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13 de julio de 2011

Compendio de la Doctrina Cristiana.

La Moral o los deberes que hay que cumplir para merecer el Cielo.--->
<---¿Por qué somos Católicos?


Apéndice 3° Parte:
Compendio de la Doctrina Cristiana


Este compendio ha sido corregido y aumentado según el vigente Código de Derecho Canónico. Promulgado por la Autoridad de Juan Pablo II, Papa. Dado en Roma, el dia 25 de Enero de 1983. (N. del T.)

Esta doctrina comprende:

1°, las verdades que hay que creer;

2º, los deberes que hay que practicar;

3°, los medios que hay que adoptar para conseguir la salvación eterna.

La doctrina cristiana es la que Jesucristo reveló a los Apóstoles y que nos enseña por medio de la Iglesia Católica.

I. DOGMA O VERDADES QUE HAY QUE CREER.

Las verdades que debemos creer están contenidas, en compendio, en el Credo o Símbolo de los Apóstoles:

hay en la Iglesia tres Símbolo o Credos principales:

1º El de los Apóstoles, que se reza fuera de la Santa Misa y regularmente en las oraciones de la mañana y de la noche. Es la profesión de fe más antigua.
Los Apóstoles lo compusieron antes de separarse para ir a predicar el Evangelio.

2º El Símbolo de Nicea, que se reza o canta en la Santa Misa.
Fue compuesto el año 325 en el Concilio de Nicea, primer Concilio general, para afirmar más solemnemente la divinidad de Jesucristo.

3º El Símbolo de San Atanasio que deben rezar los Sacerdotes en el Oficio divino de ciertos domingos: expone minuciosamente los misterios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación.Estos diversos Símbolos no se diferencian entre sí más que por la manera de exponer los misterios de la Religión, con más o menos pormenores.

El símbolo de los Apóstoles se divide en tres partes y comprende doce artículos.

La primera parte se refiere a Dios Padre y a la obra de la Creación.

La segunda se refiere a Dios Hijo y a la obra de la Redención.

La tercera se refiere al Espíritu Santo y a la obra de la santificación de los hombres que lleva a cabo mediante la Iglesia.

El Credo es la historia de los beneficios que Dios ha hecho al hombre.
Vamos a dar una breve: explicación de sus artículos. (Puede verse la explicación del Credo en el Catecismo de la Iglesia Católica).

1º CREO EN DIOS PADRE TODOPODEROSO, CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA.

1º Creo en Dios.


Tengo por verdad cierta que hay un Dios y que solamente hay uno.
"Dios es eterno": ha existido y existirá siempre.

Dios es un Espíritu puro: no tiene cuerpo, y por eso nuestros ojos no pueden verlo.

Está presente en todas partes, lo ve todo y lo conoce todo, hasta los pensamientos más ocultos, hasta los sentimientos más íntimos.

Es infinitamente Bueno, Justo y Santo; posee, en una palabra, todas las perfecciones, todas las buenas cualidades, en grado infinito.


Su naturaleza es el océano, la plenitud de todo lo que es Bueno y Perfecto, la plenitud del Ser, de la Vida, de la Bondad, de la Belleza, de la Sabiduría y de todos los bienes:
o mejor, es el Ser, la Vida, la Verdad, la Belleza, la Bondad misma, porque es todo esto por esencia.
Una cosa buena puede dejar de serlo; pero la Bondad es siempre buena; es su esencia misma.

Dios gobierna todas las cosas con su Providencia y nada acontece en este mundo sin su orden o permiso.
Él es Señor absoluto de todas las cosas:
y el primer deber del hombre es, conocerle, amarle y servirle en la tierra, para verlo y poseerlo un día en el cielo.

2º CREO EN DIOS PADRE.

No hay más que un solo Dios, pero este Dios subsiste en tres Personas realmente distintas:
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El Padre es el principio; el Hijo es engendrado por el Padre; y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

El Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios, pero no son tres dioses, sino un solo Dios verdadero en tres Personas, perfectamente iguales, no teniendo las tres más que una sola y misma naturaleza o substancia.

Cree pues, que Dios único en esencia, subsiste en tres personas:
esto es lo que se llama el misterio Ide la Santísima Trinidad.

Nosotros no vemos cómo esto sea posible, porque no comprendemos los términos:
naturaleza divina y persona divina; sólo sabemos que la naturaleza no es la persona;
lo que nos basta para ver que no hay contradicción en este misterio de un solo Dios en tres personas.

En nuestra alma tenemos una imagen de la Trinidad Augusta.
Nuestra alma existe; produce su pensamiento y ama este pensamiento.
Así, nuestra alma es, a la vez, principio, pensamiento y amor, y estas tres cosas distintas permanecen unidas y no forman más que un solo yo indivisible.

Pues lo mismo sucede en la naturaleza divina:
el Padre existe desde toda la eternidad, se conoce a sí mismo y este conocimiento produce el Verbo o el Hijo.
El Padre conoce y ama a su Hijo, y es conocido y amado por éste; de ese amor eterno del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo, que es Dios como el Padre y el Hijo.

3º CREO EN DIOS PADRE TODOPODEROSO, CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA.

Todas las obres que Dios hace fuera de Él son la obra de la Trinidad entera:
Sin embargo, la Sagrada Escritura atribuye al Padre la Creación, al Hijo la Redención, al Espíritu Santo la Santificación.

Dios ha creado el cielo y la tierra y todo lo que hay en ellos. Para hacer una obra, el hombre necesita de materiales: ladrillos o piedras, el albañil; madera, el carpintero, etc.
Dios lo ha sacado todo de la nada por su omnipotencia: éste es el misterio de la Creación.

El poder de Dios es infinito.

Nada es imposible para Dios; excepto lo que implica pecado o contradicción.
Creó el universo con una sola palabra; y del mismo modo podría crear millares de mundos nuevos; conserva la existencia de las criaturas, que caerían en la nada sin el auxilio de la omnipotencia.

Todo le es igualmente fácil tanto en el orden de la gracia como en el de la naturaleza.
Usa de este poder como mejor le place, con una libertad perfecta; de acuerdo con las miras de su sabiduría y de su santidad infinitas.

Creación de los Ángeles.

Las criaturas de Dios más perfectas son los Ángeles y los hombres.
Los Angeles son espíritus puros, libres e inmortales, que Dios ha creado para su gloria y su servicio:
Los creó en estado de santidad: les dio, con la vida natural, la vida sobrenatural de la gracia, mediante la cual debían, después de una corta prueba, alcanzar su fin sobrenatural: la visión beatífica.

Unos, abusando de su libertad, se rebelaron contra Dios por orgullo:
estos Ángeles malos, o demonios, fueron arrojados del cielo y precipitados en el infierno;
su ocupación es tentar a los hombres en la tierra y atormentar a los réprobos en el infierno.

Otros, los Ángeles buenos, fueron puestos para siempre en posesión del cielo, donde están ocupados en adorar a Dios, en bendecirle y en ejecutar sus órdenes.

Dios da a cada uno un ángel guardián que ora por nosotros y cuida de nuestra alma y de nuestro cuerpo. Debemos respetarle, honrarle, invocarle, darle gracias y seguir sus inspiraciones.

Creación del hombre.

El hombre es una criatura racional compuesta de cuerpo y alma:
Dios le creó con el mismo destino que los Ángeles; conocer, amar y, servir a Dios para merecer la felicidad del cielo.

Al crear a Adán y Eva, el primer hombre y la primera mujer, padres del género humano, Dios les dio una doble vida: la vida natural, propia de la naturaleza humana, y la vida sobrenatural de la gracia.
Esta vida hacía al hombre hijo de Dios por adopción, le elevaba al orden sobrenatural y le hacía capaz de alcanzar su fin sobrenatural:
la visión intuitiva de Dios o a participación de la bienaventuranza infinita de Dios mismo.

Además de los dones propios de la naturaleza humana, Dios concedió a nuestros primeros padres dos clases de privilegios puramente gratuitos.

Los unos, preternaturales, servían para perfeccionar a la naturaleza y para hacer al hombre mas feliz; estos bienes que no eran debidos a la naturaleza humana eran cuatro:

1º, la ciencia infusa (dominio de la creación completa);

2º, la rectitud de la voluntad, o sea la inclinación del corazón hacia el bien (integridad);

3º, la exención de sufrimiento (impasibilidad);

4º, la exención de la muerte (inmortalidad).

Los otros privilegios eran sobrenaturales, no solamente no eran debidos a nuestra naturaleza humana, sino, que la elevaban por encima de ella misma; tales son: la Gracia Santificante, las Virtudes Infusas, los Dones del Espíritu Santo.

La Redención de Jesucristo nos ha merecido los bienes sobrenaturales, necesarios para entrar en el cielo; pero no nos ha devuelto los dones preternaturales, concedidos a Adán y a Eva en el Paraíso terrenal.

Caída del hombre.

Pecado original.

Dios colocó a Adán y a Eva en un Jardín de delicias, llamado Paraíso terrenal.
Debían vivir allí en la inocencia hasta el momento en que, sin morir, hubieran subido al cielo. Sin embargo, tenían que merecerlo, como los Ángeles, por su fidelidad.

Con este fin, Dios les impuso un precepto severo, pero fácil de cumplir: les prohibió, bajo pena de muerte, comer de los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal.

El demonio, ocultándose bajo la forma de una serpiente, los indujo a que desobedecieran a Dios. Comieron de la fruta prohibida, cometiendo así un pecado gravísimo en sí mismo y en sus circunstancias.

Por su desobediencia, Adán y Eva perdieron la vida sobrenatural de la gracia y todos los dones preternaturales que la acompañaban: quedaron reducidos a la condición de esclavos del demonio, sujetos a la condenación eterna y a multitud de miserias del cuerpo y del alma.

Estas miserias son: la ignorancia, la concupiscencia, los sufrimientos y la muerte eterna.

Pero Adán no perdió para él solo la gracia y la felicidad, las perdió para todos sus descendientes.
Adán, cabeza física y moral de la humanidad, tenía por misión transmitir a sus descendientes, junto con la vida natural, la sobrenatural, como un bien de familia cuya administración le estaba encomendada.

Por desgracia, el padre y representante del género humano pecó, y por el pecado perdió para sí y para su posteridad la vida de la gracia.
Privado de esta herencia común, no pudo ya transmitirla a sus descendientes.

Nacemos, pues, privados de la gracia de Dios, desheredados del cielo, y sujetos a numerosas miserias.
Este estado de desgracia, en que nacemos por culpa del pecado de Adán, se llama pecado original, que no es un pecado actual, sino un estado de pecado y de desgracia, resultante de la rebelión de nuestro primer padre contra Dios.

Los únicos entre los descendientes de Adán que no contrajeron el pecado original, son Jesús y su bendita Madre, María Santísima.
El Hijo de Dios, la santidad misma, no podía unirse a una naturaleza manchada.

María, destinada a ser Madre de Dios, fue exceptuada de la ley universal, por privilegio y en virtud de los méritos futuros del Redentor.

Nada más fácil de justificar que este dogma del pecado.
¿Qué hubiera sucedido si, antes de tener hijos, Adán se hubiera suicidado?

Hubiera matado en su persona a todo el género humano. No siendo más que un cadáver no hubiera podido dar la vida corporal a los que debían nacer de él.
El género humano quedaba, pues, sepultado en una muerte eterna, siempre que Dios, autor de la vida, no interviniera para resucitar a Adán.

De la misma suerte cometiendo el suicidio espiritual del pecado, el jefe de la humanidad hirió de muerte espiritual a toda la raza.
Sus hijos podían nacer todavía según la Carne y recibir de él la vida corporal, pero no la vida espiritual, perdida en su fuente.

Sin embargo, Dios se compadeció del género humano y prometió a Adán un Redentor que expiara su culpa y le devolviera la gracia perdida.
Conservó en la humanidad la esperanza de este Redentor, mediante promesas, figuras y profecías.

2º CREO EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR.

¿Quién será este Redentor?

Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre por nuestro amor.

Jesús quiere decir: Salvador, porque el Hijo de Dios vino para salvarnos y rescatarnos.

Cristo significa: Ungido o consagrado, porque el Hijo de Dios ha sido consagrado por su divinidad como Rey, Sacerdote y Profeta.

Él es Nuestro Señor, es decir, nuestro soberano Dueño: como Creador, nos ha creado;
como Salvador, nos ha rescatado y pagado con el precio infinito de su Sangre divina.

Después del pecado, Dios era perfectamente libre para dejarnos perecer; nada le obligaba a salvar al hombre perdido por su propia culpa.
Dios podía también contentarse con una satisfacción incompleta, como la que podía dar la criatura; entonces se hubiera ejercitado sólo la misericordia y la justicia hubiera tenido que renunciar a sus derechos.

Pero Dios quiso dar a su justicia y a su misericordia una satisfacción igual.

La reparación plena y entera del pecado declamaba la Encarnación de una Persona divina.
La injuria hecha a Dios por el pecado del hombre es infinita, puesto que la gravedad de la ofensa se mide por la dignidad de la persona ofendida, y Dios posee una dignidad infinita.

Por consiguiente, para ofrecer a Dios una satisfacción igual a la ofensa, es decir, infinita, era necesario un mediador que fuera a la vez Dios y hombre.
Como Hombre, podía sufrir y expiar por nosotros; como Dios, podía dar a sus sufrimientos y a su expiación un valor infinito, un valor capaz de reparar nuestras faltas, de saldar nuestras deudas, de pagar nuestro rescate y de recuperar la gracia:
Por esto el Hijo de Dios se hizo hombre.

La unión de la naturaleza divina y la naturaleza humana en la misma y única persona del Hijo de Dios se llama el misterio de la Encarnación: Et Verbum caro factum est.
Y el Verbo se hizo Carne (Jn. 1, 14).

Encarnarse, es tomar un cuerpo y un alma, es hacerse hombre, hacerse ser humano.

Antes de la Encarnación, la Segunda persona de la Santísima Trinidad se llama el Hijo de Dios o el Verbo de Dios.
Después de su Encarnación, le llamamos también Nuestro Señor Jesucristo.

Él es Dios y hombre juntamente.

Como Dios, posee la misma naturaleza divina que el Padre y el Espíritu Santo y como Dios hecho hombre, posee también la naturaleza humana, es decir, un cuerpo y un alma semejantes a los nuestros.

El Hijo de Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios.
Él, nada ha perdido de su divinidad encarnándose, de la misma forma que un rey no perdería nada de su realeza vistiéndose de harapos para ir a socorrer con más facilidad a los pobres.

Es, pues, verdaderamente Dios como el Padre y el Espíritu Santo.

Jesucristo es también verdaderamente hombre como nosotros.
Tomó un cuerpo semejante al nuestro, nació como los otros niños, creció como ellos y como los demás descendientes de Adán, tuvo hambre y sed, sufrió y murió…

Tomó un alma semejante a la nuestra, pero mucho más perfecta.
El alma de Jesucristo es una criatura espiritual, inteligente, libre, e inmortal:
Residen en ella todos los tesoros de la gracia, de la sabiduría, de la ciencia.
Nunca estuvo manchada por el pecado ni turbada por la concupiscencia; su belleza encanta a los Ángeles y a los elegidos.

Hay por consiguiente, en Jesucristo, dos naturalezas:
la naturaleza divina y la naturaleza humana;
dos inteligencias: divina una y humana otra;
dos voluntades: la voluntad divina y la voluntad humana;
dos operaciones: la divina y la humana.

Estas dos naturalezas, perfectamente distintas, están indisolublemente unidas y pertenecen a una sola y misma persona, la persona divina del Hijo de Dios.

La unión de estas dos naturalezas en Jesucristo se llama "hipostática o personal".

Se llama persona a lo que obra en nosotros, a lo que manda; a lo que es responsable, a lo que dice: Yo.
En todos los otros hombres, la naturaleza humana está dotada de personalidad: cada uno tiene su yo propio, independiente.

En Jesucristo, la naturaleza humana tiene el privilegio de no tener personalidad propia y ser gobernada por la persona del Hijo de Dios.
Por eso no hay en Jesucristo más que una sola persona, un solo principio de responsabilidad, un solo sujeto, un solo yo, un yo divino, el yo del Hijo de Dios.

Tenemos en el hombre una imagen sorprendente de esta unión de dos naturalezas en una sola Persona.
El hombre se compone de dos cosas:

el cuerpo y el alma que son dos substancias diferentes.
El cuerpo y el alma reunidos hacen un solo hombre, porque no tienen para los dos más que una sola persona.

De la misma manera, la naturaleza divina y la naturaleza humana, unidas en la persona del Verbo, no hacen más que un solo Jesucristo.

El hombre se atribuye las operaciones de su alma y de su cuerpo; así se dice: el hombre piensa, digiere, aunque sea el cuerpo solo el que digiere y el alma sola la que piensa.

Así también se atribuyen a Jesucristo las operaciones propias de la naturaleza divina y las de la naturaleza humana.
Se dice, por ejemplo: Dios ha sufrido, ha muerto, o bien: en Jesucristo un hombre es Dios, un hombre es Todopoderoso, Eterno, etcétera.

Siendo Jesucristo Dios y hombre a la vez, en una sola Persona, se pueden afirmar de Él cosas que parecen contradictorias, pero que, en realidad no lo son, porque expresan las propiedades de sus dos naturalezas diferentes.
Así como yo obro espiritualmente por mi alma y materialmente por mi cuerpo, así Jesucristo obra divinamente por su naturaleza divina y humanamente por su naturaleza humana.

De la Encarnación del Hijo de Dios se derivan tres consecuencias:

1º La naturaleza humana en Jesucristo es adorable, porque es la humanidad del Hijo de Dios.

2º Todas las acciones de Jesucristo, tienen un valor infinito porque son hechas por una persona divina: son las acciones de un Dios.

3º La Virgen Madre es realmente Madre de Dios, porque es Madre de Jesucristo que es Dios.

Conclusión.

El hijo de Dios ha tomado la naturaleza humana y, permaneciendo Dios como su Padre, es hombre como nosotros, es uno de los Hijos de la gran familia de Adán, incorporado a nuestra raza.

Este hombre-Dios puede tratar con Dios, puede reparar los pecados de sus hermanos de adopción y rescatar la vida divina perdida.

De este modo, la vida espiritual de la Gracia se le devuelve al género humano.
El Hombre-Dios, el Cristo, el nueva Adán, se convierte en Padre y Cabeza del linaje humano, en cuanto a la gracia y en cuanto a la gloria:
“Dios ha amado tanto al mundo, que le ha dado a su Hijo único…
Y el Verbo se hizo Carne y habitó entre nosotros…
Y vino para que tuviéramos la vida, y una vida más abundante” (Jn. 3, 16; 1, 14; X, 10).

Resultados.

De la Encarnación del Hijo de Dios resultan:

la confusión del demonio, el honor del hombre y la gloria de Dios.

1º La confusión del demonio que después de haber triunfado del primer hombre ve su imperio deshecho por el Mesías.

2º El honor de la naturaleza humana que está rehabilitada delante de Dios reintegrada en sus derechos, unida a la divinidad en la persona de Cristo y, gracias a esta unión, adornada en Él con todas las perfecciones divinas, colmada de todas las gracias que es capaz de recibir.

3º La gloria de Dios, puesto que la Encarnación es una obra más admirable que la creación del universo. La Encarnación manifiesta de una manera más luminosa las perfecciones divinas y nos recuerda la Omnipotencia de Dios, su Justicia y su Misericordia.

Además, como Jesucristo resume en sí todos los seres creados:
el mundo de los espíritus por su alma, el mundo material por su cuerpo, ofrece a Dios, en nombre de la creación entera homenajes de adoración, de agradecimiento y de amar que son plenamente dignos de la majestad del Creador.
Cada uno de estos homenajes es más agradable a Dios que todos los actos de virtud de los Ángeles y de los Santos juntos.

3º CREO EN JESUCRISTO, QUE FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO, Y NACIÓ DE SANTA MARÍA VIRGEN.

¿Cómo se realizó el misterio de la Encarnación?

Este misterio se realizó, por obra del Espíritu Santo, en el seno de la Virgen María, es decir, por un milagro de la Omnipotencia de Dios.

El Hijo de Dios, para hacerse hombre, se eligió una Madre.
El inefable honor de tal maternidad fue conferido a María Virgen, de la tribu de Judá, de la familia de David, hijo de San Joaquín y Santa Ana, esposa de San José.

Dios quiso ocultar, bajo el velo de un matrimonio virginal, la Encarnación de su Hijo, protegiendo a la vez, el honor de su Madre, la vida del Niño, el secreto de sus proyectos. Por eso María se casó con San José, descendiente de David, y unido a Dios, como ella, por el voto de virginidad. (Véase:Bossuet, Discursos sobre San José).

Desde toda la eternidad, Dios había predestinado a María Santísima para esta sublime misión.
No le dio bienes de la tierra, puesto que María fue pobre, pero la preservó del pecado original, la libró de la concupiscencia, la hizo Inmaculada en su Concepción y la colmó de gracias.

El día fijado en los decretos divinos, el Ángel Gabriel se apareció a María en su humilde casita de Nazaret, y le anunció que Dios la había elegido para Madre del Mesías:
María pregunta ¿cómo será? ya que tenía hecho un voto de virginidad perpetuo.

El mensajero celestial le aclara diciéndole:
“El Espíritu Santo descenderá sobre ti y te cubrirá con su sombra” (Luc. 1, 35).
La Santísima Virgen contestó: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Tan pronto como la Santísima Virgen prestó su consentimiento, el Espíritu Santo, por un prodigio incomparable, contrario a las leyes de la naturaleza, formó de la Sangre purísima de María, un cuerpo humano perfectísimo; Dios Padre formó de la nada un alma semejante a la nuestra, pero más bella, santísima, inmaculada, y la unió a aquel cuerpo y, en el mismo instante, a ese cuerpo y a esa alma se unió el Hijo de Dios con un lazo indisoluble: Et Verbum caro factum est, y el que era Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho hombre.

La Encarnación, pues, se hizo por abra milagrosa del Espíritu Santo, sin que María dejara de ser virgen.
Así se realizó la célebre profecía de Isaías:
“Una virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Is, 7, 14).

La Iglesia celebra todos los años el aniversario de la Encarnación del Hijo de Dios el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación.

La Encarnación del Hijo de Dios ocupa un lugar tan importante en los anales del género humano, que todos los pueblos cristianos datan desde ese hecho los acontecimientos de la historia.

Así, en el momento en que escribirnos estas líneas, hace más de mil novecientos años que el Hijo de Dios se hizo hombre. Tres veces al día, el Ángelus, tañido por todas las campanas de la cristiandad, recuerda este gran misterio al mundo Católico.

Jesucristo, como Dios, tiene por padre al Padre eterno, y no tiene madre; como hombre, Jesucristo no tiene padre y tiene por madre a la Virgen María.
Jesucristo es, pues, el Hijo de Dios e hijo de María Virgen.

La Santísima Virgen se ha convertido en Madre de Dios porque Jesucristo, su Hijo, es Dios: es la Madre de Dios, aunque no le haya dado la divinidad, como la madre de un rey es madre del rey, aunque no le haya dado la realeza; o como nuestras madres son madres de un hombre aunque no intervengan para nada en la creación de nuestras almas.

Dios he conferido a María el honor de ser Madre sin dejar de ser Virgen; y este gran milagro Dios lo renueva en el nacimiento del Salvador.
A la manera que el sol pasa por un cristal sin romperlo ni mancharlo, así el Hijo de Dios hecho hombre salió del seno de María sin alterar en nada la virginidad de su Madre.

Por eso, en el parto María Santísima no tuvo dolor. La perpetua virginidad de María, antes del parto, en el parto y después del parto es un artículo de fe.

La Maternidad divina es para María el fundamento de todos sus privilegios.
Esta dignidad incomparable de Madre de Dios la dota de una santidad perfecta, de un poder ilimitado de intercesión Y le da derecho a un culto especial.

a) Una santidad perfecta.

Como Madre de Dios, María es evidentemente una criatura aparte, única, con la cual nada puede ser comparado.

¿Cómo no había Dios de santificar a su Madre y acumular sobre ella los favores más excepcionales?

El amor que le profesaba, el respeto que se debía a sí propio, eran dos razones suficientes para colmarla de gracias sin límite y sin medida.

Por eso:

1º María es Inmaculada en su Concepción, es decir, exenta del pecado original desde el primer instante de su existencia.

2º Fue preservarla de todo pecado actual, aun del más leve, y de toda imperfección durante toda su vida.

3º Recibió todos los dones sobrenaturales de la gracia en grado supremo, gracia que ella devolvió sin cesar por sus méritos; gracia, en fin, más abundante, según el sentir de los más ilustres teólogos, que la de todos los Ángeles y de todos los Santos reunidos.

4º Su mismo cuerpo no conoció la corrupción de la tumba, sino que, devuelto a la vida por una resurrección anticipada, fue transportada al cielo.

5º Finalmente, María ha sido elevada sobre todas las criaturas, aun las más perfectas, e instituida Reina de los Ángeles y de los Santos.

b) Poder ilimitado de intercesión.

María goza en el cielo de una omnipotencia suplicante, porque está segura de obtener de Dios, su Hijo, todo lo que pida en favor de los hombres.

Y para honrar a su Madre bendita, Jesucristo ha depositado en manos de María todos los frutos de la Redención; todas las gracias necesarias para la salvación nos llegan par intermedio de María. Es el canal, la dispensadora de los favores divinos.

c) Hay que rendir a María un culto especial.

Es imposible honrar a Jesucristo y no honrar a María Santísima.
Rendir culto a la Virgen Madre es proclamar la divinidad del Hombre_Dios.
Y ésta es la razón por la cual la Iglesia honra a María con un culto especial, llamado "Hiperdulía", y coloca en su poderosa intercesión una confianza universal, ilimitada, confianza recompensada con innumerables milagros.

Jesucristo nació en Belén, en la noche del 25 de diciembre.
Tuvo por asilo un establo y por cuna un pesebre. Su nacimiento fue anunciado por los Ángeles y los Pastores y a los Magos de Oriente por una estrella milagrosa.
Ocho días después fue circuncidado y llamado Jesús, es decir, Salvador.

Vivió en el trabajo, en la pobreza, en la humildad y en la práctica de todas las virtudes. Después de treinta años de una vida oculta, empezó su vida pública.
Durante tres años ejerció su apostolado en Judea y en Galilea.
Anunció el Evangelio, probó su divinidad con grandes y patentes milagros y formó a los Apóstoles, que debían continuar su obra en la tierra.

4º CREO EN JESUCRISTO, QUE PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATOS, FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO.

Jesucristo había venido a rescatar al mundo, perdido por el pecado.
En la época en que Poncio Pilatos era gobernador romano de la Judea, Hijo de Dios hecho hombre sufrió, en su cuerpo y en su alma, los más crueles tormentos para expiar nuestras culpas.

Sufrió la agonía en el Huerto de los Olivos y, luego, la flagelación, la coronación de espinas en el pretorio de Pilatos.
Después de haber soportado todo género de humillaciones y de ultrajes, fue clavado de pies y manos en una cruz. Por último, al cabo de tres horas de atroces sufrimientos, murió el Viernes Santo, hacia las tres de la tarde.

El misterio de Jesucristo muerto en la cruz por rescatar a los hombres, librarlos de la esclavitud del demonio y abrirles el cielo es el misterio de la Redención. Jesucristo ha satisfecho a la justicia divina por nuestros pecados y ha merecido la gloria del cielo y las gracias necesarias para alcanzarla.

La palabra Redención significa la acción de rescatar pagando cierta cantidad.

¿En qué consiste la obra de la Redención?

La obra de la Redención realizada por Jesucristo es, al mismo tiempo, una liberación, una reconciliación y una restauración.

1º Una liberación. Ya que:

a) El género humano, a consecuencia del pecado original, había quedadte bajo el dominio del espíritu del mal.

b) Cada hombre en particular, esclavo del pecado y del demonio, privado del socorro de la gracia, no podía, por sus solas fuerzas, romper las cadenas de su esclavitud, ni merecer el cielo.

2º Una reconciliación, porque el pecado original había atraído la cólera divina sobre toda la humanidad, representada y contenida en la persona de Adán.
He ahí por qué Jesucristo es el Mediador entre Dios y los hombres:
Él se interpone entre el cielo y la tierra culpable para reconciliarlos; con su Sangre divina borró la sentencia de condenación dictada contra la humanidad por la justicia divina.

3º La Redención es también una restauración, puesto que la naturaleza humana, despojada de sus dones sobrenaturales, viciada por el pecado de nuestros primeros padres, no ofrecía a los ojos del Creador, más que el espectáculo lamentable de un edificio en ruinas.

La Redención es obra de un Hombre-Dios.

Un hombre no podía ni reparar el mal que había sufrido la naturaleza humana ni satisfacer completamente por ella. Por otra parte, un Dios no puede ni sufrir, ni morir. Sólo Jesucristo Dios y hombre juntamente, podía rescatarlos.

Él sufre como hombre y como Dios da a sus sufrimientos un valor infinito, capaz de pagar con exceso toda la deuda de género humano.

Cualidades de la Redención de Jesucristo.
Esta satisfacción presenta tres caracteres: es libre, superabundante y universal.

1º Es libre.

Jesucristo se ofreció voluntariamente en sacrificio: no teniendo nada suyo que expiar, ha dado su Sangre y su vida por los hombres culpables, únicamente porque quiso.

2º Es superabundante.

Jesucristo, siendo Dios, podía realizar la redención de los hombres con una sola gota de Sangre, etcétera; la menor de sus acciones era de un valor infinito y suficiente para nuestro rescate.

Pero este bondadoso y generoso Salvador no se contentó con lo estrictamente necesario; quiso hacer más: sufrir todo lo que es posible sufrir, a fin de probarnos con eso el exceso del amor que nos tiene, merecernos gracias más abundantes, inspirarnos un horror mayor al pecado y hacernos conocer mejor el valor de nuestra alma.

3º Es universal.

Jesucristo murió por todos y por cada uno de nosotros sin excepción; por los justos como por los pecadores, por los réprobos como por los escogidos.
Tomó sobre sí y expió los pecados del mundo entero.
Su Redención, aceptada por su Padre, se extiende a todos los tiempos, a todos los pueblos, a todas las razas, sin distinción, a todo el universo entero,

Aplicación individual de los frutos de la Redención.

No basta que Jesucristo haya muerto por todos los hombres; es necesario que las satisfacciones y los méritos del Redentor nos sean aplicados.
Para eso también son necesarias ciertas condiciones de parte nuestra.
Dios, que nos ha creado sin nosotros, no quiere salvarnos sin nosotros.

La Redención de Cristo es un remedio infalible contra la muerte eterna; pero para sanar, cada uno debe tomarlo voluntariamente por sí mismo.
Es un tesoro inagotable de gracias, pero también hay que ir a tomarlas personalmente.

Por eso se verifica que:

1º El sacrifico de expiación, ofrecido por Jesucristo en la Cruz, no nos dispensa de satisfacer nosotros mismos por nuestras pecados; únicamente nuestra penitencia, que por sí sola sería estéril e ineficaz, unida por la fe a los sufrimientos del Salvador, adquiere la virtud de calmar la justa ira de Dios.

2º Los méritos adquiridos por Jesucristo no se pueden adquirir por nosotros mismos, sino através la observancia de los mandamientos y la práctica de las virtudes cristianas.

Debemos trabajar personalmente para merecer el galardón eterno de nuestras buenas obras.
Estas, por sí mismas, no tienen valor alguno sobrenatural, y por consiguiente, no pueden merecer la felicidad del cielo; pero cuando están hechas con espíritu de fe, en unión con Jesucristo, participan del valor infinito de las obras del Redentor (Servais; Resumen de la doctrina Cristiana).

Jesucristo, después de su muerte, fue bajado de la cruz, envuelto en sábanas y sepultado en un sepulcro nuevo, tallado en la roca del Calvario.
Los príncipes de los sacerdotes hicieron sellar la piedra que cerraba el sepulcro y confiaron su custodia a un piquete de soldados:
Estas medidas de precaución vinieron a ser beneficiosas para nuestra fe: los guardas apostados junto al sepulcro fueron luego los primeros testigos de la resurrección del Hombre-Dios.

5º CREO EN JESUCRISTO, QUE DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS Y AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS.

Cuando murió Nuestro Señor su alma quedó separada de su cuerpo, pero la divinidad quedó siempre unida a su cuerpo y a su alma.
Su cuerpo fue colocado en el sepulcro y su alma descendió a los infiernos, es decir, al Limbo de los justos, para visitar a las almas de estos muertos antes de su venida y anunciarles su próxima liberación.

Desde el pecado de Adán, el cielo estaba cerrado; Jesucristo acababa de abrirlo con su pasión y muerte en la cruz, y así anunció a estas santas almas, que suspiraban por su venida, que, después de cuarenta días, entrarían triunfantes con Él en el cielo.

Los profetas habían vaticinado que el cuerpo del Mesías no quedaría en el sepulcro, y Jesús en persona había asegurado que resucitaría al tercer día después de su muerte. Apenas empieza este tercer día, Jesucristo unió nuevamente su alma a su cuerpo y salió del sepulcro, vivo, glorioso e inmortal.

Salió sin romper ni mover la piedra, en virtud de su poder divino, como sólo Dios puede hacerlo, probando de esta manera evidentísima que Él era Dios y que, por consiguiente, su religión es verdadera y divina.

En el momento en que Jesús salió del sepulcro, la tierra experimentó una violenta sacudida; un ángel, refulgente como el rayo, apareció entre los soldados guardianes y éstos, atemorizados, cayeron de espaldas.

El ángel hizo rodar la piedra sellada del sepulcro y se sentó encima de ella, mientras los soldados, no del todo repuestos de su espanto, corrían presurosos a anunciar la novedad a los fariseos y a los príncipes de los sacerdotes.
Se celebraba la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo el día de Pascua, que es la mayor festividad del año.

La Resurrección de Jesucristo es el fundamento de nuestra fe, el modelo de nuestra vida espiritual y la causa de nuestra resurrección futura.

6º CREO EN JESUCRISTO, QUE SUBIÓ A LOS CIELOS Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DE DIOS PADRE TODOPODEROSO.

Después de su Resurrección, Jesucristo permaneció en la tierra por espacio de cuarenta días para mostrar que realmente había resucitado y para continuar la instrucción de sus Apóstoles.
Durante este tiempo, se muestra frecuentemente a sus discípulos para hablarles del Reino de Dios; coloca a Pedro a la cabeza de su Iglesia; da a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados y los envía a predicar y a bautizar a las naciones.

Terminada la obra de nuestra Redención, Jesús reunió en el Monte de los Olivos a sus Apóstoles y a un gran número de sus discípulos.
Allí, al mediodía, después de haberles prometido otra vez que les enviaría el Espíritu Santo, extiende sus manos para bendecirlos y se eleva glorioso y triunfante hacia los cielos.

El aniversario del día en que Jesucristo subió a los cielos se llama la fiesta de la Ascensión. Desde entonces, Jesucristo está sentado a la derecha de Dios; esta expresión figurada significa que Jesucristo, como Dios, es igual a su Padre en poder y en gloria, y que como hombre, participa de la autoridad, de la gloria y de la felicidad de Dios.

Él es Rey y Juez: un rey está sentado en su trono; un juez, en su tribunal.

Y ahora, ¿dónde está Jesucristo?

Como Dios, Jesucristo está en todas partes; como Dios y hombre está en el Cielo y en el Santísimo Sacramento del altar, en todas las hostias consagradas.

7º CREO EN JESUCRISTO, QUE VENDRÁ A JUZGAR A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS.

Jesucristo volverá al mundo, al final de los tiempos, para ejercer su poder de Juez soberano.
Este juicio, llamado público, universal, último, es necesario para justificar la divina Providencia, glorificar a Jesucristo, alegrar a los justos y confundir a los impíos.

El Salvador vendrá como Hijo de Dios hecho hombre, con todo el esplendor de su majestad y de su gloria, a juzgar a los vivos y a los muertos, es decir, a los justos y a los pecadores.

Jesucristo es nuestro Redentor, nuestro Abogado, nuestro Juez;

la primera de estas funciones la desempeñó en la cruz;

la segunda la ejerce actualmente en el cielo;

la tercera la cumplirá sobre la tierra al fin del mundo.

El primero de los advenimientos o venidas de Jesucristo a la tierra se verificó en la humildad, en la pobreza, en el sufrimiento: tenía por objeto salvar a los hombres.
El segundo se verificará con gloria, majestad y poder, y tiene por objeto juzgar y dar a cada uno el premio o castigo según sus obras.
Volveremos más adelante sobre este segundo advenimiento del Hijo de Dios.

8º CREO EN EL ESPÍRITU SANTO.

He aquí la tercera parte del Símbolo.
Dios Padre es el Creador; Dios Hijo, el Redentor; Dios Espíritu Santo, el Santificador.

La obra de nuestra santificación, como todas las obras exteriores de Dios, es común a las tres personas de la Santísima Trinidad; pero se atribuye especialmente al Espíritu Santo, porque Él es el amor recíproco del Padre y del Hijo y porque la santificación no es otra cosa que la difusión del amor divino en nosotros.

El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.
Posee la naturaleza divina totalmente como el Padre y el Hijo, de los cuales procede como de un solo y mismo principio, a la manera de un hálito o espiración, por el cual se llama Espíritu de Dios; se añade Santo, porque es infinitamente santo por su naturaleza y porque nos santifica.
Debemos adorar al Espíritu Santo, invocarlo con ardientes súplicas, y seguir dócilmente sus inspiraciones.

En el momento de subir al cielo, Jesucristo recomienda a sus Apóstoles que no se alejen de Jerusalén:
“Recibiréis, les dice, la virtud del Espíritu Santo, y seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y hasta en los confines de la tierra” (Hech. 1, 8).

El día de Pentecostés, diez días después de la Ascensión, el Espíritu Santo descendió visiblemente sobre los Apóstoles, bajo la forma de lenguas de fuego; transformó a aquellos hombres débiles, ignorantes, tímidos; los iluminó, los fortaleció y los hizo capaces de anunciar el Evangelio y de propagar la Iglesia.

Misión del Espíritu Santo en la Iglesia.

El Espíritu Santo ha sido enviado por el Padre y el Hijo, para verificar y fecundar la Iglesia.

Él es quien la gobierna, la inspira, la asiste, para que sea infalible en sus enseñanzas y fecunda en Santos y en buenas obras.

Él la hace invencible contra los embates de sus enemigos.

Él lucha contra su enemigo infernal, el diablo.

Actuaciones del Espíritu Santo en las almas de los humanos.

El Espíritu Santo es la vida de cada alma en particular, como es la vida de la sociedad cristiana.
Por eso se le llama Espíritu vivificador.
Habita en las almas en estado de Gracia como en un templo, y es para ellas el principio de la vida sobrenatural, en cierto modo como el alma es el principio de la vida corporal; por eso podía decirse que, si el hombre está compuesto de cuerpo y alma, el cristiano está compuesto de cuerpo, alma y Espíritu Santo.

El Espíritu Santo se da a los fieles, particularmente, por los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación y a los Sacerdotes, por el Orden Sagrado.

Comunica a las almas la vida sobrenatural, la desenvuelve, la perfecciona, y lleva a los fieles a la práctica de las buenas obras.
Con este fin, las enriquece con sus dones que en número de siete, producen en el alma actos eminentes de virtud, llamados los doce frutos del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo lucha dentro nuestro, contra nuestras malas inclinaciones, contra los malos deseos mundanos.

En una palabra, aplica a cada uno la Redención realizada por Cristo, y para esto se vale del misterio de la Iglesia.

9º CREO EN SANTA IGLESIA CATOLICA, LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS.

Jesucristo fundó una Iglesia para continuar en el mundo su misión divina:
instruir, santificar y salvar a los hombres.
Reunió en sociedad a sus discípulos bajo el gobierna de los Apóstoles, a cuyo frente puso a San Pedro para que fuera su Vicario o representante.
Le dio las llaves del reino de los cielos, le encargo que apacentara o gobernara todo el rebaño, pastores y fieles (Mt. 16, 19; Jn, 21, 15-17).

Al día siguiente de Pentecostés, gracias a las numerosas conversiones hechas por la predicación de San Pedro, la Iglesia contaba en Jerusalén con ocho mil fieles y se hallaba fundada con todas las condiciones de una verdadera sociedad bien establecida.

En ella se descubre una jerarquía perfecta: en la cima, Pedro, que es el jefe supremo; después, los Apóstoles, que administran y gobiernan ayudados por auxiliares; y por último, la muchedumbre de los fieles que escucha y obedece.

En la actualidad, la constitución de la Iglesia es idénticamente la misma: en la cima, el Papa, sucesor de San Pedro, jefe supremo de la Iglesia; después, los Obispos, sucesores de los Apóstoles, encargados del gobierno espiritual de la diócesis, son ayudados en sus tareas por los Sacerdotes que trabajan en la salvación de las almas; finalmente, los fieles forman, como antes, el rebaño confiado al cuidado de los Pastores.

Jesucristo no ha fundado más que una sola Iglesia y le ha impreso ciertos caracteres o notas que permiten reconocerla con certeza.

La verdadera Iglesia de Jesucristo debe ser:

Una en su cabeza, en su doctrina, en su moral, en sus medios de salvación;
Santa en su enseña, en sus leyes, en sus prácticas, en sus miembros, en sus obras; Católica fundida por todas las partes del mundo;
Apostólica, gobernada por los legítimos sucesores de los Apóstoles, únicos encargados por el Divino Maestro de predicar el Evangelio al mundo.

La verdadera Iglesia de Jesucristo es la Iglesia Católica Romana.

Es la Iglesia del Papa, sucesor de San Pedro, la única Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Jesucristo hizo a su Iglesia depositaria de su doctrina, de sus poderes y de sus gracias.
Por consiguiente, fuera de la Iglesia de Jesucristo no hay salvación posible.

Todo el que quiera salvarse debe:

1º, entrar en la Iglesia Católica por el Bautismo;

2º, creer en su enseñanza, obedecer a sus jefes y recibir sus Sacramentos.
Todo el que voluntariamente permanece fuera de la Iglesia de Jesucristo no podrá, alcanzar jamás la salvación eterna.

“Pero la salvación es posible para aquellos que involuntariamente están fuera de la Iglesia. Es decir los que no son Católicos. Aquellos que no han tenido la suerte de conocer la Iglesia Católica, llámese; budistas, las religiones de oriente, los mahometanos etc.

Ignorando inculpablemente su existencia o su divinidad, no tienen más obligación que servir al Dios de la mejor manera que les sea posible: mediante el cumplimiento de los deberes que les prescribe su propia conciencia…, es decir haciendo el bien.

Si así lo hacen, con entera buena fe, estando dispuestos a abrazar la verdad y el amor, en buena medida, es como si conocieran la religión, y como si pertenecieran a la Iglesia.
Este deseo suple la incorporación real. Son vivificados por el Espíritu Santo y pertenecen al alma de la Iglesia” (Moulin).

La Iglesia posee tres propiedades esenciales: la visibilidad, la perpetuidad, la infalibilidad.

1º La visibilidad consiste en que la Iglesia puede ser vista y reconocida por los hombres como una sociedad religiosa fundada por Jesucristo.
Si fuera invisible, los hombres no podrían recibir de Ella ni la doctrina de Jesucristo, ni sus leyes, ni su gracia; por lo tanto, no estarían obligados a formar parte de la misma, puesto que no la podrían ver ni conocer.

2º La perpetuidad o indefectibilidad consiste en que la Iglesia debe durar sin interrupción, hasta el fin del mundo, y conservar inalterable su doctrina, su moral y su culto.
Jesucristo instituyó su Iglesia para todos los hombres y para todos los tiempos.

3º La infalibilidad es el privilegio concedido a la Iglesia de no poder engañarse, ni engañar cuando enseña la doctrina de Jesucristo.
Es la asistencia particular del Espíritu Santo, que impide que la Iglesia caiga en error.

Solo son infalibles aquellos que, en nombre de la Iglesia, tienen la misión y el derecho de declarar cuál es la verdad revelada por Dios y de condenar el error opuesto; es decir, el Papa, y los Obispos unidos al Papa.
A Pedro es a quien Jesucristo confirió la autoridad infalible (Lc. 22, 32).

Creo en la Comunión de los Santos.

Los miembros de la Iglesia forman una sola y misma familia. En una familia hay comunidad de bienes entre el padre, la madre y los hijos: todos trabajan por la familia, y el trabajo de cada uno aprovecha a todos.
De la misma manera, en la gran familia de Jesucristo todos los cristianos se aprovechan de los tesoros, que son como las rentas espirituales de la Iglesia.

Estos bienes espirituales son:

1º, los méritos infinitos de Jesucristo;

2º, los de la Santísima Virgen y de los Santos;

3º, el Santo Sacrificio de la Misa y los Sacramentos;

4º, las oraciones y las buenas obras de todos los fieles.

Esta comunicación de bienes existe, no solamente entre los fieles de la Iglesia militante, sino también entre los Santos de la Iglesia triunfante y las almas de la Iglesia purgante.

Nosotros estamos en comunicación con los Santos del cielo por las oraciones que les dirigimos y por las gracias que ellos nos obtienen.
Estamos en comunión con las almas del purgatorio por las oraciones y buenas obras que hacemos para conseguir su libertad.

10º CREO EN EL PERDÓN DE LOS PECADOS.

Creer en el perdón de los pecados es creer que Jesucristo ha dado a su Iglesia el poder de perdonar todos los pecados, de borrarlos.

Sólo Dios puede perdonar los pecados, porque es al ofendido a quién corresponde perdonar la ofensa recibida.
Jesucristo posee este poder como Dios y como Salvador de la humanidad culpable.
Ha delegado este poder en su Iglesia, que lo ejerce mediante los Sacramentos.

Por el Bautismo, la Iglesia perdona el pecado original, y en los adultos, los pecados actuales cometidos antes de recibirlo; y por la Penitencia, todos los pecados actuales cometidos después del Bautismo.

Jesucristo instituyó el Sacramento de la Penitencia el mismo día de su Resurrección cuando dijo a los Apóstoles:
“Recibid el Espíritu Santo: como me envió mi Padre, así también Yo os envío. A los que le perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes los retuviereis, les serán retenidos”[Jn. 20, 21-23.].

El Salvador dio esté poder a sus, Apóstoles, a fin de que los pecadores, asegurados de su perdón, puedan vivir en paz y alegría.
El Sacramento de la Penitencia es uno de los mayores beneficios de Dios, uno de los frutos más preciosos de la pasión de Jesucristo.
Pero es un medio necesario, puesto que Jesucristo no instituyó otro.
Los que no pueden recibir este Sacramento deben tener, por lo menos, el deseo de recibirlo y la contrición perfecta.

11º CREO EN LA RESURRECIÓN DE LA CARNE.

La muerte es la separación del alma y el cuerpo.
Después de esta separación, el alma, que es espiritual, inmortal, incorruptible, sigue viviendo; el cuerpo, del que aquella está separada, se corrompe y se convierte en polvo.
Pero la separación del alma y el cuerpo no será eterna. Al fin del mundo, todos los muertos resucitarán con los mismos cuerpos y almas que tuvieron en vida.

El cuerpo ha sido para el alma y el alma para el cuerpo. Por eso conviene que un día estén ambos nuevamente reunidos, a fin de que la obra de Dios, deshecha por un momento a causa del pecado y de la muerte, sea definitivamente restaurada.

Además, es el hombre entero el que hace el bien o el mal, y el cuerpo ha contribuido así a la salvación como a la condenación.
El hombre debe ser recompensado o castigado todo entero en su cuerpo y en su alma. Resucitaremos, pues, para recibir en cuerpo y alma el premio de nuestras buenas obras o el castigo de nuestros pecados.

No es más difícil para Dios rehacer nuestro cuerpo que hacerlo por primera vez.
El grano que se deposita en la tierra y se pudre, da un tallo que produce muchos granos.
Así sucederá con nuestro cuerpo, cualquiera que sea la transformación por la que pase nuestra Carne, siempre tendrá un germen que Dios hará revivir.

Todos los hombres resucitarán, pero sus cuerpos no serán semejantes.

Los cuerpos de los condenados volverán a la vida horriblemente afeados y estarán sujetos a terribles sufrimientos.
Los cuerpos de los elegidos, al contrario, serán:

1) impasibles, y estarán exentos de toda dolor;

2), resplandecientes como el sol y radiantes de belleza;

3), ágiles, es decir, rápidos como la luz y el pensamiento;

4), sutiles, es decir, espiritualizados y capaces de penetrar por todas partes, del mismo modo que la luz atraviesa el cristal.

¡La resurrección de la Carne! ¡Qué estímulo para el bien, que fuente de fuerza en las enfermedades y en la práctica de la mortificación cristiana!
La Carne, crucificada con Jesucristo, será glorificada con Él.

12º CREO EN LA VIDA PERDURABLE.

La última verdad enseñada por los Apóstoles en el Símbolo es la existencia de una vida futura, eternamente feliz para los buenos, eternamente desventurada para los malos.

Los hombres resucitados no volverán a morir: los buenos vivirán y en una bienaventuranza eterna, y los réprobos en un suplicio que no tendrá fin.
Eternidad feliz en el cielo, eternidad desgraciada en el infierno…

¿Cuál será la nuestra? Está en nuestra mano elegirla ¿Pensamos en ella seriamente?

Postrimerías del hombre.

El dogma de la vida eterna supone otras cinco verdades, que se llaman los novísimos o postrimerías del hombre y son éstas:

la Muerte,

el Juicio,

el Cielo,

el Purgatorio,

el Infierno y la consumación de los siglos.

1º La Muerte.

La muerte es la separación del alma y del cuerpo.
El cuerpo es devuelto a la tierra, de donde salió; el alma vuelve a Dios, que la creó, para recibir la sentencia de su destino eterno.
Es cierto que todos tenemos que morir, pero las circunstancias de la muerte son absolutamente inciertas.
Dios nos deja en esta incertidumbre para obligarnos a vivir bien y a estar siempre preparados para morir.

2º El Juicio.

La muerte es el fin de la prueba y de las obras meritorias.
Tan pronto como el Alma se separa del cuerpo, comparece ante Dios para ser juzgada de todos sus pensamientos, palabras, acciones y omisiones; ese el juicio particular. Pronunciada la sentencia, se ejecuta sin demora, y el alma va al Cielo, al Infierno, o al Purgatorio.
Si va al Purgatorio, va por un tiempo más o menos largo, depende de lo que deba purgar; si va al Paraíso o al Infierno, es para siempre.

3º El Paraíso o el Cielo es un lugar de delicias donde el hombre está destinado a gozar de la bienaventuranza eterna.

Esta felicidad comprende:

1) La exención (liberación) de todos los males, así del alma como del cuerpo.

2) La posesión de todos los bienes para el alma y para el cuerpo.

3) Y la deliciosa seguridad de poseer esta bienaventuranza infinita por toda la eternidad; donde nunca, nunca, nunca se terminará: Esto es la vida eterna.

La felicidad del cielo es proporcional a los méritos personales.
Además de la gloria esencial, reservada a todos los elegidos, hay en el cielo glorias accidentales, que se llaman aureolas, concedidas como recompensas a los Santos que han conseguido señaladas victorias.

Se distinguen tres:

la aureola de los Mártires, que han vencido al mundo;

la aureola de los Doctores, que han vencido al demonio, padre de la mentira;

la aureola de las Vírgenes, que han vencido la Carne y sus placeres.

4º El Purgatorio.

El Purgatorio es un lugar de sufrimientos, donde las almas justas acaban de expiar sus pecados antes de ser admitidas en el cielo.

No hay más que dos puntos de fe acerca del Purgatorio:

1º, existe un lugar de expiación;

2º, las almas que allí se encuentran pueden ser socorridas por los sufragios de la Iglesia militante, sobre todo por el Santo Sacrificio de la Misa.

“Es un pensamiento santo y saludable el rezar por las muertos”, dice la Sagrada Escritura (II Macab. 16, 46).

La razón misma reconoce la existencia del Purgatorio como necesaria.

Porque:

1º, es imposible que Dios mande al Infierno a un alma adornada con la gracia santificante,

y 2º, es igualmente imposible que esta alma, manchada con una falta, por leve que sea, pueda ser admitida inmediatamente a ver a Dios, que es la Santidad Infinita.

Es pues necesario que esta alma se purifique para poder entrar en el Cielo.
Por eso los mismos paganos habían comprendido y admitido la existencia de un lugar de expiación temporal para los muertos.

En el Purgatorio hay dos clases de penas:

a) La privación de la visión beatífica, o pena de daño.

b) La pena de sentido, que según el común sentir de los teólogos, consiste en el fuego y en otros tormentos más rigurosos que todos los sufrimientos de la vida presente.
La intensidad y duración de estas penas son proporcionales a la culpabilidad de cada alma.

5º El Infierno.

El Infierno es un lugar de suplicios donde los condenados están separados para siempre de Dios y atormentados con los demonios en el fuego eterno.

Los demonios atormentan las almas de los condenados; éstos fueron personas que han vivido, gozando de los placeres mundanos, ocupados únicamente en darse así mismo todos los caprichos de los sentidos, desoyendo la voz de la conciencia que los invitaba a cambiar de vida, y a mirar un poco a su alrededor.

Hay tres puntos de fe relativos al Infierno:

1º, existe un Infierno;

2º, el Infierno es eterno;

3º, las almas de los que mueren en pecado mortal van a él inmediatamente después de la muerte.

Estas verdades se repiten en cada página de la Escritura.

La eternidad de las penas no se opone a la bondad de Dios y a su justicia, porque el hombre, pecando mortalmente, renuncia a Dios y se adhiere a la criatura, de la que hace su fin último.
Es consiente, pues, de estar separado de Dios para siempre: un hombre que se arranca los ojos, es consiente de estar ciego para siempre.

Por lo demás, la existencia del Infierno es tan conforme a la razón, que se halla admitida en todas las religiones paganas: testigo el Tártaro de los griegos y de los romanos.

Las penas del Infierno consisten:

1) En estar separado de Dios para siempre. Esta pena de daño es, sin comparación alguna, el mayor tormento del Infierno.

¿Por qué?

Porque Dios es el Bien infinito; pero la privación del bien infinito y necesario causa una pena tan grande como Dios mismo. Tanta pena quantus ille. (pena grande castigo enorme)

2) En ser atormentado con los demonios en el fuego eterno. Esta pena se llama de sentido. Cada sentido será atormentado por diferentes suplicios, sobre todo por el fuego devorador.

Este fuego, dicen los teólogos, es un fuego material, real, más violento que el fuego de este mundo, porque Dios lo encendió en su enojo para castigar a sus enemigos y le dio propiedades para atormentar directamente a los espíritus como también a los cuerpos materiales.

3)Este fuego, dicen los teólogos, es un fuego material, real, más violento que el fuego de este mundo, porque Dios lo encendió en su enojo para castigar a sus enemigos y le dio propiedades para atormentar directamente a los espíritus como también a los cuerpos.

¡¡¡Y estos suplicios durarán siempre!!!

Estas penas del Infierno no son iguales para todos los condenados;
son proporcionadas a la naturaleza y al número de pecados de cada uno:
cuanto más culpable es uno, tanto más se sufre.

Los condenados conservan en el Infierno todas sus facultades naturales que tuvieron en la tierra y, después de la resurrección, tendrán también sus cuerpos en las llamas.

Lo que aumenta el horror de estos suplicios es la compañía de los "demonios" y de todo lo que la tierra ha contenido de más corrompido y perverso.

Una oscuridad espantosa, y un olor a podredumbre repugnante será el ambiente donde vivirán eternamente los condenados.
Pero a pesar de la oscuridad, los condenados se verán entre ellos, y a los demonios.
Los demonios, saciarán su odio, su venganza, contra los condenados, atormentándolos.

Y como si esto fuera poco, los gusanos recorrerán los cuerpos de los condenados; donde el gusano de ellos no muere y fuego nunca se apaga (Mc. 9-44)

Las relaciones de los condenados entre sí son una fuente nueva e inagotable de sufrimientos.

Este fuego, dicen los teólogos, es un fuego material, real, más violento que el fuego de este mundo, porque Dios lo encendió en su enojo para castigar a sus enemigos y le dio propiedades para atormentar directamente a los espíritus como también a los cuerpos de los condenados.

6º La consumación de los siglos.

Se entiende por consumación de los siglos los últimos acontecimientos que pondrán fin al estado temporal del mundo y fijarán para siempre la suerte de la humanidad.

Esa consumación comprende:

1º, el fin del mundo;

2º, la resurrección universal;

3º, el juicio universal.

Es cierto que este mundo visible dejará de existir en la forma que hoy tiene;
será purificado y transformado por el fuego, y habrá un nuevo cielo y una nueva tierra.
Pero nadie sabe cuándo llegará el fin del mundo: es un secreto de Dios.

Sin embargo, Jesucristo nos ha indicado ciertas señales precursoras que harán conocer la proximidad de ese gran día:

la predicación del Evangelio en todo el universo,

una apostasía (negación de la fe cristiana) casi general,

la conversión de los judíos,

la venida del Anticristo,

y el transtorno de la naturaleza.

Cuando todos los hombres hayan muerto, Jesucristo enviará a sus Ángeles para que toquen las trompetas.
Se oirá una gran voz:
Surgite, mortui!: “¡Levantáos, muertos!”, y esta voz repercutirá hasta en los más profundos abismos.

A este llamamiento, todas las almas dejarán, unas el cielo, otras el infierno, otras el purgatorio, y vendrán a reunirse con sus "cuerpos" para hacerlos vivir de nuevo.

Y los muertos, resurgiendo en todos los puntos del globo, se hallarán al principio mezclados todos, justos y pecadores.

Bien pronto los Ángeles, ministros del supremo Juez, los reunirán en el lugar destinado para el Juicio.

El Juicio universal.

Dios, para glorificar la humanidad de su divino Hijo, le confió el juicio de los hombres: todos debemos compadecer ante el tribunal de Cristo (II Cor. 14, 14).

La Sabiduría, la Justicia y la Providencia de Dios, públicamente despreciadas en la tierra, deben ser públicamente glorificados en presencia de todas los hombres.

Jesucristo ha sido voluntariamente desconocido, condenado en su persona y en la persona de los miembros de su Iglesia, es justo, por tanto, que aparezca como el soberano Juez y el Rey de los siglos.

Los justos han sido despreciados y tratados como locos: es justo que sean glorificados y reconocidos como los únicos sabios.

Los malvados han sido los unos, altivos e insolentes en sus crímenes, los otros han ocultado sus iniquidades y sus torpezas: justo es que los primeros sean humillados y abatidos, y los segundos cubiertos de confusión y de vergüenza.

Cuando todos los hombres estén reunidos en el valle del juicio;
Jesucristo descenderá visiblemente del cielo, sobre una nube resplandeciente, con todo el brillo de su poder y de su majestad.

Sentado en un trono de gloria, rodeado de sus Ángeles y de sus Apóstoles, que serán sus asesores, manifestará a todos las acciones, las palabras, los pensamientos, aun los más ocultos, de los vivos y de los muertos, es decir, de los justos y de los pecadores.

Terminado el juicio, el soberano Juez pronunciará la sentencia:

Dirá a los buenos:

“Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os ha sido preparado desde el principio del mundo”.

Y a los malos:

“Apartaos de Mí, malditos, id al fuego eterno que ha sido preparado para Satanás y sus Ángeles” (Mt. 25, 34-41).

Entonces el infierno, abriendo sus abismos, tragará cuerpos y almas, la muchedumbre de los réprobos, y se cerrará sobre ellos para siempre.
Y los elegidos con sus cuerpos espiritualizados y glorificados, subirán al cielo en pos de Jesucristo para gozar allí de la felicidad eterna.

CONCLUSIÓN FINAL.

Tales son las verdades contenidas en el Símbolo de los Apóstoles.
Nosotros debemos creerlas con una fe sincera, no por la palabra de los hombres,
sino porque han sido reveladas por Dios y no son enseñadas por su Iglesia infalible.

Laudatus Iesu Christi. Amen. (Alabado sea Jesucristo. Amén.)


El Hijo de Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios. Tomó un alma semejante a la nuestra, pero mucho más perfecta.
El alma de Jesucristo es espiritual, inteligente, libre, e inmortal.
Residen en ella todos los tesoros de la gracia, de la sabiduría, y de la ciencia.
Su belleza encanta a los Ángeles y a los elegidos.

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