mostrado a los judíos como el Mesías esperado y como el Hijo de Dios.

Predicación del Evangelio.

Saliendo del desierto, Jesús entra en la Galilea y empieza a predicar el Evangelio o la buena nueva del reino de Dios y de la Redención, prometida después de la caída del hombre. Sin fijar su residencia en ningún lugar, hospedándose indiferentemente en casa de los pobres y de los ricos que le ofrecían hospitalidad, al principio anda solo, tamo los profetas, por las ciudades y los pueblos, predicando ora al aire libre, ora en las sinagogas. La idea fundamental de su predicación es que el reino de Dios es un reino espiritual y no temporal, como lo esperaba la mayoría de los judíos, hombres groseros y materiales.

No tiene un plan determinado en sus enseñanzas, sino que se aprovecha de todas las circunstancias para hacer penetrar su doctrina en las almas.
Habla pronunciando sentencias sencillas y sublimes a la vez se vale de parábolas conmovedoras; su palabra sencilla está llena de unción. No intenta como un sabio probar lo que enseña; no discute: afirma con autoridad, en virtud de su misión divina.

Manifiesta que es el Mesías prometido y el Hijo de Dios enviado por su Padre para la salvación de los hombres. Tiene en su lenguaje un encanto divino, que hace decir a los que le escuchan:
¡No, jamás hombre alguno ha hablado como Éste!
Confirma sus enseñanzas con la santidad de su vida, la sublimidad de su doctrina y, particularmente, con numerosos milagros, que atestiguan su misión y su divinidad.

Ejerce sobre la creación entera su acción dominadora, como Señor de todas las cosas. Todo le obedece: el cielo, la tierra, los infiernos. Los ángeles acuden al desierto a servirle, Moisés y Elías le acompañan en el Tabor. Multiplica los panes, calma las tempestades, camina sobre las olas, realiza una multitud de curaciones, resucita a los muertos, arroja a los demonios del cuerpo de los poseídos.
Para llevar a cabo estos milagros, le basta una palabra, un gesto, un simple contacto.

Formación de la Iglesia.

Después de sus primeras predicaciones, un gran número de hombres empiezan a seguirle a fin de escuchar su palabra de vida y ser testigos de sus milagros.
De entre estos primeros seguidores, Jesucristo elige doce, en recuerdo de los doce patriarcas de Israel, y les da el nombre de apóstoles, es decir, enviados, porque quería enviarlos a predicar su doctrina a todos los pueblos de la tierra.
Los lleva consigo, los instruye con un cuidado especial y, durante tres años recorre con ellos Galilea, Judea, Samaria y el mismo desierto, adonde le siguen las muchedumbres ávidas de escucharle.

De tiempo en tiempo envía a sus apóstoles, de dos en dos, a predicar el Evangelio. En prueba de su misión les confiere el poder de expulsar a los demonios y de curar las enfermedades, como lo hacía Él mismo.
En el tercer año de su apostolado, Jesucristo elige también setenta y dos discípulos, en recuerdo de los setenta y dos consejeros de Moisés, para que ayudaran a los apóstoles en la predicación del Evangelio por las ciudades y las campiñas.
De esta suerte echa los cimientos de su Iglesia, que debía continuar su obra sobre la tierra.

Cierto día, dirigiéndose a Simón, cuyo nombre había antes cambiado por el de Pedro, le nombró jefe de su Iglesia, diciéndole:Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas (es decir, las potestades del infierno), no prevalecerán contra ella. Y le confió las llaves del reino de los cielos para que las transmitiera a sus sucesores.

Los enemigos de Jesucristo.

Durante los tres años de su vida pública, Jesucristo tuvo que combatir la incredulidad de los judíos y la hostilidad celosa de los jefes de la nación.
Israel esperaba un Mesías poderoso, para restaurar el trono de David y dar a los judíos el imperio sobre los otros pueblos. Esperaba una revolución política y no un cambio religioso, interpretando en este sentido material las profecías que anunciaban el reino glorioso del Mesías.
Este pueblo carnal y terreno no reconoció al conquistador de sus ensueños en este profeta de Nazaret, pobre y obscuro, que predicaba la guerra a las pasiones, el desprecio de las riquezas y el reinado de Dios en las almas.

El pueblo, empero, arrastrado por la dulzura y los milagros de Jesús, creían; pero los jefes de la nación se declararon enemigos de Jesucristo y atribuían sus milagros al poder del demonio.
Dominaban en aquella época en Judea dos sectas funestas: los saduceos y los fariseos.
Los saduceos, filósofos materialistas, no pensaban más que en la vida presente, buscando de una manera exclusiva los placeres sensuales.
Los fariseos, hipócritas y perversos, bajo la práctica exterior de la ley de Moisés ocultaban un orgullo desmedido y vicios infames.

Entre estos dos partidos estaba dividida la alta sociedad y ejercían gran influencia sobre el pueblo. La mayor arte de los miembros del famoso tribunal llamado sanedrín formaba en las filas de una y otra secta.
El sanedrín, presidido por el sumo sacerdote era el gran tribunal de la nación, encargado de regir y juzgar los asuntos religiosos.
Se componía de setenta y dos miembros, divididos en tres cámaras:
los príncipes de los sacerdotes o jefes de las veinticuatro familias sacerdotales; los escribas o doctores de la ley;
los ancianos del pueblo o jefes de las tribus, y de las principales familias.

El sanedrín tenía el derecho de castigar a los transgresores de la ley, pero desde que los romanos impusieron su dominación a los judíos, le estaba prohibido pronunciar sentencia de muerte.
Los fariseos fueron los enemigos más encarnizados de Jesucristo.
Celosos de su popularidad, heridos en su orgullo por la superioridad de su doctrina, exasperados por la libertad con que condenaba sus errores y descubría su hipocresía, concibieron contra Él tal aversión que, bien pronto, se convirtió en odio mortal.
La sabiduría de Dios que gobierna el mundo se sirvió de este odio para llevar a cabo la redención del linaje humano.

La Pasión de Cristo Redentor.

Jesucristo había venido a este mundo, no solo para instruirlo y traerle una religión más perfecta, sino también para salvar a la humanidad culpable.
Ahora bien, esta redención debía cumplirse mediante el sacrificio de su vida y la efusión de su sangre.
A mitad del tercer año de su Predicación Jesucristo subió a Jerusalén para celebrar allí la Pascua con sus apóstoles.

Cristo, verdadero rey de Israel, quiso entrar triunfalmente en la Ciudad Santa.
El pueblo,que al saber que llegaba Jesús, corrió a su encuentro, llevando palmas y ramos de olivo, alfombrando con hojas el camino que debía recorrer, mientras gritaba lleno de júbilo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Gloria al Mesías!

Estas aclamaciones enfurecieron a los fariseos, que buscaron la manera de apoderarse de Él, sin soliviantar a la muchedumbre. Aceptaron complacidos el ofrecimiento de Judas Iscariote que se brindaba a entregarle mediante el pago de treinta monedas de plata. Esta venta se repite en el transcurso de los siglos contra Cristo y su Iglesia. Sus enemigos compran la prensa, compran los votos y la traición de Judas se repite en el mundo.

Jesús en el Huerto de los Olivos.

El Jueves Santo por la noche, el Salvador reunió en Jerusalén a sus doce apóstoles para comer el cordero pascual, según el ceremonial prescrito por Moisés.
Después de la institución de la divina Eucaristía, la gran Pascua de la nueva Ley, Jesús se dirigió al Huerto de los Olivos.
Allí, al considerar los sufrimientos que le esperaban y su inutilidad para muchos, el Salvador se sintió oprimido por una amarga tristeza y cayó en agonía y, desde las ocho de la noche a las once, aproximadamente, lloró los pecados de los hombres.

A medianoche viene Judas capitaneando a los soldados del sanedrín, Jesús pronuncia esta única frase: Soy Jesús de Nazaret, y la tropa cae de espaldas.
Quiere mostrar con este prodigio que va a entregarse libremente a los sufrimientos. Se deja atar y conducir a Jerusalén, mientras sus discípulos le abandonan.

Jesús en presencia de Caifás. Contra todas las reglas de procedimiento, el gran sacerdote reúne el sanedrín a medianoche para condenar al Salvador.
Estos jueces buscan testigos falsos, pero sus declaraciones carecen de eficacia para justificar la sentencia de muerte.
Para poder pronunciarla contra Jesús, no halla el sanedrín otro pretexto que la afirmación solemne de Jesús: “Sí, soy el Cristo, el Hijo de Dios”.

Caifás dice que semejante afirmación es una horrenda blasfemia; y como, de acuerdo con la ley mosaica, la blasfemia era castigada con la muerte, Jesús es condenado y entregado entretanto a la brutalidad de los lacayos y soldados.

Jesús ante Pilatos.

El Viernes Santo, a eso de las siete de la mañana, Jesús es conducido al tribunal de Pilatos, gobernador romano, para que ratifique y ejecute la sentencia.
El gobernador invita a los enemigos de Jesús a que expongan sus acusaciones contra Él; y entonces, los del sanedrín, dejando a un lado la acusación de blasfemia, le presentan como reo de crímenes políticos.
Este hombre, dicen, subleva al pueblo y prohíbe que se pague tributo al César y se dice el Cristo Rey.

Pilatos interroga a Jesús, reconoce su inocencia y busca la manera de ponerle en libertad; pero no quiere disgustar a los judíos por temor de ser denunciado al emperador Tiberio y perder el puestos.
Oyendo que Jesús es galileo le manda, sin demora, a Herodes que se halla en Jerusalén con motivo de las fiestas de la Pascua.

Jesús ante Herodes.

Herodes, orgulloso de ver comparecer ante su tribunal a ese hombre extraordinario, le pide que haga algún milagro. En presencia de aquel príncipe impúdico, Jesús guarda silencio por lo cual Herodes, despechado, le hace vestir con un traje de burla como a un loco y lo devuelve a Pilotos.
Durante este tiempo, los fariseos propagan entre el pueblo toda suerte de calumnias contra el Salvador; la aparente debilidad y abatimiento de Jesús, el juicio del sanedrín y de Herodes, todo induce a creer que lo afirmado por los fariseos no es calumnia sino verdad.

El pueblo judío, que cinco días antes gritaba: ¡Hosanna al Hijo de David!
dentro de poco pedirá su muerte. De un modo análogo el pueblo católico y el de otras religiones, vota por los enemigos de Dios y les permite forjar toda clase de leyes contrarias a la libertad de la Iglesia y al bien de la patria.

Vuelve Jesús a presencia de Pilotos.

El gobernador, viendo el odio de los fariseos, desea salvar a Jesús.
Espera hallar más justicia en el pueblo y siguiendo la costumbre de indultar a un preso en el tiempo pascual, compara a Jesús a un asesino llamado Barrabás
¿A quién queréis que ponga en libertad, pregunta a la muchedumbre, a Jesús o a Barrabás?
El pueblo, seducido por los fariseos, pide la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
Pilotos se indigna; y para mover al pueblo a compasión, condena a Jesús a la pena de azotes, no obstante haberle declarado inocente.
Este suplicio, reservado para los esclavos era, según la ley romana, horriblemente cruel. El condenado, completamente desnudo, era atado a una columna baja de modo que presentara la espalda encorvada a los golpes terribles de los verdugos ejercitados en el arte de la tortura.

Los ramales de cuero terminaban en corchetes para desgarrar las carnes, o en bolas de plomo para magullar las llagas. Cada golpe arrancaba jirones de carne, y la sangre corría de todas las partes del cuerpo.
Bien pronto la víctima encorvándose hacia un lado, dejaba todo su cuerpo expuesto a los golpes desgarradores; no era raro ver al condenado morir en este suplicio.

La paciencia divina de Jesús asombra a los verdugos y excitaba su ira; y de las plantas de los pies hasta la coronilla no hay en Él un punto sano, pudiéndosele contar todos, con lo que se realiza la profecía de Isaías:
“Dinumeraverunt omnia ossa mea”.
De esta suerte, la pureza por esencia pagaba las impurezas de los hombres.
Después de tan espantoso tormento material, los soldados romanos quisieron burlarse de este Rey de los judíos.

Hiciéronle sentar sobre un fragmento de columna como sobre un trono; le echaron sobre las espaldas, a manera de manto real un harapo de púrpura; pusieron en sus mano una caña por cetro y ciñeron sus sienes con una corona de punzantes espiras, adaptándola a fuerza de golpes; luego, como tributo le escupieron en el rostro y le dieron de bofetadas.
Para expiar el orgullo del hombre, el Salvador sufre estas crueles ignominias con paciencia divina.

Pilotos muestra al pueblo a Jesús en un estado capaz de conmover las mismas piedras. La víctima tiene el cuerpo desgarrado, la cabeza coronada de espinas, el rostro manando sangre; y, cuando así lo ha puesto a la vista del pueblo, el juez dice:
“¡He ahí al hombre!”.
Los judíos lanzan gritos de furor: “¡Crucifícalo!”…
Nosotros tenemos una ley y según ella debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios.

Los romanos solían respetar las leyes religiosas de los pueblos conquistados y por eso los fariseos substituyen el crimen de Estado, que Pilatos rehúsa admitir, con el crimen de religión.
Sin embargo, el gobernador todavía vacila. Entonces, ellos le descargan el último golpe: Si lo pones en libertad, no eres amigo del César, puesto que todo aquel que se hace rey se declara contrario al César.

Al oír estas palabras, Pilatos se estremece ante el temor de perder su puesto, y se lava las manos diciendo: Soy inocente de la sangre de este justo; vosotros responderéis de ella.
Los judíos gritan:¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
El gobernador pronuncia la sentencia y condena a Jesús a muerte de cruz.

Jesús en el Calvario.

El suplicio de la cruz estaba reservado a los esclavos y a los malhechores.
El Salvador del mundo, cargado con nuestras iniquidades, quiere pasar por este suplicio humillante y cruel.
Los verdugos colocaron sobre sus hombros una pesada cruz, que Él abraza con amor y lleva penosamente hasta el Calvario, lugar destinado a las ejecuciones.
El camino que conducía a él tenia una longitud de 750 metros.
Al recorrer esta vía dolorosa, Jesús, extenuado por tantos sufrímientes, cae tres veces. Al salir de Jerusalén, se halla incapaz de dar un paso, llevando la cruz a cuestas; los soldados obligan aun hombre de Cirene a que ayude a la víctima.

Jesús se encuentra con su Santísima Madre, y su corazón se desgarra de pena.
Más adelante, una piadosa mujer, llamada la Verónica, enjuga su divino rostro, y el Señor, agradecido, deja impresa en el sudario su santa faz.
En la subida al Calvario, el Salvador habló sólo una vez, pero habló como doctor y como profeta. Anunció a las mujeres de Jerusalén que le seguían llorando, el testigo futuro de su patria y la suerte del pecador que no quiera aprovecharse de los frutos de la redención.

Llegado al Calvario, Jesús despojado de sus vestiduras, es clavado en la cruz por cuatro clavos, que hacen penetrar a fuerza de golpes de martillo, enormes clavos en sus pies y manos. Cuando la víctima queda clavada, en medio de atroces sufrimientos, los verdugos levantan la cruz y la dejan caer de golpe en el hoyo preparado de antemano.
Cada sacudida produce en todos los miembros de Jesús un estremecimiento de espantosos dolores… Era mediodía.
Dos ladrones fueron también crucificados con Él, uno a la derecha y otro a la izquierda. Así se cumplía la profecía que dice: Ha sido contado entre los malhechores.

Sobre la cruz, el Salvador, levantado entre la tierra y el cielo, pronuncia siete palabras.
Ora por sus verdugos; promete el Paraíso al ladrón arrepentido; entrega a María por madre a Juan y luego calla por espacio de tres horas.
En aquel momento, el sol se obscurece y densas tinieblas cubren la tierra.
Jesús ruega ante la justicia divina por los pecadores.
Viendo el número de los réprobos que no querrán aprovecharse de sus méritos, deja escapar un grito de desconsuelo hacia su Padre:
¡Dios mío, Dio mío! ¿Por qué me has abandonado?.

Después se vuelve a los hombres para decirles: Tengo sed… Tengo sed de la salvación de vuestras almas… Por último anuncia que todo se ha consumado: las profecías se han cumplido; el precio de nuestro rescate está pagado.
El Redentor profiere un gran grito, pone su alma en las manos de su Padre, e inclinando la cabeza expiró… Eran las tresde la tarde.

La naturaleza entera pareció llorar la muerte de su Creador: la tierra tembló, las rocas del Calvario se partieron, se desgarró el velo del Templo, las tumbas se abrieron… El centurión romano, que guardaba a los ajusticiados exclamó:
¡Ese hombre era realmente el Hijo de Dios!

Sepultura de Jesús.

Algunas horas después, un soldado, para atestiguar la muerte de Jesús, abre de una lanzada el costado de la víctima, y de la herida sale sangre y agua. José de Arimatea y Nicodemo obtuvieron permiso de Pilatos para sepultar el sagrado cuerpo. Habiéndolo desclavado de la cruz, lo colocaron en un sepulcro nuevo excavado en una roca.
Los judíos, sabiendo que Jesús había predicho su resurrección, y temiendo que vinieran a robar el cadáver, sellaron la tumba con un sello de la nación y pusieron varios soldados para que la guardaran. Esta precaución, completamente providencial, sólo va a servir para hacer más auténtica la resurrección de Jesucristo.

Resurrección de Jesucristo.

El domingo, al despuntar la aurora, Jesús sale lleno de gloria de la tumba sin tocar la piedra. La tierra tiembla, un ángel desciende del cielo, hace rodar la piedra, se sienta en ella y siembra el terror entre los guardianes del sepulcro. Éstos, viendo vacío el sepulcro, corren a anunciar al sanedrín la resurrección del crucificado. Los príncipes de los sacerdotes les entregan una cantidad de dinero para que esparzan la voz de que estando ellos durmiendo, habían venido los discípulos de Jesús y robáron el cadáver.

El mismo día, el divino Jesús se aparece por la mañana a María Magdalena, a las santas mujeres y a Pedro. Por la tarde, se muestra a dos discípulos en el camino de Emaús, y después a sus apóstoles, reunidos en el Cenáculo.
Durante cuarenta días se aparece a sus apóstoles en diversas circunstancias; les encarga que enseñen y bauticen a todas las naciones y, finalmente, les da las últimas instrucciones para establecer su Iglesia, de la que nombra definitivamente a Pedro primer pastor y jerarca supremo.

Ascensión.

El cuadragésimo día, Jesús, seguido de ciento veinte discípulos, se encamina al monte de los Olivos. Allí, después de haber prometido a sus apóstoles que les mandaría el Espíritu Santo, bendice por última vez y en su presencia se va a los cielos.
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¿Cómo conocemos la vida de Nuestro Señar Jesucristo?

Conocemos la vida de Nuestro Señor Jesucristo particularmente por los Evangelios.
Se llaman Evangelios los cuatro libros donde se narra la vida, los milagros y las principales palabras de Jesucristo.
Autores de los Evangelios son: los apóstoles San Mateo y San Juan, y dos discípulos: San Marcos, discípulo de San Pedro y San Lucas, discípulo de San Pablo.
Los tres primeros evangelistas: San Mateo, San Marcos y San Lucas, escribieron su Evangelio entre los años 40 al año 70 de la era cristiana; San Juan, a fines del primer siglo, año 95 al 99.

La palabra Evangelio es lo mismo que buena nueva. Es la nueva de la redención de los hombres, nueva grandísima y felicísima, sobre todas las demás.
Se da este nombre ya a la doctrina de Cristo, ya a los libros en que está contenida.
Cuatro hombres elegidos por Dios, dos apóstoles y dos discípulos, escribieron, bajo la inspiración del Espíritu Santo, la divina historia de lo que Jesús dijo e hizo entre los hombres.
Las narraciones de estos cuatro testigos, aunque diversas en la forma, en la intención, en el origen, se explican y confirman las unas a las otras, de suerte que no constituyen sino un solo Evangelio.

1º El Evangelio de San Mateo:

fue escrito hacia el año 42, ocho años después de la ascensión del Salvador.
San Mateo, apellidado Leví, cuando estaba a punto de dejar la Palestina para ir a llevar a otras naciones la buena nueva, escribió en hebreo, para los judíos convertidos de Jerusalén, los hechos principales de la vida de Jesús.
Su intento fue demostrar a los judíos incrédulos que Jesús de Nazaret era realmente el Mesías anunciado por los profetas. Es el más antiguo de los cuatro Evangelios.

2º El Evangelio de San Marcos:

fue escrito cinco o seis años más tarde, en Roma, por Juan Marcos, discípulo y secretario de San Pedro. Marcos siguió a su maestro a Roma, recogió sus narraciones y, en vista de ellas, escribió su Evangelio, a petición de los romanos, deseosos de tener por escrito el compendio de las enseñanzas dada por el Apóstol.
Este Evangelio, aprobado por San Pedro, estaba destinado particularmente a los gentiles, así como el de San Mateo lo estaba a los judíos convertidos. Es el más compendiado.

3º El evengelio de San Lucas:

éste compuso el tercer Evangelio y los Hechos de los Apóstoles alrededor del año 60 de la era cristiana. Natural de Antioquía; médico, pintor y escritor distinguido. San Lucas fue convertido por San Pablo y se hizo el compañero de sus viajes a Efeso, a Jerusalén, a Grecia y a Roma.
Sacó los elementos para su Evangelio de las predicaciones de su maestro, de sus relaciones con los otros apóstolesy de las enseñanzas que recogiera de labios de la misma Virgen María.

San Lucas se propuso ordenar, de la mejor manera posible, la narración de los hechos evangélicos, y así su libro tiene más forma de historia que los otros: es el más completo, el más metódico de los Evangelios. San Lucas escribió para los griegos lengua hablaba admirablemente. Presenta al Hombre Dios como el Salvador del género humano.

4º El Evangelio de San Juan:

fue compuesto a fines del siglo primero. San Juan, el discípulo predilecto de Jesús, el último superviviente de los apóstoles, escribió en griego su Evangelio a ruegos de los obispos de Asia, para combatir las primeras herejías sobre la divinidad de Jesucristo.
Pone todo su empeño en dar a conocer mejor al Salvador, su existencia eterna en el seno de Dios, su unión substancial con el Padre, su encarnación y el misterio de la vida que Jesús venía a comunicar a los hombres.

Los tres primeros evangelistas narran la vida exterior del Salvador y sus enseñanzas populares. San Juan guarda silencio acerca de lo que se halla en los primeros Evangelios, ahonda más que los otros hagiógrafos en los secretos de Jesús y en lo sublime de su doctrina. Es el único que reproduce su discurso de la Cena, la página más hermosa de nuestros Libros Santos, donde se aspira como una aroma de divinidad y de amor divinos.

¿Debemos creer todo lo que está contenido en los Evangelios?

Si, porque se debe creer a un libro histórico cuando es auténtico, íntegro y veraz.
Los Evangelios poseen estas tres cualidades de una panera mucho más perfecta que todos los otros libros históricos. Escritos por los apóstoles y los discípulos cuyos nombres llevan, han llegado intactos hasta nosotros, y sus autores son testigos verídicos dignos de fe; no han podido ser engañados ni engañadores.
Es imposible, pues, poner en duda los hechos narrados en los Evangelios, sin negar al mismo tiempo toda ciencia histórica.

-Los Evangelios pueden ser considerados de dos maneras:

1º, como libros inspirados; 2º como libros simplemente históricas.

Nosotros, los cristianos, creemos que los Evangelios son libros inspirados, es decir, que los apóstoles y sus discípulos los han escrito siguiendo el impulso del Espíritu Santo, que los movió internamente a escribir todo y sólo lo que Dios quiso, utilizando, sin embargo, las cualidades propias de cada escritor.

Como libros inspirados, merecen fe divina, esto es la fe absoluta que merece la palabra de Dios. Pero aquí no tenemos que discutir acerca de la inspiración.
Consideraremos los santos Evangelios como libros de historia según el concepto puramente histórico.
Conforme a la sana crítica y al buen sentido, un libro de historia tiene autoridad plena y merece fe humana cuando es auténtico.
Un libro es auténtico cuando ha sido escrito en la época y por el autor que le asignan.
Un libro es íntegro cuando ha llegado hasta nosotros sin alteración, tal como fue compuesto por su autor.

1ºAutenticidad de los Evangelios.

Los cuatro Evangelios tienen por autores a los escritores cuyos nombres llevan.
Así lo demuestran:
a) El testimonio del pueblo cristiano.
Este ha considerado siempre los Evangelios como auténticos, los ha leído en los divinos oficios y los ha conservado con religiosa veneración.

b) El testimonio de los mismos paganos, que los atribuyen a los discípulos de Jesús.

c) La imposibilidad de atribuirlos a otros autores, sea contemporáneos de los apóstoles, porque éstos hubieran protestado, sea posteriores a su muerte, parque los cristianos no los hubieran admitido.

d) Los caracteres intrínseco de los Evangelios requieren que sus autores sean testigos oculares y contemporáneos de Jesucristo.

e) La autenticidad de nuestros Libros Santos exige pruebas más fuertes que las exigidas para los otros libros históricos, pruebas accesibles a todas las inteligencias. Dios ha provisto a esta necesidad.
Él nos da una prueba única en el mundo y acomodada a todas las inteligencias, tal como no la posee libro alguno: me refiero al testimonio del pueblo judío para el Antiguo Testamento y del pueblo cristiano para el Nuevo.

Los evangelios son, para los cristianos, una herencia de familia cuya procedencia deben conocer mejor que nadie. El pueblo cristiano funda su origen, la razón de su existencia, de su fe, de su vida, en la predicación de los apóstoles que le hicieron conocer las obras, los milagros y las enseñanzas de Jesucristo.
Ahora bien, los Evangelios no son más que el resumen escrito de la predicación apostólica. Los primeros cristianos aceptaron estos libros:

a) porque conocían a sus autores y sabían que eran dignos de fe, y
b) porque no hallaban en estos escritos sino lo que ya creían.
Siempre y en todas partes los cristianos han considerado a los cuatro Evangelios como la obra de los apóstoles y los discípulos; ante ese testimonio constante y universal se deshacen todas las objeciones de los incrédulos pasados, presentes y futuros.

Los racionalistas creen encontrar, en lo que ellos llaman ciencia crítica, armas contra nosotros. Los sabios cristianos los han seguido en este terreno, y ved aquí los testimonios que la crítica más sabia presenta de los escritos de los primeros siglos de la Iglesia, en favor de la autenticidad de losEvangelios .

a) Testimonio de los cristianos:

San Justino, apologista y mártir en el año 106, afirma que los Evangelios eran leídos en los oficios del domingo, y habla de esta costumbre como de un uso general que existía de mucho tiempo atrás. Este filósofo pagano abrazó el Cristianismo, después de haber recogido los datos más precisos acerca de todos los hechos evangélicos.
Su discípulo Taciano escribió una armonía de los cuatro Evangelios, es decir, una concordancia.

Los Padres apostólicos, contemporáneos de los evangelistas, como San Clemente Romano, discípulo de San Pedro y Papa desde el 91 al 100;
San Bernabé, compañero de San Pablo, muerto en el año 104; San Ignacio de Antioquía, discípulo de San Juan martirizado el uño 107, etc., citan en sus cartas una gran multitud de pasajes sacados del Evangelio, prueba evidente de que los Padres contemporáneos de los apóstoles tenían a la mano los Evangelios y conocían su verdadero origen.

San Ireneo, el sabio obispo de Lyon, discípulo de Policarpo, amigo éste de San Juan, del año 120 al 202, invoca contra los herejes nuestros cuatro Evangelios, que compara a los cuatro Puntos cardinales y a las cuatro figuras de querubines.
Nos hace conocer en su célebre obra Adversus haereses la época de su redacción. Citaremos sus palabras: “Mateo publicó su Evangelio entre los hebreos y en su lengua, en la época en que Pedro y Pablo predicaban el Evangelio en Roma y fundaban la Iglesia.

Más tarde, Marcos, discípulo y secretario de Pedro, nos comunica por escrito, las verdades que enseñaba ese apóstol. Lucas, discípulo de Pablo, escribía en un libro el Evangelio que predicaba su maestro. Finalmente Juan, el discípulo predilecto del Señor, publicó un Evangelio mientras residía en Éfeso en Asia…
Tal es la certeza de nuestros Evangelios, que hasta los mismos herejes la reconocen y testifican.” Son de una importancia capital las palabras de Ireneo primado de las Galias y discípulo de Policarpo; que reúne en su Persona la autoridad de la Iglesia de Oriente y de Occidente.

Orígenes, que vivió desde 185 al 254, afirma que hay cuatro Evangelios, que son los únicos recibidos sin dificultad en toda la Iglesia de Dios. Este gran doctor no se contenta con nombrar los autores, sino que los comenta y los explica.
Tertuliano, años 145230, es tan explícito como Orígenes: con él tenemos el testimonio de la Iglesia de África.
Es inútil reproducir testimonios posteriores al siglo II, son demasiados numerosos. Por consiguiente, no hay duda posible: los cuatro Evangelios fueron escritos por los autores cuyos nombres llevan.

b)Testimonio de los paganos.

Al testimonio de los cristianos podemos añadir el de los filósofos paganos, enemigos encarnizados de la Iglesia. Celso que escribió entre los años 115 y 140, ve en los Evangelios los escritos de los discípulos de Jesús.

Porfirio en el siglo II, y Juliano el Apóstata, en el IV, llaman a los evangelistas por sus nombres. Si ellos hubieran podido negar el verdadero origen de nuestros Evangelios, no hubieran dejado de hacerlo, porque éste era, evidentemente, el medio más rápido y eficaz para combatir a la Iglesia de Cristo.

c) Imposibilidad de todo fraude.

Ningún impostor hubiera podido componer los Evangelios ni durante la vida de los Apóstoles, ni la única religión divina después de su muerte.

1º Era imposible viviendo los Apóstoles, porque éstos, sumamente atentos a conservar la fe, de ninguna manera hubieran permitido que se abusara de su nombre para engañar a los fieles.

2º Era imposible después de la muerte de los Apóstoles, porque los cristianos no hubieran recibido los Evangelios, y habrían protestado contra los impostores, como lo hicieron contra los Evangelios apócrifos desde el momento de su aparición.
Si nuestros cuatro Evangelios han sido los únicos recibidos, es porque son los únicos auténticos. Los falsos Evangelios son remedos, y por lo mismo deponen en favor de los verdaderos,, como la moneda falsa atestigua la existencia de la verdadera.

2º Integridad de los Evangelios.

Los Evangelios han llegado intactos hasta nosotros.

a) En efecto, no han sido alterados, y el texto actual está completamente conforme con los antiguos manuscritos.

b) Fue siempre imposible cualquier alteración.

a) Nuestros Evangelios no han sido modificados.

Los sabios modernos, protestantes y católicos, han comparado los manuscritos más antiguos, las diversas traducciones en todas las lenguas; han estudiado hasta los viejos pergaminos de los monasterios griegos del Sinaí y del monte Atos, y en todos estos manuscritos no han hallado ninguna divergencia que merezca ser notada.
El texto que hoy poseemos es el mismo que se halla citado por los Santos Padres; está conforme con los 500 manuscritos antiguos cuya existencia han comprobado los sabios; está también de acuerdo con las antiguas versiones o traducciones hechas en diversas épocas.

Por consiguiente, la integridad de los Evangelios queda rigurosamente probada.
Es indudable que existen numerosas variantes entre los diversos manuscritos, y no podía ser de otra manera: jamás libro alguno ha sido tan copiado y traducido en todos los tiempos y lugares. Pero estas variedades son debidas únicamente a errores de copistas o de traductores, dejan intactas las Partes esenciales de cada frase y no alteran ningún hecho importante, ningún punto de dogma o de moral.

b) Era imposible toda alteración substancial.

Estos libros, respetados como divinos, leídos todos los domingos en los oficios, eran conservados con cuidado religioso por todos los cristianos.
Sería imposible hoy falsficarlos, porque son conocidos a la vez por los católicos, los herejes y los incrédulos: los unos a falta de los otros protestarían contra el mismo; luego lo que es imposible hoy, lo fue en tiempos pasados.

3º Veracidad de los Evangelios.

Los autores del Evangelio son verídicos:

a) No podían engañarse acerca de los hechos que narran: tales hechos eran recientes, sensibles e importantes.

b) No querían engañarnos, eran hombres sencillos, honestos, francos y publicaban su narración con peligro de su vida.

c)No podían tampoco engañar, aún habiéndolo querido, porque vivían todavía numerosos testigos presenciales de los hechos del Evangelio, y no hubieran dejado de descubrir el fraude. Por otra parte, los judíos tenían sumo interés en poder demostrar que los evangelistas mentían.

a) No podían engañarse:
porque no narraban sino lo que hahían visto o recibido de boca de testigos oculares dignos de fe. Se trataba de hechos recientes, sensibles, materiales, hechos a la luz del sol, en presencia de una multitud de testigos, a veces hostiles.
Esos hechos eran de una importancia capital para la religión del pueblo judío; finalmente, eran frecuentemente maravillosas y, por lo mismo, de tal naturaleza que debían llamar la atención.
Creemos que nadie se atreverá a afirmar que todos los evangelistas eran ciegos, sordos o ilusos. En este caso habría que afirmar lo mismo de una multitud de otros testigos contemporáneos, aun de entre los enemigos de Jesús, que recibieron sin protesta las narraciones evangélicas.

b) No querían engañar.
Su narración tiene un sello de verdad, de sencillez, de candor tal, que jamás se encuentra nada semejante en el libro de un impostor. Puntualizan los hechos, señalan los lugares donde se realizaron, citan los testigos vivos todavía, confiesan humildemente sus propios defectos y faltas.
Nadie engaña sino cuando prevé, como resultado de ese engaño, alguna utilidad, como gloria, fortuna, bienestar.

Y ¿qué interés podían tener en engañarnos?
Tan lejos estaban de poder esperar algún provecho de su fraude, no menos perjudicial para los judíos que para los gentiles, que solo debían esperar, de parte de los hombres, el desprecio, la persecución, la muerte, y de parte de Dios, los castigos reservados a los impostores sacrílegos.

Mentir, por tanto, en tales condiciones era una locura. Pascal tiene razón cuando dice: “Yo creo fácilmente la historia cuyos testigos se dejan degollar en comprobación de su testimonio.”

c) Finalmente no hubieran podido engañar:
los hechos que cuentan se habían realizado en presencia de millares de testigos que todavía vivían. Los enemigos de cristianismo no hubieran dejado de descubrir la impostura. Los judíos incrédulos, los jefes de la sinagoga, hicieron todo lo posible para ahogar la religión nueva, imponiendo el silencio a los apóstoles, pero se confesaron impotentes para negar los hechos del Evangelio.

No hubieran podido engañar, porque los apóstoles eran del todo incapaces de inventar por sí mismos, siendo hombres sencillos y humildes, una doctrina tan sublime, superior a todas las doctrinas filosóficas; no hubieran podido crear un tipo de virtud tal como Jesucristo, ni concebir un Mesías que no se parece en nada al que esperaban los judíos.
El retrato que hacen de Jesús no tiene analogía alguna con los héroes del mundo; ningún ser humano podía darles la idea de un modelo tan sublime de perfección.

Conclusión.

Por tanto, el Evangelios es el libro histórico más autorizado, el más íntegro, el más verídico de todos los libros. Estamos, por consiguiente, tan ciertos de los milagros de Jesucristo como de sus enseñanzas.
Los testigos que los narran los han visto; estos testigos no se engañan, sus narraciones han llegado hasta nosotros en toda su integridad.

¿Cómo -dice el impío Rousseau, recusar el testimonio de un libro escrito por testigos oculares que lo sellaron con su sangre, recibido en depósito por otros testigos que nunca han cesado de darlo a conocer en toda la tierra, y por el cual han muerto más mártires que letras tienen sus páginas?

Si los hechos del Evangelio no fueran verídicos, el Cristianismo nunca se hubiera podido establecer y conservar en la tierra.
Vamos a terminar esta cuestión citando una página muy conocida que la evidencia de la divinidad de los Evangelios arrancó al mismo Rousseau:
“Confieso que la majestad de las Escrituras me asombra; la santidad del Evangelio habla a mi corazón.
Mira los libros de los filósofos con toda su pompa ¡qué pequeños son comparados con aquél!
Es posible que un libro tan sublime y tan sencillo a la vez, sea obra de los hombres?
¿Es posible que Aquel cuya historia narra no sea más que un hombre también?… ¿Diremos que la historia del Evangelio ha sido inventada a capricho?

No es así como se inventa; y los hechos de Sócrates, de los cuales nadie duda; están menos atestiguados que los de Jesucristo. En el fondo es esquivar la dificultad sin destruirla.
Sería, más inconcebible que varios hombres, de común acuerdo, hubieran forjado este libro, que no el que uno solo haya proporcionado el tema.
Nunca autores judíos hubieran hallado ni este tono ni esta moral.
El Evangelio tiene caracteres de verdad tan grandes, tan sorprendentes, tan perfectamente inimitables, que el inventor sería más grande que el héroe mismo”.

¿La religión cristiana, difiere mucho de la religión primitiva y de la religión mosaica?

-No; no difiere de ellas en su esencia, puesto que tiene los mismos dogmas, la misma moral y el mismo culto esenciales.
Estas tres religiones tienen el mismo autor: Dios; el mismo fin sobrenatural para el hombre: el cielo; los mismos medios para llegar a él: la gracia.
Las tres descansan sobre el mismo Redentor esperado o llegado.
Jesucristo es siempre el fundamento de la verdadera religión.
La salvación nunca ha sido posible sino por Él y por sus méritos.
Con todo, la religión cristiana es más desarrollada, más perfecta y más rica en gracias.

Así como el sol se anuncia con la aurora, descubre su luz cuando se levanta y brilla en todo su esplendor al mediodía, así la religión revelada se desenvuelve por grados: empieza en la religión primitiva, se desarrolla en la religión mosaica y brilla en todo su esplendor en la religión cristiana.
Después de la revelación cristiana no queda ya más que la revelación del cielo: la Visión beatífica.
La revelación hecha por Jesucristo es antigua y moderna a la vez: antigua, porque reproduce todas las revelaciones anteriores; moderna, porque las esclarece y completa: Yo no he venido, dice Él, a abrogar la ley o los profetas; no he venido a abrogar, sino a dar cumplimiento.

1º Estas tres revelaciones o religiones: primitiva, mosaica y cristiana.

No son sino los diversos estados de una sola y misma religión; desarrollada por Dios en la sucesión de los siglos y que recibe su perfección por Jesucristo.
Semejante al hombre a quien se dirige, la religión revelada ha tenido diversas edades:
a) su infancia, desde Adán hasta Moisés;
b) su adolescencia, desde Moisés hasta Jesucristo;
c) su estad perfecta, desde Jesucristo hasta el fin del mundo.

Pero no por eso ha dejado de ser la misma, así como el hombre, pasando por las diversas edades de la vida, no deja de ser la misma persona.
Y, a la verdad, las tres religiones tienen el mismo nacimiento: las tres vienen de Dios; el mismo fin y las mismas ayudas, puesto que el objeto de todas ellas es conducir al hombre al cielo mediante la gracia.
Los dogmas, aunque revelados progresivamente, se encuentran, por lo menos en germen, en las tres religiones. Así el misterio de la Encarnación es anunciado por los profetas, que llaman al Mesías: ya Hijo de David, ya Hijo de Dios, Emmanuel, es decir: Dios con nosotros.

Un mismo decálogo, manda siempre las mismas virtudes. Para con Dios la fe, la esperanza, la caridad, la adoración; para con el prójimo la justicia, la caridad, la verdad; para con nosotros mismos la humildad, la castidad, el desinterés.
Uno mismo es el culto, por lo menos en sus actos esenciales: la oración, el sacrificio, la santificación de un día por semana.

2º Las tres religiones descansan sobre el Redentor.

El punto culminante de la historia de la religión como el de la historia del mundo, es la venida del Mesías. Colocado entre el pueblo judío, que le llamaba con todos sus deseos, el pueblo cristiano, que le ha saludado por su Dios, Jesucristo une los dos Testamentos o las dos alianzas de Dios con los hombres.
Todo lo que le ha precedido dice relación a Él como a Salvador esperado: todo lo que le ha seguido se une a Él como a Salvador llegado. Jesucristo es el punto adonde convergen todas las cosas.
Él es objeto de la fe de todos los siglos desde el nacimiento del mundo, el fiel ha debido creer en Jesucristo prometido, como el cristiano debe creer en Jesucristo venido. Él era ayer, Él es hoy, Él será en los siglos de los siglos.

La religión cristiana ha comenzado, pues, con el primer hombre y no terminará sino con el mundo. Nosotros creemos hoy y se creerán en todos los siglos las mismas verdades fundamentales; nosotros observamos los mismos preceptos que nuestros primeros padres: los patriarcas y los profetas.
“Así, la religión, después de la caída del hombre, ha sido siempre una e idéntica en su autor, en su mediador, en su dogma, en su moral, en su culto.
Luego nunca ha habido más que una sola verdadera religión: la religión cristiana; ella se remonta a los primeros días del mundo, y perdurará hasta el fin de los siglos.

Semejante a un árbol magnífico, plantado en el principio de los tiempos por la mano de Dios mismo, ella ha desarrollado poco a poco su robusto tronco, ha extendido sus ramas bienhechoras, alimentando con sus frutos saludables y cubriendo con su follaje inmortal todas las generaciones que han pasado, pasan y pasarán sobre la tierra” (Mons Gaume).

¿En qué está la perfección de la religión cristiana?

1º Jesucristo explicó mejor las verdades ya conocidas y reveló nuevos misterios.

2º Interpretó con mayor claridad las leyes morales.

3º Estableció los sacramentos, fuente eficaz de la gracia, y abolió las ceremonias figurativas del culto mosaico.

4º Reemplazó los sacrificios antiguos, de poco valor, por el santo Sacrificio de la Misa, de un valor infinito.

5º Reunió a los que practican su religión en sociedad visible, con una autoridad infalible para instruir a los hombres, gobernarlos y administrarles los sacramentos.

6º Hizo obligatoria para todo el género humano la religión cristiana.

1º Jesucristo perfeccionó el dogma.

Derramó abundantísima luz sobre las verdades ya reveladas, como la unidad y las perfecciones de Dios, las espiritualidad, la libertad e inmortalidad del alma, las recompensas y los castigos de la vida futura.
Nos reveló claramente los grandes misterios de la Trinidad, de la Encarnación y del la Redención; que nos hacen entrever la naturaleza íntima de Dios y nos muestran el amor infinito del creador para con el hombre, su criatura.

2º Jesucristo perfeccionó la moral.

Dictó con mayor claridad el decálogo, que redujo a los dos grandes preceptos del amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Mandó a los hombres como deber riguroso el observar las leyes de la penitencia y emplear los medios por él establecidos para darles la gracia, es decir, el deber de recibir los sacramentos.
Que dan, conservan o restituyen la vida sobrenatural. Nos mostró la fuente de todas las virtudes en el espíritu de sacrificio: si alguien quiere seguirme al cielo, nos dijo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Sin renunciar a sí mismo, es imposible amar a Dios y al prójimo.

3º Jesucristo perfeccionó el culto.

Reemplazó los ritos simbólicos de la antigua ley por signos eficaces: los sacramentos, que obran por sí mismos y confieren la gracia a todos los cristianos bien dispuestos.

4º Instituye el sacrificio de la Misa de un valor infinito, porque es la reproducción incruenta del gran sacrificio del Calvario:

Por la Misa podemos rendir a Dios todos nuestros homenajes de adoración, de acción de gracias, de expiación y de oración. Estableció un nuevo sacerdocio, que no está limitado a los cabezas de familia, como en la religión primitiva, ni a los miembros de una sola tribu, como en la religión mosaica, sino que ha sido confiado con poderes maravillosos a todos aquellos que responden a la vocación de Dios.
Por último, nos dio una fórmula de oración, el padrenuestro, compendio de todo lo que debemos desear y pedir a Dios.

5º Jesucristo aseguró la conservación de la religión cristiana.

Instituyó una sociedad, la Iglesia, con una autoridad infalible, que tiene una jurisdicción más extendida, más manifiesta, más firme que la sinagoga judía. Esta autoridad está en el soberano Pontífice, sucesor de San Pedro, designado por Jesucristo como jefe de la Iglesia y en los obispos, Sucesores de los apóstoles.

6º Jesucristo hizo obligatoria para todos los hombres la religión Cristiana.

Jesús dijo a los apóstoles: id y enseñad a todas las naciones y predicad el evangelio a toda criatura. Aquel que creyere y fuere bautizado, se salvará; aquel que no creyere, será condenado. He ahí que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos.
Está, pues, destinada la religión cristiana a todas las naciones y a todos los individuos, y todos están obligados a aceptarla, bajo pena de ser condenados.

Qué cosas comprende la religión cristiana?

La religión cristiana contiene:
lº Las verdades que debemos creer.
2º Los deberes que debemos practicar.
3º Los medios que debemos emplear para dar gloria a Dios y santificarnos.

1º Las verdades que debemos creer están expuestas en compendio en el símbolo de los apóstoles.

2º Los deberes que debemos practicar están contenidos en los mandamientos de Dios y de la Iglesia.

3º Los medios establecidos para glorificar a Dios son el santo Sacrificio de la Misa, la santificación del domingo y de los días festivos; los medios de santificarnos son los sacramentos y la oración, que nos dan la gracia necesaria para la salvación.
Tal es, en resumen, la doctrina cristiana, la doctrina de Cristo, que los apóstoles han predicado y que la Iglesia nos enseña.

Más adelante explicaremos de una manera más extensa estas diversas partes de la religión cristiana. Por ahora, bástenos recordar las principales verdades que debemos creer acerca de Nuestro Señor Jesucristo, si queremos de veras ser sus discípulos.

Creencias de los cristianos.

1º nosotros, los cristianos, creemos que Dios creador ha levantado en su misericordia, la humanidad caída y perdida por el pecado del primer hombre.

2º Creernos que para esto ha enviado a la tierra al Mesías, prometido a los patriarcas y anunciado por los profetas. Este Salvador nos ha enseñado lo que debemos creer y lo que debemos hacer para agradar a Dios.

3º Creemos que este Redentor es el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad que tomó la naturaleza humana para unirla a su Persona Divina y, después de su Encarnación, se llamó Jesucristo.

4º Creemos que el Hijo de Dios hecho hombre, o el hombre Dios, ha satisfecho por el pecado de adán y por nuestros pecados personales a la justicia divina, de modo que, aplicándonos sus méritos en determinadas condiciones, somos elevados nuevamente al estado sobrenatural y somos hechos hijos adoptivos de Dios y herederos del cielo.

5º Creemos que Jesucristo ha instituido una sociedad religiosa que él llama Iglesia, para continuar su obra y asegurar la salvación a los hombres que profesaren su doctrina, obedecieren sus leyes y recibieren sus sacramentos.

6º Creemos que entre todas las sociedades que desean ser las iglesias de Jesucristo la Iglesia Católica, Apostólica y Romana es la única verdadera Iglesia por él fundada, y fuera de la cual no hay salvación.

7º Creemos que Jesucristo ha puesto en la Iglesia católica una autoridad infalible, un tribunal supremo, que tiene por misión enseñar, propagar y hacer practicar la religión cristiana: esta autoridad es ejercida por el soberano pontífice, sucesor de San Pedro, y por el cuerpo de Obispos unidos al Papa.

Tales son los puntos de nuestro símbolo que vamos a explicar, probar y defender contra los que los atacan. Estos enemigos son de tres clases: los judíos, los racionalistas y los herejes.

Demostrando la divinidad de la religión, probaremos:
1) Contra los judíos, que Jesucristo es el verdadero Mesías prometido y esperado en Israel.
2) Contra los racionalistas, que Jesucristo es verdaderamente el enviado de Dios y Dios mismo.
3) Contra los herejes, que la Iglesia católica es la sola Iglesia fundada por Jesucristo.

III. Divinidad de la religión cristiana

¿Cómo sabemos que la religión cristiana es divina?


Lo sabemos por las señales ciertas e infalibles, como son las siguientes:

1º El cumplimiento de las antiguas profecías en la persona de Jesucristo.
2º Los milagros magníficos obrados por el salvador.
3º El gran milagro de la Resurrección.
4º Las profecías hechas por Jesucristo y perfectamente realizadas.
5º El establecimiento milagroso de la religión cristiana.
6º La fidelidad y el número de sus mártires.
7º Los frutos admirables producidos por el cristianismo.
8º La excelencia verdaderamente divina de la doctrina de Jesucristo.

Hemos visto ya, que el milagro y la profecía son el sello divino, la marca, la señal infalible de una religión divina.
Toda religión autorizada por milagros y profecías, es una religión divina, una religión revelada por Dios mismo.
Ahora bien, veremos en las siguientes preguntas que la religión cristiana, está autorizada por la doble marca del milagro y de la profecía; luego, la religión cristiana es realmente revelada por Dios, es la única religión verdadera, la única divina.

Dios da su religión a los hombres mediante enviados divinos encargados de hablar en su nombre; pero reviste a estos embajadores con todas las señales necesarias, a fin de que los hombres puedan conocerlos y aceptar su testimonio sin temor de engaño. Pues bien, las dos signos principales que caracterizan a un enviado divino son: el poder de hacer milagros y profecías.

I. Profecías realizadas en nuestro Señor Jesucristo.

Jesucristo, ¿es el mesías?


Sí; Jesucristo es verdaderamente el mesías.
El es el salvador prometido en el paraíso terrenal.
El enviado divino esperado por los patriarcas.
El nuevo legislador anunciado por Moisés.
El Emmanuel predicho por los profetas.
El Redentor deseado de las naciones.
Él ha realizado en su persona todas las profecías del antiguo testamento relativas:

1) al origen del mesías;
2) a la época de su llegada;
3) a las diversas circunstancias de su vida.

Por lo tanto, Jesucristo es el mesías, el enviado de Dios para fundar la religión nueva que debía suceder a la religión mosaica.
Pero una religión establecida por un enviado de Dios es necesariamente una religión divina; luego la religión cristiana, fundada por Jesucristo, es divina.

1º Profecías concernientes al origen del Mesías.

En el paraíso terrenal, después de la caída, Dios promete un Salvador a nuestros primeros padres, los cuales transmiten esta esperanza a sus descendientes, de tal manera, que ella se encuentra en todos los pueblos.
Dios renueva esta promesa a los Patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob, prometiéndoles que todas las naciones serán bendecidas en aquel que saldrá de su raza.

Jacob, iluminado por un espíritu profético, anuncia a Judá, su cuarto hijo, que el libertador descenderá de él. En la tribu de Judá, Dios elige la familia de David.
Él dice a este rey: “yo pondré sobre tu Trono a un hijo que saldrá de ti, pero cuyo reinado será eterno; yo seré su Padre, y él será mi Hijo”.
El mesías, pues, debía ser a la vez hijo de David e hijo de Dios.
Estas condiciones sólo se alían reunidas en Jesucristo, porque es descendiente de Abrahán de la tribu de Judá, de la familia de David, como lo prueba su genealogía; y es el único cuyo reinado es eterno. Luego, es el mesías.

2º Profecías concernientes a la época de la venida del Mesías.

1) Profecía de Jacob.


En su lecho de muerte este patriarca al predecir a cada uno de sus hijos la suerte que le estaba reservada, dijo a Judá: el cetro no saldrá de Judá, ni el jefe de su raza, hasta que haya venido aquel que debe ser enviado, y que será la esperanza de todas las naciones. Según esta profecía, el Mesías debe venir cuando la tribu de Judá haya perdido la autoridad, significada por el cetro.
Ahora bien, cuando llegó Jesucristo, la autoridad acababa de pasar a manos de Herodes, príncipe idumeo, que gobernaba en nombre de los romanos; los mismos judíos dejaron atestiguada la pérdida de su autoridad nacional, cuando dijeron a Pilatos: no tenemos derecho para condenar a muerte … luego, es cierto que Jesucristo vino en el tiempo señalado por Jacob.

2) Profecía del profeta Daniel.

Durante la cautividad de Babilonia, Daniel rogaba ardientemente al Señor que aminorara los sufrimientos de su pueblo y enviara al Mesías.
El Arcángel Gabriel le anunció: “El tiempo ha sido reducido a setenta semanas para tu pueblo y para tu santa ciudad. Después del cuál será abolida la iniquidad, y el pecado tendrá fin; la iniquidad será borrada y dará lugar a la justicia Eterna; las visiones y las profecías tendrán su cumplimiento; el Santo de los Santos recibirá la unción".
“Grábalo bien en tu espíritu: desde la orden que se dará para reedificar a Jerusalén hasta el Cristo, jefe del pueblo, habrá siete semanas y sesenta y dos semanas; los muros y los edificios públicos serán levantados a pesar de muchas dificultades.
“Después de las sesenta y dos semanas, el Cristo será condenado a muerte; y el pueblo que habrá renegado de Él dejaré de ser su pueblo.
Otro pueblo vendrá con su jefe, el cual destruirá la ciudad y el Templo; esta ruina será el fin de Jerusalén; el fin de la guerra consumará la desolación anunciada."

“En una semana, (la que queda), el Cristo sellará su alianza con muchos.
A mitad de la semana, las víctimas y los sacrificios serán abolidos; la abominación de la desolación reinará en el Templo, y la desolación no tendrá fin".
Según esta célebre profecía, el objeto de la venida del Mesías es la remisión de los pecados y el reinado eterno de la justicia. En setenta semanas todas las profecías debían cumplirse.

Se trata de semanas de años, según la manera ordinaria de calcular de los judíos: las setenta semanas constan, por lo tanto, de cuatrocientos noventa años.
El profeta indica el punto en que comienzan las semanas: es la publicación del decreto para la reconstrucción de Jerusalén. Este edicto fue dado por Artajerjes Longímano, el vigésimo año de su reinado, 454 años antes de Jesucristo.
El profeta divide las setenta semanas entres períodos muy desiguales: siete, sesenta y dos y una; veamos:

a) en el primero, que es de siete semanas, o cuarenta y nueve años, los muros de Jerusalén deben ser levantados con grandes dificultades. La historia prueba que así fue en efecto.

b) el segundo período, compuesto de sesenta y dos semanas, o cuatrocientos treinta y cuatro años, debe transcurrir antes que Cristo sea condenado a muerte.
Estos cuatrocientos treinta y cuatro años añadidos a los cuarenta y nueve del primer período, terminan el año 29 de la era cristiana, decimoquinto año del reinado de Tiberio, año de la predicación de San Juan Bautista.

c) el último periodo no comprende más que una semana, durante la cuál el Mesías debe confirmar su alianza, es decir, establecer su ley, ser rechazado por su pueblo y condenado a muerte; las ofrendas y los sacrificios deben ser abolidos. Un pueblo extranjero debe venir a vengar ese crimen, dispersando a los judíos y destruyendo la ciudad y el templo.

Ahora bien, todo eso sucedió: al principio de la septuagésima semana, el año 30 de nuestra era, Jesús comienza su predicación, que dura tres años y tres meses.
A la mitad de la misma semana, el año 34, Jesús es condenado a muerte por los judíos, y los sacrificios de la antigua alianza son reemplazados por el sacrificio de la cruz.
Unos treinta y seis años después de la muerte de Jesucristo, el año 70, el ejército romano con su general Tito, reducen a ruinas la ciudad de Jerusalén y su Templo: desde ese día reina la desolación sin fin del pueblo judío, porque renegó de Cristo. En Jesucristo, pues, y sólo en él, tuvo cumplimiento y cumplimiento exactísimo, la profecía del profeta Daniel.
Luego Jesús es el santo de los santos anunciado por el profeta.

3º Profecías del profeta Ageo y de Malaquías.

Al volver de la cautividad de Babilonia, los ancianos de Israel, que habían visto la magnificencia de Salomón, lloraron al contemplar el nuevo Templo construido por Nehemías. Para consolarlos, Ageo les comunica que el Deseado por todas las naciones vendrá al nuevo Templo y lo llenará de gloria.
Malaquías anuncia que el Mesías, el dominador, el Ángel de la Alianza, vendrá a su Templo tan pronto como su Precursor le haya preparado el camino.

Ahora bien, Jesús visitó frecuentemente este Templo, destruido para siempre treinta y siete años después de su muerte; este Templo no ha recibido, fuera de Jesucristo, la visita de ningún personaje ilustre. Juan Bautista fue su precursor, y lo presentó al pueblo diciendo:
“he aquí el Cordero de Dios. En Jesucristo, pues, y en él sólo, se han realizado las profecías de Ageo y de Malaquías”.

Las profecías de Jacob, de Daniel, de Ageo y de Malaquías son las que han puesto en mayor dificultad a los judíos, que no han reconocido en Jesucristo al enviado de Dios. En su Talmud confiesan que todos los tiempos señalados para la venida del Mesías han pasado. Por eso, desesperados de su causa, han pronunciado esta maldición: “¡malditos sean los que calculen el tiempo del Mesías! ¡pobres ciegos!”.

3º Profecías concernientes a la vida del Mesías.

1) Su nacimiento.


El profeta Isaías anunció que el Mesías debía nacer de una Virgen:
“he aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, que será llamado Emmanuel, es decir, Dios con nosotros”.

Y de la Virgen María nació Jesús, como nos lo dicen san Mateo y san Lucas al principio de sus Evangelios. San Mateo hasta tiene especial cuidado en hacer notar que eso era en cumplimiento de la profecía de Isaías.
Esto, indudablemente, es un milagro; pero como dijo el Arcángel Gabriel a María, para Dios no hay cosa imposible.

Miqueas anuncia que el Mesías nacerá en Belén, y esta predicción es tan conocida del pueblo judío, que los doctores de la ley, preguntados por Herodes, designan a los Magos la ciudad de Belén, como lugar de su nacimiento. Y en Belén, precisamente, nació Jesús.
Balaam había dicho: “una estrella saldrá de Jacob, un renuevo se levantará de Israel…”.
El recuerdo de esta profecía es el que mueve a los Magos de oriente y los lleva a Jerusalén. Y los Magos, guiados por una estrella milagrosa, vinieron y adoraron a Jesús en el pesebre.

2) Caracteres del Mesías.

El profeta Isaías nos lo describe así: “un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado; llevará sobre sus hombros la señal de su principado; será llamado el admirable, el consejero, el Dios fuerte, el padre del siglo futuro, el príncipe de la paz.
Su imperio se extenderá cada vez más, y la paz que establecerá no tendrá fin. Ocupará el trono de David … y su reinado durará para siempre”.

Por otra parte, el Arcángel Gabriel anuncia en estos términos el nacimiento de Jesucristo: “no temas María, concebirás y darás a luz un hijo y le llamarás Jesús. El será grande y será llamado el Hijo del Altísimo, y Dios le dará el trono de David, su padre, reinará en la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.

La comparación de estos dos textos muestra claramente que el Niño Jesús de que habla el Arcángel Gabriel es el mismo Mesías de que hablaba Isaías.
Sólo Jesucristo posee los caracteres predichos por el profeta.
Él es el Niño que nos ha sido dado por Dios; él lleva sobre sus hombros la Cruz, cetro de su imperio: él es el Admirable en su nacimiento y en su vida; el Dios fuerte en sus milagros; el consejero lleno de sabiduría en su doctrina; el Padre del siglo futuro por la vida sobrenatural que nos da; el príncipe de la paz que trae al mundo, y su reinado, la Iglesia, durará siempre.

3) Milagros del Mesías.

Según la profecía de Isaías, Cristo debía confirmar su doctrina con milagros:
“Dios mismo vendrá y os salvará. Entonces, los ojos de los ciegos serán abiertos; los sordos, oirán, el cojo saltará como un ciervo, y la lengua de los mudos será desatada”. Y tales fueron los milagros de Jesucristo.

4) La Pasión de Cristo.

Todos los pormenores de la Pasión habían sido anunciados con mucha anticipación: hasta indicar las principales profecías.
El profeta Zacarías predice la entrada triunfal del Mesías en Jerusalén, y las treinta monedas entregadas al traidor.
David, en el Salmo 21, describe la pasión del Mesías, y le presenta oprimido de ultrajes, rodeado por un populacho que le insulta; tan deshecho por los golpes recibidos, que se le pueden contar todos los huesos; ve sus manos y sus pies traspasados, sus vestiduras repartidas, su túnica sorteada, etc.

El profeta Isaías muestra al Mesías cubierto de oprobios, convertido en el varón de dolores, llevado al suplicio como un cordero sin exhalar una queja …
el profeta tiene cuidado de afirmar hasta doce veces que Cristo sufre por expiar los pecados de los hombres.
Él es nuestro Rescate, nuestra Víctima, nuestro Redentor.
El capítulo 53 de Isaías, como el salmo 21, no tiene aplicación más que a nuestro Señor Jesucristo; luego Él es el Redentor prometido.

5) La resurrección del Mesías es anunciada por David e Isaías:
“Vos no permitirás, señor, que tu Santo esté sujeto a corrupción”.
“El renuevo de José, el Hijo de David, será dado como una señal a todas las naciones. Los pueblos le invocarán y su sepulcro será glorioso”.

6) Isaías, Jeremías y Daniel profetizan la reprobación del pueblo judío y la conversión de los gentiles destinados a formar el reino del Mesías.
Todos estos oráculos eran conservados, explicados y enseñados por los antiguos doctores de la sinagoga, como indicadores de los caracteres del futuro Mesías.
Es así que todos ellos convienen perfectamente en Jesucristo y forman un retrato tan parecido de toda su vida que es imposible no reconocerlo en Él; luego Jesucristo es el verdadero Mesías descripto por los profetas.

Conclusión.

Dios, en el Antiguo Testamento, hablando sucesivamente por los Patriarcas y Profetas, desde Adán hasta Malaquías, prometió al mundo un Mesías, un Redentor.
Este Mesías es siempre anunciado como el enviado de Dios, poseedor de todos los poderes y Dios mismo.
Es así que todo lo que acabamos de decir prueba que este Mesías prometido no puede ser otro sino Jesucristo, porque en Jesucristo, y sólo en Él, se han realizado las notas distintivas del Mesías. Luego Jesucristo es realmente el Mesías y, por consiguiente, el enviado de Dios, investido de todos los poderes de Dios, y al mismo tiempo, Dios.

Por esto, todos los Padres y Doctores de la Iglesia han presentado la realización de las profecías en Jesucristo como una prueba decisiva de su misión divina.
Después de haber recordado las principales profecías que san Justino citaba al judío Trifón, monseñor Freppel termina de esta manera:
“Contra los judíos, esta argumentación es aplastante; y no es menos decisiva contra los racionalistas".
“Es imposible negarlo: Israel esperaba un Mesías, rey, pontífice, profeta; sus libros sagrados marcaban con anticipación todos los rasgos de este Libertador prometido. Por otra parte, es cierto que sólo Jesús de Nazaret ha realizado el tipo mesiánico descripto en el Antiguo Testamento.
“Querer explicar este hecho por una coincidencia completamente casual, es imitar a aquellos que atribuyen a la casualidad la formación del mundo.

¿Se dirá que Jesucristo se aplicó las predicciones de la Escritura?

Pero no depende del poder de un hombre elegir el lugar de su nacimiento, nacer en Belén más bien que en Roma, nacer de la raza de Abrahán, de la familia de David; aparecer en el tiempo señalado por Jacob, Daniel, Ageo; hacer milagros; resucitar después de muerto; ser glorificado como Dios todopoderoso y eterno, y eso porque había sido predicho… Sólo Dios ha podido disponer la marcha de los acontecimientos para llegar a este gran resultado, y su realización basta para demostrar la divinidad del cristianismo”.

Vamos a terminar esta cuestión con una página magnífica del padre Lacordaire después de haber recordado las principales profecías mesiánicas, exclama:
“Ahora, señores ¿qué pensan ustedes?
Aquí tenien dos hechos paralelos y correspondientes, ambos ciertos, ambos de una proporción colosal: el uno, que duró dos mil años antes de Jesucristo; el otro, que dura desde hace dieciocho siglos después de Jesucristo; el uno que anuncia una revolución considerable e imposible de prever; el otro que es su cumplimiento; ambos tienen a Jesucristo por principio, por término, y por lazo de unión.

“Una vez más ¿qué pensan de esto? ¿quieren negarlo?
Pero ¿qué es lo que niegan? ¿será la existencia de la idea mesiánica?
Pero ella está en el pueblo judío, que vive todavía, en toda la serie de los Monumentos de su historia; en las tradiciones universales del género humano, en las confesiones más explícitas de la más profunda incredulidad.

¿Será la anterioridad de los pormenores proféticos?

Pero el pueblo judío, que crucificó a Jesucristo, y que tiene un interés nacional y secular en arrebatarle la prueba de su divinidad, os asegura que sus Escrituras eran antes lo que son hoy y, para mayor seguridad, 250 años antes de Jesucristo, bajo Tolomeo Filadelfo, rey de Egipto, y por su orden, todo el antiguo testamento, traducido al griego, se extendió por el mundo griego, por el mundo romano, por todo el mundo civilizado.

“¿Se inclinará al otro polo de la cuestión y negará el cumplimiento de la idea mesiánica?
Pero la Iglesia católica, hija de esta idea, está a nuestra vista: ella os ha bautizado.
“¿Será en la unión de estos dos formidables sucesos, donde buscarán vuestro punto de apoyo?
¿negará que Jesucristo haya verificado en su persona la idea mesiánica, que él sea judío de la tribu de Judá, de la familia de David, y el fundador de la Iglesia Católica, sobré la doble ruina de la sinagoga y de la idolatría?

Pero ambas partes interesadas y enemigas irreconciliables convienen en todo esto.
El judío dice: sí, y el cristiano dice: sí.

“¿Dirán que este encuentro de acontecimientos prodigiosos en el punto preciso de Jesucristo es efecto de la casualidad?
Pero la casualidad, si existe, no es más que un accidente breve y fortuito; su definición excluye la idea de serie; no hay casualidad de dos mil años y de mil ochocientos años.
“Señores, cuando Dios obra, no hay nada que hacer contra él; Jesucristo se nos muestra el móvil de lo pasado, así como el móvil de lo futuro, el alma de los tiempos anteriores a él, y a la vez el alma de los tiempos posteriores a él.

“Se nos muestra en sus antepasados, apoyado en el pueblo judío, que es el monumento social y religioso más grande de los tiempos antiguos, y en su posteridad apoyado en la Iglesia católica, que es la obra social y religiosa más grande de los tiempos nuevos".
“Se nos muestra, teniendo en su mano izquierda el Antiguo Testamento, el libro más grande de los tiempos que le han precedido, y en la mano derecha el Evangelio, el libro más grande de los tiempos que le han seguido.
Y, sin embargo, así precedido y seguido, él es todavía mayor que sus descendientes y que su posteridad, que los Patriarcas y que los Profetas, que los Apóstoles y que los Mártires: llevado por todo lo que hay de más ilustre después y antes que él, su fisonomía personal se destaca todavía sobre ese fondo sublime, y nos revela al Dios que no tiene modelo y que no tiene igual”.

II. Milagros de Jesucristo.

Los milagros de Jesucristo, ¿prueban la divinidad de la religión cristiana?


Sí; los milagros de Jesucristo prueban la divinidad de la religión cristiana.
Un solo milagro prueba la divinidad de una religión, porque solamente Dios puede hacer verdaderos milagros, por sí mismo o por sus enviados.
Es así que Jesucristo hizo numerosos milagros; luego Jesucristo es Dios o por lo menos, el enviado de Dios.
Pero una religión fundada por un enviado de Dios es verdadera y divina; luego la religión cristiana es divina.
El poder de hacer milagros es la credencial que Dios entrega a sus embajadores para darles autoridad ante los hombres.

Nuestro Señor Jesucristo no es sólo un enviado de Dios, como Moisés; es el hijo de Dios mismo; lo demostraremos más adelante: pero para probar la divinidad de la religión cristiana, basta probar que Jesucristo es el enviado de Dios: si esto es verdadero, la religión que Él enseña necesariamente es divina.

1) Sólo Dios puede hacer milagros.

El milagro es un hecho sensible que sobrepasa todas las fuerzas creadas y no se obra sino por una intervención especial de Dios.
Un verdadero milagro requiere la intervención del poder divino. Desde el momento que un hombre hace milagros, se sigue que éste hombre obra y habla en nombre de Dios, que le ha delegado su poder.
Dios no puede poner su poder al servicio del error o de la mentira, pues engañaría a los hombres, lo que no es posible. Un solo milagro prueba, por consiguiente, que el que lo hace es el enviado, el mandatario de Dios.

2) Jesucristo hizo numerosos milagros.

Milagros sobre la naturaleza inanimada: Jesucristo convierte el agua en vino en las bodas de Caná; dos veces multiplica el pan para alimentar a las muchedumbres; con su palabra calma las tempestades, etc.
Milagros sobre las enfermedades: Jesucristo sana toda clase de enfermos; devuelve la vista a los ciegos, el oído a los sordos, la palabra a los mudos, el uso de los miembros a los paralíticos, etc.
Milagros sobre los demonios: al oír la palabra de Jesucristo los demonios salen del cuerpo de los posesos y proclaman que Él es el Hijo de Dios.

Milagros sobre la muerte:

Jesucristo resucita a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naím y a Lázaro, muerto de cuatro días:
Los milagros de Jesucristo están perfectamente comprobados.
1º Los evangelios los narran, y hemos visto que los evangelios son libros históricos de una autoridad incontestable.

2º Jesucristo hizo sus milagros en presencia de gran número de personas, en lugares públicos, en las plazas de las grandes ciudades, a la vista de los judíos prevenidos en su contra, a la vista de los escribas y de los fariseos, sus enemigos encarnizados, hombres hábiles e interesados en descubrir una impostura.
Los hizo instantáneamente, sin preparación alguna, sin valerse de medios naturales, con una simple palabra, por un acto de su voluntad, a veces hasta sobre ausentes.

3º Los judíos, testigos de estos prodigios, jamás los pusieron en duda.
Estaban confundidos, y en su obstinación decían: “¿qué haremos?
Este hombre hace muchos milagros; si le dejamos hacer, arrastrará a todo el pueblo en pos de sí.”
En su talmud, o colección de las tradiciones judías, los rabinos, confiesan los milagros de Jesús de Nazaret, atribuyéndolos a la magia.
Luego los milagros de Jesucristo son ciertos, puesto que están reconocidos por los mismos enemigos.
Los prodigios obrados por Jesucristo son verdaderos milagros. Ellos no provienen ni del demonio ni de las fuerzas de la naturaleza.

a) No pueden ser atribuidos al demonio:

si el demonio hubiese obrado por milagros, hubiera trabajado en la ruina de su imperio. Por lo demás, el demonio, obedeciendo al Salvador, reconocía que Jesucristo era su Señor.
Además, la mayor parte de los milagros de Jesucristo superan a los poderes de los espíritus malos, y piden una potencia infinita.
Así, por ejemplo, la resurrección de los muertos no puede ser obrada sino por la fuerza divina. Ni ángel ni demonio pueden substraer a las almas de la recompensa o del castigo que ellas reciben de Dios al abandonar este mundo, ni volverlas nuevamente al estado de prueba, ni restablecer entre el alma y el cuerpo las relaciones íntimas que constituyen la vida: la resurrección demanda una potencia igual a la creación.
Además, Dios no da al demonio el poder de cambiar las leyes de la naturaleza, ni la facultad de engañar a los hombres haciendo obras divinas.

b) Tampoco pueden ser atribuidos los prodigios de Jesucristo a las fuerzas de la naturaleza. La mayor parte de estos milagros superan todas las fuerzas creadas. Después de 1900 años, y no obstante los progresos de las ciencias y los descubrimientos de los sabios, no se han podido explicar estos milagros por causas naturales.
Hoy, como antes, la voz del hombre es impotente para apaciguar las tempestades, multiplicar el pan, dar vista a los ciegos de nacimiento, resucitar a los muertos. Tales prodigios están y estarán siembre por encima de las fuerzas de la naturaleza. Reunan todos los recursos de la medicina, todas las combinaciones químicas y magnéticas de las ciencias y jamás llegaréis a resucitar un muerto.

Durante veinte siglos, los milagros de Jesucristo han resistido victoriosamente a la crítica más minuciosa de los cristianos, de los judíos y de los paganos.
Las tentativas de los racionalistas modernos para explicar estos prodigios son tan ridículas y tan miserables, que lo único que han conseguido es demostrar su impotencia y su mala fe.

3) Jesucristo hizo sus milagros para probar su divina misión y la verdad de su doctrina. Interrogado por los discípulos de san Juan Bautista, que deseaban saber si Él era el Mesías, Jesús da por única respuesta la evidencia de sus milagros: Id y decid a Juan lo que habéis visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan.

En una oportunidad los judíos le dijeron: “Si eres el Cristo, dilo claramente”.
Y Jesús contestó: “Os lo he dicho y no lo creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, dan testimonio de mí. Si no me creéis a mí, creed a mis obras”.

Cuando la resurrección de Lázaro, Jesús afirma que él obra ese milagro a fin de que el pueblo crea en su misión divina: "Ut credant quia tu me misisti".
En todas estas ocasiones, Jesús se declara enviado de Dios, y para probarlo, apela a los milagros que obra.

Conclusión.

1º El milagro es como la firma de Dios, y sólo la religión cristiana lleva esa firma. Su fundador, Jesucristo, ha hecho no un milagro solo, lo que sería suficiente, sino una multitud de milagros.
De cada uno de ellos podemos inferir: la religión cristiana es divina, Jesús devolvió la vista al ciego de Jericó; luego la religión cristiana es divina.
Jesús libró al poseso de Cafarnaúm; luego la religión cristiana es divina.
Jesús resucitó a Lázaro de Betania, muerto hacía cuatro días, luego la religión cristiana es divina.
Estos hechos y otros son incontestables; estos hechos son verdaderos milagros; estos milagros prueban que Jesús es el enviado de Dios; luego la religión católica es divina.

2º Los Apóstoles de Jesucristo, encargados de predicar la religión cristiana hicieron numerosos milagros, entre los narrados en el libro de los hechos de los apóstoles, citemos en particular la curación del cojo, en la puerta del templo, la del paralítico, las curaciones obradas por la sola sombra de san Pedro, la resurrección de Tabita, la liberación milagrosa de san Pedro, etc. hallamos también gran número de milagros obrados por san Pablo, en Éfeso, hasta por el solo contacto de sus ropas, la resurrección de un niño de Tróade, sin hablar del milagro de la conversión del mismo san Pablo, que podría bastar, aunque fuera el único, para que se convierta un hombre de buena fe.

Estos hechos son ciertos e incontrastables, son verdaderos milagros; luego los Apóstoles son enviados de Dios, y la religión que predican es divina.

3º La historia de la Iglesia ofrece, en cada siglo, gran número de milagros perfectamente auténticos, tanto, que se puede decir que los hechos de los santos son una digna continuación de los hechos apostólicos. Para convencernos basta recorrer las “Acta Sanctorum” de los bolandistas, o La vida de los Santos.
Un solo milagro verdadero es suficiente para probar la divinidad de una religión en cuya favor haya sido obrado.
Y como tales hechos se han producido en cada siglo, en favor de la religión de Jesucristo, fuera menester, para llegar a destruir la presente prueba, negar los testimonios históricos de todos los siglos pasados, como también los del siglo presente. Sin hablar de los milagros de Lourdes, nuestro siglo ha visto muchos santos colocados en los altares. Pero la Iglesia no canoniza a ningún santo sin haber antes comprobado, varios milagros obrados por su intercesión.

Curación del ciego de nacimiento.

Los incrédulos suelen decir: es de lamentar que los milagros de Jesucristo no hayan sido comprobados por sabios; hubiera sido conveniente levantar proceso respecto de cada uno de ellos. Pues bien, los deseos de los incrédulos se ven satisfechos en el mismo Evangelio, que narra un milagro comprobado por jueces oficiales, que son, a la vez, enemigos del Salvador.
Jesús encuentra en Jerusalén a un mendigo que era ciego de nacimiento, con un poco de polvo humedecido con saliva, Jesús frota los ojos de este ciego y le dice: “Anda, lávate en la piscina de Siloé”.

Es conveniente notar que se trata aquí de un ciego de nacimiento y, por consiguiente, incurable. El barro empleado no tiene virtud curativa. El sitio donde se efectúa la curación es un lugar frecuentado, lo que hace imposible todo fraude.
El ciego se va, se lava y vuelve curado. Muchos de los que le han conocido cuando estaba ciego, se preguntan: ¿es el mismo mendigo que se sentaba aquí? los unos dicen: es él; otros: no, es uno que se le parece.

Pero el ciego responde: soy el mismo. Le preguntan: ¿cómo se han abierto tus ojos? El les dice: Aquel hombre a quien llaman Jesús ha tomado barro, ha frotado con él mis ojos y me ha dicho: ve a lavarte en la piscina de Siloé. He ido, me he lavado y veo.
¡Qué sencillez en la manera de hablar! ¡qué acento de veracidad!
… se va a iniciar un proceso, el famoso proceso que piden los racionalistas: los fariseos se encargan de esa formalidad.
El ciego és conducido a su presencia y le preguntan: ¿cómo te fueron abiertos los ojos?, el interrogado responde: el hombre que se llama Jesús hizo barro y me untó los ojos y me dijo: ye a la piscina de Siloé y lávate y fuí, me lavé y recibí la vista.

La misma deposición que hiciera ante el público y sin incurrir en contradicción alguna. Al oír esta narración, unos se indignan porque Jesús ha hecho esta obra en día sábado, mientras que otros, más sinceros, dicen: ¿cómo podría un pecador obrar semejantes prodigios?; y se dividieron las opiniones.
Para solucionar la cuestión acudieron al mismo ciego y le pidieron su opinión, como si ésta hubiera influido algo en su curación.
¿Y tú, preguntan los del Sanedrín, qué dices del que te abrió los ojos? Y él replica sin vacilar: Yo creo que es un profeta.

Entonces, los fariseos no quisieron creer que había sido ciego; y para asegurarse, llamaron a los padres de éste y les preguntaron: ¿éste el hijo es de ustedes, el que ustedes dicen que nació ciego? ¿cómo, pues, ve ahora?
Los padres respondieron: sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; más cómo vea ahora, o quién le ha abierto los ojos, nosotros no lo sabemos.
El tiene edad, pregunténle a él y hablará por sí.

De esta suerte, el proceso prueba que el favorecido por el milagro era realmente ciego de nacimiento. Los padres testifican la enfermedad, pero como ellos no han presenciado la curación, no la pueden explicar.
Esta buena gente dice a los fariseos que interroguen a su hijo, porque temen ser expulsados de la Sinagoga, pues no ignoran que el Sanedrín había excomulgado a todos aquellos que reconocieran a Jesús por el Mesías.

Los príncipes de los sacerdotes no quisieron saber nada del milagro, porque la doctrina de Jesús les contrariaba. Iniciaron, pues, otro proceso para obligar al ciego a que dijera que el autor de su curación era un pecador.
Da gloria a Dios, le dijeron, nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. A lo que él replicó: si es pecador no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.
Insistieron ellos: pero, en definitiva ¿qué te hizo? ¿cómo te abrió los ojos? contestó el ciego: ya os lo he dicho; ¿por qué lo quieren oír otra vez? ¿quieren también ustedes hacerse sus discípulos?.

Estas palabras los encolerizaron y maldijeron al ciego curado: Sé tú su discípulo, que nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero no sabemos de dónde es ése. Replicó el héroe de esta historia con cierto dejo de ironía: Maravillosa cosa es, por cierto, que ustedes no sepan de dónde sea, y con todo me ha abierto los ojos.

Sabemos que Dios no oye a los pecadores; sino que aquel que es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a éste oye. En ningún tiempo se oyó que abriese alguno los ojos de uno que nació ciego. Si éste no fuera un enviado de Dios, no pudría hacer nada. Estas palabras exasperaron a los fariseos: en pecado has nacido ¿y quieres enseñarnos? Y lo expulsaron. Así terminó el proceso.

Ante las enérgicas afirmaciones del ciego, ante la razón clara como el sol que da para probar, que Jesús es un enviado de Dios; los incrédulos no hallan más respuesta que las injurias.
No se quieren rendir a la evidencia, porque su corazón está pervertido como el de los fariseos.

Jesús busca a este hombre perseguido por su causa, y le dice: ¿crees tú en el hijo de Dios? ¿quién es, Señor, para que, crea en él? Jesús le dice: le has visto y es el que te habla. Creo, Señor, dijo el ciego, y postrado en tierra le adora.

Y así , este pobre ciego, fiel a la primera gracia, cree en la palabra de aquel que le ha dado la vista. Jesús se declara Dios, y el curado le adora como a su Dios, bien seguro de que Jesús no puede engañarle, porque Dios no confiere a los impostores el poder de hacer milagros.

III. Milagro de la resurrección de Jesucristo.

Cuál es el milagro más grande de nuestro Señor Jesucristo?


El milagro más grande de nuestro Señor Jesucristo es el de su Resurrección.
Él la había anunciado como la prueba más evidente de su misión divina, y la realizó al tercer día después de su muerte.

Es cierto:
1) que Jesucristo murió el viernes por la tarde, y 2º que salió vivo del sepulcro el día de Pascua.
Esta Resurrección es un hecho innegable.
Todo lo prueba:
a) el testimonio de los Apóstoles;
b) las confesiones implícitas de los jefes de la sinagoga;
c) los milagros sin cuento obrados en nombre de Jesús resucitado;
d) los monumentos públicos erigidos en memoria de la Resurrección;
e) finalmente, la conversión del mundo a la religión cristiana.

Pero sólo Dios, Señor de la vida, puede quitarla o darla; luego Jesucristo es Dios, o por lo menos, el Enviado de Dios, y su religión es divina.

1º La palabra Pascua, sacada del hebreo, significa paso.
Jesucristo pasó de la muerte a la vida, y nos hace pasar de la muerte del pecado a la vida de la gracia.

2º Jesucristo presenta su Resurrección como la señal manifiesta de su misión divina. La generación mala y adúltera pide una señal; mas no le será dada otra señal que la de Jonás profeta. Porque así como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches. Da, pues, el Salvador su Resurrección como resumen de todas las pruebas de su misión divina.

3º De hecho, el milagro de la Resurrección basta para probar la divinidad de la religión cristiana. Si Jesucristo se resucitó a sí mismo, señal cierta de que es Dios, dueño de la vida y de la muerte; si Dios le resucitó, su misión es divina, porque Dios la confirma con el más asombroso de los milagros.
La resurrección es un hecho que debe ser probado como los demás hechos históricos; por el testimonio. Es necesario, por consiguiente, establecer:
1) que Jesús estaba realmente muerto cuando fue colocado en el sepulcro;
2) que después se mostró realmente vivo.

1) Jesucristo estaba realmente muerto.
1º San Juan, testigo ocular, lo afirma.

2º Los prolongados y atroces tormentos sufridos por el Salvador antes de ser crucificado, y la crucifixión, no podían menos de hacerle morir.

3º Los soldados no le rompieron las piernas como a los otros condenados, porque ya estaba muerto.

4º La lanza que le atravesó el costado hubiera sido suficiente para quitarle el último aliento de vida.

5º Pilatos no concede a José de Arimatea el cuerpo de Jesús, sino después de la comprobación oficial de su muerte.

6º Por último, el odio de los judíos contra Jesús nos da una prueba cierta de que ellos debieron comprobar que Jesús estaba bien muerto, cuando cerraron y sellaron el sepulcro.

2) Jesucristo, después se mostró vivo.

El Salvador, se muestra vivo:
1º A María Magdalena.
2º A las santas mujeres que regresaban del sepulcro.
3º a Santiago y a San Pedro, príncipe de los apóstoles.
4º A los dos discípulos de Emaús, el día de pascua.
5º La noche del mismo día, a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo estando ausente Tomás.
6º Ocho días más tarde, a los mismos Apóstoles, reunidos todos en el Cenáculo con Santo Tomás.
7º A los cinco Apóstoles y a dos discípulos en el lago Genezaret.
8º En Galilea, a más de quinientas personas reunidas en el Tabor.
9º A los Apóstoles reunidos en Jerusalén con muchos discípulos. Con ellos sube al monte de los Olivos, de donde se eleva al cielo en presencia de ciento veinte testigos.
10º Finalmente se muestra a Saulo en el camino de Damasco, y este ardiente perseguidor de la Iglesia se convierte en San Pablo, el Apóstol de las gentes.

1º Los apóstoles y numerosos testigos vieron a Jesús vivo después de su muerte.

Un hecho es absolutamente cierto cuando es afirmado por numerosos testigos que:
a) no han podido engañarse;
b) no han querido engañar,
y c) no hubieran podido hacerlo.

Tal es el hecho de la resurrección de Jesucristo.

a) Los apóstoles no pudieron engañarse.
Jesucristo se mostró, no una sola vez, sino muchas, y durante un período de cuarenta días.
Se mostró a muchas personas:
a sus once Apóstoles, a los discípulos y a más de quinientos fieles.
Se mostró en pleno día, y en circunstancias muy diversas: en un huerto, en una calle, en el Cenáculo, a orillas de un lago, sobre los montes Tabor y de los Olivos. Admitir que en tales circunstancias todos los testigos de la resurrección se hayan engañado, sería admitir un fenómeno de ilusión imposible.

Finalmente, Jesucristo se mostró no a gentes crédulas, sino a gente desconfiada, tarda en creer… la cual califica de sueño la narración de las santas mujeres. .. Santo Tomás no quiere aceptar ni el testimonio de los demás Apóstoles; quiere ver con sus ojos, tocar con sus manos las llagas de Jesús … ¿cómo, pues, suponer error, ilusión, en testigos numerosos, de diferentes caracteres, y que se aseguraron del hecho con la triple evidencia de los ojos, de los oídos y de las manos?…

b) Los apóstoles no quisieron engañar.

No tenían ningún interés en ello. Lo único que podían esperar de su mentira eran terribles castigos: de parte de Dios, que castiga el crimen, las rigurosas penas reservadas por su justicia a la impostura; de parte de los judíos, asesinos de Jesús, una muerte inevitable y cruel.
Además, estaban seguros de fracasar en su empresa ¿cómo hacer creer a sus contemporáneos un hecho tan extraordinario como la resurrección de un muerto, crucificado públicamente por orden de la autoridad religiosa y civil?

Acometer tal empresa contra su interés personal era evidentemente una locura. Y sin embargo, los Apóstoles dieron su vida en confirmación de la Resurrección de Cristo.

c) Los apóstoles no pudieron engañar.

Para engañar era necesario, en primer lugar, secuestrar el cuerpo de Jesucristo. Pero para esto necesitaban sorprender a los guardias, violentarlos o corromperlos: tres cosas absolutamente imposibles para la timidez y pobreza de los Apóstoles.
Y después, robar un cadáver no es resucitarlo.
Estamos siempre en presencia de este hecho milagroso: Cristo muerto volvió a ser visto vivo. Los quinientos testigos que le vieron no podían ponerse de acuerdo para afirmar una mentira, estando como estaban diseminados por la Judea y Galilea.
Si Jesucristo no hubiera resucitado, hubiera sido imposible a los Apóstoles convencer a los judíos y a los gentiles de que ellos le habían visto vivo.

2º Testimonio de los enemigos de Jesús.

Los miembros del Sanedrín estaban convencidos de la Resurrección de Cristo Jesús. Para negarla acudieron a la corrupción y a la mentira.
Dieron a los guardias una suma de dinero para que hicieran correr la voz de que estando ellos dormidos, los discípulos de Jesús robaron el cadáver del Maestro.
Pero si ellos no hubieran creído en la Resurrección de Cristo, su deber como su propio interés, estaba en castigar a los soldados por haber faltado a la disciplina militar, y en perseguir a los Apóstoles por haber roto los sellos de la autoridad.

¿Por qué no iniciaron un sumario para establecer las responsabilidades y buscar el cuerpo desaparecido?…
puesto que los miembros del Sanedrín se contentaron con sobornar a los soldados y trataron de echar tierra al asuntó, a precio de oro, como lo hicieron siempre, es evidente que no pudieron negar la resurrección de Jesucristo.

3º Milagros obrados en nombre de Jesús resucitado.

Los apóstoles obraron milagros en nombre de Jesús resucitado: luego ellos decían la verdad, porque Dios no puede hacer milagros para confirmar el error o la impostura. Por eso un gran número de judíos, heridos por el brillo de estos milagros, se convirtieron a la predicación de los Apóstoles y adoraron como a Dios a aquel que habían poco antes crucificado.
El día de Pentecostés, San Pedro predica a Jesús crucificado y resucitado, y tres mil judíos abrazan la religión de Jesucristo.

San Pedro sanó en la puerta del templo a un rengo conocido en toda Jerusalén. O predica, por segunda vez, y cinco mil judíos se convierten y creen en Cristo, Salvador de Israel.

4º Monumentos públicos establecidos en memoria de la Resurrección.

Los Apóstoles dejaron dos recuerdos permanentes de la resurrección de su divino maestro:
1º la fiesta de la Pascua, celebrada por todos los cristianos del mundo: católicos, cismáticos y protestantes.
2º el día de fiesta trasladado del sábado al primer día de la semana, llamado desde entonces domingo, o día del Señor. La fiesta de la pascua y el traslado del sábado al domingo, establecidos por los Apóstoles, no tienen más razón de ser que la Resurrección de Jesucristo.

5º La conversión del mundo a la religión cristiana.

El incrédulo Strauss, halla que nada es tan imposible de creer como la resurrección de un muerto. Se engaña: hay algo más imposible, y es la transformación religiosa y moral del mundo por un crucificado, si este crucificado no ha resucitado. La tumba de un muerto no es el lugar donde podía echar raíces el árbol gigantesco del cristianismo.
¿Es, por ventura, admisible que algunos ilusos o algunos impostores hayan hecho creer la resurrección de Jesucristo a millares de millones de hombres, y que hayan fundado sobre este hecho la única religión digna de respeto y de amor?…,
este sería un milagro más grande que el milagro mismo de la Resurrección, o más bien, un fenómeno tan extraño que se opone a todos los principios del buen sentido.

Debemos, pues, concluir que la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo es un hecho innegable, más brillante que el sol, y cuya certeza jamás podrán destruir los incrédulos.
¿Qué nos queda por hacer? Caer a los pies de Jesús para decirle, con Santo Tomás: ¡Señor mío, y Dios mío!

IV. Profecías hechas por Jesucristo y perfectamente cumplidas.

Las Profecías de nuestro Señor Jesucristo ¿Prueban la divinidad de la religión cristiana?


Sí; las profecías de nuestro Señor Jesucristo muestran perfectamente la divinidad de la religión cristiana.
La profecía, lo mismo que el milagro, es el testimonio de Dios: sólo Dios, por sí mismo o por medio de sus enviados, puede manifestarnos lo que ha de venir y hacer verdaderas profecías.

Pues bien, Jesucristo hizo muchas profecías perfectamente realizadas.
Él profetizó:

1º Respecto de su persona, su pasión, su muerte y su resurrección.

2º En cuanto a sus discípulos la traición de Judas, la triple negación de Pedro, la venida del Espíritu Santo sobre sus Apóstoles, los futuros milagros de éstos, sus padecimientos y su martirio.

3º Respecto de los judíos, la ruina de Jerusalén, la destrucción del Templo y la dispersión del pueblo judío.

4º Acerca de su Iglesia, la publicación del Evangelio en todo el universo, la conversión de los pueblos y la duración hasta el fin de los tiempos de la Iglesia.
El anuncio de estos acontecimientos, imposibles de ser previstos, demuestra en Jesucristo una ciencia divina. Luego Jesucristo es Dios o, por lo menos el enviado de Dios, y su religión es divina.

Hemos visto que Jesucristo realizó perfectamente en su persona las profecías mesiánicas, demostrando con eso mismo que él era el Mesías prometido. Pero él mismo hizo también profecías, y sus predicciones cumplidas nos ofrecen una nueva prueba de su misión divina.

1) La profecía es una prueba de la divinidad de una religión.

La profecía, como el milagro, es una obra divina. Supone participación de la ciencia de Dios, como el milagro supone participación de su poder, sólo Dios, conoce y puede revelar los sucesos que dependen de la voluntad de Dios y de la libertad del hombre. Por consiguiente, si Jesucristo hizo verdaderas profecías y ellas se han realizado, Él es seguramente el enviado de Dios; y la religión cristiana que fundó es divina.

2) Jesucristo hizo muchas predicciones.

1º Profecías de Jesucristo respecto de su persona.

Él profetizó un día a sus discípulos: “Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan y azoten y crucifiquen, pero al tercer día resucitará”.

2º Profecías de Jesucristo acerca de sus discípulos.

Anunció la traición de Judas; la triple negación de San Pedro, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, les profetizó sus padecimientos: “Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos… y guardaos de los hombres, porque os entregarán en concilios, y en sus sinagogas os azotarán… seréis odiados y perseguidos por mi nombre…”.

Les anuncia también que obrarán milagros en su nombre, que arrojarán a los demonios y curarán toda clase de enfermedades.
“En verdad os digo, el que en mí cree, las obras que yo hago, también él las hará, y mayores aún”.

3º Profecías de Jesucristo referentes a los judíos.

En diversas ocasiones, Jesús predijo las desgracias que amenazaban a Jerusalén, el sitio de esta ciudad, la destrucción de su Templo y la dispersión del pueblo judío. Él dijo llorando sobre la ciudad santa:
“Vendrán días sobre ti en los que tus enemigos te cercarán con baluarte, y te pondrán cerco, y de todas partes te estrecharán; y te derribarán por tierra, y no dejarán piedra sobre piedra… tus hijos serán pasados a cuchillo, serán llevados cautivos a todos los pueblos, y en Jerusalén dejarán sus huellas los gentiles”.

Sus discípulos le preguntaron: “Maestro ¿cuándo sucederá esto?”
“En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todas estas cosas sean hechas. Cuando veáis a un ejército rodeando a Jerusalén, estad ciertos de que la desolación se aproxima”.

4º Profecías de Jesucristo acerca de su Iglesia.

Jesús anuncia que el Evangelio será predicado en todo el mundo para servir de testimonio a todas las naciones[57]. Predice su reinado universal:
“Cuando fuere levantado de la tierra lo atraerá todo hacia mí”.
Anuncia la perpetuidad de su Iglesia: “Tú eres Pedro, le dijo a simón, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella: he aquí que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta la consumación de los siglos.

Estas predicciones de Jesucristo son verdaderas profecías.
Estas predicaciones poseen los tres caracteres de las profecías divinas.
En efecto:

1º, Fueron hechas antes de los sucesos, y tenemos como prueba el testimonio de los evangelistas. Eran conocidas por los fariseos puesto que le dijeron a Pilatos:
“Nosotros sabemos que este seductor dijo cuando vivía: después de tres días resucitaré”.
Además, los Evangelios fueron escritos antes del cumplimiento de las profecías que se refieren a Jerusalén y a su templo, al pueblo judío y a la Iglesia.

2º, Era imposible prever los hechos predichos por Jesucristo.
Estos hechos dependían de la libre voluntad de Dios y de los hombres.
Muchos de ellos tenían por objeto verdaderos milagros que dependiendo de la omnipotencia divina, no podían ser conocidos sino por Él solo, como la resurrección de Jesús, la venida del Espíritu Santo y los frutos sobrenaturales que produjo en el mundo.

3º, Estas profecías está plenamente realizadas.

a) El Evangelio nos muestra las profecías de Jesucristo relativas a su persona, realizadas hasta en sus más pequeños pormenores.

b) El Evangelio, los hechos de los apóstoles y la historia de la Iglesia atestiguan el cumplimiento de las profecías referentes a los discípulos de Jesús: Judas le traicionó; Pedro le negó tres veces; los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo; predicaron el Evangelio, hicieron milagros; fueron azotados y perseguidos y, llenos de júbilo, sufrieron el martirio. Aun en nuestros días los discípulos de Cristo son odiados y perseguidos: mochos mueren mártires, y no pocos, como los santos canonizados, siguen haciendo milagros.

c) Treinta y seis años después de Jesucristo, el año 70 de nuestra era, se cumplió la profecía relativa a Jerusalén, a su Templo y a la dispersión del pueblo judío, dos historiadores, el judío Josefo y el romano Tácito, ambos contemporáneos de la catástrofe, nos han transmitido los pormenores de la destrucción de Jerusalén.
Durante un sitio de siete meses, !un millón cien mil judíos perecieron víctimas del hierro, del fuego o del hambre, y cien mil fueron vendidos como esclavos.

El general tito había recomendado que se respetara el Templo; pero fue en vano.
Un soldado, movido, dice Josefo, por una inspiración divina, arrojó en el interior del templo un tizón encendido, y el templo quedó reducido a cenizas.
Y aún hay más. Era necesario que la palabra del Salvador se cumpliera al pie de la letra. Tres siglos más tarde, juliano el apóstata, queriendo desmentir la profecía de Jesús, acometió la empresa de reedificar el templo de Jerusalén.

Para echar los nuevos cimientos se arrancaron los antiguos hasta la última piedra; pero cuando se quisieron reconstruir, se vio salir de la tierra globos de fuego, que hacían el trabajo imposible. Este prodigio se repitió varias veces en presencia de los judíos y de los paganos, y hubo que renunciar a la empresa.
Este hecho lo narran Amiano Marcelino, gran admirador de juliano el apóstata, y otros historiadores de la época.

La profecía sobre la dispersión del pueblo judío se verificó, y se viene verificando aun hoy a nuestra vista.
Cuando un pueblo emigra a todas las naciones, bien pronto se confunde con ellas. Contrariamente a esta ley de la historia, el pueblo judío, dispersándose por toda la superficie de la tierra, sigue formando una raza aparte; sigue siendo mal de su grado, el eterno testimonio del cumplimiento de las profecías.

d) En cuanto a las profecías relativas a la Iglesia, ellas se han realizado y se realizan diariamente el Evangelio es predicado en todo el universo; Jesucristo, levantado en la cruz, lo atrae todo hacia él: Individuos y pueblos sostiene su Iglesia contra los ataques todos del infierno; Pedro revive en el Papa, y sigue confirmando a sus hermanos en la fe y apacentando los corderos y las ovejas, es decir, a los fieles y a sus pastores.

El cumplimiento de estas profecías es un conjunto de hechos permanentes, que la historia consigna en cada una de sus páginas. Cada generación los ha visto realizados ante sus ojos.
Sólo los incrédulos se niegan a verlos para no sentirse obligados a practicar la religión.
San Agustín pone en labios de Jesucristo las siguientes palabras dirigidas a los corazones endurecidos:
“Vamos a cuentas, si queréis: tenéis mis profecías en las manos; veis todo lo que he hecho, y en qué particulares he cumplido mi palabra:
“Había prometido a toscos pescadores que los haría pescadores del Espíritu Santo: lo hice.
“Había prometido a toscos pescadores que los haría pescadores de hombres y que les daría el poder de hacer aceptar al mundo una Doctrina tan increíble como la de la cruz: lo hice.
“Había prometido que los judíos deberían emigrar nuevamente y que su patria sería destruida, de manera que andarían errantes y dispersos por el mundo: lo hice.

“Había prometido atraer a mí todas las naciones de la tierra: lo hice.
“Había prometido edificar mi Iglesia sobre la firme piedra, y hacerla durar por siempre; ella existe, vosotros lo veis, ha durado a pesar de tres siglos de persecuciones; se mantiene siempre en pie, y durará hasta la consumación de los siglos: lo he profetizado, y lo haré”.

Conclusión.

Jesucristo hizo verdaderas profecías; sus profecías se han cumplido y se cumplen todos los días; luego Jesucristo es el enviado de Dios y su religión es divina.
Esta conclusión se impone con tanta mayor fuerza cuanto que Jesús hizo estas profecías con el fin de probar la divinidad de su misión. Os lo anuncio con anticipación, dice él, a fin de que cuando las cosas sucedan, creáis que Yo Soy: credatis quia Ego Sum. La religión cristiana lleva el sello divino: la profecía realizada.

El establecimiento de la religión cristiana, ¿prueba su divinidad?

Todo efecto exige una causa capaz de producirlo. En virtud de este principio tenemos que considerar como divina una religión cuyo, establecimiento y pronta difusión en el mundo no pueden atribuirse a medios naturales, sino únicamente al poder divino. Y éste es precisamente el caso de la religión cristiana.
A pesar de los más grandes obstáculos, y sin ningún medio natural para vencerlos, se ha establecido rápidamente en todo el universo.
El establecimiento del cristianismo es, por consiguiente, una obra divina que no puede explicarse sino por una especial intervención de Dios.

1º Obstáculos que vencer.

Había que obligar a los judíos a que renunciaran a la ley de Moisés y a que reconocieran por Mesías a ese Jesús que ellos habían crucificado; había que mover a los paganos a vencer sus vicios, destrozar sus ídolos, a renegar de la religión de sus padres sostenida por todos los poderes públicos y, por último, sobre estas ruinas había que establecer una religión nueva, con misterios incomprensibles y una moral contraria a todas las pasiones.

2º Insuficiencia de los medios.

Los obstáculos eran inmensos, y los medios naturales completamente insuficientes. Los apóstoles encargados de establecer la religión cristiana, no poseían ni la fuerza de las armas, ni el cebo de las riquezas y de los placeres, ni siquiera el prestigio de la palabra y de la ciencia.
Eran doce pescadores de Galilea, pobres, ignorantes y salidos de una nación despreciada por todos los pueblos.

3º Éxito rápido y general.

Y, sin embargo, a pesar de lo sublime de la empresa y de la debilidad de los instrumentos, la religión cristiana se estableció en todo el Imperio Romano y se propagó tan rápidamente por la India, la Persia, el África, España, la Galia, Germania, Bretania, etc., que hacia el fin del siglo I, a la muerte del apóstol San Juan, apenas se podía nombrar un país que no hubiera recibido la predicación del Evangelio. Después de tres siglos de persecuciones, la cruz de Cristo brilla en todas partes, y desde la cumbre del Capitolio domina el universo.

Por consiguiente, el establecimiento del cristianismo es un hecho divino, un verdadero milagro de Dios, único que puede mudar los corazones y las voluntades.
Hasta ahora hemos probado la divinidad de la religión cristiana apoyándonos, sobre todo, en la autoridad de nuestros Libros Santos considerados como históricos.
Pero los Libros Santos no son el único fundamento de nuestra fe, ni encierran toda la doctrina cristiana, ni todas las pruebas de su divinidad.

Así como los milagros en que los hemos apoyado no son los únicos que Dios ha obrado en favor de la religión, así también hay otros milagros del orden moral.
Si los primeros manifiestan la intervención divina, en cuanto son contrarios a las leyes físicas, los últimos también. La manifiestan corno tal, porque derogan las leyes morales.
El orden moral tiene sus leyes, como el orden físico. Es una ley de orden moral que una gran muchedumbre: no cambie de convicciones, de conducta, de costumbres en algunos días, particularmente cuando todos los motivos de pasión y de interés se unen para oponerse al cambio.

El milagro en el orden moral es, pues, un hecho contrario al curso ordinario de las cosas humanas y no se puede explicar sino por unan especial intervención de Dios. El establecimiento del cristianismo es uno de estos milagros:
1) Grandiosidad de la empresa.
¿Era grande la importancia de la empresa?
Era menester: a) abolir la religión mosaica;
b) suprimir el culto de los ídolos;
c) fundar sobre estas ruinas la religión cristiana: tres cosas naturalmente imposibles.

a) Obstáculos del judaísmo.

Se trata de obligar a los judíos a renunciar a la ley de Moisés.
Pero ellos estaban fuertemente apegados a su religión, que creían fundad por Dios, confirmada con numerosos milagros y por la cual sus antepasados habían muerto en los campos de batalla o en los tormentos. Los judíos se gloriaban de ser el pueblo de Dios, y esperaban un Mesías que haría de ellos la más poderosa y la más gloriosa de las naciones.

¿Cómo convencerlos de que su religión no era sino figura de la verdadera; de que su título de pueblo de Dios debía ser el título de todos los pueblos?
¿cómo hacerles aceptar por Mesías a aquel a quien ellos habían crucificado?…

¡Qué escándalo para su orgullo y sus prejuicios! ¿No era éste un obstáculo insuperable?…
Se explica, pues, que los judíos fueran los primeros en perseguir a los cristianos.

b) Obstáculos del paganismo.

Se trataba de destruir la idolatría esparcida por todo el mundo: la idolatría venía reinando durante siglos, era la religión de los antepasados, estaba como embebida en todos los actos de la vida pública y privada, y estaba también sostenida por todos los poderes públicos.
Además, dejando a los hombres en libertad para creer y obrar a su capricho, halagaba las tendencias más gratas a la naturaleza. Abolir este culto tan cómodo; tan fácil, tan agradable; derribar a los dioses protectores del imperio para adorar a un Judío crucificado… : ¡qué locura!

Por eso el cristianismo levantó contra sí:

1º a los sacerdotes de los ídolos, cuyo crédito e intereses estaban en peligro;
2º a los sabios, a los filósofos, cuyo orgullo despreciaba los misterios cristianos; 3º al poder público, que veía con indignación un nuevo culto que se constituía con independencia propia frente a él;
4º finalmente, a la multitud ignorante y grosera, que rechazaba con furor una religión que condena su vida de placeres y de goces ilícitos.

Nada se ahorró para matar a la religión naciente en su cuna; los primeros cristianos fueron el blanco de todos los desprecios, del odio, de las calumnias y de las persecuciones. Porque no adoraban a los ídolos, se les acusaba de ser la causa de todas las desgracias públicas; se les llamaba impíos, sacrílegos, enemigos de la patria.
Los dogmas mismos del cristianismo, desnaturalizados por la ignorancia, servían de pretexto para las más absurdas calumnias; durante trescientos años, los emperadores romanos, dueños y Señores del mundo, desplegaron todo su poder y crueldad en ahogar en sangre a los discípulas de cristo.

c) Obstáculos de parte de la doctrina cristiana.

Había que hacer aceptar la religión cristiana, la cual, lejos de ofrecer ningún atractivo natural al espíritu y al corazón del hombre, era, por su perfección y su severidad, de naturaleza tal, que más bien provocaba una repulsión invencible.

Por sus dogmas, el cristianismo impone la creencia en misterios que no comprende la razón: un solo Dios en tres Personas: un Dios nacido de Madre Virgen y concebido sin recurso de varón, por obra del Espíritu Santo; un Dios que nace pobre, vive humilde y muere en una cruz como el último de los criminales…

Por su moral severa, la religión cristiana combate las pasiones, condena todos los vicios, prescribe todas las virtudes.
¡Qué contraste entre la vida de los paganos, y la que se imponía a los cristianos! Ser humilde, modesto, dulce, paciente, caritativo hasta amar a los propios enemigos; despegado de los bienes de la tierra hasta preferir la indigencia a la injusticia; casto hasta rechazar el pensamiento del mal; fiel a su religión hasta el martirio.

He ahí lo que el cristianismo pedía a hombres que, bajo el patrocinio de los dioses del paganismo, podían, sin remordimientos, satisfacer todas sus inclinaciones y entregarse a todos los desórdenes. La religión cristiana era pues, de suyo, un obstáculo naturalmente invencible.

2) Impotencia de los medios.

¿Cuáles fueron los medios empleados para propagar la religión cristiana?
El principal fue la predicación de los Apóstoles.
Pues bien, todo concurría a desacreditar su doctrina, a llevar al fracaso su proyecto: los Apóstoles son doce, doce judíos despreciados por los otros pueblos; doce pescadores de Galilea, despreciados por el resto de los judíos y no poseen nada que pueda dar autoridad a su predicación.

El hombre posee en este mundo tres poderes:
la espada, el oro, y la palabra.

Los Apóstoles no tienen ninguno de ellos: ni son poderosos, ni ricos, ni sabios, ni oradores. Hacen prosélitos no empuñando las ar mas, sino cayendo víctimas de ellas. No tienen más arma que su con fianza en Dios y la oración.
Pobres y obligados a vivir de limosnas o del trabajo de sus manos, no pueden ofrecer el oro que procura placeres y honores; a sus discípulos no prometen para la vida presente más que persecuciones, suplicios y, a veces, un cruel martirio; ignorantes y sin prestigio, no pueden sino provocar la risa del público al predicar en un lenguaje rudo, dogmas incomprensibles, una moral que aterra y la adoración de una cruz.

Y no se diga que el cristianismo se extendió al amparo de la ignorancia.
Porque la difusión del Evangelio se efectuó en el siglo de augusto; en el siglo más culto y más ilustrado, cuando el Imperio Romano estaba lleno de filósofos, de oradores, de poetas, de historiadores; a estos genios de Roma antigua, a estos hombres orgullosos de su saber y de su elocuencia, vienen pobres pescadores de Galilea a enseñar dogmas que la razón no puede comprender.
La época es también la más corrompida, en ella reina el vicio bajo todas sus formas; y a estos hombres podridos de sensualidad vienen los Apóstoles a predicar la humildad, la pureza, la mortificación.

Dios escogió a los necios según el mundo para avergonzar a los sabios y a los flacos del mundo escogió para avergonzar a los fuertes; y a lo que no es para deshacer lo que es, a fin de que ningún hombre se jacte en su presencia.
Si Dios se hubiera valido o del poder de los césares, o de la ciencia de los filósofos, o de la elocuencia de los oradores para convertir al mundo, los césares, los filósofos, los oradores se hubieran atribuido la gloria de la empresa.
Pero no habiendo empleado Dios sino la sencillez de doce pobres pescadores, es más claro que la luz meridiana que la gloria de esta gran revolución le pertenece a Él solo.
Es la obra maestra de la potencia y sabiduría divinas.

3) Rapidez y generalidad del éxito.
¿Cuál fue el éxito de la empresa?
La propagación del cristianismo fue tan rápida como general: después de pentecostés, los apóstoles fundan en Jerusalén una Iglesia floreciente: evangelizan la Judea, la Galilea y la Samaria: una multitud de judíos, y aun varios sacerdotes de la antigua ley, abrazan la Ley Nueva.

Los apóstoles se dispersaron por diversas regiones: Asia, Egipto, Grecia, Italia, Germania, Galia, etc., oyen a los enviados de Dios y éstos fundan Iglesias por todas partes, y envían misioneros a las regiones más lejanas.
San Pedro funda la de Antioquía; capital de Asia Menor, donde por primera vez, los discípulos de Cristo son llamados cristianos; después traslada su sede a Roma, capital del Imperio Romano, haciendo del foco del paganismo, el centro, la Iglesia Madre de la cristiandad.

San Pablo evangeliza el Asia menor, macedonia, Grecia e Italia; Santiago el Mayor, España; San Andrés, Escitia y Tracia; Santo Tomás, el país de los Partos y China; San Bartolomé, las Indias, etc.
A las Galias llegan San Dionisio areopagita, que predica en París, San Marcial, en Mende y en Limoges; San Trófimo, en Arlés; San Lázaro, el resucitado, en Marcella, etc. Así el Oriente y el Occidente reciben el Evangelio.

San Pablo, veinticuatro años después de la muerte de Jesucristo, pudo escribir a los romanos: vuestra fe es anunciada al mundo entero.
San Justino, menos de cien años después de la muerte de Jesucristo, puede decir en su diálogo con Trifón: no hay nación, civilizada o bárbara, en la que no se haya ofrecido, en nombre de Jesús crucificado, oraciones al Padre y Creador de todas las cosas.
Los escritores paganos de la época hacen notar su admiración: el historiador Tácito nos dice que, bajo el reinado de Nerón, causó asombro descubrir en Roma un número tan crecido de cristianos. Séneca, preceptor de este príncipe, añade:
“El cristianismo se ha fortalecido de tal manera, que se ha extendido por todos los países: los vencidos han dictado la ley a los vencedores”.

Todo el mundo conoce las altivas palabras de Tertuliano a los magistrados Romanos: “Somos de ayer, y ya lo llenamos todo: vuestras ciudades, vuestras islas, vuestros castillos, vuestras aldeas, vuestros campos, vuestras tribus; vuestras decurias, el palacio, el senado, el foro; sólo os dejamos vuestros templos… si nos separáramos de vosotros, os asustaríais de vuestra soledad”.

El triunfo de la religión de Jesucristo fue tal, que al cabo de tres siglos el paganismo había caído, y Constantino, el primer emperador cristiano, colocaba la cruz sobre el Capitolio.
¿Es explicable, sin la intervención de Dios, una propagación tan rápida?
¿Puede citarse un hecho más contrario a todas las leyes de la naturaleza?
¿No es un milagro de primer orden, un milagro tan patente como la resurrección de un muerto, la conversión del mundo pagano llevada a cabo, a pesar de los obstáculos, por un grupo de hombres del pueblo?

Esto no es obra humana, es obra divina: "A Domino factum est" (En el nombre de Dios está hecho).

4) Causa de la conversión del mundo.

Para establecer la creencia en los hechos positivos del Evangelio, la creencia en una doctrina que sobrepasa la inteligencia humana, era necesario que Dios interviniera sobrenaturalmente, dentro de los corazones, con su gracia todopoderosa, y fuera de ellos, con el milagro.
El milagro, suplía la debilidad de los Apóstoles; hacía las veces de la ciencia, del genio, de la elocuencia; les conciliaba el respeto y la admiración de los pueblos; era la señal incontrastable de su misión divina.
Es claro que si ,los Apóstoles no hubieran sido enviados de Dios, cuyo poder era el único capaz de hacerlos triunfar, hoy día, en lugar de esta Iglesia que se extiende hasta los confines de la tierra, no quedaría de su tentativa más que el recuerdo de una locura sublime.

Conclusión.

-Se puede terminar esta demostración con el celebre dilema que San Agustín proponía a los incrédulos de su tiempo. Puesto que no ha sido refutado todavía, lo proponemos a todos los incrédulos modernos:
La religión se ha establecido o por los milagros, o sin el auxilio de los milagros
Meditad bien vuestra respuesta y elegid con toda libertad.

1º Si confiesas los milagros de Jesucristo y de los Apóstoles, al hacerlo así confiesas que la religión cristiana es obra de Dios, porque sólo Dios puede obrar milagros verdaderos, y no puede hacerlos sino en favor de una religión verdadera y divina.

2º Si niegas estos milagros, atestiguas mejor aún la divinidad de la religión cristiana. Porque si una religión, enemiga de todas las pasiones, incomprensibles en sus dogmas; severa en su moral, se ha establecido sin el auxilio de los milagros, este mismo hecho es el mayor y más inaudito de los milagros.

Denle todas las vueltas que quieran: este dilema es un círculo de hierro del que no se puede salir.

Objeción.
A fin de escapar a la fuerza abrumadora de esta prueba invencible, dicen los incrédulos modernos: el mahometanismo y el protestantismo se han propagado también rápidamente, y sin embargo, estas religiones no son divinas.

-La comparación no es posible:
todo favorece a estas falsas religiones, mientras que todo era contrario a la religión cristiana.

1º El mahometanismo:

fundado por Mahoma en el siglo VII, entre los pueblos ignorantes de la arabia, es una mezcla de mosaísmo y de sensualismo, muy conforme a las aspiraciones de la naturaleza corrompida. Es una religión muy cómoda.
Un solo dogma lo resume todo: Dios es Dios y Mahoma su profeta.
Su moral es facilísima: algunas purificaciones, algunas prácticas exteriores, y con esto plena libertad a todos los malos instintos de la carne mediante la poligamia y el divorcio.

1) El medio de propaganda empleado por Mahoma y sus partidarios es la fuerza de las armas. Cree o muere, tal es su divisa.
El instrumento de conversión es la cimitarra.
Así, el mahometanismo se propaga suprimiendo todo misterio, mientras que la religión de Cristo se propaga a pesar de los dogmas incomprensibles que impone a la razón; el uno, gracias a las pasiones que halaga, a los desórdenes que permite, y la otra a pesar de las pasiones que combate y de las leyes severas que impone.

El mahometanismo hace prosélitos a la fuerza; el cristianismo se extiende a pesar de la fuerza, de las persecuciones más violentas y del mismo martirio de sus seguidores.
Pascal tenía razón cuando afirmaba:
“Mahoma se estableció matando; Jesucristo, dejando que mataran a los suyos… Jesucristo y Mahoma tomaron caminos y medos tan opuestos que, supuesto el triunfo de la doctrina de Mahoma, Jesús debía fracasar, y el cristianismo perecer, si no hubiera sido sostenido por una fuerza divina”.

No hay, pues, comparación posible entre la propagación del islamismo y de la religión cristiana.

2) La difusión del protestantismo:

entre algunas naciones católicas es obra de las pasiones humanas.
Fue presentado, al principio, no como una religión nueva, sino como una reforma y un retorno al cristianismo primitivo.
Los protestantes se llamaban reformados -la voz de los siglos los llama deformados ¡Curiosa reforma que suprime toda autoridad religiosa, suprime las leyes molestas: confesión, ayunos, abstinencias, y da finalmente, completa libertad para creer y obrar a gusto.

Número y constancia de los mártires cristianos.

El número y la constancia de los mártires ¿prueban la divinidad de la religión cristiana?


Sí; el número de los mártires durante los tres primeros siglos de la Iglesia, su constancia en los tormentos, los frutos maravillosos de su heroísmo, atestiguan claramente la divinidad de la religión cristiana.

1º La historia testifica que millones de hombres;
testigos de los milagros de Jesucristo o de los apóstoles, afrontaron los suplicios y la muerte antes de renegar de su religión. No pudieron proceder así sin estar convencidos de la realidad de los hechos que sirven de fundamento al cristianismo. Es así que se debe creer a testigos que se dejan degollar por sostener la verdad d
e su testimonio; luego el testimonio de los mártires es una prueba luminosa de la divinidad de la religión cristiana.

2º La constancia de los mártires en los suplicios es superiora las fuerzas humanas. Su valor no puede venir sino de Dios: ellos lo declaran, los paganos lo reconocen, y Dios lo confirma con milagros: pero como Dios no puede poner su fuerza al servicio del error y de la mentira, debemos, concluir que la religión profesada por los Mártires es una religión divina.

3º El martirio de los cristianos fue causa de la difusión prodigiosa del cristianismo.
Las conversiones de los paganos, testigos de su heroísmo, aumentaron de tal suerte, que Tertuliano pudo decir: la sangre de los mártires es semilla de cristianos. Pues bien, estas conversiones, tanto por su número como por su rapidez y perseverancia, constituyen un hecho sobrenatural y divino, que prueba también la divinidad de la religión cristiana.
La palabra Mártir significa "testigo"; los Mártires han dado a la Iglesia el testimonio de su sangre.
Los Mártires de la Iglesia primitiva pueden ser considerados de dos maneras distintas:

1) En su aspecto puramente natural; y entonces son testigos oculares o de los milagros de Jesucristo, como los Apóstoles y los discípulos, o de los milagros obrados por los Apóstoles.
Su testimonio es una prueba humana invencible de la realidad de los hechos que sirven de fundamento al cristianismo.

2) En su aspecto sobrenatural; los Mártires muestran un valor que sobrepasa las fuerzas humanas.
Su constancia es un milagro del orden moral, como la profecía es un milagro del orden intelectual, y la resurrección de un muerto un milagro del orden físico.
Así considerada, su constancia es una prueba de autoridad divina en favor de la religión cristiana, porque Dios no ayuda para sostener la mentira.

1º Número de los mártires.

La historia de los primeros siglos de la Iglesia; refiere que hubo una multitud sin innumerable de mártires.
El hecho no sólo lo afirman los autores cristianos, sino que lo afirman además Tácito, Libanio, Plinio el joven y otros historiadores paganos.
Se cuentan, desde Nerón (año 64) hasta Constantino (año 312), diez persecuciones generales, además de las persecuciones locales.

Según documentos de la mayor autenticidad, el número de los Mártires se calcula once y doce millones, durante los tres primeros siglos de la Iglesia.
La última persecución, ordenada por Diocleciano, fue tan recia que este emperador creyó haber extinguido el nombre cristiano de la redondez de la tierra, como lo prueba el hecho de haber mandado acunar una medalla con esta inscripción. Nomine christianorum deleto.

Barbarie de sus suplicios.

Los Mártires sufrieron todo lo que la barbarie puede inventar de más cruel.
Fueron extendidos en el potro, flagelados con azotes de cuero provistos de puntas emplomadas, desollados vivos, desgarrados con tenazas o garfios de hierro, quemados con antorchas, crucificados, devorados por los tigres y los leones, cubiertos de planchas de metal calentadas al rojo, sumergidos en aceite hirviendo, asados a fuego lento en parrillas; en fin, según la frase de Tácito:
“torturados con los tormentos más refinados”, "exquisitissimis paenis".

Valor del testimonio de los Mártires.

El testimonio de los Mártires es una demostración evidente de la divinidad del cristianismo.
Y de ello es fácil convencerse con sólo considerar el significado de la palabra mártir, que quiere decir testigo, y la naturaleza de las pruebas que debe tener una religión revelada.
Tal religión debe demostrarse con hechos, porque se trata de saber si Dios ha hablado a los hombres, y si los enviados de Dios han comprobado su misión divina por medio de milagros.

Ahora bien, en todos los tribunales del mundo, los hechos no pueden ser probados más que por el testimonio inmediato o mediato de personas fidedignas.
Varios testigos dignos de fe bastan para establecer, la certeza de un hecho.
Para probar que el cristianismo es una religión revelada por Dios, era necesario demostrar que Jesucristo, su fundador, había predicado en la Judea, que había hecho milagros y profecías, que había muerto, resucitado y subido a los cielos, en prueba de su misión divina. Esos son los hechos que Jesucristo había encargado a sus Apóstoles que atestiguaran, cuando les dijo:
“daréis testimonio de mí en Jerusalén y en toda la Judea y Samaria, y hasta lo último de la tierra”.

Entre los Mártires, unos habían sido testigos oculares de los milagros de Jesucristo, y otros de los milagros de los Apóstoles.
Estos testigos no son veinte, treinta ni cien, sino millones, que, durante más de trescientos años, atestiguaron esos hechos en todas las partes del mundo, no solamente con juramento, sino también: con el sacrificio de la propia existencia en medio de los suplicios más horrorosos.

No hay duda que un testigo dice la verdad cuando su testimonio dista tanto de procurarle alguna ventaja, que, antes al contrario, le ocasiona la pérdida de sus bienes y de la vida misma.
Luego el testimonio de los Mártires, en favor de los hechos que son el fundamento de la religión cristiana, es superior a toda prueba jurídica y hasta rebasa los límites de la ley y de la naturaleza.

2º Constancia de los mártires.

Una muchedumbre inmensa de cristianos de todas las nacionalidades y condiciones, de todas edades y sexos, acepta libremente las torturas más horribles antes que renegar de su religión.
Esta muchedumbre es pacífica; nada se descubre en ella que recuerde el fanatismo de los partidos políticos, de las sectas secretas, de las sublevaciones populares. Sus tormentos son atroces; sus verdugos, implacables; sus jueces, inflexibles; y nada es capaz de debilitar su constancia, nada puede agotar su paciencia, nada alcanza a alterar su dulce y modesta resignación. Interrogadlos, hablan con tal prudencia, firmeza y oportunidad, que justifican la promesa que les hiciera el Salvador de su divina asistencia.

Serenos y sonrientes, fijos los ojos en el cielo, expiran orando por sus verdugos.

¿No es éste un gran milagro?
¿Es, por ventura, cosa natural que niños, jovencitas, mujeres y viejos decrépitos acepten los más horribles suplicios sin temor y hasta con júbilo?

¡Oh! De ningún modo. No es la naturaleza la que puede dar al hombre este valor sereno, perseverante, heroico, que, arrostra impávido las torturas más horribles: no es la naturaleza la que hace aceptar los sufrimientos como un bien, cuando una sola palabra, un solo gesto de apostasía puede librar de los suplicios y de la muerte. Para obrar así se necesita que una fuerza sobrenatural acuda en socorro de la debilidad, humana.

No se puede invocar el amor a la gloria, la vana esperanza de los bienes futuros, y menos todavía el fanatismo.

a) No se puede atribuir la constancia de los Mártires al amor a la gloria:
los cristianos sabían que su nombre era objeto de execración para la sociedad pagana, y que, al aceptar el martirio se llenaban de infamia.
Muchos mártires sacrificados en montón estaban perfectamente seguros de que su nombre y su tumba permanecerían ignorados de los hombres y sólo serían conocidos por Dios.

b) No cabe tampoco atribuirla a la vana esperanza de los bienes futuros:
porque si esta esperanza no hubiera estado fundada en pruebas sólidas, no hubiera podido mover a la aceptación del martirio a una muchedumbre inmensa de hombres notables por su prudencia y su saber.
Los cristianos no pudieron menos de razonar como el Apóstol: “Si Jesús no ha resucitado, es vana nuestra fe, como es vana nuestra predicación.
Si los muertos no resucitan, nosotros somos los más desgraciados de los hombres, y si así es, comamos y bebamos, pues mañana moriremos”.

c) Menos aún es posible atribuir la constancia de los mártires al fanatismo.
No hay ni sombra de analogía entre el fanatismo y el valor de los Mártires.
El fanatismo es fruto de la ignorancia y del error; el valor es hijo de la luz y de la verdad. El fanático muere por una creencia que no ha reflexionado bastante o por opiniones personales desprovistas de pruebas; el Mártir, al contrario, da su vida para atestiguar hechos ciertos o en favor de creencias de las cuales posee pruebas decisivas.

Para el fanático el suplicio no es más que una desgracia inevitable, un ímpetu de desesperación, el incidente de una lucha; el mártir, al contrario, abraza el suplicio por elección espontánea y meditada.
En el fanatismo, el valor tiene su origen en la exaltación yen la vanidad: es un leopardo que, al caer, quiere gozar el placer de desgarrar las carnes del que le abate; el Mártir católico lleva el perdón en su corazón, la ternura en la mirada, la bendición en los labios: su valor nace de su encendido amor a Dios, a Jesucristo y a su Iglesia.

Finalmente, el fanatismo no es más que una debilidad temporal o y local; nunca ha contado más que un escaso número de víctimas, mientras que la Iglesia católica ha producido, en diecinueve siglos, cerca de treinta millones de mártires.
La constancia y el valor de los mártires vienen de Dios.

Así se evidencia:
a) por la declaración de los Mártires mismos, los cuales se mostraban contestes en afirmar que, sin el auxilio de Dios, no podrían sobrellevar las torturas.
Por eso se encomendaban a las oraciones de los fieles para obtener la gracia de salir victoriosos del combate.
Aparte de esto, más de una vez se vio a algunos que, confiando demasiado en sus propias fuerzas, se rindieron a la atrocidad de los tormentos.

b) Los paganos confesaban la imposibilidad de que los Mártires soportaran semejantes suplicios sin un auxilio especial de Dios.
Por eso frecuentemente exclamaban:
¡Qué grande es el Dios de los cristianos, puesto que da tal fuerza a sus adoradores!

c) Por último, lo prueban también: los milagros innumerables obrados en favor de los mártires.
¡Cuántas veces las fieras, en vez de destrozarlos, se postraron, a sus pies, las hogueras se apagaron y los instrumentos de tortura se quebraron!
En muchos casos caminaron sobre carbones encendidos como sobre rosas; por el influjo de su sola presencia, los templos paganos se derrumbaron, los ídolos se rompieron y los mismos tiranos quedaron ora ciegos, ora paralíticos, ora muertos a la vista de un pueblo entero que atribuía esos hechos prodigiosos a la magia, o que se convertían al cristianismo.
Ante esos milagros públicos y perfectamente comprobados, es imposible poner en tela de juicio que el valor y la constancia de los Mártires venían de Dios.

Este argumento se funda, no solamente en la constancia del los mártires de la Iglesia primitiva, sino que recibe una fuerza nueva del valor heroico de dieciocho o veinte millones de mártires que, después del siglo II, han muerto por la fe en distintas partes del mundo.
Un valor tan extraordinario en tan enorme muchedumbre de Mártires no se puede explicar por causas naturales; hay que atribuirlo a la virtud divina, única que puede obrar tales maravillas en sus débiles criaturas.

3º Frutos maravillosos del martirio.

Los suplicios de los Mártires fueron causa de la multiplicación maravillosa de los cristianos. Tenemos como testigo a Tertuliano, que increpa en esta forma a los gobernadores:
“Sometednos a la tortura, atormentadnos, condenadnos, aplastadnos …
nuestro número aumenta siempre que nos segáis; la sangre de los cristianos es semilla que produce más cristianos… y vuestra crueldad refinadísima no consigue otra cosa que aumentar nuestro número”.

Arnobio y Lactancio dicen lo mismo. Teodoreto añade la siguiente comparación:
“Cuando el leñador corta los árboles de un bosque, los troncos producen más renuevos que los que hubieran brotado de las ramas cortadas; del mismo modo, cuanto mayor es el número de piadosas víctimas inmoladas por vosotros, tanto mayor es el número de los que abrazan la doctrina del Evangelio.”

Libanio, autor pagano, confiesa que el cristianismo había hecho grandes adelantos por el martirio de sus fieles, y declara que fue esto lo que impidió a Juliano el Apóstata renovar los edictos sanguinarios publicados contra ellos en los siglos anteriores.
Ahora bien, este hecho no puede ser efecto de una causa natural o humana; es imposible que los hombres no se sientan retraídos de abrazar una religión que los expone a una muerte cierta y cruel si no los impulsa a abrazarla una inspiración divina.

Conclusión:

“El valor milagroso de los Mártires es evidentemente una prueba irrefutable de la verdad del cristianismo y de su origen divino.
Dios no puede servirse del milagro para animar a un fiel a perseverar en una religión falsa.
El valor sobrenatural de los mártires, y, por consiguiente, la acción misma de Dios, ha fortalecido y acrecentado la religión cristiana, dándole millares de discípulos arrastrados por el ejemplo de los Mártires a ver en el cristianismo una religión divina. Este efecto lo ha querido Dios.

Concluyamos, pues, que Dios mismo ha atestiguado la verdad del cristianismo, y que ha confirmado así la realidad de los hechos sobrenaturales sobre los cuales reposa la evidencia de la religión cristiana”(Wilmers).

Objeción.

Se objeta a veces contra esta prueba de la divinidad de la religión cristiana, que todas las religiones tienen mártires.

Los pretendidos mártires del mahometanismo, del budismo, del protestantismo no se asemejan en nada a nuestros mártires cristianos:

1) Su número es muy reducido.
2) La mayoría de ellos no murió libremente por sostener su religión.
3) En la generalidad de los casos, estos pretendidos mártires fueron condenados a muerte, no por su fe, sino por crímenes castigados por la ley: revueltas, robos, incendios.
4) Tales mártires no murieron por atestiguar hechos fáciles de conocer, sino solamente por mantener opiniones y doctrinas cuya prueba no podían dar.
Los caracteres que distinguen a los mártires cristianos de los pretendidos mártires de las falsas religiones, son:

a) la muerte libremente aceptada por la fe;
b) la inocencia de vida; c) una convicción ilustrada;
d) los milagros que acompañaron o siguieron a su martirio.
a) La muerte libremente aceptada por la fe. Morir por su religión cuando, renunciando a ella, se podría evitar la muerte, ése es el verdadero carácter del martirio.

A los cristianos se les proponía renunciar a su religión o morir; si apostataban, se les prometía recompensas y honores… ellos eligieron los tormentos y la muerte.
Por consiguiente, carece de todo valor y fundamento la comparación establecida entre nuestros mártires y los mahometanos o sectarios sorprendidos con las armas en la mano, sacrificados en matanzas como la de san Bartolomé, o condenados por las leyes civiles sin libertad para retractarse.
Fuera de eso, las falsas religiones, como el mahometanismo, autorizan la abjuración por miedo.

b) La inocencia de vida.

“¿Qué se puede reprochar a los mártires?”
Preguntaba Tertuliano;
“Son los hombres más puros, vírgenes inmaculadas, piadosos fieles, la flor de la sociedad. No se ha podido señalar en ellos un vestigio de desorden. Y no hay que maravillarse, puesto que no se propasaban ni a una mirada indiscreta ni a un deseo ilícito.
¡Se les llama enemigos de César, y ellos ruegan por él en sus templos y son los únicos que lo hacen!
¡Se les acusa de enemigos de la patria y ellos, con mayor abnegación y ardimiento que los demás, derraman por ella su sangre en los campos de batalla!
¡Se les proclama enemigos de las leyes, y nosotros desafiamos a que se halle un solo cristiano que no las cumpla, cuando son compatibles con las de la conciencia! No se castiga en ellos más que el nombre que llevan”.

Estudiad las actuaciones de sus procesos, las ordenanzas de los emperadores, y veréis que rinden homenaje a la inocencia de los Mártires.
Se les condena a la última pena únicamente porque son discípulos de Cristo. No sucede lo mismo con los pretendidos Mártires de las falsas religiones.
Consultad la historia y ella os dirá que los incrédulos dan frecuentemente el nombre de Mártires a malhechores, a delincuentes ajusticiados en castigo de sus propios crímenes.
Así, por ejemplo, los hugonotes no han sufrido tormento por atestiguar la verdad de su doctrina, sino porque eran culpables de rebelión, sedición, asesinatos e incendios.

c) Convicción ilustrada.

Tal es el tercer carácter que distingue a nuestros Mártires.
Cuándo los de las falsas religiones no son rebeldes apresados con las armas en la mano, son ignorantes, exaltados que mueren por opiniones personales que no son capaces de probar.
Tal es el fanatismo de los musulmanes, de los protestantes y de los budistas de la India.

¿Qué habían visto los protestantes?
¿qué podían testificar? Habían visto a Lutero, a Calvino, o a sus discípulos rebelarse contra la Iglesia, llenar a Europa de sediciones y de matanzas.

Los creyeron sobre su palabra y abrazaron sus mismas opiniones.
Pero no habían visto a los predicadores hacer milagros; ni dar señales de una misión divina.
El valor de los Mártires, por el contrario, es el fruto de una convicción basada en pruebas evidentes. Durante tres siglos, en las diversas partes del mundo, los Mártires mueren para atestiguar hechos cuya certeza conocen. Se puede dar la vida por opiniones falsas tenidas por verdaderas; pero es inaudito que se haga lo propio por hechos cuya falsedad no se ignora.

Los apóstoles y los discípulos mueren para atestiguar los milagros de Jesucristo, su muerte, su resurrección, de que habían sido testigos.
Es lo que decían los primeros cristianos:
“Os anunciamos lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos oído, lo que nuestras manos tocaron acerca del verbo de la vida, que se mostró entre nosotros”.

Y los apóstoles daban su vida para confirmar la verdad de este testimonio.
Los fieles, convertidos por los Apóstoles no habían visto a Jesucristo, pero habían visto a los Apóstoles haciendo prodigios para confirmar su misión divina.
Podían, pues, estos fieles atestiguar tales hechos; estaban bien seguros de no haberse engañado.
En fin, los que han padecido por la fe en la sucesión de los siglos no han visto ni milagros ni mártires; pero han muerto por una religión respecto de la que sabían que estaba probada con hechos incontestables. Por esta sucesión no interrumpida de testigos, nosotros estamos ciertos de que Jesucristo es Dios y de que su religión es divina.

d) Prodigios.

Hemos hablado ya de los numerosos milagros obrados con ocasión del martirio de los primeros cristianos. Se pueden leer en las vidas de los santos los prodigios realizados por sus venerandas reliquias.
Estas maravillas no pueden ser negadas, como no pueden serlo los hechos más ciertos de la historia. Así Dios interviene para honrar a sus mártires, fecundar su sangre y glorificar sus reliquias:

Conclusión.

Sólo la religión Católica posee verdaderos Mártires, y su martirio prueba la divinidad de la religión de Jesucristo. La fuerza de esta prueba se funda en un conjunto de hechos absolutamente ciertos.
Hay que considerar, a la vez:

1º, la multitud de mártires;
2º, su aceptación voluntaria de los sufrimientos;
3º, la prolongación y crueldad de los suplicios;
4º, el valor heroico demostrado en los más terribles tormentos;
5º, finalmente, los frutos maravillosos que provinieron de su sacrificio:
La religión Católica es la única que puede tener verdaderos Mártires, verdaderos testigos, porque es la única que se funda en hechos demostrados por el testimonio y por la Tradición. Los que hablan de Mártires de falsas religiones demuestran no haber entendido el fondo de la cuestión.

La constancia de los Mártires es una señal divina más admirable todavía que el milagro.
El milagro es obra exclusivamente de Dios; el martirio es la obra de Dios realizada por medio de hombres débiles, de vírgenes delicadas, de tiernos niños.

VII. Frutos admirables producidos por la religión cristiana.

Los frutos de la religión cristiana, ¿son una prueba de su divinidad?


Sí; Porque el árbol se conoce por sus frutos y como la religión de Jesucristo ha producido en todas partes frutos divinos, se sigue que es divina.
Y a la verdad, la religión cristiana ha iluminado a los hombres, los ha mejorado, los ha hecho más felices.

1º Ha iluminado a los hombres.

La primera necesidad del hombre es conoces con facilidad y certidumbre su origen, su naturaleza, sus deberes, su destino, lo que debe esperar o temer después de esta vida. Y todo esto no puede saberlo sin conocer a Dios, que es su creador y último fin; ahora bien, mientras las demás filosofías y religiones dejan a los hombres sumidos en la ignorancia, sólo el cristianismo da soluciones claras y precisas a todos los problemas que interesan a la humanidad.
Un niño cristiano sabe más acerca de los problemas de la vida, que todos los sabios de la antigüedad y que todos los filósofos modernos.

2º La religión cristiana ha mejorado los hombres.

No solamente ha popularizado en el mando las virtudes dictadas por la ley natural o prescritas pon la ley de Moisés, sino que ha hecho brotar otras muchas virtudes, superiores a la naturaleza humana, como la humildad, la castidad perfecta, la caridad, el amor a los enemigos, etc.
Pues bien, todas las filosofías y religiones distintas de la cristiana fueron siempre impotentes para hacer practicar a las hombres estas virtudes excelsas que prescribe el Evangelio; hay, pues, en el cristianismo un principio de vida sobrenatural, una fuerza divina.

3º La religión cristiana ha hecho más dichosos a los hombres.

Ha hecho desaparecer los principales males del paganismo: la esclavitud, el despotismo de la autoridad paterna, la tiranía del estado y la barbarie de las relaciones entre los pueblos. Por todas partes y siempre la religión mejora la suerte del individuo, regenera la familia, reforma la sociedad y favorece la fraternidad de los pueblos.
Una religión que obra tales maravillas, superiores al poder humano, no puede venir del hombre: los frutos divinos revelan una savia divina. Luego los beneficios del cristianismo prueban su divinidad.

Habituados a vivir en un mundo saturado de ideas cristianas, atribuimos al progreso del espíritu humano lo que hay de bueno en nuestros conocimientos, en nuestras costumbres, en nuestras leyes, en nuestra civilización: es una ilusión.
Para caer en la cuenta de la verdad, basta considerar lo que era el mundo antes de la venida de Jesucristo, después de cuatro mil años de razón, de filosofía y de progreso humano.

1º La religión cristiana ha iluminado a los hombres.

Las verdades de la revelación primitiva se habían obscurecido en el curso de los siglos por causa de la ignorancia y de las pasiones.
“En todas partes, excepto en el pueblo judío, reinaban los errores más groseros acerca de las verdades que más interesa al hombre conocer y que forman la base de su vida intelectual y moral. Una sola nación adoraba al verdadero Dios; las otras se prosternaban ante los otros, las plantas, los animales y los ídolos de piedra o de madera. La tierra no era más que un inmenso templo de ídolos…”

Pues bien, hoy en día, aun el pueblo mismo, si es cristiano, está perfectamente ilustrado sobre todos los problemas interesantes de la vida.
La religión de Jesucristo ha hecho accesibles a todos, lo mismo a ignorantes que a sabios, las verdades más sublimes respecto de Dios, su naturaleza, sus perfecciones, su vida y sus obras; respecto del hombre, su origen y destino respecto de nuestros deberes para con Dios creador, para con nuestro prójimo y para con nosotros mismos. Preguntad al más sencillo de los campesinos, y lo encontraréis muchísimo más instruido que todos los sabios de Roma y de Grecia.

Existe un librito que se hace aprender a los niños y sobre el cual se les interroga en la Iglesia; leed ese librito que es el catecismo, y hallaréis en él una solución a todas las cuestiones a todas sin excepción:
“Preguntad al cristianismo de dónde viene la especie humana, él lo sabe; adónde va, él lo sabe; de qué modo camina hacia su fin, él lo sabe.

Preguntad a ese niño, que no ha podido aún pensar en las grandes cuestiones relativas a su vida, para qué se encuentra en este mundo y lo que será después de su muerte y os dará una respuesta sublime, preguntadle cómo ha sido creado el mundo y con qué fin; por qué Dios ha puesto en él animales y plantas; cómo ha sido poblada la tierra; si lo ha sido por una sola familia o por muchas; por qué los hombres hablan varios idiomas, por qué sufren, por qué luchan entre si y cómo terminará todo eso: él lo sabe.

“Origen del mundo, origen de la especie, origen de las razas y unidad de la especie, destino del hombre en esta vida y en la otra, relaciones del hambre con Dios, deberes del hombre para con sus semejantes, derechos del hombre sobre la creación, él nada ignora; y cuando sea grande, no vacilará tampoco respecto del derecho natural, del derecho político, del derecho de gentes, porque todo eso sale, todo eso emana con claridad y como de su propia fuente del cristianismo.

He aquí lo que yo llamo una gran religión; la reconozco en esto: que no deja sin solución ninguno de los problemas que interesan a la humanidad” (T. Jouffroy).

2º La religión cristiana ha mejorado a los hombres.

Sin duda, el hombre ha sido siempre capaz de distinguir entre el bien y el mal. Lleva escritos en lo más profundo de su conciencia los principios de la ley natural. Pero las pasiones, el orgullo, la avaricia, la sensualidad y la ignorancia religiosa habían alterado estas luces de la razón.
De ahí que reinara en la sociedad pagana esa corrupción profunda, justificada por el ejemplo de las divinidades del Olimpo, personificación de todos los vicios.

La religión cristiana reemplaza el culto de los ídolos por el culto del verdadero Dios desde su aparición, transforma las costumbres y produce una rica eflorescencia de las más heroicas virtudes. Esta transformación moral está atestiguada:

1º por los escritores paganos, que se ven constreñidos a reconocer la inocencia de los cristianos;

2º por los emperadores romanos, que no pueden fundar sus edictos más que sobre la negativa de los cristianos a sacrificar a los ídolos;

3º por los apologistas, que se atreven a repetir a los príncipes, a los magistrados y al pueblo, sin temor de ser desmentidos, la frase de Tertuliano:
“Se conoce a los cristianos por la pureza de su vida”.

La religión cristiana has producido la eflorescencia de virtudes heroicas desconocidas para los paganos. Ella persuade a los grandes la humildad; a los orgullosos, la modestia; a los ricos, la beneficencia; a los avaros, la pobreza; a los voluptuosos, la castidad; a los vengativos, el perdón de los enemigos; a todos, en fin, la caridad, la penitencia, la abnegación y desprecio de sí mismo.
El p. Lacordaire ha explicado y dilucidado este argumento en sus conferencias del año 1844, sobre las virtudes reservadas al cristianismo: la humildad, la castidad, la caridad, etc.

Pues bien, la religión de Jesucristo obró en escaso tiempo esta transformación moral y produjo la eflorescencia de estas virtudes, no solamente en un pequeño número de individuos, sino en numerosas muchedumbres.
La práctica de estas virtudes forma el carácter distintivo de la sociedad cristiana. Estos efectos se producen, aun en nuestros días, en los pueblos salvajes, donde quiera que penetra la religión Católica.

Este cambio es el resultado no sólo de la fe en las verdades reveladas, sino también de las gracias interiores que Dios comunica a las almas, fácil cosa es alabar y admirar un plan de moral, pero se requiere el auxilio divino para ajustar la conducta a ese plan.
Por eso ninguna secta, ninguna doctrina, ningún sistema filosófico ha podido jamás triunfar de las pasiones y vicios arraigados en el corazón humano, ni suscitar virtudes heroicas como las virtudes cristianas.
Los pocos sabios del paganismo no son comparables con la inmensa multitud de Santos producidos por el cristianismo.
Para todo hombre que reflexione, así como la creación demuestra la existencia de Dios, así también los frutos del cristianismo prueban su origen divino.

Este argumento fue luminosamente tratado, por todos los Padres de la Iglesia.
San Juan Crisóstomo prueba a los paganos la divinidad de la religión cristiana por la maravillosa conversión del mundo.
“Sería -dice- una grande obra, o más bien una prueba cierta del poder de Dios el haber podido, aun con la ayuda y favor de los poderes humanos, apartar de la corrupción a algunos millares de hombres y haberlos hecho pasar de una licencia repugnante a una vida austera y difícil…

“Pues bien, Jesucristo los ha trasladado de la corrupción a una vida pura; de la avaricia, al amor de la pobreza; de la cólera, a la mansedumbre; de la envidia, a la benevolencia; de la vida ancha y fácil, a la vida estrecha y penosa.

Y ¿a cuántos hombres ha persuadido esto?
No a algunos centenares o millares, sino a una gran parte de la humanidad…
y lo ha hecho por medio de doce Apóstoles incultos e ignorantes, sin elocuencia, sin riqueza, desprovistos de todo auxilio humano.
Y lo ha hecho cuando todas las potestades de este mundo se unían contra sus discípulos” (Tratado de la divinidad de Jesús).

3º La religión cristiana ha hecho más felices a los hombres.

Ella ha hecho desaparecer las miserias vergonzosas del paganismo.


a) la esclavitud.
Antes de Jesucristo, las dos terceras partes del género humano, privadas de sus derechos naturales, no eran más que un miserable rebaño.
El dueño podía, según sus caprichos, venderlos, azotarlos, torturarlos, matarlos.
En el Imperio Romano, ciento cincuenta millones de esclavos vivían enteramente sometidos al capricho de diez millones de ciudadanos.

b) la degradación de la familia.
El padre era un tirano. La mujer estaba envilecida, era la esclava de su esposo y no su compañera; la poligamia y el divorcio habían hecho del matrimonio un contrato ilusorio.
El niño podía ser expuesto, vendido o muerto por su padre.

c) la tiranía del estado.
El príncipe disponía a su arbitrio de la vida de los ciudadanos: su capricho era la ley suprema. Los grandes se arrastraban a sus pies; el pueblo vegetaba en la pereza y en el libertinaje; los pobres eran despreciados y abandonados a su triste suerte.

d) la barbarie de las luchas entre los pueblos.
Las guerras terminaban siempre con la matanza o esclavitud de los vencidos.
Ahora bien, el cristianismo operó poco a poco el mejoramiento social.

a) los esclavos son emancipados, no ciertamente por una brusca revolución social, sino por la influencia creciente de la doctrina cristiana. La religión declara que todos los hombres son iguales y que no hay distinción entre el esclavo y el libre. Amos y siervos, santificados por la misma fe, animados por una misma caridad, bien pronto viven una misma vida.

b) la familia es regenerada.
El cristianismo, honrando a la mujer en la Virgen María la declara igual al hombre por el origen y los destinos, los deberes y la participación en las mismas gracias. La mujer recobra su influencia y el puesto que le corresponde en el hogar doméstico. La poligamia y el divorcio son abolidos; el matrimonio es elevado a la dignidad de sacramento, es decir, contrato santo y sagrado, y, por consiguiente, inviolable.
El niño se convierte en objeto de los más tiernos cuidados: para el cristiano que adora al Niño Jesús del Pesebre, el abandono la muerte de los niños son crímenes imposibles.

c) el estado se convierte en una gran familia en la que el jefe no gobierna sino en nombre de Dios y para bien de los súbditos, que le deben obediencia en todas las cosas juntas como a Dios mismo. La sociedad pagana no se cuidaba de los desgraciados; la religión cristiana los toma bajo su poderosa protección, y a ella se deben los hospitales, todos los refugios abiertos a los padecimientos físicos y morales.

d) las relaciones entre los pueblos se inspiran en el espíritu de fraternidad.
El cristianismo crea el derecho de gentes, suaviza las relaciones internacionales, reglamenta las condiciones de la guerra y substituye la justicia a la fuerza bruta.
El cristianismo pues, ha hecho a los hombres, más felices:
“¡Cosa admirable dice Montesquieu la religión cristiana, que parece no tener más objeto que la felicidad de la otra vida, hace también nuestra felicidad en ésta!”

“Sin duda todas estas reformas bienhechoras no se llevaron a cabo sin esfuerzo. El cristianismo tuvo que luchar durante varios siglos contra el paganismo.
Pero, poco a poco su fuerza moral hizo penetrar su doctrina en los corazones y en las inteligencias, y bien pronto el cambio de las doctrinas trajo el cambio de las costumbres y de las leyes” (Gourad).
Basta añadir a estos hechos incontestables algunas observaciones para hacer resaltar la fuerza de esta prueba.

1º Esta transformación maravillosa y naturalmente imposible, se ha realizado en todos los lugares donde se estableció el cristianismo. Naciones incivilizadas o cultas, viejas o en formación, todas han experimentado el efecto de la doctrina del Evangelio y de la gracia celestial que la acompaña.

2º Allá donde no ha penetrado el cristianismo, se han perpetuado y subsisten aún hoy día, los mismos errores, la misma idolatría, la misma perversión moral. Esto, tanto pasa en los pueblos salvajes como en los pueblos secuaces del budismo o del mahometismo, etc.

3º Ciertas regiones, regeneradas en otros tiempos por el cristianismo, han vuelto a caer en su degradación primitiva desde que han dejado de seguir las leyes cristianas. Por eso se ha visto al África y al Asia volver a su antiguo estado de envilecimiento al apartarse de la verdadera religión.
En el seno mismo de las naciones aún Católicas, vemos todos los días que las inteligencias van retrocediendo hacia los errores antiguos, a medida que rechazan las enseñanzas del cristianismo: testigos, los positivistas y los racionalistas modernos.

Conclusión.
Tales son los hechos ciertos: el cristianismo ha civilizado el mundo pagano, gangrenado y podrido. Allí donde no se ponen trabas a su acción, produce efectos eficacísimos y en gran manera saludables, aun por lo que al interés temporal se refiere, así en los individuos como en las familias y en las sociedades.
Es una obra única, colosal, sobrehumana. Sólo Dios pudo darle tal eficacia, y por lo mismo testifica de una manera permanente y sensible la divinidad de Jesucristo y de su religión…

El positivista Taine se ve forzado a reconocer estos efectos del cristianismo: en la Revue des DeuxMondes, de 1º de junio de 1892, escribía las siguientes palabras: “Hoy, después de dieciocho siglos, en ambos continentes…
el cristianismo obra como en otra época en los artesanos de Galilea, y del mismo modo, hasta substituir al amor de sí mismo, el amor del prójimo; ni su substancia, ni su empleo han cambiado.
Bajo una envoltura griega o Católica; es todavía para cuatrocientos millones de criaturas humanas el órgano espiritual, el gran par de alas imprescindible para elevar al hombre por encima de sí mismo, por encima de su vida rastrera y de sus horizontes limitados; para conducirlo, a través de la paciencia, de la resignación y de la esperanza hasta la serenidad; para llevarlo, más allá de la templanza, de la pureza y de la bondad, hasta la abnegación y el sacrificio.

“Siempre y en todas partes, durante mil ochocientos años, tan pronto como estas alas se fatigan o quebrantan, las costumbres públicas y privadas se degradan.
En Italia, durante el renacimiento; en Inglaterra bajo la restauración; en Francia, bajo la Convención y el Directorio, se ha visto al hombre hacerse pagano, como en el primer siglo, e inmediatamente, se le ha visto como en los tiempos de Augusto y de Tiberio, es decir, sensual y duro, abusando de los demás y de sí mismo.
El egoísmo brutal y calculador volvió a prevalecer: la crueldad y la sensualidad se entronizaron en los corazones y la sociedad se convirtió en un degolladero y en un prostíbulo.

Cuando se ha dado este espectáculo y se ha visto de cerca, se puede valorar lo que ha traído el cristianismo, a nuestras sociedades modernas, lo que ha introducido de pudor, de dulzura y de humanidad, lo que ha mantenido de honradez, de buena fe y de justicia. Ni la razón filosófica, ni la cultura artística y literaria, ni siquiera el honor feudal, militar y caballeresco; ningún código ninguna administración, ningún gobierno basta para suplirlo en este servicio
.
“Nada hay fuera de él capaz de sostenernos en nuestra pendiente natural y de detener el deslizamiento insensible con que, incesantemente y con todo su peso original, nuestra raza retrograda hacia los bajos fondos”.
Tales son las confesiones del hombre que ha estudiado la historia a la luz de los hechos. Después de esto, qué deberemos pensar de las mentiras de los masones que quieren aniquilar el cristianismo para implantar, dicen ellos, el progreso y la virtud? Su audacia sólo puede equipararse a su hipocresía.

Escucharemos a otro académico, a Pablo Bourget:
“Ved una regla que yo he comprobado constantemente y que no admite excepciones: dondequiera que el cristianismo está vivo, las costumbres se elevan; donde quiera que languidece, decaen. El cristianismo es el árbol donde florecen las virtudes humanas, sin cuya práctica las sociedades están condenadas a perecer.
Permitidme, si me hacéis hablar, que lo proclame bien alto: se desmoraliza a Francia al arrancarle su fe; descristianizándola se la asesina.
No hay salvaguardia social fuera de las verdades del decálogo. Tal fue la convicción de Le Play; tal fue también la de Taine. A ellos me uno yo".

“Combatir a la religión es pues, combatir a la sociedad en su base… lo primero que tiene que hacer Francia para salvarse, no es una república, ni un imperio, ni una monarquía; es volver a ser cristiana” (Luis Veuillot)

VIII. Excelencia de la doctrina cristiana

La excelencia de la doctrina cristiana ¿prueba su divinidad?


Sí, porque la sublimidad de sus dogmas, la pureza de su moral y la perfección de su culto manifiestan un origen divino.

1º El dogma de la religión cristiana expone desde luego las verdades de orden natural; nos da las nociones más claras y más elevadas acerca de Dios, del hombre y de su destino. No hay duda, que la razón puede descubrir estas verdades, pero con menos luz, perfección y certeza.
El cristianismo propone luego a nuestra fe verdades sobrenaturales que la razón no puede alcanzar, pero que reconoce como razonables y luminosas, desde el momento mismo que le son propuestas; tales son: los misterios de la Trinidad, de la Encarnación, de la Redención y de la Gracia, maravilloso conjunto de verdades altísimas que nos revelan la vida íntima de Dios y el destino sobrenatural del hombre.

2º La moral cristiana explica perfectamente toda la ley natural y le añade algunos preceptos positivos de mucha importancia. Reglamenta todos los deberes del hombre para con Dios, para con el prójimo y para consigo mismo.
Proscribe toda falta, incluso el mal pensamiento voluntario; impone todas las virtudes, y da consejos muy apropiados para llegar a la más alta perfección.

3º El culto cristiano es, a la vez, el más sencillo y el más sublime, el más digno de Dios y el más conveniente al hombre. Es fácil de practicar en todos los pueblos y en todos los lugares.
Ahora bien, una doctrina tan perfecta en su forma, en su moral y en su culto, no puede venir sino de Dios.
Durante cuatro mil años de asiduas investigaciones, los más grandes genios no consiguieron hallar una doctrina semejante. Luego el hombre que vino a enseñarla y hacerla prevalecer en el mundo es más que un hombre: es Dios.
La doctrina de Jesucristo está contenida en el Evangelio y en los demás libros del Nuevo Testamento, y también se nos ha transmitido por la Tradición: no se puede separar la enseñanza de los Apóstoles de la enseñanza de su Maestro, cuyos intérpretes son:

1º Sublimidad de los dogmas cristianos.

“El dogma cristiano se compone de dos clases de verdades: unas ya conocidas, accesibles a la razón y enseñadas por la filosofía; otras enteramente nuevas e inesperadas. Las primeras constituyen el orden natural; las segundas, el orden sobrenatural, al que el hombre no puede llegar por sí mismo.

“Las verdades fundamentales de orden natural, la existencia de Dios, su naturaleza, su perfección y la existencia del alma espiritual, libre e inmortal, habían sido enseñadas por la revelación primitiva, y mejor, explicadas después por la revelación mosaica. Pero debemos sobre todo a la revelación cristiana las nociones más precisas acerca de Dios, de la vida futura, de la resurrección de los cuerpos, de la naturaleza y eternidad de las penas y de las recompensas”(Cauly).

Jesucristo se complace en explicar el dogma de la Providencia.

Dios vela, nos dice, sobre todos los seres, aún sobre los pájaros; él provee a todas las necesidades de sus criaturas, y ni un cabello cae de nuestra cabeza sin el consentimiento de nuestro Padre Celestial.
Insiste también sobre la bondad y misericordia de Dios, esos dos atributos desconocidos de los paganos y poco comprendidos por los judíos.
Para ellos, Dios era, ante todo, Yavhé, el Señor, a quien hay que adorar y temer. Para los discípulos de Jesús, Él es principalmente, el Padre a quien hay que amar; Él es la bondad por esencia: Dios es amor.

A las creencias de la religión natural, Jesucristo agrega las verdades del orden sobrenatural. El hombre siente que más allá de este mundo existe una región sin límite en que no puede penetrar la razón.
Jesucristo satisface su sed de lo desconocido: levanta el velo que cubre los Misterios de la vida íntima de Dios y de su amor al hombre.
Revela al mundo los dogmas altísimos de la Santísima Trinidad, la Encarnación, la Redención, la vida sobrenatural de la Gracia y la Gloria Eterna, que es su fruto.

Para comunicar a los hombres esta gracia divina, fruto de sus méritos, funda la Iglesia, que la confiere mediante los Sacramentos. Cada una de estas palabras encierra una novedad divina y crea un nuevo orden de creencias y de vida.
Estos misterios maravillosos superan la razón humana sin nunca contradecirla. Después de diecinueve siglos, dos sabios discuten aún acerca de estás verdades: pueden hallarlas excesivamente sublimes para su orgullosa pretensión de querer comprenderlo todo, pero no logran aniquilarlas.

Los genios más grandes: Orígenes, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Bossuet, Leibnitz, Pascal, etc., etc., se inclinan ante la sublimidad de estas enseñanzas.
Estos misterios arrojan viva luz sobre la naturaleza de Dios y sobre el destino eterno del hombre; ¿por qué Jesucristo nos lo revela?

Para manifestarnos el amor que Dios tiene al hombre, a quien eleva a la vida sobrenatural. Creer en este amor infinito de Dios, es creer en el cristianismo.
El Credo cristiano no es más que la historia del amor que Dios nos tiene; y de igual modo el Decálogo debe ser la historia de nuestro amor a Dios: "Deus charitas est".

2º Santidad de la moral cristiana.

La moral del Evangelio es la más perfecta que imaginarse puede: los mismos impíos se ven constreñidos a reconocerlo. El código de Jesucristo comprende toda la ley natural, la cual explica y pone al alcance de todos los espíritus: el ignorante lo halla sencillo y lo entiende; el sabio admira su fecundidad, su profundidad, y lo ama.
La moral cristiana es perfecta:
a) en los deberes que impone; b) en los motivos que propone para obligarnos a practicar esos deberes.

A) perfecta en los deberes que impone:
1) Para con Dios:
manda que se le rinda un culto interno, externo y público de adoración, de amor, de confianza y de acción de gracias.

2) Para con el prójimo:
ordena que se observe con él una estricta justicia, que se le ame con caridad eficaz y universal que se extienda hasta a los mismos enemigos.

3) Para con la sociedad:
mantiene la paz en las familias, el amor mutuo entre los esposos; consagra la autoridad paterna por una parte y el amor filial por otra; recomienda a los amos la bondad para con sus servidores y a éstos, la sumisión a sus amos.
Asegura el orden y la paz de la sociedad civil, presentando a los gobernantes como ministros de Dios e imponiendo a los súbditos el respeto y la obediencia a sus superiores.

4) Para consigo mismo:
intima al hombre el cuidado de su alma inmortal, la lucha contra las pasiones, la fuga del mal, del que le prohíbe hasta el pensamiento y el deseo. Ordena la práctica de todas las virtudes y en especial de las virtudes teologales, necesarias para conseguir nuestro destino sobrenatural.
A estos principios de la ley natural, tan bien explicados y completados, Jesucristo añade otros preceptos positivos, que se refieren a la penitencia y a la recepción de los sacramentos, establecidos para dar, aumentar y conservar en nosotros la vida sobrenatural.
Y ha dejado a su Iglesia el cuidado de formular y determinar la época en que nosotros debemos cumplirlos. Tales son los preceptos sobre la confesión anual, la comunión pascual, etcétera.

Por último, para aquellos que no se contentan con el deber estricto, sino que sienten en sí aspiraciones a una perfección mayor, el Evangelio tiene consejos que se resumen en la pobreza voluntaria, en la obediencia absoluta y en la castidad perfecta: tal es el fundamento de la vida religiosa.

Así como el dogma cristiano se resume en esta frase: creemos en el amor que Dios nos tiene, del mismo modo la ley cristiana se contiene toda en esta otra expresión: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

El amor de Dios consiste en preferir a Dios a todo lo demás, porque Él es el sumo bien, en querer lo que Dios quiere, en amar lo que él ama, en dar todo lo que Dios pide, en hacer todo lo que ordena:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y sobre todas las cosas”.

El amor del prójimo consiste en amar a todos los hombres por amor de Dios, en desear el bien de todos, en hacerles todo el bien que quisiéramos nos fuera hecho a nosotros, en no hacer al prójimo nada de lo que no quisiéramos que se nos hiciera: amarás a tu prójima como a ti mismo.

El ideal de la perfección propuesta por Jesucristo no es más que la perfección del mismo Dios: sed perfectos como vuestro padre celestial.
El Hijo de Dios ha hecho esta perfección más fácil de imitar, mostrándose a nosotros bajo una forma humana. Para ser perfectos no tenemos más que reproducir las virtudes cuyo precepto y ejemplo nos ha dado Jesucristo.
"Exemplum dedi vobis: ut quemadmodum ego feci, ita et vos faciatis",
según la enérgica expresión de Tertuliano; todo cristiano debe ser otro Cristo: "christianus, alter Christus".

B) La moral cristiana es perfecta en sus motivos y en la sanción que establece:

Ella nos propone como motivo, no solamente la belleza natural de la virtud y la satisfacción del deber cumplido, sino la soberana voluntad de Dios, nuestro Creador y Señor, que tiene el derecho de imponernos preceptos.
Como sanción, nos muestra en las perspectivas de la eternidad, el cielo, recompensa magnífica del justo, y el infierno eterno, castigo terrible del pecador.
A estos motivos, de suyo poderosos para inducirnos a perseverar en el camino del bien, Jesucristo añade uno más poderoso aún y más digno de las almas nobles: el del amor de Dios.

El amor de Dios es el principal motivo que ha de movernos a observar sus leyes; por amor de Dios debemos amar al prójimo; por amor de Dios hay que amarse a sí mismo. Principio admirable, el más digno del hombre, a quien eleva, y de Dios, a quien el hombre da el corazón; principio eficaz y fecundo sobre todos los demás, porque uno trabaja más y mejor por amor que por temor o esperanzo.
Finalmente, con la oración, el sacrificio de la Misa y los Sacramentos, es decir, con las prácticas del culto, la religión cristiana pone a disposición del hombre la fuerza de la gracia, que lo sostiene en los combates de la virtud y sobrenaturaliza todos sus actos.

3º Perfección del culto cristiano.

“Ha llegado el momento, decía Jesucristo a la samaritana, en que Dios ya no será adorado solamente en el Templo de Jerusalén, ni en la cima del Garitzim, sino que será adorado en todas partes, en espíritu y en verdad”.

Esto equivalía a señalar el término del culto mosaico e inaugurar el culto cristiano. Este culto espiritual y al mismo tiempo sensible, responde admirablemente a las exigencias de nuestra naturaleza; es infinitamente más perfecto que el de todas las religiones antiguas y modernas, conviene a todos los pueblos, y es fácil de practicar en todos los climas.

Jesucristo recomienda, ante todo, el culto interno: Dios es Espíritu, dice, y hay que adorarlo en espíritu y en verdad.
Pero como el culto interno no puede andar separado del culto externo ni del culto público, Jesucristo echa los fundamentos y determina los actos principales del culto externo social.
Enseña la oración, sencilla y sublime a la vez, conocida con el nombre de oración dominical. Prescribe que se consagre un día de la semana al servicio de Dios, e instituye el sacrificio de la Misa, los Sacramentos y las principales ceremonias.

La Misa es el más augusto de los sacrificios: es la renovación del sacrificio de la Cruz (muerte y resurrección de Jesucristo).

Todas las obras buenas posibles no pueden dar a Dios tanta gloria y alcanzar a los hombres tantas gracias como una sola Misa.
Los Sacramentos establecen una comunicación divina entre el cielo y la tierra, entre el hombre y Dios. El bautismo confiere al hombre la vida sobrenatural, la confirmación la hace crecer, la eucaristía le da el pan del cielo necesario para su vida divina; si cae nuevamente en pecado, la penitencia le levanta; si está enfermo, la extremaunción le prepara para la muerte de los justos.

El orden confiere poderes en favor de los fieles y da ministros y pastores a la Iglesia; el matrimonio santifica la unión de los esposos y concurre a la felicidad de los hijos y de la familia.
Las ceremonias del culto honran a Dios, atraen la gracia, recuerdan a los ignorantes los dogmas y los deberes de la religión y excitan en el alma dulces y saludables emociones.

¡Qué sentimientos de amor, de humildad, de desasimiento, no causa en un alma cristiana la noche de Navidad, en que se adora a un Dios hecho hombre, que nace en un establo y yace en un pesebre!

¡Qué tristeza y qué contrición, los días de la Semana Santa, que nos recuerdan los sufrimientos del hombreDios!

¡Qué consuelo y qué esperanza el día de Pascua!…

Filósofos ¿dónde podréis hallar un culto tan sencillo y tan perfecto, un culto que resuma y exprese tan bien nuestras relaciones con Dios, las necesidades del espíritu y del corazón del hombre? "A Domino Factum est istud".

4º La doctrina de Jesucristo solo puede venir de Dios.

Una de dos: o Jesucristo es Dios, o es solamente hombre.
Si Jesucristo es Dios, la cuestión está resuelta: su doctrina es divina.
Si se le considera solamente como hombre, tres hipótesis se presentan:
a) o bien extrajo su doctrina de su propio ingenio;
b) o bien la copió de los sabios que le habían antecedido;
c) o la recibió de Dios.
Ahora bien:
a) Jesucristo no pudo sacar su doctrina de su propio ingenio:
la historia nos lo muestra nacido de padres pobres, sin instrucción, ocupado hasta la edad de treinta años en los trabajos de carpintero.

¿Es posible que este sencillo obrero haya podido inventar una religión tan hermosa, tan perfecta, tan santa, infinitamente superior a los ensueños de los filósofos y de los legisladores de la antigüedad?
Por lo demás, Jesucristo mismo nos lo declara:
“mi doctrina no es mía, es de aquel que me ha enviado”.

b) Tampoco pudo Jesucristo sacar su historia de la de los sabios de la antigüedad ni de la ley de Moisés, porque esa doctrina no existía.
La religión cristiana incluye, es cierto, todo lo que se encuentra de bueno y de santo en otras partes, pero difiere de todas las otras religiones, incluso de la Ley de Moisés, en un sinnúmero de puntos esenciales.

Finalmente, suponiendo que hubiera existido, Jesús no podía servirse de ella.
Sí Jesús no es más que un hombre, no pudo poseer más que una instrucción elemental. Ahora bien, habiendo empezado a enseñar a la edad de treinta años,
¿cómo, con tan poca cultura y tan pocos años, se puede suponer que haya leído, profundizado y plagiado los libros de Grecia y de Roma o de las Indias? ¡Es imposible!…

c) Luego, evidentemente Jesucristo es Dios o, por lo menos, su doctrina le fue revelada por Dios; luego es divina.

>Conclusión.
Comparado con las otras religiones y con todos los sistemas filosóficos, sea en cuanto a la doctrina, sea en cuanto a la influencia ejercida en la humanidad, el cristianismo no tiene igual.
Ninguna contradicción en la doctrina, ningún error, ninguna tacha; antes al contrario, unidad y armonía, que son el sello de la verdad.

En su acción sobre el mundo, nada hallamos dañino; antes bien, una influencia saludable, duradera y profunda. Es la única religión que responde perfectamente a todas las indigencias y a todas las aspiraciones legítimas de la naturaleza humana. Y como el espíritu humano jamás ha producido o podrá producir algo semejante, concluimos que el cristianismo es la revelación de Dios” (Moulin).

Conclusión general.

Tomadas aisladamente todas las pruebas que acabamos de exponer, demuestran claramente la divinidad de la religión cristiana; consideradas en su conjunto, tienen una fuerza incontrastable y llevan la demostración hasta la última evidencia. Quienquiera que las estudie sin prevención, llegará, necesariamente, a esta conclusión: el cristianismo es la obra de Dios.

¿Cómo se podrá razonablemente dudar de la divinidad de una religión en cuyo favor, se puede hacer valer a la vez: la expectación universal de los siglos anteriores a la era cristiana; la historia entera del pueblo judío; el cumplimiento de las promesas, profecías y figuras;la eminencia de la doctrina evangélica; la santidad de la vida de su autor; la autoridad y el gran número de sus milagros y de sus profecías; su resurrección incontestable; las obras no menos prodigiosas de sus Apóstoles y de sus discípulos, a los que prometiera el poder de llevarlas a cabo; el establecimiento, la propagación y la conservación, humanamente inexplicable, de la religión que fundó;la conversión del mundo a esta religión, que contrariaba todas las pasiones y todas las ideas imperantes; la transformación de las sociedades, de las leyes, de las costumbres; el testimonio siempre subsistente de los mártires; el asentimiento de los mayores genios que haya producido la tierra; la adoración y el amor de los corazones más nobles; los frutos de la vida producidos en las almas por la influencia del Evangelio; innumerables prodigios de humildad, de caridad, de pureza, de abnegación, que el mundo jamás había imaginado; la derrota sucesiva de todos los hombres y de todos los sistemas contrarios; el aumento de la fe y de la piedad en medio de todos los combates y de todas las negaciones; el cristianismo siempre más vivo, al día siguiente de los asaltos y de las persecuciones: una vuelta inesperada de los espíritus hacia él, cada vez que una causa parecía perdida?…

“Todo este conjunto de caracteres: ¿no constituye acaso la prueba más evidente de los fundamentos de nuestra fe y no justifica la creencia de las generaciones innumerables que marchan bajo el estandarte de la cruz?”.

“¡Oh, Dios mío diremos con San Agustín, si nos engañamos, sois vos mismo quien nos engaña, porque es imposible que una religión falsa pueda ofrecer tantas señales divinas!”

No hemos hecho más que comentar el texto del Concilio Vaticano I, citado anteriormente, y que nos place poner de nuevo a vista del lector.
A fin de que el homenaje de nuestra fe estuviera de acuerdo con la razón, Dios quiso añadir a los auxilios interiores del Espíritu Santo pruebas exteriores de su revelación, es decir, hechos divinos, y, particularmente, milagros y profecías.

Estos hechos que hacen resplandecerla omnipotencia y la ciencia infinita de Dios, son señales certísimas de la revelación divina y señales acomodadas a la inteligencia de todos. Por eso Moisés y los Profetas y principalmente nuestro Señor Jesucristo, hicieron tantos milagros y profecías patentes a todo el mundo, y por esto se dijo de los Apóstoles: Fueron y predicaron por todas partes con la cooperación del Señor, que confirmaba sus palabras con milagros”.

El santo Concilio agrega:
“Para que podamos cumplir con el deber de abrazar la verdadera fe y de mantenernos constantemente en ella, Dios, mediante su Hijo Único, ha instituido la Iglesia y la ha dotado de notas visibles que atestiguan su origen divino, a fin de que pueda ser reconocida por todos como la guardiana de la palabra revelada.

“Porque no sólo pertenecen únicamente a la Iglesia católica estos caracteres tan numerosos y admirables, establecidas por Dios para hacer evidente la credibilidad de la fe cristiana, sino que la Iglesia, por sí misma, con su maravillosa propagación, su santidad sublime y su inagotable fecundidad para todo bien, con su unidad católica y su inmutable estabilidad, es un grande y perpetuo argumento de credibilidad, un testimonio irrefragable de su misión divina.
Y por eso, como una señal levantada en medio de las naciones, atrae hacia ella a los que creen todavía, y da a sus hijos la certeza de que la fe Católica que profesan reposa sobre fundamentos inconmovibles”.

Así, pues, la Iglesia, aún considerada en sí misma, se nos presenta como una obra divina. Luego la religión que enseña la Iglesia viene de Dios.
Este será el objeto de nuestra quinta cuestión.

Apéndice
Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.


Los precedentes argumentos demuestran la divinidad de la religión cristiana, porque una religión promulgada por un enviado de Dios es, por lo mismo, divina.
Pero la divinidad de nuestra religión aparece con mayor evidencia todavía cuando se prueba que su fundador no es solamente el enviado de Dios, sino el Hijo de Dios mismo.
La divinidad de Jesucristo es el dogma básico de la religión cristiana, y por esta razón los racionalistas modernos la combaten de una manera tanto más peligrosa cuanto que ocultan su odio bajo pretensiones de ciencia.
Afectan reconocer en nuestro Señor Jesucristo a un sabio, a un profundo filósofo, a un gran bienhechor de la humanidad, pero no quieren reconocerle como Hijo de Dios hecho hombre.

¿Por qué debemos creer que nuestro Señor Jesucristo es Dios?

Debemos creer que Jesucristo es Dios, porque él lo revela con sus palabras y lo prueba con sus obras.

1º, Jesucristo nació como Dios;
2º, habló como Dios;
3º, obró como Dios;
4º, murió como Dios;
5º, resucitó como Dios;
6º, reina como Dios;
7º, se sobrevive como Dios.


Para averiguar lo que es un hombre, parece natural empezar preguntándole, como los judíos a San Juan Bautista:
¿quién eres tú? ¿qué dices de ti mismo?
Reservándose el ver después si sus obras y su vida están conformes con su respuesta.

A esta pregunta, Jesús responde de una manera categórica:
Yo no soy solamente un enviado de Dios para revelar a la tierra la voluntad del cielo, sino que soy el Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre.
Lo dijo a sus discípulos, a sus enemigos, al pueblo judío, al mundo entero por medio de sus Apóstoles y a los siglos venideros por medio de su Iglesia.

1º Hemos probado ya que Jesucristo es un enviado de Dios, encargado de instruir a los hombres. Que se debe creer en la palabra de un enviado de Dios es indudable; pero como Jesucristo nos revela formalmente que él es Hijo de Dios, no solamente por adopción como nosotros, sino por naturaleza, debemos inferir que verdaderamente es Dios.

2º Por si esta afirmación no bastara, Jesucristo lo prueba con sus obras:

a) con sus milagros tan numerosos y tan ciertos.
b) con las profecías perfectamente realizadas.
c) con la santidad de su doctrina y de su vida.
d) Con su reinado inmortal sobre las almas. e) con el establecimiento y conservación de su Iglesia.

Tal es el argumento general que vamos a desarrollar, siguiendo las célebres conferencias de Mons. Freppel sobre la divinidad de Jesucristo.

Advertencia importante:
Jesucristo es a la vez, Dios perfecto y hombre perfecto.
Igual a Dios Padre por su divinidad, es inferior al Padre por su humanidad (es decir, en cuanto hombre).
La naturaleza divina y la naturaleza humana, aunque muy distintas, están íntimamente unidas en la Persona única del Verbo.
Así, en cierta manera como el alma racional y el cuerpo constituyen un solo hombre, así también Dios y el hombre son un solo Jesucristo.
Hay, pues, en Jesucristo dos naturalezas distintas: la naturaleza divina y la naturaleza humana, unidas en una sola Persona, la del Verbo, Hijo único de Dios.
Por consiguiente, se deben atribuir a Jesucristo hombreDios todas las propiedades que posee y todas las acciones que ejecuta en una y otra naturaleza.
Se puede decir, pues, con la misma verdad:
Jesucristo es Eterno y Jesucristo ha nacido…

Y porque la misma Persona es, al mismo tiempo, Dios y hombre, se ha podido llamar a sí mismo Hijo del Hombre, ha podido declarar que su Padre es más grande que Él, que Él ignora el día del juicio; etcétera.
En esto Jesús habla como hombre.
Después de cada una de las humillaciones del HombreDios, sucede una maravilla que recuerda su majestad divina: Quiso nacer en una familia pobre, pero fue concebido por obra del Espíritu Santo, sin concurso de varón, y es un ángel quien revela este misterio.

Nació; pero nació de una Virgen: "ecce Virgo concipiet et pariet filium".
Fue puesto sobre la paja de un pesebre, pero voces celestiales cantaron en torno de ese pesebre y una estrella milagrosa invitó a los Magos de Oriente a que fueran a adorarle.
Fue presentado en el Templo, pero el profeta Simeón le proclamó luz del mundo.
Recibió el bautismo de penitencia, pero el Espíritu Santo descendió sobre él en figura de paloma, y la voz del Padre celestial le proclamó su Hijo muy amado.
Come, pero cuando le parece vive sin alimento, o bien llama a los ángeles para que se lo sirvan.

Duerme, pero durante su sueño dispone que la barca zozobre, y al despertar, con una sola palabra calma la tempestad.
Camina, pero cuando lo manda, el agua se solidifica bajo sus plantas.
Muere, pero al expirar, los astros se eclipsan en señal de duelo, la tierra tiembla y las rocas se parten…
Es sepultado, pero tres días después sale vivo del sepulcro: los ángeles publican su resurrección.

Su aparición en la tierra es el punto culminante de la historia del mundo.
Todos los acontecimientos giran en torno de Él como los planetas alrededor del sol. El mundo civilizado considera desde el día de su nacimiento todos los hechos de la historia.

El Memorial de Santa Elena nos narra que la cuestión de la divinidad de Jesucristo, fue objeto de repetidas discusiones entre Napoleón y uno de sus fieles compañeros de destierro, el general Bertrand. El gran conquistador caído pregunta al general:
¿Qué piensas tú de Jesucristo? ¿quién es Jesucristo?

El soldado se excusa; había tenido mucho que hacer desde que estaba en el mundo para poder pensar en tal cuestión.
Pues bien insiste napoleón yo te lo diré.
Y entonces, abriendo el Evangelio, no con la mano, sino con el corazón que de él estaba lleno, se puso a comparar a Jesucristo con él y con todos los grandes hombres de la historia.
Hizo notar las diferencias características que dan a Jesús un lugar especial en la humanidad; y después de un torrente de elocuencia que cualquier Padre de la Iglesia hubiera firmado con gusto, terminó con esta frase:
“¡Créeme, yo conozco a los hombres y te digo que Jesucristo no era sólo hombre!”

El ilustre poeta Víctor Hugo había escrito estos hermosos versos a los pies de su Crucifijo:

“Los que lloráis, venid a este Dios que llora.
Los que sufrís, venid a Él porque da la salud.
Los que tembláis, venid a Él porque sonríe.
Los que pasáis, venid a Él porque permanece.”


Jesucristo ¿nació como Dios?

Sí; porque las circunstancias del nacimiento de Jesucristo no podían convenir más que al nacimiento de un HombreDios.

1º Durante cuatro mil años, antes de nacer, es esperado, deseado, adorado por todos los pueblos de la tierra como el Salvador, el Emmanuel, el Hijo de Dios…

2º Su nacimiento es anunciado con milagros que manifiestan su divinidad.

1º Un hombre no puede hablar de sí antes de existir. Nacer es empezar a vivir, y por consiguiente, nada precede al nacimiento, porque nada precede a la vida.
Esta es la ley para todos los hombres. Quienquiera, pues, que haga hablar de sí antes de su nacimiento, es más que un hombre.

Ahora bien, Jesucristo es el único que ha hecho hablar de sí antes de nacer; sólo Él ha vivido durante cuatro mil años en la memoria de los hombres.
Se hizo esperar, desear, amar, adorar por todos los pueblos. Y no son cuatro mil años de vida humana los que pasó Jesucristo, antes de nacer, en la memoria de los hombres: son cuatro mil años de vida divina.

Porque el pueblo judío, como los pueblos paganos, no tenían fija su mirada en la cuna de un hombre; era un Dios lo que los gentiles pedían al Oriente por boca de los sabios, y un Dios también era lo que el pueblo judío pedía a Belén por boca de sus Profetas. Por consiguiente, antes de nacer, Jesucristo vivió como Dios en la memoria de los pueblos.

¿Diréis, por ventura, que Jesucristo no es aquel que vivía en la memoria de los hombres? Pero nosotros hemos probado que es verdaderamente el Mesías.
El realizó desde su nacimiento todo lo que los profetas habían anunciado acerca del Mesías: Salió del pueblo judío, de la tribu de Judá, de la familia de David; nació de una Virgen en Belén, en la época anunciada con mucho tiempo de anticipación…

Además, ¿quién otro, que no sea Jesucristo, vino en el momento indicado por la expectación universal a presentarse a los hombres como el Mesías, el deseado de las naciones?
¿por qué, después de su nacimiento, salvo un puñado de judíos, la humanidad ha cesado de esperar a este Mesías?…
luego es realmente Jesucristo el que vivía como Dios en la memoria de los hombres.

Ahora bien, nacer con un pasado de cuatro mil años, nacer después de haber vivido en el recuerdo del mundo entero, nacer esperado, deseado, predicho, nacer después de haberse hecho amar, adorar por todos los pueblos, no es nacer como nacen los hombres, es nacer como Dios.

2º Verdad es que nuestro Señor, para obrar nuestra salvación, quiso nacer en un establo, tener por cuna un pesebre; pero el cielo manifestó con milagros su divinidad. Los ángeles, cantaron su nacimiento en las llanuras de Belén, una estrella milagrosa lo anunció a los Reyes Magos.
El niño del pesebre fue adorado como Dios por los Pastores y los Magos. Luego Jesucristo nació como Dios.

Jesucristo ¿habló como Dios?

1º Sí; Jesucristo se declara Hijo de Dios, igual al Padre, Dios Creador, Todopoderoso, Eterno. Afirma que es Dios ante sus Apóstoles, ante el pueblo, en el tribunal de Caifás y en la Cruz. Se atribuye los poderes, los derechos y los honores divinos.

Ahora bien, si Jesucristo se proclama Dios sin serlo, es un insensato o un impostor. Pero los mayores enemigos de la religión están obligados a confesar que jamás ha existido un hombre tan sabio y virtuoso como Él.
Luego, puesto que este hombre, incomparable por su sabiduría y su virtud, afirma que es Dios, prueba cierta hay en ello de que lo es en realidad.
Ningún hombre juicioso se atrevería a decir que es Dios; jamás un Santo cometería el crimen de igualarse a Dios.

2º Por otra parte, hemos probado que Jesucristo es, por lo menos, el enviado de Dios para establecer la religión cristiana; por consiguiente, sus enseñanzas tienen en su abono la autoridad misma de Dios, que las confirma con prodigios.

Ahora bien, Jesucristo presenta su divinidad como el dogma fundamental del cristianismo: afirma que es Dios, y Dios le permite que pruebe su afirmación con milagros. Luego su afirmación es verdadera, su divinidad es cierta; si no, Dios mismos en contra de los intereses de su gloria, habría engañado al mundo acreditando con milagros una impostura.

Debemos concluir, por tanto que: Jesucristo es Dios.

No han faltado algunos locos, como Nabucodonosor, Nerón, Tiberio, etcétera, que han tratado de hacerse honrar como semidioses, pero jamás hombre alguno, excepto Jesucristo, se ha atrevido a proclamarse Dios Creador, Todopoderoso, Eterno;
es éste un hecho singular, inaudito en la historia del mundo.

Esta afirmación de Jesucristo en sí misma, abstracción hecha de los milagros que la han confirmado, es tan extraordinaria en su forma y en sus circunstancias, que se impone a la atención y al estudio le todo espíritu serio que quiere conocer la verdad. No es permitido pues, a nadie, bajo pena de renunciar a su razón y de comprometer su destino eterno, no conceder importancia a este gran hecho: la afirmación de nuestro Señor Jesucristo.

1º Jesucristo afirma que es Dios ante sus apóstoles.

“Un día, en Cesarea, pregunta a sus discípulos:
¿qué dicen los hombres de mí? Unos dicen que sois Juan Bautista, otros que sois Elías o Jeremías, o bien uno de los profetas.
Y vosotros,¿qué decís que soy yo? Simón Pedro contestó: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”.

¿Qué va a hacer Jesús, Él que es el Mesías enviado por Dios para enseñar la verdad a los hombres? No puede sufrir un equivoco en materia tan importante:
sería una perfidia. Si no es el verdadero Hijo de Dios, lo debe declarar.
Pues bien, Jesús alaba a Pedro por su testimonio, le dice: bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque ni la carne ni la sangre te ha revelado esto, sino mi Padre Celestial, que está en los Cielos…

Y para premiar a su Apóstol por su fe viva y probar, al mismo tiempo, que dispone de la Omnipotencia, Jesús le elige por fundamento de su Iglesia y le promete las llaves del Reino de los Cielos.

2º Jesucristo afirma que es Dios delante del pueblo.

Como se paseara un día en el Templo, bajo el pórtico de Salomón, la turba le rodea y le dice: “¿Hasta cuándo quieres tenernos suspensos? Si eres el Cristo, dilo abiertamente. Jesús responde: Hace tiempo que os lo he dicho, y vosotros no lo creéis; sin embargo, las obras que yo hago en nombre de mi Padre dan testimonio de Mí. Yo y mi Padre somos una misma cosa.” Ego et Pater unum sumos.

Ahí tenéis su divinidad claramente expresada: el Padre y el Hijo no son más que un solo Dios, Jesucristo Hijo de Dios es consubstancial con el Padre.
Exasperados al ver a un hombre pobre y sin lustre presentarse ante ellos como el CristoDios, los judíos buscan piedras para apedrearle.
Jesús les dice con calma: “¿por qué queréis apedrearme? Por tu blasfemia, porque siendo un hombre, pretendes ser Dios”.

¿Qué responde Jesús? Si verdaderamente no es Dios, éste es el momento oportuno de explicarse, de retractarse.
Jesús no se retracta, al contrario, confirma lo que acaba de decir:
“Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no creáis, creed a las obras para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre”.

3º Jesucristo afirma que es Dios en el Tribunal del Sumo Sacerdote.

La afirmación más solemne de su actividad la hizo Jesús delante de los Magistrados, en el Tribunal de Caifás. El Sumo Sacerdote interpela a Jesús y le dice:
“Te conjuro por Dios vivo, que nos digas si eres el Cristo, Hijo de Dios”.
El Salvador contesta: “Tú lo has dicho, lo soy”: tu dixisti, ego sum.

Y para confirmar esta afirmación categórica agrega:
“Habéis de ver al Hijo del Hombre, sentado a la diestra de Dios, venir en las nubes del cielo a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Al oír estas palabras, Caifás y los miembros del Sanedrín rasgaron sus vestiduras, como si acabaran de oír una blasfemia, y le condenaron a muerte.
Dijeron, pues, a Pilatos: “Tenemos una ley, y según ella debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios”.

Luego Jesucristo fue condenado porque afirmó que era Dios.

4º Jesucristo afirma que es Dios en la cruz.

Levantado en la Cruz, Jesucristo habla también como Dios.
Dice al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”
¿No es esto declararse Dios y disponer como dueño del Reino de los cielos?

5º Jesucristo se atribuye los poderes, los derechos y los honores divinos.

Es evidente que atribuirse las perfecciones de Dios, los poderes, los derechos y los honores divinos, es declararse uno Dios. Pues bien, así procede Jesús.
Se atribuye la Creación del mundo y la Eternidad.
Un día, los judíos le preguntaron: ¿Quién eres tú? Yo soy, contesta, el principio de todas las cosas…

Abrahán, vuestro Padre, deseó ver el día de mi venida a la tierra; lo vio y se gozó en él. ¡Cómo!, replican los judíos no tienes todavía cincuenta años,
¿y has visto a Abraham? (Este patriarca vivió veinte siglos antes de Jesucristo).

Jesús les responde: en verdad, en verdad os digo: antes que Abrahán fuese, Yo Soy”.
¡Qué palabras! Jesús no dice: era, sino soy: "antequam Abraham fieret, ego sum".
Antes dice pasado: yo soy dice presente, porque en Dios no hay ni pasado ni futuro, sino sólo presente.

Estas palabras traen a la memoria la sublime definición que Dios da de sí mismo a Moisés: “Yo Soy el que Soy”.("Ego sum qui sum").
Jesús manifiesta así: el Ser único, Eterno, Necesario.

Se atribuye, además, el poder de Dios; dice a los judíos:
“Todo lo que el Padre hace, el Hijo igualmente lo hace. Como el Padre resucita los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida. El Padre a nadie juzga, pero dio el poder de juzgar a su Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre”, etc.

Se atribuye la facultad de perdonar los pecados, la ejerce en nombre propio con el paralítico, la magdalena, etc., y comunica este poder a sus Apóstoles…
Jesucristo reclama para sí el culto divino: un culto de fe, de esperanza, de caridad, de adoración.

“Vosotros creéis en Dios, pues bien, creed también en Mí”.
“Tened confianza, yo he vencido al mundo…”
“Si me pedís alguna cosa, yo la haré”. Exige para sí el amor supremo:
“Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de Mí”.

Mientras proclama el precepto: “Adoraréis al Señor Dios vuestro y no serviréis sino a Él”, se deja adorar por el ciego de nacimiento, por las santas mujeres, por sus discípulos.
Se podría citar un gran número de testimonios de Jesús tan claros y tan terminantes como los anteriores. Revela su divinidad con sus palabras, como el sol su claridad con sus rayos.

La sola lectura del Evangelio engendra en el espíritu de todo hombre sincero el convencimiento de que Jesús se proclamó Dios, un mismo Dios con el Padre.
San Juan escribió su Evangelio con el fin especial de probar la divinidad de Cristo. Así la anuncia desde el principio y al final de su libro:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Díos y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él nada se hizo de cuanto fue hecho… y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

El final no es menos explícito:
“Y también hizo Jesús muchos otros milagros en presencia de sus discípulos que no están escritos en este libro. Estos, empero, han sido escritos para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre y por sus méritos.
Jesucristo afirma que es Dios: luego es Dios.

Primera prueba.

Jesús afirma que es Dios, pues bien, aquí el razonamiento es muy sencillo:
Jesús dice la verdad o no la dice: no hay término medio.

1º Si dice la verdad, es lo que dice ser, es Dios.
Es el Hijo Eterno del Dios Vivo: “De tal manera amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito para que todo aquel que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”.
Así todas sus palabras, sus acciones, sus milagros, sus triunfos, se explican fácilmente; nada es imposible para Dios.

2º Si Jesús no dice la verdad, es blasfemia que cuesta escribir, aunque sea para confundirla un loco o un impostor.
Un loco, si cree por error lo que afirma; un impostor, si miente a sabiendas.
Pero nadie se atreve a decir que Jesucristo, el Sabio por excelencia, sea un loco, un iluso, capaz de engañarse acerca de su propia naturaleza; nadie se atreve a decir tampoco que Jesucristo, el más Santo de los hombres, sea un impostor culpable de apropiarse los honores divinos y de eternizar la idolatría que venía a destruir. Luego Jesucristo es verdaderamente Dios. Por lo demás, Él lo prueba con sus obras.

1º Es imposible admitir en nuestro Señor Jesucristo la hipótesis de la locura: un loco no enseña constantemente la Sabiduría, y Jesucristo la enseña en todas sus palabras.
Un loco no practica constantemente la Sabiduría, y Jesucristo la practica en todos sus actos. Un loco no establece un Código de Leyes, el más completo y el más sabio de todos los Códigos, adaptable a todas las personas, a todas las situaciones, y Jesucristo hace escribir el Evangelio, que puede hacer las veces de todas las leyes y basta para hacernos felices.

2º Tampoco es posible admitir la hipótesis de la impostura: un impostor no observa durante toda su vida una conducta de santidad, de desinterés, de olvido de sí mismo; y Jesucristo no desmintió un sólo instante siquiera este comportamiento, que hace de Él el hombre más Santo del mundo. Fuera de eso, se miente por interés
¿y qué podía esperar Jesucristo de esa mentira sino una muerte terrible?
De todas las imposturas, la de llamarse Dios sería la más loca, porque el engaño es el más evidente.

La conclusión se impone como la de un teorema.
Jesucristo se proclamó Dios: no mintió, luego se creyó Dios; no estaba loco, luego, era Dios, verdaderamente Dios y hombre a la vez. Nadie puede evadir esta conclusión.
Segunda prueba. Dios da a sus enviados, a sus embajadores ante los hombres, como señal de su misión, el poder de hacer milagros y profecías. Jesucristo recibió ese poder; era, pues, por lo menos, un enviado de Dios para instruir a los hombres y enseñarles la verdad.

Pero Jesucristo se dice Dios, se declara Dios en el sentido estricto de la palabra; luego, o es realmente Dios, o Dios, permitiéndole probar su divinidad con milagros, se hace cómplice del más culpable de los impostores. Pero es imposible que Dios permita a sus enviados que engañen a los hombres probando con milagros sus mentiras o sus errores: luego Jesucristo, enviado de Dios, no pudo hablar ni obrar de manera que probara que era Dios, si ciertamente no lo era.

“No hay Dios en el cielo, decía el gran Napoleón, si un hombre ha podido concebir y llevar a cabo con éxito el designio gigantesco de hacerse adorar sobre la tierra usurpando el nombre de Dios: sólo Jesús se atrevió a decir: yo soy Dios. Luego es realmente Dios”.

Jesucristo ¿obró como Dios?

Sí; Jesucristo obró como Dios, porque hizo obras divinas. El hombre es dueño de un triple poder: la fuerza exterior para obrar, la inteligencia para conocer, la voluntad para hacer el bien. Su actividad se extiende al orden físico, intelectual y moral. En estos tres órdenes, Jesucristo hizo obras que sobrepasan todas las fuerzas creadas:
1º En el orden físico, Jesucristo hace, en nombre propio, numerosos milagros.

2º En el orden intelectual, manifiesta una ciencia divina, sea por la sublimidad de su doctrina, sea por la claridad de sus profecías.

3º En el orden moral, vive en una santidad infinitamente superior a toda perfección humana y practica virtudes naturalmente inaccesibles al hombre.

Es así que sólo Dios puede hacer obras divinas; luego Cristo obró como Dios; luego es Dios.

1. Los milagros de Jesucristo prueban que es Dios

Hemos probado ya que Jesucristo hizo numerosos milagros perfectamente comprobados Estos milagros no solamente prueban su misión divina, sino que prueban también que es Dios, porque los hizo en nombre propio como Hijo de Dios, y los dio en prueba de su divinidad. Dijo a los judíos:
“Si no queréis creer en mis palabras, creed en mis obras”.

Ciertamente, antes de Jesucristo, Moisés y los Profetas, como después de Jesucristo los Apóstoles y los Santos, han recibido el poder de hacer milagros: pero todos estos taumaturgos no han tenido más que un poder prestado: no eran más que delegados de Dios, sus ministros; no obraban sino en nombre de Dios.

Sólo Jesucristo procede como Señor: ejerce sobre toda la naturaleza una acción divina, ilimitada. Manda como soberano y en nombre propio.
Dice al leproso: “Yo lo quiero sé limpio”; al paralítico: “Levántate, toma tu lecho y anda”; al ciego de Jericó: “Ve, tu fe te ha salvado”; al centurión: “Vete tu servidor está sano”; al hijo de la viuda de Naím: “Joven, yo te lo mando, levántate”. Él puede todo lo que quiere.
Este no es, por cierto, un poder delegado, un poder prestado.

Más todavía: Jesús comunica a sus Apóstoles y a sus discípulos el poder de hacer milagros en su nombre y por su propio poder:
“En verdad os digo: el que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará, y aún mayores que éstas hará”.
“Los que creyeron en mí, dice en otra parte, echarán fuera demonios en mi nombre, hablarán nuevas lenguas… y, poniendo sus manos sobre los enfermos, los sanarán”.

Y de hecho, los Apóstoles, en nombre de Jesús, obraron una multitud de milagros.
Por último, el milagro es un hecho divino. Siendo un hecho divino, prueba que Dios ha puesto su poder a disposición de aquel que lo hace, y prueba, por eso mismo, que el que lo hace no es un impostor; si Jesús, que se llamó a sí mismo Dios, no lo era, tendríamos que llegar a esta conclusión: que Dios, dándole el poder de hacer milagros, protegió a un falso profeta y acreditó una mentira.

Pero como es imposible que Dios, la Verdad por esencia, pueda engañar así a los hombres, se deduce que Jesucristo, que se dice Dios y que hace milagros para probarlo, es realmente Dios: este es el HombreDios, el Emmanuel deseado por todos los pueblos.

2. Jesucristo obra como Dios en el orden intelectual

a) Prueba que es Dios con la doctrina que enseña.


Hemos demostrado la excelencia de la doctrina de Cristo, y hemos probado que no podía venir sino de Dios. La manera como Jesucristo la enseña demuestra también que Él es Dios.
Jesús la enseña en su propio nombre. Se coloca entre los Doctores, los Legisladores, los Profetas; enseña como Dios. Dice: “Soy el Camino, la Verdad y la Vida.
El que me sigue no anda en tinieblas”.

“No dice como los moralistas: voy a indicaros el camino, sino que dice: el camino soy Yo. No como los sabios: os voy a enseñar la verdad, sino que dice: la verdad soy Yo. No asevera como los legisladores y los profetas: hallaréis la vida en mis leyes o en mis relaciones, sino que dice: la vida soy Yo.

No es un camino, sino el único Camino de la salvación; no es una verdad, sino toda la Verdad; no es una vida que pasa, sino la Vida que dura para siempre.
Los judíos tenían razón en decir:
“Jamás hombre alguno ha hablado tomo éste”.
La ciencia de Jesucristo no se parece en nada a la ciencia del hombre ni a la ciencia de los Profetas. Habla de la Trinidad como otro lo haría de su propia familia; del Paraíso como de la propia casa.

Su ciencia no es ni aprendida ni inspirada, puesto que en ella ni se encuentra el esfuerzo personal ni los transportes causados por una iluminación celestial. Se echa a ver que su ciencia es el fruto natural de su pensamiento; la verdad le es familiar; es visible que Él ha nacido en medio de los secretos que revela.
Así se explica que el espíritu que se cansa de las obras maestras de los hombres, se recree siempre leyendo el Evangelio. Ante la majestad del Evangelio, como ante la de la creación, el espíritu reconoce lo divino.

Jesús es, a la vez, el Doctor más elevado y el más llano: sabe cautivar a los niños, a las pobres mujeres del pueblo, lo mismo que a los doctores de Israel.
Cuando enseña, todos los hombres le reconocen por su Maestro.
Y la Palabra de Jesús sigue siendo siempre la Luz del mundo:
“El cielo y la tierra pasarán, pero Mis palabras no pasarán”.
Sólo Dios hecho hombre, y dirigiéndose a los hombres, puede hablar en esta forma.

“Yo creo en Cristo porque ha traído a la tierra la Doctrina más santa, la más fecunda y la más divina que haya jamás brillado sobre la inteligencia humana.
Una doctrina tan celestial no puede ser fruto del error y de la mentira.
Cristo lo ha dicho, como lo dice la razón: las doctrinas se conocen por su moral; como el árbol por sus frutos; los frutos del cristianismo son infinitos, perfectos y divinos; luego la doctrina misma es divina; luego el autor es un Verbo divino, como se llama a sí mismo. Ved por qué soy cristiano; he ahí toda mi controversia religiosa”(Lamartine).

b) Jesucristo prueba que es Dios por sus profecías.

Dios nos deja la ciencia de lo pasado, la ciencia de lo presente, pero reserva para sí la ciencia de lo porvenir. Lo porvenir no pertenece a ningún hombre, lo porvenir es de Dios. La profecía es la ciencia de lo futuro: luego sólo Dios es el principio y la fuente de toda profecía. Los profetas anunciaron lo porvenir, pero no en nombre propio ni por propia ciencia.

Jesucristo hizo en nombre propio y de propia ciencia gran número de profecías.
Al contrario de los otros profetas, jamás emplea la fórmula Bíblica:
“El Señor ha dicho”. Y no solamente habla en nombre propio, sino que promete realizar Él mismo las profecías que anuncia.
Prometió resucitar después de su muerte, subir al cielo y enviar el Espíritu Santo a su Iglesia.
Prometió que, una vez levantado de la tierra, es decir, crucificado, lo atraería todo a él, hombres y pueblos.
Prometió que su Evangelio sería predicado a todo el mundo, y que su Iglesia, fundada sobre Pedro, subsistiría siempre, a pesar de las herejías, los cismas y las persecuciones de todas clases.

Estas promesas las ha cumplido, porque la resurrección de Jesucristo, su ascensión, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, la conversión del mundo al Evangelio, el establecimiento y duración de su Iglesia, a pesar de obstáculos humanamente insuperables, son hechos históricos absolutamente verdaderos.
Es así que sólo es propio de Dios hacer tales promesas y, sobre todo, cumplirlas. Luego Jesucristo es Dios.

3. La santidad de Jesucristo prueba que es Dios.

La santidad consiste en cumplir todos los deberes para con Dios, para con el prójimo, para consigo mismo, y en particular todas las virtudes.
Renunciar a sí mismo, consagrarse a la gloria de Dios y al bien del prójimo, dilatar su corazón con la caridad a todos los hombres: tales son los tres caracteres de una santidad heroica. Pues bien, en estos tres aspectos, la santidad de Jesucristo es de una perfección sin igual y sin tacha.

Se presentó al mundo como un modelo perfecto y universal: modelo de todos los hombres, modelo de todas las virtudes. La humanidad no ha producido ningún santo cuya belleza moral no se esfume en presencia de la santidad de Jesucristo.
Él ha sido el único en el mundo que haya podido decir a sus enemigos, sin temor a ser desmentido:
“¿Quién de vosotros puede convencerme de pecado?” No se dice de Jesús: es un santo, sino que se dice: es el santo de las santos.

Y con todo, Cristo nada tiene de extravagante en su virtud, ni siquiera un exceso de perfección. Si se le coloca al lado de los santos formados en su escuela, asusta menos el modelo adorable que sus discípulos. Su santidad más bien solicita nuestra imitación, que engendra desconfianza de poder tomarla por modelo. Si la naturaleza divina se muestra en la sublimidad de sus perfecciones, la naturaleza humana se deja ver en la verdad de sus emociones legítimas. Era necesario un Dios para revelar al mundo una moral divina, era también necesario un Dios para ofrecer el ejemplar perfecto de la misma.

La santidad incomparable de Jesucristo es la única santidad fecunda, creadora, es decir, única que haya producido imitadores sobre la tierra.
“Ningún sabio, dice Voltaire, ha tenido la más mínima influencia sobre las costumbres de la calle en que vivía, y Jesucristo ha influido en el mundo entero”.
Jesús pronuncia algunas palabras y hace surgir del seno de la humanidad novedades tan asombrosas como la fecundación de la nada.
Así como en el principio, cada palabra del Verbo creador llamaba los mundos a la existencia, así cada palabra del Verbo Redentor es un fíat Todopoderoso que suscita aún mayores prodigios.

Jesús dice: “Vended todo cuanto poseáis y dadlo a los pobres…”, y con estas palabras siembra innumerables religiosos para lo futuro.
El Maestro añade: “No temáis a los que matan el cuerpo…”;
y millones de Mártires nacen al calor de estas palabras.
El Maestro prosigue: “Amad a vuestro prójimo… lo que hiciereis al menor de éstos pequeñuelos lo hacéis a mí…”, y una multitud de héroes de la caridad cristiana fueron engendrados con estas palabras divinas.

Ciertamente que fue hermoso el momento en que los mundos, obedientes a la voz del Creador, salieron de la nada y fueron a ocupar sus puestos en las órbitas respectivas. Pero no fue menos solemne el momento en que las virtudes cristianas, brotadas al calor de una palabra divina se levantaron en la tierra hasta entonces estéril e infecunda.
Mientras que la creación material no duró sino seis días, la creación espiritual es incesante. Cuando suene la hora de destrucción para la primera, la segunda, compuesta de todas las virtudes de los Santos, brillará con resplandor divino en el firmamento de la Eternidad.

¿Qué debemos deducir? que la santidad de Jesucristo es una santidad divina, la santidad del HombreDios. Los mismos impíos lo han comprendido.
J. J. Rousseau ha dicho: “Si la vida y la muerte de Sócrates son las de un hombre, la vida y la muerte de Jesucristo son las de un Dios”.
Sólo la verdad clara, evidente, puede arrancar tales palabras de la boca de un incrédulo.

Conclusión.
Jesucristo obró como Dios.
El poder infinito aparece en sus milagros.
La ciencia infinita caracteriza su doctrina y sus profecías.
Una santidad divina resplandece en su vida entera. Luego Jesucristo es Dios.
Jesucristo es Dios, porque hiere los sentidos con el brillo de sus milagros: es el taumaturgo de los taumaturgos.

Jesucristo es Dios, porque penetra los espíritus con la profundidad infinita de su doctrina: es el doctor de los doctores.
Jesucristo es Dios, porque conoce y revela lo futuro con una certeza y claridad que no son propias de los hombres: es el profeta de los profetas.
Jesucristo es Dios, porque conmueve los corazones con la infinita santidad de su vida: es el santo de los santos.

Jesucristo ¿murió como Dios?

Sí; Jesucristo murió como Dios, porque sólo él dominó la muerte, que domina todas las criaturas. Murió porque quiso morir, cuando quiso y como quiso.
Además, los numerosos milagros que se realizaron en el momento en que exhalaba su postrer aliento, atestiguan que la muerte de Jesucristo es la muerte de un Dios.
Al verlos, el centurión romano exclamó:
“¡Este era verdaderamente el hijo de Dios!”
Si Jesucristo permite que la muerte le hiera, es para expiar de una manera más completa el pecado del hombre; con su muerte de cruz lleva acabo la Redención del mundo.
Quiso morir en el suplicio de la cruz, para probarnos su exceso de amor por nosotros y para hacernos comprender mejor la tragedia del pecado mortal.

1º Jesucristo murió porque quiso morir.

“El hombre, después del pecado original, está destinado a morir: no puede substraerse a esa sentencia.
Pero Jesús muere porque quiere morir: “Nadie me quita la vida; yo la dejo libremente; tengo el poder de dejarla y de volverla a tomar”.
Señor de la muerte, Jesús habla de ella con toda tranquilidad, como de una circunstancia de su vida, querida y prevista: “Mirad que subimos hacia Jerusalén donde el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes para ser crucificado”.

2º Jesucristo murió cuando quiso morir.

Él fija la hora.
Más de una vez, los judíos habían tramado su muerte y, a pesar de sus deseos, no se habían atrevido a ponerle las manos encima, “porque su Hora no había llegado todavía”. Cuando llegó la Hora, Jesucristo la indicó: “Esta es vuestra hora y la hora del poder de las tinieblas”.

3º Jesucristo murió como quiso morir.

Él nombra con anticipación a sus verdugos. Descubre al traidor que debe entregarle. Indica el género de muerte con todas las circunstancias de su pasión. Si Jesucristo no hubiera elegido libremente esta muerte infame y prevista, podría fácilmente substraerse a ella.

4º Por último, la muerte de nuestro Señor va acompañada de milagros que no se producen cuando muere un hombre.
El velo del Templo se rasga, la tierra tiembla, las rocas se parten, los muertos resucitan, el sol se obscurece y las tinieblas cubren toda la tierra: todo muestra que el universo está de duelo a causa de la muerte del HombreDios.
A la vista de este prodigio, el sabio Dionisio Areopagita, exclamó:
“O el autor de la naturaleza padece, o la máquina del mundo perece”.

Éste fenómeno sobrenatural fue consignado en los archivos públicos del Imperio Romano. Tertuliano, 160 años más tarde, invoca su Precioso testimonio, y el Mártir Luciano decía a los emperadores: “Sí, yo creo en la divinidad de Jesucristo, y vosotros deberías creer también, de acuerdo con vuestros propios anales. }Abridlos, y hallaréis que en tiempo de Pilatos, cuando Cristo sufrió en pleno mediodía, las tinieblas desalojaron la luz” (Mons. Besson).

Jesucristo ¿Resucitó como Dios?

Sí; Jesucristo resucitó como Dios, porque resucitó por su propia virtud. Un hombre es impotente de resucitar a otro, y con mayor razón de resucitarse a sí mismo; sólo Dios puede dar la vida.
Es así que Jesucristo volvió a darse la vida por su propio poder, conforme afirma Él mismo: “Tengo el poder de volverme a dar la vida.

Fuera de esto, había predicho más de una vez su resurrección, dándola como prueba de su divinidad. Luego Jesucristo es Dios, puesto que se resucitó a sí mismo.
Hemos probado anteriormente, que el hecho de la resurrección de Jesucristo es de una certeza incontestable. Quédanos por demostrar que el milagro de la resurrección prueba de una manera invencible la divinidad de Jesucristo; los dos hechos siguientes establecen esta prueba:

1º Jesucristo anunció claramente su resurrección a los judíos, para probar que Él era Dios.

2º La creencia en la resurrección de Jesucristo es la que más ha contribuido al establecimiento y a la propagación del cristianismo. Los primeros cristianos llamaban a la resurrección: el testimonio, es decir, la garantía por excelencia de la divinidad de Jesús y de su religión.

1ºJesucristo anuncia su resurrección en prueba de su divinidad.
Los Escribas y los Fariseos dijeron un día a Jesús: “Maestro, quisiéramos verte hacer un milagro, a fin de saber si eres realmente el Mesías anunciado por los Profetas. Les respondió Jesús: esta generación mala y adúltera pide una señal; más no le será dada sino la de Jonás profeta.
Porque así como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches”. Es decir, así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena y salió vivo, así yo estaré tres días y tres noches en el corazón de la tierra y saldré vivo de ella.

En otra ocasión, los judíos dijeron también a Jesús:
“¿Qué señal nos muestras para probarnos que tienes derecho de hacer lo que haces? Destruid este templo, dijo Jesús hablando de su cuerpo, y en tres días lo reedificaré”.
En efecto, cuando el Salvador resucitó sus discípulos recordaron lo que había predicho de su permanencia en el sepulcro, y creyeron en Él.
Jesucristo, pues, había elegido el milagro de su resurrección para atestiguar que era Hijo de Dios, y Dios como su Padre.
Sólo un Dios puede decir como Él: “Tengo poder para dar la vida y volver a tomarla”.

2º El milagro de la resurrección sirvió más que otro alguno para el establecimiento del cristianismo. Cuando los Apóstoles trataron de buscar un reemplazante al traidor Judas que se había quitado la vida, San Pedro, inspirado por el Espíritu Santo, anunció que la elección debía recaer sobre uno de los testigos de la resurrección de Jesús.
Esta condición muestra bien a las claras, la conexión entre el apostolado y la resurrección de Cristo: en efecto, a partir del día de Pentecostés el ministerio apostólico consiste, ante todo, en predicar a Cristo resucitado, es decir, a Cristo Dios, fundador de la única religión verdadera, la religión Cristiana.

Está fuera de duda que los Apóstoles predicaron el cristianismo y que una multitud de gentiles y de judíos abrazaron esta religión.
Pero ¿se concibe que los Apóstoles predicaran la doctrina de Jesucristo si éste no hubiera resucitado, si no pudiera nada en su favor?

¿qué provecho les podía reportar semejante predicación?
¿Por qué los judíos y los gentiles se habrían de someter a adorar a un hombre muerto? ¿porqué convertirse a una religión tan austera y difícil?
A no ser por la resurrección de Jesucristo, estos dos hechos quedarían sin explicación. Lo que los explica es que Jesucristo está vivo, Él sé resucitó a sí mismo; luego es Dios.

Jesucristo ¿reina como Dios?

Sí; aun después de su muerte, Jesucristo reina como Dios sobre las inteligencias, sobre los corazones y sobre las almas:

1º Reina sobre las inteligencias por la fe de sus discípulos en los misterios revelados, a pesar de la oposición de la razón, inclinada a no creer sino lo que comprende: el cristiano cree esas verdades, no por la evidencia de las mismas, sino por la palabra de Jesucristo.

2º Reina sobre los corazones por el amor soberano que inspira. Un hombre no puede hacerse amar sino por algunas personas y durante su vida.
Jesucristo, al contrario, se hace amar todavía diecinueve siglos después de su muerte y por millones y millones de personas, que hacen en su obsequio los sacrificios más heroicos.

3º Reina sobre las almas por la adoración que le rinden. La adoración es un homenaje reservado sólo a Dios: el hombre en su sano juicio no puede pretenderlo, y Dios no puede dividirlo con nadie, sin renegar de sí mismo. Pero Jesucristo hace diecinueve siglos que es adorado en todo el mundo; luego reina verdaderamente como Dios; luego es Dios.
“El que ha podido hacer adorar una Cruz al mundo corrompido de Roma o de Atenas, Ese, lo juramos, no puede ser sino un Dios” (Chateaubriand).

1º Jesucristo reina sobre las inteligencias.

Doblegar las inteligencias a la palabra del que habla, no porque esta palabra sea evidente, sino, y únicamente, porqué es su palabra y viene de Él; hacerles aceptar misterios sin permitirles la menor duda, ¿no es reinar como Dios sobre, las inteligencias? Pues ésta es precisamente la autoridad que Jesucristo posee sobre la inteligencia humana. Jesucristo lo ha dicho: bastan estas palabras para que se acepten dogmas los más incomprensibles, preceptos de moral los más duros para la naturaleza corrompida.

Hace veinte siglos que Jesucristo dirige los espíritus con una autoridad absoluta por medio de las luces de la fe. La doctrina cristiana ha recibido el homenaje de los mayores genios, de aquellos que más han honrado la ciencia, la filosofía, la literatura.
La fe en Cristo y en sus misterios es la fe de Dante y de Tasso, de Corneille y de Racine; es la fe de San Agustín y de Santo Tomás de Aquino, de Bossuet y de Fenelón, de Descartes y de Malebranche; es la fe de Galileo, de Euler, de Pascal y de Bacon, de Copérnico y de Newton; es la fe de los hombres superiores de todas las épocas.

Durante veinte siglos, más de veinte mil millones de hombres, los más esclarecidos, los más civilizados de todos, han dicho a Jesús:
“Creemos en Ti y en tu Palabra …” Si esto no es divino, nada divino hay sobre la tierra.

2º Jesucristo reina sobre los corazones por el amor.

Reinar sobre los corazones es hacerse amar; reinar como Dios sobre los corazones, es hacerse amar sobre todas las cosas. Porque apoderarse de esta suerte de los corazones, dominarlos, unírselos hasta el sacrificio, hasta el Martirio, no puede ser más que obra de Dios.

Pues bien, Jesucristo ejerce sobre los corazones una influencia:
1º, inmensa por su extensión;
2º, inmortal por su duración;
3º, de una profundidad sin igual.

a) El amor a un hombre no traspasa los límites de su familia, de un reducido número de amigos y, cuando más, de un pueblo, de una Nación: Jesucristo ha reinado sobre millares de millones de corazones y reina aún sobre más de trescientos millones de hombres:
¿hay acaso alguna, edad alguna condición que haya podido abstraerse al imperio que Jesucristo ejerce sobre los corazones?

b) Ningún hombre logra hacerse amar después de su muerte, cuando mucho, más allá de una o dos generaciones. Ha habido muchos grandes hombres sobre la tierra: mientras vivían, se les amaba, se les adulaba; ahora que están muertos no hay quien piense en ellos y quien los ame.
Alejandro, César, Napoleón, etc. ¿tienen muchos fieles que vayan a decirles: os amo, quiero vivir, sufrir y, si es necesario, morir por vos…?
No, por cierto. Los muertos bien pronto quedan en el olvido. Y sin embargo, un hombre, nacido en un pesebre, que vivió treinta años en un taller de carpintero, que acabó sus días en un patíbulo, un hombre muerto hace diecinueve siglos, recibe todos estos homenajes.

El amor que inspiró no ha perdido nada de su fuerza y de su energía. Los que le conocieron han muerto por su amor; los que no le conocieron mueren todavía por amor a Él. Centenares de millones y de millones de hombres dicen a este muerto:
“¡Os amamos!” Cuando un hombre o un pueblo cierra su corazón a Jesucristo; otros se abren a su amor; lo que una época le quita, la época siguiente se lo devuelve centuplicado: el amor a Jesucristo ha atravesado los siglos siempre inmortal, siempre floreciente.

c) ¿Cómo se puede medir la profundidad del amor?

Evidentemente, por su efecto, por la fuerza de su adhesión, por la grandeza de su sacrificio. Pues bien, millones de millones de hombres han amado a Jesucristo hasta el sacrificio de sus bienes, de su familia, de su vida. Basta dirigir una mirada a la historia del cristianismo ¡Cuántos hombres, después de San Pedro; han lanzado este grito de amor que se inmola sin reserva!: “¡Lo hemos dejado todo por seguirte!”

Se cuentan casi treinta millones de mártires, y ¡Cuántos Santos anacoretas, cuántas religiosas, cuántas vírgenes, cuántos hombres, finalmente, han hecho, y hacen todavía hoy, los más heroicos sacrificios por amor de Jesucristo!
Es ésta una de las pruebas de la divinidad de Jesucristo que más había impresionado a Napoleón, cautivo en Santa Elena.

“Jesucristo, -dice- por un prodigio que supera todo prodigio, reclama el amor de los hombres, es decir, lo que es más difícil de obtener, lo que un sabio pide en vano a algunos amigos, un padre a sus hijos, una esposa a su esposo, en una palabra, el corazón; Él lo reclama absolutamente y lo consigue… Él subyuga a la humanidad por un amor inmenso, inmortal, todopoderoso… De ahí deduzco yo que es Dios”.

¿Cómo explicar este extraño fenómeno de un pobre crucificado que reina sobre millones de corazones, mientras que hombres como Alejandro, César, y Napoleón son olvidados?…
Es que ellos no eran más que hombres y Jesucristo es Dios. Esa es la explicación; no busquemos otra.

3º Jesucristo reina como Dios sobre las almas.

Ser creído por su palabra, es mucho; ser amado, es más aún; ser adorado es el colmo de la soberanía, porque la adoración es un homenaje reservado sólo a Dios.
Pues bien, Jesucristo ha sido adorado por espacio de diecinueve siglos, y es todavía adorado, por lo menos, por quinientos millones de hombres, por todos aquellos que se llaman cristianos.

Si Jesucristo no es Dios, no es más que un judío crucificado, un condenado a muerte; y entonces la religión cristiana es una impiedad, y el mundo entero ha vivido hasta ahora en una grosera idolatría …
Pero,
¿cómo explicar entonces que haya salido de esta impiedad el heroísmo de la humanidad, de la caridad, de la castidad?

¿cómo se explica que un crimen tan enorme como la adoración de un crucificado haya engendrado diecinueve siglos de fe, de abnegación, de honor, de generosidad, de civilización, de progreso, de perfección moral?…
Esto es naturalmente imposible y, sin embargo, existe; luego es divino.

Por otra parte, si Dios hubiera podido permitir que de esta colosal idolatría saliera un mundo de virtudes, ya no sería posible pronunciar el nombre del mismo Dios. La frase de Napoleón es exacta:
“No hay Dios en el cielo si un hombre ha podido ejecutar el designio de usurpar su autoridad y su culto en toda la tierra”.

Jesucristo ¿se sobrevive como Dios?

Sí, Jesucristo se sobrevive como Dios en su Evangelio y en su Iglesia.

1º El Evangelio es la palabra siempre viva, siempre presente, siempre eficaz del HombreDios. La lectura del Evangelio obra en los corazones sinceros maravillas de santidad que no pueden emanar sino de Dios.

2º La Iglesia, con su admirable propagación, su eminente santidad, su inagotable fecundidad para todo lo bueno, su unidad católica y su inmutable estabilidad, presenta al mundo señales manifiestas de una obra divina: es así que Jesucristo es el fundador de la Iglesia; luego es Dios.

Pero la Iglesia es la manifestación siempre viva, la encarnación prolongada de Jesucristo, cuya obra prosigue a través de los siglos: luego Jesucristo se sobrevive como Dios en su Iglesia, la cual es el testimonio perenne de su divinidad.
Es evidente que se trata de la Iglesia Católica; ella es la única sociedad cristiana que se remonta de siglo en siglo, sin alteración, a Jesucristo y a sus Apóstoles. Ella es la que fue fundada y propagada por todo el universo, a pesar de dificultades humanamente insuperables; Ella es la que fue sellada con la sangre de los Mártires; la que transformó al mundo con la práctica de las virtudes cristianas.

Ella es la única en que se perpetúan las maravillas de Santos y taumaturgos; Ella sola convierte y civiliza los pueblos bárbaros. Luego Ella sola tiene el derecho de invocar, como prueba de su divinidad, los hechos divinos, los milagros y las profecías así del Antiguo como del Nuevo Testamento.

1º La Iglesia Católica es divina.

El establecimiento y la perpetuidad de la Iglesia prueban de una manera evidente la divinidad de Jesucristo. Él ordenó a sus Apóstoles que fueran en su nombre a enseñar a todos los pueblos una doctrina sorprendente por sus misterios, una moral contraria a todas las pasiones, a exigir obediencia a su autoridad, y el empleo de los medios establecidos por Él para conseguir la salvación eterna: Les profetizó persecuciones sin cuento, pero les prometió también el Espíritu Santo y que, mediante su auxilio, triunfarían de todas las dificultades y que su obra quedaría siempre en pie, a pesar del infierno.
Él estará con ellos hasta la consumación de los siglos.

Jesús murió en la Cruz; a juicio de sus enemigos, la ignominia de ese suplicio, debía aniquilar para siempre los proyectos del Salvador; mas, al contrario, esa misma Cruz se convierte en símbolo del triunfo.
Sin más ciencia que la de Jesús crucificado, sin más apoyo que la virtud de la Cruz, a pesar del poder de los césares y de los sofismas de los filósofos, a pesar de la corrupción de la sociedad y de la austeridad de las leyes cristianas, doce judíos desconocidos se dirigen a los poderosos, a los ricos, a los filósofos, para imponerles la adoración de un crucificado, la creencia en misterios incomprensibles y la práctica de virtudes sobrehumanas; proyecto insensato, si no viene de Dios.

A) Bien conocido es el triunfo de los pescadores de Galilea.
El cristianases predicado por ignorantes y creído por sabios. La Iglesia, a pesar de la debilidad de los medios y de la magnitud de los obstáculos, se propaga rápidamente por todo el mundo. Éxito parecido era imposible sin la intervención de Dios.

B) La fecundidad de la Iglesia se manifiesta inmediatamente por sus frutos divinos. Ella arranca a los pueblos de la idolatría, transforma las costumbres, infunde el espíritu cristiano en la familia y en la sociedad civil, y suscita en el mundo una nueva civilización. Esta transformación inmensa no podía realizarse sin el concurso de Dios.

C) Después de veinte siglos, la Iglesia permanece firme e inmutable, conservando una juventud inmortal en medio de la debilidad de las instituciones humanas, en torno de ella se amontonan las ruinas, los siglos pasan, las tempestades políticas arrancan de cuajo los grandes imperios: la Iglesia queda siempre en pie.

Muchos siglos hace que el hombre la combate, pero la Iglesia vive siempre.
A pesar de las potestades infernales coaligadas contra la Iglesia, ella prosigue su obra civilizadora. De esta manera se cumple la profecía de David:
“El imperio de Cristo se extenderá sobre todas las generaciones… reinará del uno al otro mar… todos los reyes de la tierra le adorarán y todas las generaciones le estarán sujetas”.

D) Todas estas maravillas se explican fácilmente si Cristo es Dios.
Pero si no es más que un hombre, no hay explicación posible de los triunfos de la Iglesia, de su maravillosa fecundidad para todo lo bueno, de su inmutable estabilidad ni de su inmortal duración.
Llamad obras del hombre a todo lo que se muda, a todo lo que cae, a todo lo que desaparece en el abismo del tiempo; pero todo lo que vive, todo lo que se agiganta a través de las tempestades de los siglos, lo que nunca envejece ni muere, no puede ser obra del hombre: es obra de Dios.

El Concilio Vaticano I tiene razón cuando dice:
“La Iglesia, por sí misma, con su admirable propagación, su santidad eminente y su inagotable fecundidad para todo lo bueno, con una unidad Católica y su inmutable estabilidad, es un gran motivo de credibilidad: la Iglesia lleva consigo el testimonio irrefragable de su misión divina”.
El acto por excelencia de poder divino es la Creación. Al contemplar la majestad de la naturaleza, la armonía del universo, la fecundidad de la vida, no se puede menos de reconocer una causa suprema, un Dios creador.

Y de la misma manera el contemplar la Iglesia, mundo de las inteligencias, reino de las almas, con sus caracteres divinos, se comprueba fácilmente que no puede ser sino una creación divina. La Iglesia demuestra la existencia de un Dios Redentor, como el universo la de un Dios Creador.
Para crear el mundo material le bastó a Dios una palabra; y de un modo análogo Jesucristo para engendrar su Iglesia sólo necesitó emplear las siguientes palabras: “Venid, seguidme”, y estas palabras le dieron discípulos. Les dijo a éstos: “Id, enseñad”, y esta segunda expresión formó el apostolado, la jerarquía, la infalibilidad, es decir, la Iglesia.

Jesucristo formó la Iglesia a su imagen: le dio la unidad, porque Él es Uno; la santidad, porque Él es santo; la autoridad, porque Él es El Señor; la catolicidad, porque Él es inmenso; la perpetuidad, porque Él es eterno.
Dios, al crear los mundos, produjo la fuerza de atracción para hacerlos gravitar hacia un centro común: de ahí proviene la armonía del universo.
Del mismo modo, en la creación de la Iglesia, Jesucristo ha puesto su Gracia, atracción espiritual que hace gravitar las almas hacia Dios, centro común de las inteligencias.

2º¡Jesucristo vive en la Iglesia!

Jesucristo prosigue en la Iglesia y por la Iglesia el triple ministerio que había venido a desempeñar en la tierra:
a) Él es siempre quien, como doctor, enseña por la voz de la Iglesia;
b) Él es quien, como Pontífice, administra los sacramentos;
c) Él es quien, como rey, conduce y dirige a los fieles mediante el Papa y los Obispos.
La Iglesia no hace más que recibir el movimiento y la vida del espíritu de Jesucristo, que la anima y obra por ella exactamente como el cuerpo, que no es más que el instrumento de que se sirve el alma para sus operaciones exteriores.
Es, pues, ciertamente la Iglesia, la manifestación siempre viva de Jesucristo, su encarnación prolongada a través de la sucesión de los tiempos.

Conclusión general.

1º Jesucristo afirma que es Dios.
2º Jesucristo prueba que es Dios con sus hechos: sus milagros; con su libro: el Evangelio; con una Institución: la Iglesia.
3º Se impone como Dios al mundo: reina sobre las inteligencias, sobre los corazones y sobre las almas.

¿Hay algo más asombroso y más divino?
Un niño nace sobre la paja, entre un buey y una mula: este niño crece en un taller; a los treinta y tres años de edad muere en una cruz entre dos ladrones; después de suerte llega a conquistar el mundo.
¿para qué?
Para la doctrina del sacrificio: humildad, pureza, caridad. ¿Qué mundo? El Imperio Romano escéptico, corrompido, egoísta.

¿Cómo?
Con la predicación de doce pescadores judíos. Y después de diecinueve siglos, siguiendo a los Mártires, a los Doctores, a las Vírgenes, el mundo civilizado está todavía de rodillas a los pies de este niño nacido sobre paja, delante de este hombre muerto en una cruz.

Ahí tienen un hecho, positivistas; todas las hipótesis y evasivas de los impíos nada valen: cuando un incrédulo nos salga al paso con su insignificante objeción de químico o de astrónomo, podemos decirle: llegan demasiado tarde; la demostración de la divinidad de Cristo está hecha de una manera irrefutable.

Está hecha por la evidente inspiración de los profetas, por la autenticidad de los milagros; está hecha por la sangre de treinta millones de Mártires; está hecha por la regeneración de la vida moral en el mundo, por tantas renuncias voluntarias, por tantos heroísmos cotidianos y ocultos; por tantas virginidades, por tantas santidades; está hecha por todas las armonías del cristianismo con el alma, por la cumplida solución que da a todos los problemas humanos, por el sentido sublime que da a la vida y al dolor, por el esplendor de sus dogmas, superiores a todas las doctrinas filosóficas.

Está hecha por la impotencia de sus perseguidores, por la conversión final de unos, por la muerte desesperada de otros y por el grito, de todos los Julianos moribundos: “¡Venciste, galileo!”.
Está hecha finalmente, por la existencia veinte veces secular de la Iglesia Católica.
En vano los racionalistas niegan toda religión revelada y positiva; la revelación divina hecha por Jesucristo, Hijo de Dios, está atestigua por un hecho evidente, gigantesco, incontrastable, más refulgente que el sol: La existencia de la Iglesia Católica, la existencia del cristianismo.
Es el acontecimiento más grande de la historia del mundo; cuarenta siglos lo prepararon, veinte siglos viven de su influjo.

El mundo es el testigo permanente de la existencia de Dios. La Iglesia Católica es el testigo permanente también de la divinidad de Jesucristo.
¡A Él solo todo el honor y toda la gloria por los siglos de los siglos!

¿Cuáles son las consecuencias que fluyen de la divinidad de Jesucristo?

Se pueden sacar tres principales:

1a Puesto que Jesucristo es Dios, es evidente que la religión por Él establecida es divina, la única verdadera, la única querida por Dios, la única que exige de todos los hombres, la única que puede llevarnos al cielo.

2a Todas las enseñanzas de Jesucristo, dogmas y preceptos, deben ser aceptados en su totalidad, puesto que son manifiestamente divinos. “El cielo y la tierra pasaran, pero mis Palabras no dejarán de cumplirse”.

3a Hay que creer sin vacilar siquiera, los Misterios que forman parte de la Revelación cristiana, aunque no los entendamos, porque estos Misterios se fundan sobre la autoridad infalible de la Palabra de Dios.

Para probar que la religión cristiana es revelada por Dios, se pueden emplear dos métodos. Por el primero, que hemos seguido, se prueba que Jesucristo es un enviado de Dios; luego la religión que vino a revelar al mundo es una religión divina.
La divinidad del cristianismo está confirmada también por una serie de hechos históricos que han sucedido después de la muerte de su Fundador, a saber:

1º La propagación milagrosa de la religión cristiana.
2º Su conservación perpetua a través de los siglos.
3º La constancia y el número de sus Mártires.
4º Los frutos maravillosos que ha producido en el mundo.

El segundo método, más breve, consiste en probar la divinidad de Jesucristo.
Una vez demostrado que Jesucristo es Dios, de suyo se sigue que la religión cristiana fundada por Él es divina.
La religión cristiana es obligatoria para todos los hombres hasta el fin de los siglos.
Dios, soberano Señor, tiene el derecho de hacerse servir como mejor le plazca; ahora bien, el legislador divino obliga a todos los hombres a practicar la religión cristiana porque dijo a sus Apóstoles: “Predicad el Evangelio a todas las criaturas: el que creyere y fuere bautizado se salvará; el que no creyere se condenará”.
Luego, cualquiera que no crea en la religión enseñada por los Apóstoles, o no la practique, está seguro de ser condenado.

En efecto, el hombre no es libre para rechazar el orden sobrenatural y atenerse tan sólo al orden natural. Así como el hombre no tiene facultad para rechazar sus destinos naturales porque le vienen de Dios, así tampoco puede rechazar sus destinos sobrenaturales, que tienen el mismo origen.
Así como carece de derecho para decir: no quiero ser hombre, sino animal, así también carece de él para decir: no quiero ser cristiano, sino sólo hombre.
No se ha dejado a nuestro arbitrio elegir y tomar el puesto que nos agrade, sino que es derecho exclusivo de Dios el asignárnoslo.

Pues bien, Dios ha elevado al hombre al orden sobrenatural, y sólo mediante Jesucristo puede alcanzar el hombre su vida sobrenatural.
Jesucristo es el Mediador único y necesario entre Dios y el hombre.
Él se proclama la Vida, la Verdad, el Camino; y dice expresamente que nadie llega al Padre sino por Él. Los Apóstoles repiten que “no hay en el cielo otro nombre que pueda salvarnos”.

De igual suerte que para hacer madurar la uva se necesita de la luz y del calor del sol, así también para hacer madurar a un elegido se necesita de la acción directa del sol de justicia, Jesucristo.
Todo lo que se substraiga a su influencia se condena a no madurará jamás para el cielo. No puede uno salvarse sino por la gracia, y la gracia no puede adquirirse sino por el Mediador, nuestro Señor Jesucristo.

“Para iluminar al mundo, Jesucristo dejó un símbolo; para guiarlo, preceptos; para santificarlo, sacramentos, un sacrificio, un sacerdocio; para regirlo hasta el fin de los tiempos instituyó sus vicarios.
Treinta y tres años fueron consagrados a esta gran obra, que no terminó sino en el árbol de la Cruz.
Y ¿nos sería permitido, conservando siempre nuestros derechos al cielo, eximirnos de ver en ese símbolo un dogma, una regla en ese decálogo, un Sacrificio en esa Cruz, una institución divina en esa Iglesia?

Semejante pretensión sería la más insostenible que imaginarse pudiera”.
Nuestra regeneración sobrenatural le costó tan cara al Hijo de Dios, que la religión que nos aplica los méritos de su Sangre derramada en el Calvario, no puede ser una institución libre de ser aceptada o rechazada, según convenga.

¡Qué! el Verbo Eterno descendió a la tierra, se revistió de nuestra humanidad, sufrió, murió en una cruz, ¿y se podría pensar en conseguir el cielo sin acudir a este divino Mediador?
¿Acaso puede ser lícito decir a Cristo: has muerto por mí; pero yo me río de tú muerte y puedo pasarme sin ella?
¡Oh, no, eso no puede ser! Si Dios ha hecho tanto que ha elevado al hombre al orden sobrenatural, el hombre tiene el deber de sobrenaturalizarse. Si Dios ha hecho tanto que ha enviado a su Hijo a la tierra, el hombre debe unirse a ese Hijo divino para convertirse él mismo en un Hijo de Dios.

2º Hay que aceptar todas las enseñanzas de Jesucristo.
Puesto que Jesucristo es Dios, hay que aceptar toda su doctrina, sin añadirle ni quitarle nada. Quienquiera que la altere comete un atentado contra Dios. Después de Jesucristo ya no se trata de inventar, sino de conservar su palabra, perpetuada de siglo en siglo; debe resonar hasta el fin en su inviolable integridad. Luego a nadie es lícito tomar una parte y dejar otra en la religión cristiana, es necesario aceptarla toda entera.

3º Hay que creer en los misterios de la religión cristiana. Cuando Dios habla, hay que creerlo, porque Dios es la Verdad misma. Los Misterios del cristianismo no son absurdos ni contradictorios como tampoco lo son los misterios de la ciencia; únicamente superan algunos por su naturaleza, nuestra inteligencia limitada, al modo que muchos astros escapan al alcance de los más potentes telescopios.

El sabio conoce y entiende una multitud de verdades que son misterios para otros ¿son por eso menos reales esas verdades? Dios, inteligencia infinita, sabe también y comprende una infinidad de verdades que no pueden conocer ni comprender los hombres más sabios. Lo que Dios sabe y comprende tiene derecho de decirlo, y si lo dice, puede y debe obligarnos a que le creamos por su palabra. ¿Hay algo más legítimo?.

La sola Cruz basta para probar el Credo Católico.

En su obra El Credo o El Refugio del Cristianismo, Monseñor Gaume hace ver cómo una niña de quince años que conozca un poco de historia puede, con la cruz en la mano, obligar a cualquier incrédulo a declararse Católico o a renegar de la razón.
“El establecimiento del cristianismo es la más sorprendente de las revoluciones. Esta revolución implica los hechos siguientes, que no se pueden negar sin negar toda certeza histórica:

1º Hace dos mil años, el mundo civilizado era pagano. Hoy el mundo civilizado es cristiano.

2º El paso del paganismo al cristianismo es obra de Jesús de Nazaret, ayudado por doce pescadores de Galilea.
Jesús de Nazaret es un judío crucificado; los judíos eran entonces, como hoy, odiados por todos los pueblos. Tan sólo los más grandes criminales eran condenados al suplicio de la cruz. Un judío crucificado era, pues, lo más odioso que podía darse en el mundo.

3º Desde hace veinte siglos, el mundo civilizado adora a Jesús crucificado: lo ha hecho y lo hace libremente, sin verse obligado a ello por la fuerza ni arrastrado por el atractivo de los placeres y de las riquezas.

4º Por tener la dicha de adorar a ese Jesús crucificado, doce millones de Mártires de todas las condiciones y de todas las naciones, durante trescientos años, aceptaron alegremente la muerte, en medio de los más espantosos tormentos.
Después de esa época, cerca de otros veinte millones de Mártires han seguido su ejemplo.
Y ese ejemplo se sigue aún hoy, cuando la ocasión se presenta.
Par tener la felicidad de adorar a Jesucristo, hombres y mujeres de toda edad, de toda condición, de toda nacionalidad, en número incalculable, combaten sin cesar sus más caras afecciones, se entregan a duras austeridades, abandonan sus hogares, dan sus bienes a los pobres y consagran gratuitamente sus personas al servicio de las miserias más repugnantes.

5º Adorando a Jesús crucificado, el mundo ha adelantado en luces, en virtudes, en libertades, en civilización, de una manera sorprendente.
Testigo, el más pequeño de los niños cristianos que, acerca de los problemas que más interesan al género humano: Dios, la Providencia, el hombre, su naturaleza, sus deberes, su destino, es más sabio que los más grandes filósofos de la antigüedad: Sócrates, Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca.

Testigo, la más obscura aldea cristiana, donde se halla más dignidad para el hombre, más libertad para la mujer, más seguridad para el niño, que se conocieron en todo el mundo pagano.
Testigos, todos los pueblos de Europa y América que, bárbaros en otros tiempos, se han convertido, adorando a Jesús crucificado, en príncipes de la civilización.
Testigo en una palabra, el mapamundi, donde vemos brillar la luz, la civilización y el progreso en todos los pueblos que adoran a Jesús crucificado.

6º Todas las naciones que no adoran a Jesús crucificado permanecen en la barbarie, en la esclavitud, esperan todavía la verdadera civilización: tales son los negros, los chinos, los turcos, los árabes, los indios, etc.

7º Ninguna nación ha salido ni sale de la barbarie ignorante o letrado, no se libra de la esclavitud ni entra en el progreso, sino adorando a Jesús crucificado, y en proporción a la vivacidad de su fe: testigo, la historia universal.

8º Toda nación que deja de adorar a Jesús crucificado pierde, desde luego, sus buenas costumbres, su paz, su prosperidad; después desaparece o vuelve a caer en la esclavitud y retrocede a la barbarie en razón directa de su abandono de Jesús crucificado.
Testigos, todas las naciones de Asia y de África, donde la ignorancia disputa la primicia a la degradación.
Testigos, las naciones de la Europa moderna, donde lodo es intranquilidad, malestar, odio, confusión, revoluciones y conmociones.

9º Jesucristo crucificado se mantiene, después de veinte siglos, sobre los altares del mundo civilizado, a pesar de los ataques formidables y continuamente renovados de los tiranos, de los impíos, de los sofistas y de los perversos.
Por una excepción, única en la historia, allí se mantiene en medio de las convulsiones que, veinte veces, han mudado la faz del mundo, arrasado los imperios, las dinastías, las repúblicas y las instituciones más consolidadas.

Allí se mantiene amado y adorado, a pesar de la inflexible ley de muerte que pesa sobre todas las obras humanas. Tales son los hechos visibles, palpables, permanentes que nadie puede poner en duda sin renegar de la historia.
¿Cómo explicar estos hechos increíbles? No hay efecto sin causa. 0 Jesús crucificado es Dios, o no lo es.

1º Si es Dios, todo se explica.
El mundo adora a Jesús crucificado porque los milagros obrados por Él y por sus discípulos han evidenciado su divinidad y obligado al género humano a creer en ella. No hay nada entonces de extraño en que una religión divina se haya propagado milagrosamente y haya producido en el mundo frutos admirables de virtud, de civilización y de progreso.

En este caso, siendo el cristianismo obra de Dios, es verdadero, completamente verdadero, eternamente verdadero, y nada posee fundamento más sólido que el credo del cristianismo.

2º Pero si Jesucristo no es Dios, el mundo entero, el inundo civilizado está poseído de locura.
¿No es una verdadera locura que el mundo, en pleno siglo de Augusto, dando fe a la palabra de doce pescadores de Galilea, haya destrozado sus ídolos, quemado sus templos, mudado sus leyes y purificado sus costumbres, para adorar como a único Dios del cielo y de la tierra a un judío crucificado?
¿Es esto natural? ¿Es esto posible? ¿Es posible que millones de hombres ricos, pobres, senadores, cónsules, príncipes, en Asia, en África, en Grecia, en Roma, se hayan dejado despedazar, quemar, ahogar por tener el gozo y el honor de adorar como Creador del mundo a un judío crucificado si este judío no es Dios?…

¿Es posible que, durante diecinueve siglos, el mundo, en vez de salir de su vergonzosa idolatría, haya persistido en la adoración de Jesús crucificado, y que centenares de millones de hombres le amen hasta sacrificarle sus riquezas, su libertad, su familia, sus afecciones y sus esperanzas?…

¿Es posible que el mundo haya mejorado, se haya hecho más libre, más civilizado, más feliz por todos conceptos, profesando el mayor absurdo, esto es, adorando, como creador y Dios del cielo y de la tierra, a un judío crucificado, a Jesús de Nazaret, si no es verdaderamente Dios?
¿Cómo se explica que la parte del género humano que rehúsa adorar a Jesús crucificado permanezca sumida en la barbarie, en la esclavitud, en un vergonzoso abismo de miseria? ¿Cómo se explica que esta parte degradada del género humano salga de la barbarie, de la esclavitud, de la corrupción y marche por el sendero de la civilización y de la felicidad tan pronto como adora a Jesús crucificado?…

Este hecho, probado por la historia de todos los pueblos que se convierten a la religión cristiana ¿es natural y humanamente posible? ¿es posible que este Jesús crucificado, si no es más que un judío, se haya elevado de un solo salto, del cadalso, donde acababa de morir, a los altares del mundo entero, y se mantenga allí desde hace veinte siglos, a pesar de todos los esfuerzos de la astucia, de las violencias de la fuerza, del desencadenamiento de las pasiones, unidas para derribarle; y esto en medio de las ruinas acumuladas de los imperios, de las instituciones humanas?

¿Es posible, finalmente, que Dios, Verdad y Poder infinitos, haya permitido que este judío crucificado se haya apoderado, en provecho propio, de la fe y de la adoración del género humano?
Admitir efectos sin causa es una locura, una locura tanto mayor cuanto los efectos son más admirables.

Pretender que el género humano se ha convertido a la religión cristiana sin que, por otra parte, le haya impulsado a ello la fuerza irresistible de los milagros, y, por otra parte, el auxilio todopoderoso de la gracia de Dios; es una enorme locura.
Por consiguiente, el incrédulo queda encerrado en un círculo de hierro, del que no puede escapar más que por una de estas dos salidas: o la fe en la plenitud de su vigor, o la locura llevada a los últimos límites.

Los positivistas no se cansan de objetar que la religión no es científica, que no está demostrada con hechos, como las otras ciencias. Es falso. Acabamos de recordar hechos históricos ciertos, permanentes. Sin dudar pueden los positivistas negarse a verlos; pero así como el ciego que niega el sol, no le impide brillar, tampoco impedirán ellos a la divinidad de Jesucristo, sol de justicia, que brille en el mundo.
A los ojos del sentido común, el proyecto de hacer adorar a un hombre muerto en una cruz es el colmo de la locura. Sólo podía triunfar, si ese hombre era verdaderamente Dios.

Pero ese proyecto triunfó; luego Jesucristo es Dios. Sobre este hecho, siempre subsistente, reposa el Credo del cristiano.
Si Jesucristo es Dios, el cristianismo es verdadero, tan sólo el verdadero, completamente verdadero. A todos los dogmas que enseña, a todos los deberes que impone, no queda más que decir: Credo, creo.

1º La religión cristiana me dice:
El hombre ha sido creado en el orden sobrenatural para un fin también sobrenatural: Credo.
Pero el hombre cayó por culpa de Adán: Credo.
Fue rescatado por Jesucristo, hijo de Dios hecho hombre: Credo.
El hombre posee un alma libre e inmortal: Credo.
Ella me dice que ame a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mí mismo por amor de Dios: Credo.
Hay un infierno eterno: Credo. Un cielo eterno: Credo.
Jesucristo ha fundado una Iglesia infalible, encargada de enseñar lo que hay que creer y hacer para ir al cielo: Credo.
Esta Iglesia subsistirá hasta el fin del mundo: Credo.

2º la Iglesia me dice:
El único medio de evitar el infierno y merecer el cielo es creer lo que ella me enseña; hacer lo que ella me ordena: Credo.
Que viva humildemente, castamente, mortificadamente: Credo.
Que respete los bienes, el honor, la reputación de mis hermanos: Credo.
Que me confiese y comulgue, por lo menos, durante el tiempo pascual: Credo.

3º Y ya que el cristianismo es verdadero, absolutamente verdadero, todos los sistemas contrarios a la religión cristiana son falsos; todas las objeciones, nulas, puesto que no puede haber verdades contradictorias.

Luego, en presencia del solo hecho del establecimiento del cristianismo y del cambio maravilloso que ha obrado en el mundo, todos los sistemas: materialismo, panteísmo, ateísmo, naturalismo, racionalismo, positivismo, masonismo, satanismo, espiritismo, socialismo, etc. que levantan hoy día su cerviz repugnante contra la Iglesia Católica, como la hidra de la fábula o la bestia del Apocalipsis, son falsos, completamente falsos.

“Todos los sofismas dirigidos contra el dogma y la moral y el culto de la religión cristiana, caen aplastados como la bala que el árabe fugitivo dispara contra la pirámide del desierto” (extracto de Mons. Gaume).

Narración.

Era en Francia, al día siguiente de las hazañas del 1893.
Uno de los jefes de la república, que había asistido al saqueo de las Iglesias y a la matanza de los sacerdotes, se dijo a sí mismo:
“Ha llegado el momento de reemplazar a Jesucristo;
voy a fundar una religión enteramente nueva y de acuerdo con el progreso actual”.

Al cabo de algunos meses, el inventor, Reveillere Lépaux, acude desconsolado a Bonaparte, primer cónsul, y le dice:
“¿Lo creeríais Señor?
Mi religión, tan linda, no prende, nadie le hace caso…”
“Ciudadano colega, responde Bonaparte:
¿tenéis seriamente la intención de hacerle la competencia a Jesucristo?

No hay más que un medio: haz lo que Él hizo: "hazte crucificar un viernes, y trata de resucitar el domingo”.
Lépaux no creyó conveniente aventurarse a tal ensayo y la nueva religión pasó, entre burlas, a la región de las utopías.

La Religión Cristiana nace en seno de la Religión Judía, Jesucristo era Judío, nacido en la región de Palestina, y somos Cristianos a partir de Jesucristo, y Católicos cuando Jesús funda en Pedro su Iglesia.




Quinta Verdad: Primera parte; La Iglesia Católica es la Única depositaria de la Religión Cristiana.
Próximo mes de Junio.

Frases y Dichos
Ámame cuando cuando menos lo merezca, porque es cuando más lo necesito. (Chino)

Siempre una verdad a medias es una completa mentira. (B. Gracián)

No se desea lo que no se conoce. (P.O.Nasón)

Lo más fácil de todo es contarle a cada uno lo que quiere escuchar. (Griego)

Sufrimos mucho por lo poco que nos falta y disfrutamos poco de lo mucho que tenemos. (Italiano)

Nadie puede ganar sin que otro pierda. (Séneca)

Cuando ayudamos a otros somos muy felices porque cumplimos con el evangelio y Dios nos premia. (Madre Teresa de Calcuta)

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